Hace cuatro años, Isabella firmó los papeles del divorcio, empacó su vida en una sola maleta y se marchó de la casa de los Valença sin decirle a Leonardo lo único que habría cambiado todo.
Ahora tiene dos hijos, una carrera que levantó desde cero y la costumbre de no esperar nada de nadie.
Hasta que un proyecto de trabajo la obliga a cruzarse otra vez con su exmarido. Él sigue siendo el heredero que lo controla todo, y ella, la única que sabe lo que él ignora.
Entre juntas, reglas inquebrantables y niños que ven más de lo que deberían, Isabella tendrá que decidir si una segunda oportunidad es una trampa o la primera elección que de verdad hace por sí misma.
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BIANCA REGRESÓ
"No lo sé."
No hubo un grito. No hubo una confesión apasionada. No hubo un "sí".
Y, aun así, esas tres palabras destruyeron lo que quedaba.
Si Leonardo hubiera dicho que amaba a Bianca, yo habría podido odiarlo. Si hubiera dicho que no, habría podido llamarlo cobarde. Pero "no lo sé" significaba que algo existía. Lo suficiente para que pusiera nuestro matrimonio sobre una mesa y lo partiera en dos.
Aparté la vista.
—Entiendo.
—No, no entiendes.
—Creo que entiendo perfectamente.
—Isabella.
Caminé hasta la mesa y apagué una de las velas. Después la otra. El olor a humo invadió el aire.
La cena estaba intacta. La comida que había elegido pensando en él. El vino. Dos copas.
Casi volví a reír. Había planeado decirle que íbamos a ser tres. Quizá cuatro, pensé por un segundo, recordando que ni siquiera me había hecho el ultrasonido.
Se me apretó el pecho.
No. No podía pensar en eso ahora.
—No tuve un amorío con Bianca.
La voz de Leonardo llegó desde atrás.
—Ya lo dijiste.
—Porque me estás mirando como si lo hubiera tenido.
Me giré.
—¿Quieres una medalla?
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Por no haberme engañado físicamente antes de pedir el divorcio?
—No quise decir eso.
—Entonces deja de defenderte de una acusación que ni siquiera hice.
Cerró la boca.
Por primera vez, Leonardo Valença parecía no saber qué hacer conmigo.
Quizá porque yo nunca le había hablado así. Lo nuestro no estaba hecho de grandes peleas. Yo cedía. Él decidía. Yo decía que todo estaba bien. Él me creía.
Parte de la culpa era mía.
Pasé tres años intentando ser fácil de amar. Quizá solo había logrado ser fácil de dejar.
—¿Ella lo sabe?
—¿Lo del divorcio?
Asentí.
Leonardo dudó.
Lo suficiente.
—Lo sabe.
Solté el aire por la nariz.
—Claro que lo sabe.
—Ella no fue quien lo pidió.
—No dije que lo fuera.
—Bianca no es responsable de mi decisión.
Eso me hizo mirarlo de verdad. Y, por un segundo, odié que tuviera razón.
Sería mucho más sencillo si Bianca fuera la villana. Si hubiera aparecido, seducido a mi marido y robado lo que era mío. Pero Leonardo no era un objeto. Era un hombre adulto. Había elegido.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no ser tan cobarde como para culpar a otra mujer de tu propia decisión.
Algo cruzó su rostro. Dolor, quizá. O culpa. No me importó.
—Isabella, nunca quise lastimarte.
—¿Esa frase va antes o después de los papeles del divorcio?
—Estoy intentando hacerlo de la manera más correcta posible.
Miré la carpeta.
—Abogado, división de bienes, cláusulas, firma. Claro. Muy correcto.
—No voy a dejarte desamparada.
Eso fue el insulto final.
—¿Desamparada?
—Sabes a qué me refiero.
—¿Lo sé?
Señaló los documentos.
—El departamento de Ipanema es tuyo. También la participación en el fondo que mi abuelo creó cuando nos casamos. Está prevista una compensación económica...
—Para.
—Isabella...
—No quiero que me paguen por haber sido tu esposa.
—No es un pago.
—Lo parece.
—Es lo que se acordó.
—Hace tres años.
—Sigue siendo tu derecho.
—Mi derecho.
Lo repetí despacio.
La cajita con la prueba de embarazo seguía en mi bolsillo. La ironía casi me ahogó. Leonardo estaba dispuesto a darme departamentos, dinero, inversiones. Todo, menos lo que yo realmente había deseado de él.
Una elección.
—Quiero volver a trabajar de tiempo completo.
Parpadeó. El cambio de tema lo tomó desprevenido.
—¿Qué?
—Mi estudio. Quiero volver.
—Nunca lo dejaste del todo.
—Sabes a qué me refiero.
Antes del matrimonio, yo tenía una carrera que apenas empezaba. Después, entre viajes, eventos, compromisos de la familia Valença y el cambio de rutina, mi trabajo pasó a segundo plano.
No porque Leonardo me lo hubiera prohibido. Eso habría sido más fácil de odiar.
Simplemente fui ocupando cada vez menos espacio en mi propia vida.
—Está bien —dijo—. Si eso es lo que quieres.
Casi le contesté que no necesitaba su autorización. Pero me lo tragué. No valía la pena.
—También quiero irme de aquí.
Su expresión se endureció.
—¿Hoy?
—Lo antes posible.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
—Puedes quedarte hasta que decidas dónde...
