Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.
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Capítulo 14: Tensión en la Sala de Juegos
El trayecto de regreso en la limusina blindada había sido un espejismo de calma. Lucas cabeceaba contra el hombro de Valeria sosteniendo su libreta de cálculos; Mateo roncaba suavemente con la mejilla aplastada contra la solapa del abrigo de Bastian; y Emma contemplaba las luces de los rascacielos murmurando críticas sobre la iluminación pública.
Sin embargo, en cuanto las puertas del ático se abrieron a las nueve y media de la noche, una segunda ola de energía atómica pareció reactivar a los tres pequeños.
—¡Operación rescate submarino en la bañera! —bramó Mateo, despertándose de golpe como si le hubieran inyectado adrenalina pura, desprendiéndose del abrigo y corriendo descalzo por el pasillo de madera rumbo al baño principal.
—Miller ya se retiró a su habitación —dijo Valeria, colgando su bolso y quitándose los tacones con un gemido de puro alivio. Miró a Bastian, que permanecía de pie en el vestíbulo observando la casa con esa tranquilidad depredadora tan suya—. Tu turno de supervisión ha terminado por hoy, Thorne. Ya probaste tus nuggets de alta costura. Puedes cruzar al Penthouse B y disfrutar de tu soledad de soltero.
Bastian no se movió. Se desabrochó lentamente el saco de raya diplomática y lo dejó sobre el respaldo de un sillón con la naturalidad de quien se siente dueño de las paredes.
—El contrato de compromiso estipula que tengo derecho a participar en la rutina de descanso —repuso él, desatándose la corbata de seda con un solo tirón fluido—. Y según veo, tu flota naval de infantería está a punto de inundar el ala este. No vas a poder sola.
—He podido sola durante seis años, gracias.
—Pues esta noche tienes tripulación extra —replicó él en un susurro bajo, cruzando el umbral hacia el pasillo con zancadas largas.
Valeria soltó una maldición entre dientes y lo siguió a toda prisa.
El cuarto de baño de los trillizos era un espacio amplio, revestido de mármol blanco y azulejos turquesa, dominado por una bañera profunda de hidromasaje que en ese instante se llenaba a toda velocidad bajo una montaña de espuma aromática de eucalipto y lavanda.
Mateo ya estaba dentro en calzoncillos, arrojando barcos de plástico contra los grifos dorados. Emma estaba sentada en el borde, sumergiendo las puntas de los dedos con la solemnidad de quien evalúa las aguas termales de un balneario suizo, y Lucas vertía con cuidado una botella de champú adicional para "aumentar la densidad coloidal de las burbujas".
—¡Lucas, basta de jabón! —advirtió Valeria, arrodillándose en el borde con una toalla sobre el regazo—. Mateo, quítate eso. Emma, la tiara afuera.
Bastian entró al baño, llenando por completo el espacio con su estatura. Se arrodilló al otro lado de la bañera, justo frente a Valeria. Se remangó la camisa blanca de vestir por encima de los codos, dejando al descubierto sus antebrazos firmes y la sombra de vello oscuro en su piel.
—Permíteme, capitana —dijo él, ladeando la cabeza con una sonrisa que encendió todas las alarmas en el cuerpo de Valeria.
—Cuidado con el agua, Thorne. Esa camisa no sobrevive a...
Antes de que pudiera terminar la frase, Mateo ejecutó lo que él consideraba una maniobra de inmersión táctica: saltó de rodillas sobre la montaña de espuma con los brazos abiertos.
Una ola gigantesca de agua tibia, burbujas y jabón se levantó como un tsunami en miniatura.
El impacto fue directo.
Bastian recibió la mayor parte del impacto en el pecho y la cara. El agua empapó su camisa blanca por completo, volviéndola instantáneamente translúcida y pegándola a su torso como una segunda piel mojada. Su cabello castaño oscuro, habitualmente peinado con precisión milimétrica, cayó chorreando sobre su frente en mechones desordenados.
Valeria no se salvó del todo: su escote y los hombros de su vestido carmín quedaron salpicados de espuma blanca.
El silencio fue sepulcral durante tres segundos. Mateo abrió la boca en una perfecta "O" de espanto. Lucas retrocedió dos pasos calculando las probabilidades de un desastre diplomático.
Valeria miró al intocable titán europeo. Gotas de agua se deslizaban por su mandíbula afilada, y una enorme masa de espuma blanca se balanceaba precariamente sobre su ceja izquierda.
