El día que su divorcio quedó firmado, Mireya terminó en el suelo del estacionamiento del juzgado, con las rodillas ensangrentadas, noventa y cinco kilos de humillación y cuatro dólares en la cartera. Su exmarido la llamó «gorda». Su exsuegra y su excuñada, «cerda». Nadie se detuvo a ayudarla.
Esa misma tarde, un anuncio en las redes sociales le abre una puerta imposible: SE BUSCA A ALGUIEN DISPUESTA A SER MADRASTRA.
Al final de un camino de tierra la espera una hacienda enorme, un niño de cinco años que se niega a comer y a dejarse tocar, y Álvaro Zarreta: un hombre de mirada helada que no necesita una esposa, solo una madre para su hijo. Una prueba absurda, un plato de arroz frito y un matrimonio por contrato después, Mireya descubre que la tierra descuidada de esa hacienda le habla como a nadie, que un niño puede enamorarse de quien le roba la comida, y que hasta el hombre más callado sabe, a su manera, celar.
Pero su pasado no se ha ido. El exmarido que la tiró como basura reaparece. Las reglas del contrato no son tan claras como parecían. Y en esa casa hay un pasado del que nadie le ha hablado.
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17. Charla de cortesía a medias
Mireya se tapó la boca.
—Perdón.
Álvaro entrecerró los ojos.
—¿Por qué?
—Por haberlo empujado.
—¿Por qué me empujaste?
Mireya se rascó la cabeza.
—Pues me asusté. ¿Por qué se acuesta de repente detrás de mí, señor?
Álvaro soltó el aire. Él mismo trataba de recordar cómo había terminado dormido abrazando a Mireya.
—Señor, por favor, respete el contrato que usted mismo redactó. ¿No quedamos en no estorbarnos el uno al otro?
A Álvaro ya se le habían puesto rojas las orejas de la vergüenza. Pero aguantó con la cara inexpresiva de siempre.
Camilo, que pasaba por casualidad frente al cuarto, abrió la puerta al oír el alboroto en la habitación de la señora. Al ver a su patrón tan descolocado, bajó la cabeza. Los hombros le temblaban.
Álvaro giró hacia él con brusquedad.
—Camilo.
—Sí, señor.
—No te rías.
—No me río, señor.
—Se te mueven los hombros.
Camilo se puso derecho en el acto.
—Será el viento, señor.
Álvaro lo miró unos segundos. Luego soltó un suspiro largo.
—Vete.
—Sí, señor. —Camilo desapareció enseguida.
Pero a los pocos pasos, Mireya recordó algo.
Se volvió hacia Álvaro.
—Señor.
—¿Ahora qué?
Mireya señaló la ventana.
—Ya amaneció.
Álvaro se quedó callado.
Mireya lo observó un momento.
—¿No iba a rezar, señor?
—Ya lo sé.
—Si lo sabe, ¿por qué sigue ahí parado?
Álvaro suspiró.
—Voy a rezar en mi cuarto.
Mireya arqueó una ceja.
—¿En su cuarto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Hay más tranquilidad.
Mireya contuvo una sonrisa.
—Vaya, ahora el señor anda con muchas excusas.
Álvaro la miró sin expresión.
—Solo quiero rezar en mi cuarto.
Mireya asintió varias veces.
—Muy bien.
Álvaro se dio la vuelta para irse.
Pero Mireya agregó:
—Aunque, señor...
—¿Qué?
—Si uno es esposo, tiene que ser constante en sus rezos.
Álvaro se detuvo. Giró despacio.
Mireya puso cara de inocente.
—Solo se lo recuerdo.
—No necesito que me lo recuerdes.
—¿De veras?
—De veras.
Mireya sonrió apenas.
—Qué bueno, entonces.
Álvaro la miró con desconfianza.
—¿Por qué lo dices?
Mireya solo negó con la cabeza y le indicó con un gesto que saliera de su cuarto.
No sé si de verdad va a rezar allá o solo huye de mí. Mireya movió la cabeza.
—Qué esposo este...
* * *
En el comedor, Mireya ya estaba bañada y perfumada. Elián también. Álvaro la observaba a escondidas, sin parar.
No estaba seguro de nada. Aquella mujer con la que se había casado bajo la condición de no preguntarse nada ni estorbarse, ahora la miraba fijamente.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué cambiaste tanto? ¿Estás enferma?
