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ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️‍🔥

Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.

Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.

Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL REGRESO DE LOS FANTASMAS

—Aléjate de esa chica.

Las palabras de Alejandro Montenegro quedaron suspendidas en el aire.

Sebastián permaneció inmóvil, mirando al hombre que durante seis meses había creído muerto. Su padre estaba frente a él, vivo, con el rostro más delgado y algunas canas que antes no tenía, pero con los mismos ojos que Sebastián recordaba desde su infancia.

Yo no podía dejar de observarlo.

Aquel hombre acababa de salir de la nada para decirle a su propio hijo que se alejara de mí. Ni siquiera le había preguntado cómo estaba, cuánto había sufrido o qué había ocurrido durante los meses en que todos lo dieron por muerto.

Lo primero que había hecho era intentar separarnos.

Sebastián dio un paso hacia él.

—¿Dónde demonios estabas?

Alejandro Montenegro no respondió.

—¡Te estoy hablando! —gritó Sebastián—. ¡¿Dónde estabas mientras yo te lloraba?!

Su padre bajó la mirada durante un instante.

—No podía volver.

—¿No podías o no querías?

—Las dos cosas.

Sebastián soltó una risa amarga.

—Increíble. Seis meses creyendo que estabas muerto, y ahora resulta que simplemente no podías volver.

—Sebastián, tienes que escucharme.

—¡No! Tú vas a escucharme a mí. Quiero saber qué pasó la noche del accidente. Quiero saber por qué desapareciste, por qué mamá murió y por qué todos parecen saber algo que yo no recuerdo.

Su padre apretó la mandíbula.

—Hay cosas que todavía no puedes comprender.

—¡Deja de tratarme como un niño!

La voz de Sebastián se quebró al final de la frase. Lo odiaba, pero no podía evitarlo. Detrás de toda aquella rabia seguía estando el muchacho que había esperado durante meses que su padre apareciera por la puerta y le dijera que todo había sido una pesadilla.

Y ahora que lo tenía delante, no sabía si abrazarlo o golpearlo.

Me acerqué a Sebastián y me coloqué a su lado.

Alejandro Montenegro reparó en mí.

—Tú debes de ser Valentina.

—Y usted debe de ser el hombre que ha conseguido que todo el mundo mienta durante seis meses.

Su expresión se endureció.

—No sabes de qué estás hablando.

—Tiene razón —intervino Sebastián—. No sabemos nada porque usted se ha encargado de ocultárnoslo.

Alejandro miró a su hijo y después volvió a dirigirse a mí.

—Tu madre y tú estaríais mucho más seguras si te mantuvieras alejada de esta familia.

Sentí que la rabia me subía por el pecho.

—Mi madre está metida en esto precisamente porque los adultos de esta familia decidieron ocultar la verdad. No pienso alejarme ahora.

—No sabes el peligro que corres.

—Entonces explíquemelo.

Por primera vez, Alejandro Montenegro pareció vacilar.

Sus ojos se desviaron hacia Alejandro Ferrer, que había permanecido en silencio desde nuestra salida del sótano.

—¿También lo has traído? —preguntó con frialdad.

Sebastián se giró hacia su amigo.

—Él estuvo allí la noche del accidente. Y acaba de admitir que entregó unos documentos a Mateo.

Su padre cerró los ojos.

—Entonces ya sabes más de lo que esperaba.

—Todavía no sé lo más importante. ¿Qué ocurrió con mi madre?

Alejandro Montenegro respiró profundamente.

—Tu madre descubrió que yo estaba investigando a las personas responsables de varios negocios ilegales. Encontró documentos que demostraban que uno de mis socios utilizaba nuestras empresas para ocultar dinero y amenazar a quienes intentaban denunciarlo.

—¿Y por eso murió? —preguntó Sebastián.

—No lo sé con certeza.

—¡Era tu esposa!

—¡Y yo la amaba!

