Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.
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Cenizas de Aezcoa
El débil parpadeo de las brasas agonizantes en la chimenea era la única fuente de luz que competía con la pálida claridad del alba filtrándose por los resquicios de la ventana. Leo seguía sentado en el mismo taburete de madera, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el rostro de la pequeña. Su pecho subía y bajaba con un ritmo algo más firme que la noche anterior, el calor de las mantas y el caldo comenzando a devolverle un atisbo de color a los labios resecos.
Kassandra estaba de pie a su lado, apoyada contra el marco de la puerta con los brazos cruzados y el arco colgado del hombro, vigilando el descanso de ambos en un silencio cómplice.
Leo levantó la vista lentamente, con los ojos pesados por el cansancio acumulado, y giró el rostro hacia la cazadora.
—¿Tienes idea de quién sea? —preguntó Leo en un susurro ronco, rompiendo el silencio de la madrugada, mientras señalaba con un leve movimiento de cabeza a la niña—. Los registros de la guarnición imperial y los papeles de la alcaldía fueron quemados antes de la escaramuza, y en este pueblo todos se conocen... pero nadie en los mesones supo darme razón de una familia que viviera oculta en ese sótano.
Kassandra se despegó del marco de la puerta, dio dos pasos hacia el jergón y se arrodilló a su altura, estudiando las facciones finas y el cabello claro de la pequeña bajo la luz grisácea del amanecer.
—Los antiguos administradores del distrito huyeron hacia el sur el primer día que las tropas de Valerius cruzaron el río —respondió Kassandra en voz baja, con el ceño ligeramente fruncido por la duda—. Se decía que el capataz principal de la aduana se había marchado solo, pero si dejó a alguien atrás... o si esta niña pertenece a alguien que intentó desafiar al imperio en silencio, los soldados se encargaron de borrar cualquier rastro para que nadie hiciera preguntas.
Leo apretó la mandíbula, sintiendo cómo el misterio en torno al origen de la pequeña añadía otra capa de peso a su conciencia. Volvió a posar su mano grande sobre la frente de la niña, comprobando que la fiebre había cedido por completo, antes de responder con una resolución férrea:
—No importa de dónde venga ni quiénes hayan sido sus padres. Ahora mismo su única familia somos nosotros —dijo Leo, levantándose con cuidado para no despertarla y ajustándose el tahalí de las Peacemaker en la cadera—. Cuando despierte, averiguaremos lo que podamos. Pero ahora tenemos que movernos; Garrik nos espera afuera para revisar los reportes del norte y trazar la ruta hacia las colinas de Aezcoa.
Un golpe suave y vacilante interrumpió el murmullo de la madrugada. Antes de que Leo pudiera responder, la puerta de madera se abrió con lentitud y por el dintel asomó la figura de Aldo, uno de los ancianos y cabecillas del consejo de Piedrahíta. Llevaba un chal de lana gruesa sobre los hombros y el rostro arrugado por la preocupación.
Aldo entró con pasos sigilosos, evitando hacer ruido para no despertar a la pequeña, pero sus ojos se posaron de inmediato en el jergón antes de mirar a Leo con una mezcla de respeto y urgencia contenida.
—Comandante... perdone que interrumpa a estas horas, pero la noticia de la niña ya recorrió el refugio principal —comenzó Aldo en un tono bajo, apretando las manos frente a su pecho—. El consejo estuvo reunido hace un momento. Queríamos proponerle algo... sabemos que su grupo tiene que marchar hacia el norte para investigar las colinas de Aezcoa y que cada espada cuenta en esa avanzada. Déjenla con nosotros. Las mujeres de la comunidad se encargarán de cuidarla, alimentarla y protegerla como si fuera propia. Su gente no puede cargar con una criatura herida en medio de una campaña militar.
Las palabras de Aldo flotaron en la estancia, cargadas de una lógica práctica y de la buena fe de un pueblo que intentaba sobreponerse a la tragedia. Pero para Leo, la idea sonó como un eco insoportable de todo lo que ya había decidido no repetir.
Antes de que Kassandra pudiera intervenir o evaluar la propuesta logística, Leo se interpuso con un movimiento firme, bloqueando el paso directo hacia el jergón. Su mandíbula se tensó y su mirada, aunque cansada, adquirió un brillo de absoluta e inflexible determinación.
—No, Aldo. Agradezco la intención del consejo, de verdad lo hago... pero no se va a quedar aquí —respondió Leo con voz ronca, pero con una firmeza que no admitía réplica ni debate.
Aldo parpadeó, sorprendido por la tajante negativa del comandante, e intentó razonar con él:
—Pero comandante, los caminos hacia la frontera están helados, el invierno apenas comienza y ustedes van directo al nido del lobo. Una niña convaleciente solo será un peso que los retrasará...
—No es un peso —lo interrumpió Leo de inmediato, con un tono más cortante, dando un paso al frente para marcar su postura—. Y no pienso dejarla atrás. Ya estuvo encerrada en la oscuridad y el abandono suficiente tiempo como para que volvamos a entregarla a la incertidumbre. No voy a permitir que la soledad vuelva a tocarla, y mucho menos bajo mi guardia.
