Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad 2
Pero los días buenos comenzaron a desaparecer.
Al principio, el cansancio parecía normal. Dormía más horas de lo habitual y necesitaba descansar después de realizar actividades que antes podía hacer sin dificultad.
Su familia intentó no preocuparse demasiado.
Los médicos ajustaron sus tratamientos y le recomendaron permanecer en reposo.
Ella obedeció.
Dejó de visitar la sala infantil con tanta frecuencia. Después comenzó a pasar días enteros en su habitación. Los libros que solía leer se acumularon sobre la mesita de noche, esperando que volviera a abrirlos.
Aun así, cuando alguien entraba a verla, ella sonreía.
—Estoy bien. Solo necesito dormir un poquito.
Era su respuesta favorita.
También era la que más preocupaba a quienes la conocían.
Porque su sonrisa se había vuelto cada vez más pequeña.
Sus manos estaban frías. Su rostro había perdido parte del color y hasta hablar durante varios minutos le resultaba agotador.
Una tarde, mientras contemplaba el jardín desde la cama, pidió que abrieran la ventana.
Quería escuchar a los pájaros.
El aire fresco acarició su rostro y movió ligeramente las páginas del libro que descansaba sobre sus piernas.
Era uno de sus cuentos favoritos.
La historia de una joven que vivía encerrada en una torre y soñaba con conocer el mundo.
Soltó una risita débil.
—Qué muchacha tan tonta...
Se quedó mirando la ilustración de la protagonista.
La joven del dibujo tenía un vestido precioso, largos cabellos y una expresión llena de esperanza. Al otro lado de la torre se extendía un paisaje inmenso, con montañas, ríos y un castillo a lo lejos.
Ella pasó un dedo sobre la ilustración.
[Si yo viviera en un cuento, me gustaría ser una princesa].
La idea le pareció divertida.
Una princesa que no tuviera que pasar sus días en hospitales. Una princesa que pudiera correr por jardines enormes, comer todos los dulces que quisiera y viajar a lugares que solo había visto en los libros.
Una princesa que tuviera tiempo suficiente para enamorarse.
Se sonrojó ligeramente ante aquel último pensamiento.
[¡Qué vergüenza! Nunca he tenido una cita y ya estoy pensando en enamorarme].
Se llevó una mano a la mejilla, como si alguien pudiera descubrir sus pensamientos.
Después suspiró.
[En realidad, ni siquiera sé cómo se supone que una debe comportarse cuando alguien está enamorado de ella].
¿Debía sonreír?
¿Bajar la mirada?
¿Aceptar flores?
¿Y qué sucedía si el pretendiente era desagradable?
Frunció el ceño.
[No, definitivamente no aceptaría flores de un hombre desagradable].
Se quedó pensativa durante unos segundos.
[Aunque, si las flores son bonitas, podría aceptarlas y después rechazarlo con educación].
Su sonrisa regresó por un instante.
Era una tontería imaginar aquellas cosas cuando apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama.
Pero ¿qué importaba?
Todavía podía soñar.
Y mientras pudiera hacerlo, no permitiría que la tristeza ocupara todos sus pensamientos.
Los días siguientes fueron difíciles.
Su cuerpo parecía estar alejándose de ella poco a poco, como una lámpara cuya luz se debilita a pesar de que todavía queda aceite en su interior.
Las conversaciones se hicieron más breves.
Las visitas, más silenciosas.
Las noches, más largas.
Una madrugada despertó y descubrió que su habitación estaba iluminada únicamente por la luz tenue de una lámpara.
Su familia descansaba cerca.
Ella giró lentamente la cabeza hacia la ventana. El cielo estaba oscuro y las estrellas apenas se distinguían entre las nubes.
No sentía dolor en aquel instante.
Solo un cansancio profundo.
Un cansancio que parecía haberse instalado en sus huesos y que ninguna cantidad de sueño podía aliviar.
Miró el reloj.
Todavía faltaban varias horas para el amanecer.
[¿Será que mañana me sentiré mejor?].
No obtuvo respuesta.
Cerró los ojos y recordó la primera vez que había regresado a casa después de tantos meses en el hospital. Recordó la luz del sol, el olor de las flores y la sensación de hundirse en su propia cama.
Recordó las risas de los niños.
Las pequeñas manos aferradas a las suyas.
Las voces que le pedían otro cuento.
Y, de pronto, una idea la hizo abrir los ojos.
[¿Qué pasará con ellos si ya no regreso?].
Sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.
No quería que los niños pensaran que los había abandonado.
No quería que aquella pequeña niña siguiera esperando el cuento de princesas que le había prometido.
No quería que su familia tuviera que despedirse de ella.
Tenía veinte años.
Solo veinte.