El grito de Alejandro nos hizo retroceder.

Durante unos segundos, el hombre que teníamos delante dejó de parecer un empresario poderoso y se convirtió en alguien destrozado por sus propios recuerdos.

—La noche en que murió —continuó, con la voz más baja—, yo estaba fuera de casa. Cuando regresé, ya era demasiado tarde. La policía dijo que había sido un accidente, pero encontré indicios de que alguien había manipulado el vehículo.

Sebastián lo observó con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Quería protegerte.

—¡Estoy harto de escuchar esa frase!

Su padre no respondió.

Yo tomé la mano de Sebastián. Él entrelazó sus dedos con los míos, aferrándose a aquel contacto como si necesitara recordar que todavía había algo real en medio de tantas mentiras.

—¿Quién fue? —pregunté.

Alejandro Montenegro miró hacia el automóvil negro que había dejado junto a los árboles.

—Todavía estoy intentando descubrirlo.

—¿Y Mateo? —intervino Alejandro Ferrer—. ¿Qué papel tuvo en todo esto?

El padre de Sebastián lo miró con una dureza que me hizo estremecer.

—Mateo fue quien robó los documentos que tu hijo entregó sin saber lo que contenían. Después utilizó esa información para chantajearme. Cuando comprendí hasta dónde estaba dispuesto a llegar, tuve que desaparecer.

Alejandro Ferrer bajó la cabeza.

—Yo no sabía que aquello terminaría así.

—Pero sabías que algo estaba mal —respondió Montenegro—. Y aun así entregaste los documentos.

Sebastián soltó la mano de su padre.

—Basta. No quiero más explicaciones a medias. ¿Por qué me dijiste que me alejara de Valentina?

El silencio fue inmediato.

Alejandro Montenegro miró hacia mí con una expresión que no supe interpretar.

—Porque su madre estuvo conmigo la noche en que desaparecí.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Qué?

—Clara sabía que yo iba a reunirme con Mateo. Intentó convencerme de que no fuera, pero yo no la escuché. Cuando comenzó el enfrentamiento, ella estaba allí.

—Mi madre nunca me contó eso —dije.

—Porque le pedí que no lo hiciera.

—¿Y por qué tendría que obedecerle?

—Porque alguien cree que Clara conserva una prueba capaz de identificar al responsable de la muerte de mi esposa. Y esa persona está dispuesta a hacer cualquier cosa para recuperarla.

Sebastián se interpuso entre su padre y yo.

—Entonces, si Valentina está en peligro, nos ocuparemos de protegerla. Pero no vuelvas a decirle que se aleje de mí como si tuvieras derecho a decidir con quién puede estar.

Su padre lo miró fijamente.

—¿Estás enamorado de ella?

La pregunta me tomó completamente desprevenida.

Sebastián también pareció sorprendido.

Durante un segundo, sus ojos buscaron los míos. Vi cómo intentaba encontrar una respuesta que no lo dejara demasiado expuesto.

—Eso no es asunto tuyo —contestó finalmente.

Pero no me soltó la mano.

Y aquella pequeña decisión me hizo sentir más que cualquier declaración.

---

Regresamos a la mansión cuando el sol ya había salido.

Clara estaba esperándonos en el salón. En cuanto vio a Alejandro Montenegro, se quedó completamente inmóvil.

—No puede ser…

Él se acercó lentamente.

—Hola, Clara.

Mi madre retrocedió un paso.

—Creí que habías muerto.

—Eso era lo que necesitaba que todos creyeran.

—¿Y no pensaste en lo que Sebastián estaba sufriendo?

Alejandro Montenegro bajó la cabeza.

—Cada día.

—Pues no fue suficiente para hacerte volver.

Mi madre tenía lágrimas en los ojos, pero su voz estaba llena de indignación.

—¿Sabes lo que ha pasado durante estos meses? ¿Sabes cuántas veces Valentina me ha preguntado si conocía la verdad? ¿Sabes lo que significa mirar a una hija y no poder responderle porque tienes miedo?

