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Mi Esposo Exconvicto Es Multimillonario

Mi Esposo Exconvicto Es Multimillonario

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Juego de roles / Completas
Popularitas:149
Nilai: 5
nombre de autor: Isabel Coração

El día de su compromiso, Giselda lo pierde todo: su novio la deja por su amor de juventud y su familia adoptiva, que solo la ha usado como fuente de dinero, la golpea y la echa de casa. Con una maleta vieja y la mejilla hinchada, sube llorando a un auto que no es el suyo, sin saber que el hombre callado del asiento de al lado va a cambiarle la vida.

Oziel Bittencourt es, para toda la ciudad, el hijo desechado que salió de la cárcel sin un centavo. Lo que nadie sospecha es que su familia lo encerró con pruebas falsas y que, desde las sombras, él sigue siendo el verdadero dueño del imperio Bittencourt. Para callar a su madrastra y calmar a su abuela, necesita una esposa de papel; y Giselda, arquitecta sin dinero ni adónde ir, necesita desaparecer de su propia familia.

Un contrato, tres reglas y un matrimonio que nadie debía creerse. Pero entre mentiras piadosas, secretos de pasado y enemigos que acechan en cada esquina, lo que empezó como un trato empieza a sentirse demasiado real.

¿Hasta cuándo se puede fingir un amor que ya late de verdad? ¿Y qué pasará cuando ella descubra quién es en realidad el exconvicto con el que se casó?

NovelToon tiene autorización de Isabel Coração para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

POV de Giselda

Esa misma noche tenía turno de acompañante en el Hospital Bom Pastor. Necesito los trabajos extra. Un solo sueldo no alcanza para el mes, nunca alcanzó.

La enfermera jefa me detuvo en el pasillo del último piso, hablando bajito.

—Eres valiente de aceptar ese cuarto. La señora ya espantó a tres acompañantes esta semana. A la última le tiró un vaso a la cara.

—¿Qué tiene?

—Problemas de la vista, casi no ve. Y un carácter de tormenta. Mucha suerte, hija.

Entré despacio. Doña Aurora, una señora de cabello blanco recogido en un moño, estaba sentada en la cama de una habitación más bonita que cualquier casa donde yo hubiera vivido, y aun así con cara de pocos amigos.

—¿Otra más? —dijo, sin voltear bien el rostro—. ¿Cuántos años tienes para querer bañarme ya y tratarme como a una pobrecita?

—Nada de baños, señora. Vine solo a hacerle compañía. Y no creo que usted sea una pobrecita. La veo brava, nada más.

Volvió la cara hacia donde sonaba mi voz. Se quedó callada un segundo.

—Al menos esta dice la verdad.

—¿Ve usted algo?

—Bultos. Luz. Lo demás el médico promete devolvérmelo con una cirugía que no deja de posponer.

—Entonces no necesitamos luz. —Acerqué el sillón—. ¿Quiere que le baje esa lámpara que le molesta y le ponga una música bajita? Tengo buena mano para los masajes, lo aprendí cuidando ancianos. Si no le gusta, paro en el acto y me regreso a mi rincón, se lo prometo.

Gruñó un «haz lo que quieras» que yo ya entendí que era su manera de decir que sí. Bajé la luz, puse música tranquila en el celular y empecé a masajearle la mano, despacio, conversando de cualquier cosa, del clima, de la mala comida del hospital. Poco a poco los hombros se le fueron aflojando. La voz se le amansó.

—Tú no sientes lástima, no sientes pena —murmuró, con los ojos cerrados—. Eso es raro. Las otras llegan pidiendo perdón por existir.

—La pena no le paga las cuentas a nadie, señora. La ayuda sí.

—¿Dónde aprende algo así una muchacha de tu edad?

—Recibiendo golpes, más o menos. —Seguí con el masaje—. Uno aprende rápido qué sirve y qué no.

No preguntó nada más, pero me apretó la mano con suavidad. En media hora estaba casi dormida, con la mano floja en la mía.

Fue entonces cuando se abrió la puerta.

El hombre de la chaqueta. Otra vez él. Parado en el umbral, sin creer lo que veía.

—Usted —susurré, para no despertar a la señora. Salí al pasillo y cerré la puerta tras de mí—. ¿Me está siguiendo? Primero el auto, luego la cafetería, ahora esto.

—Yo iba a preguntarte lo mismo. —Hablaba bajo, pero tenía la mandíbula tensa—. ¿Qué haces en el cuarto de mi abuela?

Me tomó un segundo procesarlo.

