Durante ocho años, Manuela lo dio todo por Caio, el hombre que manda en el Morro del Faro. Cuando él le pone el divorcio enfrente, ella no ruega. Firma.
Lo que Caio no sabe es lo que ella se lleva consigo, ni lo que deja atrás.
Cinco años después, Manuela regresa. Ya no es la mujer callada de la casa del morro, sino la gestora de Golondrina, una empresa que viene a construir donde otros solo supieron remover. Trae un nombre respetado, un equipo que confía en ella y una sola razón para volver al lugar donde más le dolió quedarse.
Del otro lado de la calle, una niña de cinco años tararea una melodía que Manuela conoce demasiado bien.
Caio descubre, tarde, todo lo que no quiso ver. Ahora quiere repararlo, y ella ya no está obligada a perdonarlo. Entre la lealtad de un morro entero, los enemigos que se mueven en silencio y un pasado que no termina de cerrarse, los dos tendrán que decidir qué se puede reconstruir y qué es mejor dejar donde está.
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Capítulo 5 — La beca
...MANU...
La oficina del profesor David queda en lo alto de un edificio de vidrio, de esos en los que el elevador tiene espejo y la recepcionista sonríe sin saber quién eres.
Llego a las diez en punto, con panza y chanclas, y el guardia casi no me deja pasar. Hasta que digo el nombre del profesor y veo cambiar la cara del hombre.
Mientras espero el elevador, una voz dulce corta el vestíbulo.
—Vaya. ¿Tú por aquí?
Bianca. Bolsa de marca en la mano, lentes de sol sobre la cabeza, oliendo al mismo perfume que quedó en el cuero del carro. Debe de haber venido a comprar por aquí cerca.
Su mirada baja por mi panza, por mis chanclas, por mi abrigo holgado, y sube otra vez con una sonrisita.
—Vine a resolver unas cosas —respondo, tranquila.
—Ay, qué tierna, tú "resolviendo cosas".
Se ríe bajito con la amiga de al lado.
—Cuidado, no te vayas a cansar, ¿eh? En tu estado.
Y más bajo, solo para que yo oiga:
—Aprovecha que Caio todavía está pagando. Después del parto se acaba la comodidad, mi reina.
Hace ocho años habría bajado la cabeza. Hace un año, habría bajado la cabeza.
Hoy por la mañana solo la miro, con la calma de quien mira el pronóstico del clima, y digo:
—Descuida, yo me cuido. Siempre me he cuidado.
Se abre el elevador. Entro, aprieto el piso, y veo por el espejo cómo a Bianca se le va quedando sin gracia la cara, sola en el vestíbulo.
Porque la provocación solo funciona cuando el otro se agacha. Y yo ya no me agacho.
Arriba, David me espera de pie.
—Siéntate.
Él mismo me jala la silla, sin dejar que yo haga fuerza.
—Antes que nada: ¿estás segura? No de lo que quieres. De lo que aguantas.
—Vas a parir y, justo después, cruzar medio mundo con una maleta y un diploma por delante. Es pesado.
—Profesor, ¿usted sabe lo que es pesado?
Pongo la mano en la panza.
—Pesado es quedarse. Quedarme ocho años más en ese morro siendo "la fea que el Dueño aguantaba". Eso sí que ya no lo aguanto.
Me mira un rato. Luego abre la carpeta.
—La beca es completa. Maestría, dos años, con posibilidad de continuar. Gestión y finanzas, que era lo que hacías con los ojos cerrados cuando todavía te daba vergüenza mostrarlo.
Empuja los papeles.
—El programa empieza en marzo. Tienes al bebé, te recuperas lo mínimo y te vas. Yo me encargo de la parte burocrática.
—Tú te encargas de nacer de nuevo.
Nacer de nuevo. Repito la frase por dentro. Me gustó.
—¿Y la niña? —pregunta David, con cuidado.
Ahí mi voz vacila por primera vez.
—Lo resolvemos. Con abogado. Como debe ser.
Respiro.
—Ella viene conmigo. Es mi hija.
No dice nada. Solo anota algo y deja el tema para después, como un buen profesor deja que la pregunta difícil madure sola.
Antes de que me vaya, saca de la repisa un cuaderno grueso, nuevo, de pasta dura, y me lo pone en la mano.
—Empieza a estudiar lo que se pueda estudiar ahora.
Su voz es firme, sin lástima.
—No como un favor mío. Como quien va a llegar allá sin deberle nada a nadie. Eres buena, Manuela.
—Siempre lo fuiste. La única persona en este mundo que nunca lo creyó fuiste tú.
Aprieto el cuaderno contra el pecho, junto a la panza. Como dos cosas que voy a cargar juntas de aquí en adelante.
Es la primera vez, en muchos años, que alguien me pone algo en la mano esperando que crezca. Y no que sirva.
Por la tarde bajo de regreso al Morro del Faro y voy directo al único lugar donde nunca tengo que fingir que estoy bien: la tienda de mi papá.
La tienda de don Jorge es una tiendita chica, de estantes repletos y congelador rugiendo, en medio de un callejón donde todo el mundo se conoce.
Mi papá está detrás del mostrador, con los lentes en la punta de la nariz, revisando la libreta del fiado. Levanta la vista, me ve, y toda su cara se abre.
—Mi hija.
Solo eso. Pero el día entero se me afloja en los hombros.
Doña Neusa sale de atrás, secándose la mano en un trapo, y ya viene con la boca a mil.
—Siéntate aquí, come algo, estás blanca.
Jala un banquito, un plato, un vaso de jugo, todo al mismo tiempo.
—¿Y entonces? ¿Hablaste con el profesor? ¿De veras te vas?
—Me voy.
Mi papá cierra la libreta despacio. No es hombre de muchas palabras.
—¿Ese hombre lo sabe? —pregunta—. ¿Que te vas a llevar a la niña lejos de él?
—Lo va a saber. Como debe ser.
Tomo su mano callosa.
—Papá, pasé ocho años con miedo. Miedo de no ser suficiente para él, miedo de lo que fuera a decir el morro, miedo de quedarme sola. Ya no tengo ese miedo.
—Se acabó.
Doña Neusa, que finge estar ocupada con el congelador, se enjuga la esquina del ojo con el trapo, muy suavecito.
—¿Sabes lo que decía mi padre?
Mi papá señala con la barbilla la ventanita de la tienda, desde donde se ve, allá arriba, contra el final de la tarde, el viejo faro apagado.
—Que la golondrina vuela lejos, desaparece el año entero, y todos piensan que ya no va a volver. Pero vuelve. Siempre vuelve.
—Porque la golondrina no olvida de dónde es.
Me aprieta la mano.
—Tú siempre fuiste mi golondrina, Manu. Anda. Vuela.
—Haz lo que tengas que hacer. Esta tienda vieja va a estar aquí cuando vuelvas. Yo también.
No lloro frente a él; no quiero cargar a mi papá con el peso de mi lágrima.
Mi papá me jala hacia él y se queda con la mano en mi hombro mientras trato de dejar de llorar. Ya puedo imaginar la maleta junto a la puerta, aunque todavía falta resolver tanto.
Ganas de empezar de nuevo.
Por la noche, acostada en el cuarto de abajo de la casa de Caio, con la mano en la panza sintiendo a mi hija moverse, miro el techo y hago la cuenta de lo que falta.
Parir. Curarme. Arreglar los papeles.
Recoger a la niña. Irme.
Falta poco.
Se mueve otra vez. Pongo la mano donde siento la patada y reviso en el papel las fechas de la beca.
Todavía cuento los meses que faltan para el parto.