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Sebastián se colocó junto a ella.

—Mamá, necesito que me cuentes todo lo que sabes sobre la noche del accidente.

Clara lo miró con tristeza.

—Hay algo que nunca te he dicho porque tu padre me hizo prometer que guardaría silencio.

—Pues esa promesa termina hoy.

Mi madre asintió lentamente.

—La noche del accidente, tú discutiste con tu padre. Querías saber por qué había empezado a llegar tarde a casa y por qué tu madre había estado tan asustada durante las semanas anteriores a su muerte.

Sebastián se llevó una mano a la frente.

—No recuerdo esa discusión.

—Estabas furioso. Tu padre se negó a responderte y tú saliste de casa. Él fue detrás de ti.

—¿Y después?

Clara miró a Alejandro Montenegro.

Él permaneció en silencio.

—Después escuché un disparo —continuó mi madre—. Cuando llegué al garaje, encontré a tu padre herido y a ti sentado en el suelo. Tenías una pistola a tu lado y repetías que no habías querido hacerlo.

Sebastián palideció.

—¿Disparé contra él?

—No lo sé, cariño. Cuando llegué, ya había otras personas allí. Mateo se llevó a tu padre y Alejandro Ferrer te ayudó a salir de la casa.

—¿Por qué nadie llamó a una ambulancia?

Clara cerró los ojos.

—Porque alguien dijo que, si la policía aparecía, tú terminarías en prisión.

Sebastián retrocedió hasta el sofá y se dejó caer.

Yo me senté a su lado.

—Mírame —le pedí.

Él tardó unos segundos en hacerlo.

—¿Y si fui yo, Valentina? ¿Y si le disparé a mi propio padre y ni siquiera soy capaz de recordarlo?

Le sostuve el rostro entre las manos.

—Entonces encontraremos la verdad. Pero no voy a permitir que te condenes antes de saber qué ocurrió realmente.

—¿Y si descubres que soy una mala persona?

Sentí un nudo en la garganta.

—Conozco al hombre que eres ahora. Sé que eres orgulloso, insoportable y que tienes una habilidad extraordinaria para hacerme perder la paciencia.

Una sonrisa débil apareció en sus labios.

—Qué declaración tan romántica.

—No he terminado.

Acaricié suavemente su mejilla.

—También sé que te preocupas por las personas que quieres, incluso cuando intentas fingir que no te importa nadie. No voy a decidir quién eres basándome en una fotografía o en un recuerdo que te falta. Pero necesito que tú también dejes de hacerlo.

Sebastián cerró los ojos y apoyó su frente contra la mía.

—¿Cómo consigues que quiera contártelo todo?

—Porque, a diferencia de ti, yo sé escuchar sin responder con una estupidez.

Soltó una risa suave.

Después me abrazó.

No fue uno de esos abrazos impulsivos que compartíamos cuando el peligro nos obligaba a acercarnos. Fue lento, profundo y lleno de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.

Cuando se apartó, sus labios quedaron a pocos centímetros de los míos.

—Valentina…

—¿Sí?

—Tengo ganas de besarte desde que te vi aparecer en mi vida y empezar a arruinar todos mis planes.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Y qué te detiene?

Sebastián miró hacia el pasillo, donde su padre y Alejandro Ferrer seguían hablando con Clara.

—Que mi vida es un desastre.

Sonreí tristemente.

—Eso ya lo sabía.

Él soltó una carcajada y, por primera vez aquella mañana, pareció respirar con tranquilidad.

Entonces se inclinó y me besó.

Fue un beso suave, casi una pregunta. No hubo desafío ni arrogancia. Solo sus labios buscando los míos con una ternura que me hizo olvidar, durante unos segundos, las fotografías, las amenazas y todos los secretos que nos rodeaban.

