A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 18
Llegué a casa y me encontré con mi padre en la sala; parecía estar esperándome. Lo que, francamente, no me parecía buena señal.
—Hola, papá. —Me miró, y sus ojos transmitían algo sombrío.
—Sócrates, hoy recibí dos noticias muy extrañas.
—¿Qué noticias? —pregunté aun sabiendo de al menos una de ellas.
—Primero llego a casa y conozco a tu prometida. Una prometida que cayó del cielo. Y aunque me impresionó, la idea me gustó; al fin y al cabo, es una necesidad. Pero algo seguía intrigándome: quién era ella, de dónde salió, por qué no supimos nada. Y entonces descubro que la compraste para…
—Papá, "comprada" es una palabra muy fuerte.
—Ese no es el punto, Sócrates. Hiciste un acuerdo sin avisarle a nadie, y al investigar más a fondo hace un rato descubrí que Elano y Emerson Alencar están desaparecidos. ¿Me puedes explicar eso, Sócrates? ¿Puedes explicarme cómo pasaron todas estas cosas sin que nadie fuera informado? —Mi padre se pasaba las manos por el pelo y soltaba el aire mostrando su estrés—. ¿De verdad vas a casarte para salvar tu puesto? Porque no parece ser el caso, o no habrías sido tan estúpido como para tomar todas estas decisiones sin avisarle a nadie.
—Papá, hice lo que hice para mantener mi puesto, pero…
—Pero este matrimonio no tiene nada que ver con un contrato, ¿verdad? —Me miró fijo—. No elegiste a esa chica por casualidad, sientes algo por ella, ¿no es así?
—No lo sé. —respondí con sinceridad; de verdad no sabía qué sentía por Joana, solo sabía que era distinto.
—Voy a hacer lo que pueda para resolver la situación, Sócrates, pero por favor, hijo, no cometas más idioteces. —No tuve tiempo de responder, solo se levantó y se fue.
Salí de ahí y me dirigí a mi cuarto. Me cambié de ropa y fui al gimnasio a descargar el estrés. Entrenar me ayuda a pensar, y pensar me ayuda a no cometer locuras. Tal vez, si hubiera entrenado anoche, no habría tenido que tener esta conversación con mi padre hoy.
Pasé bastante tiempo en el gimnasio y, cuando salí, ya iba de vuelta a mi cuarto, pero entonces se abrió la puerta de la sala y por ella aparecieron mi abuela, mi madre y…
—Carajo.
Mi cabeza se volvió un torbellino de sentimientos, y confieso que algunos me provocaron un tirón directo en la entrepierna. Carajo, estaba simplemente hermosa, la mujer más hermosa que he visto.
—Están preciosas. —Sé que se lo dije a todas, pero mis ojos no se apartaban de ella, y ni siquiera lograba disimularlo.
—¿Cómo estás, bella? —pregunté acercándome.
—Estoy bien. Voy a subir a llevar estas cosas al cuarto. —dijo señalando las docenas de bolsas desparramadas a su alrededor.
—Deja, yo las llevo. —No lograba quitarle los ojos de encima.
Ella asintió y se fue, rumbo a las escaleras, dejándome hipnotizado.
—Por fin, nuestro muchacho se enamoró. —dijo mi abuela dando saltitos de alegría.
—Yo… tengo que subir. —dije tomando parte de las bolsas y yendo tras aquella mujer.
Entré al cuarto y dejé las bolsas en el suelo.
—Gracias. —me respondió mirándome, y carajo, estaba demasiado hermosa, es una locura. Además, estoy seguro de que hacerle usar un vestido de mi color favorito fue cosa de mi madre.
—Si quieres, puedes poner la ropa en el clóset; le pedí a la empleada que sacara la mía de ahí.
—¿Cómo así?
—Este es uno de los cuartos más grandes de la casa, me pareció bien mudarme a uno más chico y dejarte este a ti.
—No tienes por qué hacer eso, yo puedo quedarme con el otro cuarto.
—No te preocupes por mí, solo instálate aquí. Y pronto tendremos que hablar sobre dónde vamos a vivir después de la boda.
De nuevo vi cómo su semblante cambiaba a preocupación, o quizá hasta tristeza, cosa que me extrañaba mucho y que veía a menudo en ella, incluso con lo poco que convivíamos. Según lo que yo dijera, parecía entrar en un estado de tristeza irreal.
—Instálate, ponte cómoda, y no te olvides de bajar a cenar. Después te traigo el resto de tus bolsas. —dije saliendo para dejarla a sus anchas, y también para contener las ganas insanas que tengo de besar esa boca maravillosa.
Fui hasta mi nuevo cuarto y me tiré en la cama, todavía pensando en cuánto habría querido seguir mis deseos y besarla.