—Leonardo.
Se detuvo.
—No voy a dormir aquí después de esto.
Por primera vez esa noche, vi en su rostro algo parecido a la conmoción.
Tal vez realmente imaginaba que firmaría los papeles y dormiría a su lado mientras los abogados organizaban nuestra separación. Tal vez estaba tan acostumbrado a mí que ni siquiera había notado lo que estaba destruyendo.
—Vete a un hotel hoy —dijo—. Mañana organizamos...
—Voy a casa de mi hermano.
Se le tensó la mandíbula. Leonardo y Rafael nunca se habían soportado.
—Rafael va a convertir esto en una guerra.
—Quizá porque me quiere.
Fue cruel. Lo supe en el mismo instante. Leonardo también.
Sus ojos se enfriaron.
—Yo te quiero.
Mi corazón traicionó mi orgullo y se aceleró.
—No lo suficiente.
Silencio.
La frase se quedó suspendida entre nosotros.
Él no la negó.
Y fue esa falta de respuesta lo que me devolvió la claridad.
Necesitaba salir. Necesitaba respirar. Necesitaba pensar en el bebé.
Mi bebé. Nuestro bebé.
Cerré los ojos un instante.
Debería decírselo. No porque eso pudiera salvar el matrimonio, sino porque Leonardo tenía derecho a saberlo.
Cuando abrí los ojos, me estaba mirando.
—¿Hay algo que quieras decirme?
El corazón me dio un salto. Por un segundo, estuve segura de que lo sabía.
Mi mano apretó el bolsillo. La cajita estaba ahí. Bastaba sacarla. Ponerla sobre la mesa.
"Estoy embarazada."
Dos palabras. Todo cambiaría.
Leonardo podría dar marcha atrás. Tal vez pediría tiempo. Tal vez decidiría que teníamos que intentarlo. Tal vez se quedaría.
La idea debió darme esperanza. En cambio, me dio náuseas.
No quería un marido que se quedara porque iba a tener un hijo. No quería despertar todos los días preguntándome si estaría ahí de tener el vientre vacío. Y, sobre todo, no quería usar a un niño para retener a alguien que acababa de decirme que no sabía si amaba a otra mujer.
—No —respondí.
Leonardo me observó unos segundos más.
—¿Segura?
—Segura.
Mentira.
La primera de muchas, aunque yo todavía no lo sabía.
Caminé de regreso a la mesa. Abrí la carpeta. Las primeras páginas eran frías y objetivas. Nuestros nombres. Fechas. Bienes. Cláusulas. Tres años convertidos en lenguaje jurídico.
Tomé el bolígrafo que estaba junto a los documentos.
Leonardo se movió.
—No tienes que hacerlo ahora.
—Trajiste los papeles hoy.
—Para que habláramos.
—Hablamos.
—Deberías leerlos con tu abogado.
—Los voy a leer.
—Entonces no firmes.
Levanté la vista.
Había algo extraño en su expresión. Como si, de repente, mi aceptación le resultara más difícil que mi resistencia. Una parte amarga de mí casi lo disfrutó.
—¿Qué esperabas?
—No sé.
—¿Que llorara?
Apretó la mandíbula.
—No.
—¿Que suplicara?
—Claro que no.
—¿Que preguntara qué tiene Bianca que yo no tengo?
—Isabella, basta.
—¿O quizá esperabas que prometiera cambiar?
Se acercó.
—Yo nunca te pedí que cambiaras.
—No hacía falta.
Apreté el bolígrafo.
—Pasé tres años intentando descubrir cómo ser la esposa a la que no tendrías ganas de dejar.
La ira desapareció de su rostro.
—Bella...
El apodo casi acabó conmigo.
—No.
Se detuvo.
—No me llames así ahora.
Leonardo guardó silencio.
Bajé la vista a la última página. Había una línea esperando mi firma. Mi nombre impreso debajo.
ISABELLA FERRAZ VALENÇA.
Por alguna razón, fue eso lo que por fin me llenó los ojos de lágrimas.
No dejé que cayeran.
Apoyé la punta del bolígrafo en el papel.
—Isabella.
Me detuve.
—¿Qué?
Su pregunta llegó baja.
—¿No vas a luchar por nosotros?
Lo miré. Por un instante, no reconocí al hombre frente a mí. Quizá él tampoco reconocía a la mujer que sostenía el bolígrafo.
Entonces pensé en la prueba positiva en mi bolsillo. En Bianca. En el "no lo sé". En los documentos que él mismo había traído.
Y sonreí, sin una pizca de alegría.
—¿Había un "nosotros" por el cual luchar?
Leonardo no respondió.
Con eso bastó.
Firmé.
Una vez. Luego otra.
Cuando terminé, le devolví la carpeta con un empujón. Leonardo miró mi firma como si yo hubiera hecho algo que no esperaba.
—Listo.
Mi voz no tembló. Me sentí orgullosa de eso.
Le di la espalda antes de que pudiera ver mis ojos.
Di dos pasos.
—Isabella.
Me detuve.
—¿Y ahora?
Miré por encima del hombro. Mi mano se cerró alrededor de la cajita dentro del bolsillo. El hijo de él estaba a unos centímetros de mis dedos.
Aun así, respondí:
—Ahora eres libre.
Y subí a hacer mis maletas antes de cometer la debilidad de contarle que él también estaba a punto de ser padre.