La risa de Valeria comenzó como un temblor en su garganta hasta convertirse en una carcajada limpia y sonora que rebotó en los azulejos de mármol.
—Te... te advertí sobre el oleaje —dijo ella entre risas, llevándose una mano al pecho para recuperar el aire.
Bastian la miró a través de los mechones mojados que caían sobre sus ojos grises. No había un ápice de ira en su rostro; en su lugar, una mirada ardiente, cargada de una diversión peligrosa y salvaje, se clavó en ella.
Sin apartar los ojos de Valeria, Bastian tomó un puñado gigantesco de espuma blanca del agua.
—Tú te estás divirtiendo demasiado a mi costa, señorita Sterling —susurró él.
En un movimiento rápido y certero, Bastian estiró el brazo y le plantó la masa de espuma directamente en la punta de la nariz y la mejilla derecha de Valeria.
—¡Bastian! —chilló ella, sorprendida, abriendo los ojos de par en par.
—¡Guerra de nieve! —gritó Emma desde el borde, lanzando dos bolas de espuma a la nuca de su padre.
Lo que siguió durante los siguientes quince minutos fue un caos glorioso, descontrolado y ruidoso. Bastian, que media hora antes presidía mesas de millones de dólares, se encontró sumergiendo juguetes, rescatando submarinos de plástico, recibiendo una corona de espuma modelada por Emma y frotando espaldas infantiles con una toalla tibia mientras Mateo le explicaba la diferencia entre un portaaviones nuclear y un destructor estelar.
Por primera vez en seis años, Valeria no tuvo que multiplicarse por tres. Vio cómo las manos grandes y callosas de Bastian sostenían la cabeza de Mateo con una delicadeza instintiva para que el champú no le ardiera en los ojos. Vio cómo escuchaba con absoluta seriedad la teoría de Lucas sobre el desplazamiento de fluidos. Y vio cómo sonreía cuando Emma le permitía peinarle las puntas del cabello con un cepillo suave.
Era una estampa devastadoramente hermosa. Y aterradora para su blindado corazón.
Hacia las diez y cuarto, la tormenta amainó.
Los tres pequeños, envueltos en pijamas de felpa y oliendo a lavanda limpia, estaban metidos en sus respectivas camas de la habitación compartida. Bastian se sentó en una banqueta baja entre las tres camas y, con una voz profunda, hipnótica y rasposa, les relató una historia real sobre cómo su bisabuelo había navegado a través de una tempestad de hielo en los fiordos noruegos guiándose únicamente por las estrellas y el sonido del viento en las jarcias.
A los diez minutos, la respiración rítmica de los tres niños confirmó la victoria. Se habían rendido al sueño.
Bastian se levantó con sigilo militar, arropó a Emma, apartó un mechón de la frente de Lucas y acomodó la nave de plástico de Mateo sobre su mesilla de noche. Se inclinó sobre cada uno y, en un gesto cargado de una devoción silenciosa y profunda, besó la frente de sus tres hijos.
Valeria, apoyada contra el marco de la puerta en la penumbra del pasillo, sintió una opresión en la garganta tan densa que casi le dolía. Se obligó a tragar saliva y apartar la vista.
Bastian cruzó el umbral y cerró la puerta de la habitación con un clic casi inaudible.
El pasillo quedó en penumbra, iluminado únicamente por la suave luz ámbar que venía de la cocina. El silencio del ático era ahora absoluto, denso y cargado de una intimidad sofocante.
Bastian se detuvo frente a ella. Estaba completamente empapado. La camisa de vestir blanca, pegada a sus pectorales y a su abdomen tenso por el agua tibia, no dejaba nada a la imaginación. Los mechones castaños desordenados sobre su frente y el rastro de agua que bajaba por su cuello le daban un aire salvaje, vulnerable y descaradamente sensual que desarmó cualquier intento de frialdad por parte de Valeria.
—No puedes volver a tu departamento en ese estado —dijo ella, con una voz que sonó más baja y ronca de lo que pretendía—. Vas a arruinar tus alfombras de diseño.
—Mis alfombras me importan muy poco en este momento, Valeria —respondió él, dando un paso lento hacia adelante.
Valeria retrocedió de manera instintiva hasta que sus hombros chocaron contra la pared del pasillo. Bastian no frenó. Se detuvo a escasos centímetros de ella, apoyando una mano húmeda contra el muro, justo al lado de la cabeza de Valeria.
