El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
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Capítulo 4
Capítulo 4. Voy a divorciarme
Lucía se puso de pie sobre la cama.
—¿De verdad?
—Sí —respondió Adrián.
Mateo se acercó al teléfono.
—¿Por qué Marina no nos dijo nada?
—Porque acabo de confirmarlo. Todavía no le he avisado.
Lucía miró a su hermano y sonrió.
—¡No se lo digas! Cuando lleguemos, le damos una sorpresa.
—Está bien.
—¡Eres el mejor papá del mundo!
Después de colgar, Lucía empezó a saltar. Mateo fue a buscar su mochila y guardó la caja de su rompecabezas favorito. Aunque faltaba una semana, quería tener sus cosas listas.
Un rato después, la niña recordó a Elena.
Se había sentido aliviada desde que su mamá dejó de llamar. Antes, para evitar hablar con ella, había salido temprano a la escuela y, al volver, había dejado el celular lejos o lo había apagado. Mateo se había sumado a algunas de esas excusas.
A los dos días, Lucía tuvo miedo de que Elena lo descubriera. Dejó de hacerlo, pero las llamadas no regresaron.
Al principio pensó que su mamá se había enterado y estaba enojada. Luego descartó la idea.
Cuando Elena sabía que alguno de ellos había hecho algo malo, lo hablaba enseguida. No se quedaba sin llamarlos. Los quería demasiado.
Pensar en ella le despertó, por primera vez en varios días, un poco de nostalgia.
Tomó el celular y marcó su número.
Pero, antes de que contestara, recordó algo: cuando estuvieran en México, su mamá seguramente trataría de impedir que vieran a Marina. Ya no podrían ir con ella cuando quisieran.
Lucía frunció el ceño y colgó.
***
En México era de madrugada.
Elena se despertó con el teléfono. Vio el nombre de su hija y se incorporó, pero la llamada terminó antes de que pudiera contestar.
Había propuesto que Adrián se quedara con la custodia de ambos niños. Eso no significaba que hubiera dejado de ser su madre ni que se desentendiera de su bienestar.
Devolvió la llamada. Nadie respondió.
Lucía vio el nombre de mamá en la pantalla.
Era la llamada que ella misma había hecho unos segundos antes. Ahora Elena estaba intentando hablar con ella.
La niña dejó el celular sobre la cama y se apartó.
Preocupada, Elena llamó al teléfono fijo de la casa. Rosa contestó enseguida.
—No creo que haya pasado nada, señora. Anoche se durmieron tarde. Hace un rato todavía estaban en la cama. Voy a verlos y la llamo.
—Gracias, Rosa.
Cuando subió, Mateo se estaba lavando la cara. Lucía tenía el cepillo de dientes en la mano.
—Su mamá llamó. Dice que Lucía intentó hablar con ella.
La niña bajó los ojos.
—Lo apreté sin querer.
Mateo la miró, pero no dijo nada.
Rosa no vio razón para dudarlo. Bajó y llamó a Elena para tranquilizarla.
Lucía dejó escapar un pequeño resoplido. Rosa había creído su explicación; ya no tendría que hablar con mamá.
En México, Elena dejó el teléfono junto a la almohada. Sabía que sus hijos estaban bien. Podía intentar dormir otra vez.
Cerró los ojos, pero no consiguió descansar durante mucho tiempo. A la mañana siguiente se levantó para ir a trabajar con el cansancio todavía en el cuerpo.
***
Adrián no había vuelto a pensar en el sobre desde que Marina lo llamó aquella noche.
El día del viaje guardó el último documento en el maletín y comprobó que no olvidara nada.
Luego bajó.
—Listo. Nos vamos.
La limusina salió rumbo al aeropuerto con él y los mellizos.
***
Nadie le avisó a Elena que regresaban.
Ya llevaba dos semanas viviendo sola. Poco a poco había empezado a disfrutar el silencio de su departamento y la libertad de organizar su tiempo.
Ese sábado se levantó más tarde. Abrió las cortinas, se estiró frente a la luz de la mañana y regó la hierbabuena y el romero. Al tocar una hoja, el aroma fresco le quedó en los dedos.
Iba a preparar el desayuno cuando sonó el timbre.
Era su vecina, la señora Fuentes.
—¿No te desperté, Elena?
—No, ya estaba levantada.
—Qué bueno. Te traje pan dulce. Mi esposo acaba de hornearlo.
—Muchas gracias. No hacía falta.
—Claro que sí. Si no hubieras ayudado a Sofía el otro día, ese perro la habría mordido. Mi esposo y yo queríamos agradecerte, pero hemos tenido tanto trabajo...
—Lo importante es que ella está bien.
Conversaron unos minutos. Cuando la vecina se fue, Elena preparó café con leche y puso un pan sobre un plato. Desayunó junto a la ventana mientras estudiaba el funcionamiento de un nuevo algoritmo de inteligencia artificial.
Por la tarde le apareció una noticia sobre el centenario de la Universidad de Santa Aurora.
Miró la fecha. Era cierto: la celebración era ese día.
Buscó más información. La universidad era una de las más prestigiosas del país y, para su primer centenario, había invitado a antiguos alumnos destacados de numerosos sectores.
Entre las fotografías reconoció varios rostros.
El celular le tembló en la mano.
Vio a sus antiguos compañeros entre los invitados. Sus nombres aparecían junto a los proyectos y los premios que habían conseguido.
Ella también había pasado noches en aquellos laboratorios. También había tenido ideas en las que otros creían.
Ahora recorría las fotografías como cualquier persona que leía la noticia desde su casa.
Si no hubiera abandonado aquel camino al terminar la carrera, quizá su nombre estaría entre los invitados.
Cerró la computadora.
Después de vacilar unos minutos, tomó las llaves y fue a la universidad.
Ya era tarde y varios invitados se habían marchado, aunque el campus seguía lleno. Elena caminó sin rumbo hasta el edificio de laboratorios.
Allí oyó una voz conocida.
—¿Elena?
Veinte minutos después, estaba sentada con Gabriel Ortega en una cafetería cercana.
La mesera dejó dos cafés sobre la mesa. Elena acercó el suyo y le agregó un poco de leche.
—¿Cómo te ha ido?
Elena rodeó la taza con ambas manos.
—Bien. Aunque... voy a divorciarme.
Gabriel se quedó quieto.
—Lo siento.
—No te preocupes.
—¿Y qué quieres hacer ahora? ¿Has pensado en volver a la empresa?
—Sí, pero...
Gabriel no sabía qué la frenaba. La miró con seriedad.
—Te necesitamos. La empresa también es tuya. Me gustaría que volvieras al frente del desarrollo de software.
—Yo...
Elena no encontraba la forma de explicar su miedo.
La inteligencia artificial avanzaba a una velocidad enorme. Ella llevaba unos seis años lejos del sector. No sabía si conseguiría ponerse al día, mucho menos volver a llevar al equipo por delante de sus competidores.