Cuando nos separamos, Sebastián apoyó la frente contra la mía.

—No sé qué va a pasar cuando descubramos la verdad.

—Yo tampoco.

—Pero quiero que estés conmigo cuando ocurra.

Le acaricié la mejilla.

—Estoy aquí.

Y esta vez no necesitó decir nada más.

---

Aquella tarde, Sebastián y yo nos refugiamos en el garaje de la mansión.

Él estaba sentado sobre una mesa de trabajo, observando la memoria USB que Mateo le había entregado. Yo permanecía a su lado, con las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en su hombro.

—¿Crees que deberíamos revisar los archivos? —pregunté.

—Sí. Pero primero quiero saber quién está vigilando la casa.

—¿Piensas que Mateo vendrá aquí?

—No lo sé. Y eso es precisamente lo que me preocupa.

Sebastián conectó la memoria a un ordenador antiguo. Aparecieron varias carpetas, cada una con una fecha y un nombre.

Había fotografías, documentos escaneados y archivos de audio.

Uno de ellos se llamaba «16_ABRIL_FINAL».

Sebastián lo abrió.

Al principio solo se escuchaba ruido. Después apareció la voz de su padre.

—Si algo me ocurre, quiero que sepas que no fui yo quien dio la orden.

Otra voz respondió.

La reconocí inmediatamente.

Era Alejandro Ferrer.

—Entonces dime quién fue.

Se oyó un golpe y la grabación terminó.

Sebastián se quedó mirando la pantalla.

—¿Por qué Alejandro estaba hablando con mi padre esa noche?

Antes de que pudiera responder, apareció un segundo archivo.

Era un video de seguridad.

La imagen mostraba el garaje de la antigua casa, iluminado por una lámpara amarillenta. Sebastián apareció en pantalla, más joven, discutiendo con su padre.

Después, Alejandro Montenegro salió del encuadre.

El joven Sebastián permaneció inmóvil durante unos segundos.

Entonces alguien entró por una puerta lateral.

Era Mateo.

Se acercó a Sebastián y le entregó algo que la cámara no alcanzaba a distinguir.

El video se cortó.

Sentí que se me helaba la sangre.

—Sebastián, mira…

Él abrió el archivo siguiente.

La imagen mostraba la misma habitación, unos minutos después. El padre de Sebastián estaba en el suelo y el joven Sebastián sostenía una pistola.

Pero había algo más.

Al fondo, detrás de una columna, aparecía una tercera persona.

Una mujer.

La imagen estaba borrosa, pero cuando la mujer se giró hacia la cámara, Sebastián dejó escapar un sonido ahogado.

—No…

Me incliné hacia la pantalla.

La mujer llevaba un abrigo claro y tenía el cabello oscuro recogido en un moño.

Sebastián amplió la imagen.

Y entonces reconocí el rostro.

Era Clara.

Mi madre.

Sebastián se levantó lentamente.

—Tu madre estuvo allí —susurró.

Yo no podía apartar los ojos de la pantalla.

En ese momento, el ordenador emitió un sonido. Un nuevo archivo acababa de aparecer en la carpeta, aunque ninguno de los dos lo había abierto.

El nombre del archivo era una sola palabra:

«CONFESIÓN».

Sebastián me miró.

—¿Estás preparada?

No estaba preparada.

Ni siquiera sabía si quería escuchar lo que había dentro.

Pero asentí.

Él pulsó el botón.

La voz de Clara llenó el garaje.

—Yo fui quien tomó el arma de las manos de Sebastián aquella noche. Y si alguien descubre lo que hice después, mi hija nunca me perdonará.

El archivo terminó.

Me quedé inmóvil, incapaz de respirar.

Sebastián se volvió lentamente hacia mí.

Y por primera vez desde que nos conocíamos, no supe qué decirle.

Porque el secreto que podía destruir su familia acababa de convertirse en el secreto que podía destruir la mía.

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