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Los Gemelos Secretos del Magnate

Los Gemelos Secretos del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Embarazo no planeado / Reencuentro / Juego de roles / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: jessica001002

Hace siete años, Lúcia pasó una sola noche con su jefe, Elias Varella, el CEO más frío de Manhattan. A la mañana siguiente, él le dejó claro que no era nada especial. Ella renunció, se llevó el corazón roto… y un secreto que él nunca sospechó.

Hoy Lúcia trabaja en dos empleos para que Enzo y Mia, sus gemelos de siete años, no le tengan miedo al futuro. Limpia oficinas de día, cose hasta la madrugada y casi nunca come. Hasta que un accidente en el peor momento la deja cara a cara con el hombre que juró no volver a ver. Y Elias, que nunca ha perdido una negociación, empieza a hacer cuentas: las edades, las fechas, los ojos de esos niños.

Cuando la verdad sale a la luz, él no pide permiso. Quiere a sus hijos en su casa, bajo su apellido, y está dispuesto a usar todo su poder para lograrlo. Pero Lúcia ya no es la asistente que se rindió en silencio, y los niños no saben si pueden confiar en un padre que apenas conocen.

Entre una mansión demasiado grande, una familia que no los quiere y una mujer decidida a protegerlos de todos, incluso de él, Elias tendrá que aprender lo que ningún dinero le ha enseñado: pedir perdón, tener paciencia y ganarse el amor que una vez despreció.

¿Podrá un padre llegar tarde y aun así quedarse? ¿Y alguien puede volver a confiar en el hombre que le rompió el corazón?

NovelToon tiene autorización de jessica001002 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Elias Varella

El camino de regreso es tranquilo, al menos por fuera. Manejo con calma, con las manos firmes en el volante, pero por dentro mi mente es un campo de batalla silencioso. Mis ojos van, de vez en cuando, al asiento de atrás por el retrovisor. Enzo y Mia están dormidos, con las cabecitas inclinadas una hacia la otra, con la respiración lenta y profunda de quienes gastaron hasta la última gota de energía en un solo día perfecto.

Junto a ellos, en el asiento de atrás, Lúcia sostiene el enorme oso contra el pecho como si ella misma necesitara ese abrazo suave, con la mirada perdida en el paisaje nocturno de Nueva York que se desliza por la ventana. Hay en ella una mezcla de cansancio y desconfianza que nunca la abandona del todo, pero hoy, por primera vez, percibo también una dulzura escondida detrás de la guardia alta, como si, por unas horas, se hubiera olvidado de protegerse de mí.

Desde el momento en que la vi caer en el pasillo del hospital, con su cuerpo cediendo antes de que yo pudiera siquiera procesar lo que ocurría, hasta las risas sueltas de hoy en el parque, algo dentro de mí se mueve de un modo que ya no reconozco. No es solo la duda que me consume desde hace días, es también una atracción que intento, sin éxito, clasificar como simple curiosidad. Y es un vacío antiguo, un vacío que ni sabía que cargaba, hasta verlo llenarse por un momento con las voces de dos niños peleando por el nombre de un oso de peluche.

—Se duermen rápido después de gastar tanta energía —comento, rompiendo el silencio del auto con cuidado, como quien no quiere asustar a un animal arisco.

Ella voltea el rostro despacio, con los ojos grandes, cautelosos, posándose en mí solo un segundo antes de volver a la ventana.

—Sí. Rara vez tienen días así. La última vez que los llevé tenían dos años, y probablemente su memoria de ese día es corta. —Hace una pausa y baja la voz un tono—. Fue especial. De verdad.

—Los criaste muy bien, Lúcia —digo, y la frase sale más cargada de lo que pretendía, una mezcla de admiración genuina—. A pesar de todas las dificultades que alcanzo a ver, aun sin que me cuentes nada, tienen luz en los ojos. Son íntegros, generosos, curiosos. Eso no nace solo. Eso se construye, día tras día, por alguien que se sacrifica sin parar.