El calor que emanaba de su cuerpo mojado la envolvió de golpe. El aroma a jabón de lavanda infantil mezclado con el cedro amargo de su piel era una combinación tóxica para los sentidos de Valeria.
—Dijiste en el restaurante que tendríamos una negociación muy distinta cuando se durmieran —susurró Valeria, obligándose a sostenerle la mirada aunque sentía el corazón galopando desbocado en su pecho—. ¿Qué cláusula quieres discutir ahora, Thorne?
Bastian bajó la vista hacia sus labios. Estaban a escasa distancia. Podía sentir el calor entrecortado de su aliento contra su propia boca. Levantó la mano libre y, con la yema del pulgar, limpió con una lentitud exasperante un rastro de espuma seca que aún quedaba en la comisura del labio de ella. El tacto de su piel áspera contra su boca hizo que a Valeria se le escapara un suspiro entrecortado.
—No quiero hablar de contratos, Valeria —murmuró Bastian, y su voz bajó a un registro gutural, tan íntimo que vibró en los huesos de ella—. Ni de barcos, ni de acciones, ni de las malditas clínicas suizas.
—¿Entonces de qué?
Bastian se inclinó un milímetro más, hasta que la punta de su nariz rozó la curva suave de la mejilla de ella, bajando lentamente hacia su cuello, donde el pulso de Valeria martilleaba desbocado.
—De cómo me miraste en el baño mientras jugaba con ellos —susurró Bastian contra su piel, enviando una descarga eléctrica que hizo temblar las rodillas de Valeria—. De cómo intentas odiarme con la cabeza mientras tu cuerpo tiembla cada vez que me acerco a ti.
—No tiemblo —mintió ella en un hilo de voz, aunque sus manos se aferraban a la tela de sus propios costados para no tocar el pecho desnudo y empapado que tenía a milímetros.
—Mírame y dímelo a los ojos —ordenó Bastian suavemente, levantando el rostro para clavar sus pupilas de tormenta en las de ella.
Estaban tan cerca que sus labios casi se rozaban con cada palabra. La tensión sexual acumulada durante días de guerra corporativa y secretos desenterrados estaba a punto de estallar en el pasillo silencioso.
—Eres... peligroso, Bastian —susurró Valeria, con la respiración entrecortada y los ojos oscurecidos por el deseo—. No confío en ti. No confío en ningún hombre que crea que puede entrar en mi vida y gobernarlo todo.
Bastian acarició con el dorso de sus dedos la mandíbula de ella, descendiendo lentamente por la curva de su cuello hasta apoyarse en la clavícula desnuda. La piel de Valeria se estremeció bajo su tacto abrasador.
—No quiero gobernar tu vida, Valeria —dijo él, con una intensidad cruda y feroz en la mirada que la dejó completamente sin aliento—. Quiero conquistarla. Y a ti también.
El timbre agudo y estridente del teléfono de seguridad de la entrada sonó con un estrépito que destrozó el hechizo como un cristal cayendo contra el pavimento.
Valeria dio un salto, parpadeando como si despertara de un trance hipnótico. Empujó el pecho húmedo de Bastian con ambas manos, sintiendo la dureza implacable de sus músculos bajo las palmas antes de apartarse apresuradamente hacia la sala de estar.
Bastian cerró los ojos un instante, apretando la mandíbula con una maldición ahogada en alemán que denotaba una frustración infinita.
Valeria descolgó el auricular de la pared con dedos ligeramente temblorosos.
—¿Sí? —dijo, intentando que su voz sonara profesional.
—Señorita Sterling, disculpe la hora —la voz nerviosa de Frank, el conserje de la noche, resonó por la línea—. Hay dos hombres en el vestíbulo con identificación de la Autoridad Portuaria de Nueva Jersey y tres abogados del consorcio alemán. Dicen que hay una notificación urgente sobre el embargo preventivo de las terminales de carga en Newark... y exigen hablar con el señor Bastian Thorne de inmediato.
Valeria se giró hacia el pasillo.
Bastian ya estaba allí, enderezándose cuan largo era, con la mirada de nuevo convertida en un témpano de acero. La vulnerabilidad doméstica se había evaporado. El tiburón de los mares había vuelto a tomar el control.
La guerra acababa de llamar a la puerta principal.