Había tantos libros que todavía no había leído, tantos lugares que no había visitado y tantas cosas que no había experimentado.
Nunca había caminado bajo una lluvia de verano sin preocuparse por enfermarse.
Nunca había asistido a un baile.
Nunca había recibido una carta de amor.
Nunca había tenido la oportunidad de ponerse un vestido hermoso y girar frente a un espejo hasta marearse de tanto reír.
Ni siquiera había probado todos los sabores de helado que existían.
Aquello último le pareció especialmente injusto.
[¿Cómo es posible que una persona se muera sin haber probado todos los helados del mundo?].
Sus labios temblaron.
Quiso reír, pero terminó llorando.
No lloró porque creyera que su vida había sido inútil.
Había conocido personas buenas. Había recibido cariño. Había hecho reír a niños que necesitaban desesperadamente una razón para sonreír.
Su vida había tenido momentos hermosos.
Pero había sido demasiado corta.
Tan corta que sentía que acababa de comenzar.
[Quería vivir un poquito más].
Apretó la sábana entre sus dedos.
[Solo un poquito más...].
No pidió ser rica.
No pidió ser famosa.
No pidió que el mundo recordara su nombre.
Solo quería tener una oportunidad.
Una oportunidad de caminar, de reír sin quedarse sin aliento, de leer cuentos hasta quedarse dormida y de conocer todas aquellas cosas que había imaginado durante las noches interminables del hospital.
Quería vivir una vida corriente.
Una vida que para los demás quizá no tuviera nada de extraordinario.
Pero que, para ella, habría sido el regalo más maravilloso del mundo.
El amanecer llegó lentamente.
La luz se filtró por las cortinas y dibujó una línea dorada sobre el suelo de la habitación.
Ella apenas pudo abrir los ojos.
Todo parecía distante.
Las voces de su familia llegaban desde algún lugar que no conseguía identificar con claridad. Sentía una mano cálida sosteniendo la suya y reconocía, vagamente, el sonido de alguien pronunciando palabras que no alcanzaba a comprender.
Quiso responder.
Quiso decir que estaba allí.
Que todavía podía escucharlos.
Que no necesitaban llorar.
Pero su cuerpo ya no obedecía.
La habitación comenzó a perder sus contornos.
Primero desaparecieron los detalles de las cortinas. Después, la luz de la ventana se volvió borrosa. Los sonidos se alejaron, como si alguien estuviera cerrando una puerta muy lentamente entre ella y el resto del mundo.
No sintió que cayera.
Tampoco sintió que flotara.
Simplemente, todo comenzó a desvanecerse.
Y entonces recordó una última imagen.
Un libro abierto sobre sus piernas.
Una niña sonriente.
Una promesa que no había podido cumplir.
[Lo siento, cariño...].
Una lágrima resbaló por su mejilla.
[Quería leerte ese cuento].
Su respiración se volvió cada vez más tenue.
[Quería quedarme].
Los dedos que sostenían la sábana se relajaron.
La calidez de la mano que la acompañaba parecía cada vez más lejana.
[¿Es esto el final?].
No había imaginado que sería así.
No había imaginado que el mundo pudiera apagarse tan lentamente, sin grandes acontecimientos ni despedidas perfectas. Solo una habitación, una luz cada vez más tenue y el silencio que se extendía a su alrededor.
Por un instante, sintió miedo.
Después, incluso aquel miedo comenzó a desaparecer.
[Quizá... quizá en otra vida pueda ser diferente].
Fue un pensamiento débil, casi infantil.
Una fantasía nacida de todos los cuentos que había leído durante sus años de enfermedad.
Pero se aferró a ella.
[Quizá en otra vida pueda correr].
La oscuridad avanzó.
[Quizá pueda ver el mar].
Su conciencia comenzó a desvanecerse.
[Quizá pueda enamorarme].
Y, finalmente, con una última súplica que ni siquiera llegó a convertirse en palabras, pensó..
[Por favor... si existe otra vida, déjame vivirla de verdad].
Todo se volvió negro.
No hubo sueños.
No hubo voces.
No hubo dolor.
Solo una oscuridad inmensa, silenciosa e interminable.
Y la muchacha que había pasado veinte años esperando que su cuerpo le permitiera vivir un poco más dejó de existir en aquel mundo.
Sin saber que, en algún lugar más allá de aquella oscuridad, el destino estaba a punto de concederle una segunda oportunidad.
Una oportunidad que jamás habría podido imaginar.
Y que, por alguna razón que todavía desconocía, comenzaría con un vestido demasiado pesado, un corsé demasiado apretado y una voz masculina pronunciando unas palabras absolutamente escandalosas.
Pero eso...
Eso sería asunto de su próxima vida.
Que tierno