Mireya ladeó un poco la cabeza. Luego se miró las manos. Estaban más oscuras que antes de llegar allí. Y se dio cuenta de algo: antes sus manos eran más redondas. Ahora hasta se le marcaban un poco las venas.
—Estoy bien, señor.
—¡Deja de llamarme «señor»! Soy tu esposo, no tu patrón.
Mireya parpadeó varias veces. Para ella, ser esposa era solo un estatus. Allí no era más que una empleada con título de esposa, y eso que ni siquiera era un matrimonio válido.
—¿Y cómo lo llamo, entonces? ¿Don Álvaro, tío, jefe?
Álvaro se quedó callado. Se le tensó la mandíbula.
—No me llames don Álvaro.
Mireya parpadeó.
—¿Por qué?
—No soy tu abuelo.
—¿Entonces tío?
—Peor.
—¿Jefe?
Álvaro la miró con dureza.
—¿Parezco el jefe de una cuadrilla?
Mireya le estudió la cara unos segundos.
—Entonces...
Álvaro esperó.
Mireya sonrió apenas.
—¿Álvaro?
Él pareció sopesarlo. No sabía por qué, pero esa palabra tan simple le sonó mucho mejor que cualquiera de las otras que ella había propuesto.
—Está bien.
Mireya asintió.
—De acuerdo, Álvaro. —Y apartó la vista, haciendo una mueca.
Álvaro el Raro, pensó.
* * *
—¿Cómo va tu huerto? —preguntó él, por hablar de algo.
Mireya dejó de comer y lo miró.
—¿Cómo dices?
—El huerto.
—Ah. —Mireya volvió a comer—. Bien.
Álvaro esperó. ¿Solo eso?
—¿Bien cómo?
—La tierra es bastante buena.
Álvaro asintió.
—¿Y?
—Hay que limpiar algunas partes.
—¿Y después de limpiarlas?
—Se puede sembrar.
Álvaro volvió a esperar. Mireya siguió comiendo.
Él frunció el ceño al ver que ella no explicaba más.
—¿Sembrar qué?
—Verduras.
—¡Cuéntame!
Mireya frunció el ceño un instante. ¿No fue él quien dijo que no se podía andar preguntando?, pensó.
Álvaro seguía mirándola, esperando su respuesta.
—Pienso sembrar espinaca, acelga, chile, tomate y berenjena.
Álvaro asintió.
—¿Por qué?
Mireya alzó la cara.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué siembras todo eso?
—Para comérmelo.
Álvaro enmudeció. Camilo bajó la cara. Elián soltó una risita. Mireya siguió comiendo con calma.
Álvaro respiró hondo. Empezaba a darse cuenta de que a Mireya le costaba mucho seguir una charla de cortesía.
—Si necesitas trabajadores que te ayuden, dímelo.
—No hace falta.
—¿Por qué?
—Puedo yo sola.
—Son dos hectáreas —insistió Álvaro, incrédulo.
Mireya asintió.
—Lo sé.
—¿Piensas limpiarlo todo tú sola?
—Sí.
Álvaro se fijó en sus manos. Tenía varios rasguños pequeños en los dedos.
—¿Por qué no quieres que te ayude?
Mireya se encogió de hombros.
—Porque no quiero dar lata a nadie.
Álvaro frunció el ceño.
—Todos los trabajadores de la hacienda trabajan para mí.
—Sí.
—Así que pedirles ayuda no es dar lata.
Mireya pareció pensarlo. Después asintió.
—Entonces les pediré ayuda cuando de verdad la necesite. Por ahora disfruto trabajándola yo sola.
Álvaro se recostó y exhaló.
Pero antes de que pudiera decir nada, Elián se le adelantó.
—Papá.
—¿Mmm?
—¿Mañana vienes a trabajar la tierra con nosotros?
Álvaro miró a su hijo de inmediato.
—¿Yo?
—Sí.
—Yo no me meto así nomás en el huerto.
—Ven, vamos todos juntos a trabajar la tierra —insistió Elián.
—¿Por qué?
—Porque Mamá trabaja la tierra.
Álvaro miró a Mireya.
Ella se encogió de hombros.
—No me mires a mí. Yo no se lo pedí.
Elián asintió muy convencido.
—Tienes que venir, Papá.
—No.
—Tienes que.
—No.
—Mamá...
Mireya volteó.
Elián señaló a Álvaro.
—Dile a Papá que venga.