Veo cómo su rostro adquiere un tono rojizo bajo la luz baja del tablero.

—Gracias —murmura, con la voz algo quebrada—. Todo lo que hice fue por ellos. No tuve otra opción que ser fuerte todos los santos días, aun cuando no quería serlo para nada.

Esa última parte de la frase, "aun cuando no quería", se posa en algún lugar de mi pecho con un peso que no esperaba.

Sé que existe una pared entre nosotros, una pared que yo mismo construí, ladrillo por ladrillo, aquella mañana, hace siete años, cuando elegí ser cruel solo para no tener a nadie apegado a mí.

—Sé que el pasado no desaparece de un momento a otro —empiezo, eligiendo las palabras despacio, sintiendo que cada una pesa más que la anterior—. Me arrepiento amargamente de aquel día, Lúcia. De la forma en que actué. De lo que dije. Fue un error que cargo…

—¿Se arrepiente de haberse acostado conmigo? —pregunta, en un susurro cortante, sin mirarme, con los ojos aún pegados al paisaje de afuera.

—No fue eso lo que quise decir —respondo rápido, tal vez demasiado a la defensiva.

—Entendí perfectamente lo que el señor quiso decir —corta, con la voz de pronto fría, distante, levantando una barrera que ya no logro traspasar en ese momento—. Asunto cerrado.

Vuelve a mirar por la ventana, con la barbilla en alto, con el cuerpo entero cerrado en una postura que grita más fuerte que cualquier palabra: no me lastimes de nuevo. Me quedo en silencio el resto del camino, con el peso de mis propias palabras mal dichas resonando dentro del auto junto con el ruido bajo del motor.

Cuando llegamos a su edificio, un inmueble viejo de ladrillo ennegrecido, ella ya se mueve hacia la parte de atrás del auto para despertarlos. Bajo rápido, rodeando el auto, y la detengo con un gesto suave.

—No hace falta despertarlos. Yo los cargo hasta el cuarto.

—No es necesario, señor Varella —responde, todavía con esa distancia en la voz.

—Insisto.

Duda un segundo, demasiado cansada para discutir, y por fin cede con un breve asentimiento.

Cargo a Enzo en brazos, con su cuerpo ligero y tibio contra mi pecho y su cabecita hundiéndose naturalmente en mi hombro, como si ese fuera el lugar más obvio del mundo.

Subimos las escaleras estrechas, con el barandal gastado bajo mi mano libre y Lúcia detrás con Mia en brazos y el oso colgando torpemente de su hombro. El edificio es viejo, los pasillos están mal iluminados, y el olor a humedad se mezcla con el de la comida de los vecinos. Cada escalón que subo me muestra un pedazo más claro de la vida que ella lleva lejos de mí, lejos de todo lo que siempre consideré básico.

Llegamos al departamento.

Pequeño, sencillo, pero impecablemente limpio, con cada objeto en su lugar, como si el orden fuera lo único que ella aún logra controlar en una vida llena de cosas fuera de control. Acuesto a Enzo despacio en la cama pequeña que comparte con su hermana y le subo la sábana delgada hasta la barbilla.

Me quedo ahí un segundo más de lo debido, mirando el cuarto estrecho, la mancha de humedad en el techo, la ventana con una grieta en la esquina del vidrio remendada con cinta.

¿Cómo es que alguien cría a dos niños enteros, llenos de vida y de sueños, dentro de un espacio tan pequeño y desgastado?

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MargaraMaria Correa Escobar
Es verdad déjalo que compense a sus hijos que ella les enseñe valores porque ya ellos no van a tener carencias por ser hijos de un multimillonario entonces déjelo que el les compre y ella que los siga enseñándole a valorar las cosas
MargaraMaria Correa Escobar
como va a renunciar si ya Elena la despidió valla que vaina no
MargaraMaria Correa Escobar
como va a renunciar si ya Elena la despidió valla que vaina no
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