—¿Su abuela? ¿Doña Aurora es su abuela?

—Sí. Me llamaron para decirme que había espantado a otra acompañante. Vine corriendo, esperando encontrarla gritando. Y la encuentro dormida con música. ¿Cómo lo lograste?

—No hice nada. Solo no la traté como a una pobrecita. —Crucé los brazos—. Y, para que conste, llevo tres semanas en este turno, mucho antes de toparme con usted. No seguí a nadie.

Me miró distinto. Menos desconfiado. Con algo más que yo no supe leer.

—¿Cuál es tu nombre de verdad? —pregunté—. Hoy le propuse matrimonio y ni sé cómo llamarlo.

—Oziel. —Me tendió la mano, y era la primera vez que hacía un gesto así—. Oziel Bittencourt.

—Giselda. —Se la estreché—. Mucho gusto, con retraso.

Bittencourt. Era también el nombre del edificio donde yo trabajaba. Me dio risa por medio segundo, pero Bittencourt es un apellido que está en edificios, calles y panaderías de toda la ciudad, apellido de gente rica, y yo solo era auxiliar de un piso intermedio. No se me ocurrió relacionar una cosa con la otra. ¿Por qué lo haría?

—Sobre tu propuesta. —Me soltó la mano—. Lo pensé.

Se me apretó el estómago.

—¿Y?

—Acepto. Me caso contigo.

Casi me resbalé por la pared.

—¿En serio? ¿Así, de la nada?

—De la nada no. Yo también necesito una esposa, por motivos míos que por ahora no te incumben. Tú necesitas una firma, yo necesito una. Nos sirve a los dos. —Hizo una pausa—. Pero…

—¡Sin «peros»! —lo corté, demasiado rápido, con miedo de que cambiara de opinión—. Puede poner cualquier condición, acepto todo. Ponga en el papel lo que quiera.

—Tranquila. —Casi se rio de mi prisa—. Una sola condición, por ahora. Mientras dure, vives en mi casa. Un matrimonio de fachada en que cada quien vive en una pensión distinta no se lo cree nadie, y necesito que tu familia y la gente de mi lado se lo crean. Tendrás tu cuarto, con puerta y llave, y yo no entro sin tocar.

—Hecho. ¿Algo más?

—Solo lo obvio. Respeto de ambos lados y, en lo que importe, no nos mentimos. Si algún día quieres irte, lo dices. No desapareces.

—Y, ya que no vamos a mentirnos en lo importante, empiezo ahora. —Se puso serio, sin desviar la mirada—. Antes de que ates tu nombre al mío, tienes que saber algo. Soy exconvicto. Estuve preso, salí hace cinco meses, con antecedentes. La ciudad lo sabe, y tarde o temprano te iba a llegar. Prefiero que te llegue por mi boca.

Me quedé un segundo sin aire. No era lo que esperaba oír en el pasillo de un hospital.

—¿Preso por qué? —La voz me salió más firme de lo que me sentía.

—Me condenaron por fraude, desvío de dinero en una empresa. —No bajó los ojos ni por un instante—. Yo digo que no lo hice. Pero no voy a pedirte que me creas solo por mi palabra. Hoy no tengo cómo probarlo. Algún día lo tendré. Por ahora lo que vale es el papel: tengo antecedentes, y casarse conmigo es casarse con eso a cuestas.

Debí haber sentido miedo, y una parte de mí lo sintió. Pero acababa de salir de una casa donde gente sin antecedentes de ningún tipo, gente «de bien», me golpeó, me subastó y me encerró los documentos en un cajón toda la vida. El papel limpio nunca me protegió de nada.

—Usted me encontró una maleta y me pagó un café sin intentar quitarme nada —dije—. En dos días, con antecedentes y todo, me trató mejor de lo que me han tratado muchas personas sin ellos en veinticinco años. No me voy a casar con su pasado, Oziel. Me voy a casar con la firma y con lo poco que he visto de usted. Lo demás lo dirá el tiempo.

Me miró un rato, callado, como si esa respuesta no fuera la que estaba acostumbrado a oír. Fue más consideración de la que yo había visto en años de gente que juraba quererme.

—Acepto —dije—. Y añado una condición, si usted me lo permite. Trate bien a su abuela, que lo merece. Es la única persona en este hospital que hoy me miró como a una persona.

Se puso serio de un modo bueno.

—Esa ya la cumplía antes de que me la pidieras.

Allá adentro, doña Aurora balbuceó dormida, llamando a alguien con un nombre que no entendí. Dejamos de hablar. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo del día siguiente.

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