Kassandra, observando la escena desde el costado, no dijo una sola palabra. No hizo falta. En la forma en que Leo se había plantado frente al lecho de la niña, protegiéndola incluso de las intenciones bienintencionadas del pueblo, reconoció que el comandante ya había tomado una decisión irrevocable. Ella dio un paso al lado de Leo, cruzando los brazos con una postura que respaldaba plenamente cada palabra de su compañero.
Aldo miró a ambos, comprendiendo de golpe que intentar convencer al comandante era una batalla perdida. Dio un suspiro resignado, bajó la cabeza en señal de respeto y asintió lentamente.
—Entendido, comandante. Si esa es su decisión, Piedrahíta respetará su palabra —dijo el anciano en voz baja, antes de girarse hacia la puerta—. Les prepararemos algunas raciones secas y un asiento abrigado en el carro de suministros de la retaguardia para que la pequeña viaje lo más cómoda posible en la marcha.
—Gracias, Aldo —respondió Leo, relajando ligeramente la tensión de los hombros al ver marchar al anciano.
Cuando la puerta se cerró tras el cabecilla, Leo volvió a mirar hacia el jergón. La niña seguía durmiendo, ajena al pequeño pulso que acababa de librarse por su futuro. Leo se inclinó un instante para acomodarle bien la manta bajo el mentón, respirando hondo antes de volverse hacia Kassandra.
—Vamos a buscar a Garrik —dijo Leo, ajustándose los guantes de cuero con decisión—. Es hora de movernos hacia el norte.
Antes de que Leo pudiera girarse por completo hacia la puerta, Kassandra dio un paso al frente y le tendió la mano, deteniéndolo con un apretón firme pero lleno de una cautelosa comprensión. Los ojos de la cazadora se suavizaron al mirarlo, reflejando el dilema táctico y humano que esa decisión implicaba para todos.
—Sé que es tu decisión, Leo... y te apoyo, de verdad lo hago —murmuró Kassandra en un tono bajo, buscando su mirada con franqueza—. Pero Aldo tiene razón en algo: llevarla con nosotros hacia las colinas de Aezcoa es extremadamente peligroso. No sabemos qué vamos a encontrar en esa guarnición imperial ni si nos tocará pelear en el camino. Exponerla a una escaramuza o al frío extremo del norte... ¿estás seguro de que podemos protegerla ahí fuera?
Leo se quedó en silencio por un momento, sintiendo el calor de la mano de Kassandra y el peso de sus palabras. Sabía que cada riesgo que señalaba era real; una campaña militar contra los reductos de Valerius no era lugar para una niña convaleciente. Sin embargo, al mirar de reojo el pequeño bulto inmóvil bajo las mantas, algo dentro de él se cerró con la fuerza de un cerrojo. No podía romper la promesa silenciosa que se había hecho en la oscuridad de ese sótano.
Leo apretó de vuelta los dedos de Kassandra, con una firmeza que disipaba cualquier atisbo de duda sobre su determinación.
—Sé lo que arriesgamos, Kass... y sé que el camino hacia Aezcoa va a ser un infierno —respondió Leo con voz ronca, pero con una convicción de acero que no admitía marcha atrás—. Pero si la dejamos aquí, incluso bajo el cuidado del pueblo, la sombra del imperio tarde o temprano volverá a alcanzar este lugar. Ya le falló su propia sangre, ya la abandonaron una vez a su suerte... no voy a ser yo el tercero en darle la espalda.
Kassandra contuvo el aliento por un segundo, leyendo en las pupilas oscuras de Leo la absoluta imposibilidad de hacerlo cambiar de opinión. No había cálculo estratégico ni frío análisis militar que pudiera vencer esa coraza de protección. Exhaló un suspiro resignado, pero una media sonrisa de orgullo involuntario asomó por la comisura de sus labios.
—Bien —cedió Kassandra, apretándole la mano una última vez antes de soltarla con suavidad—. Si tú cargas con su peso en el alma, yo me encargaré de cuidar que nadie la toque en el camino. Pero más te vale idear una buena forma de transportarla en el carromato de Garrik, porque no pienso dejar que camine ni un solo kilómetro con esos zapatitos rotos.
Una sombra de alivio cruzó el rostro exhausto de Leo, quien le devolvió un gesto de asentimiento cargado de silenciosa gratitud. Sin perder más tiempo, se giró hacia la salida de la enfermería y abrió la puerta de par en par, dejando que el aire frío de la mañana le golpeara el rostro. Garrik los esperaba junto a los caballos, con los mapas desplegados sobre una barrica de madera y los reportes del norte listos para ser discutidos. La marcha hacia las colinas de Aezcoa estaba a punto de comenzar, y ya no viajaban solos.
Un destello de genuino alivio cruzó por fin la mirada de Leo. Giró ligeramente el rostro hacia Kassandra, con los ojos cansados pero iluminados por una gratitud profunda y silenciosa, y le dedicó una media sonrisa sincera.
—Sé que siempre puedo contar contigo, Kass —murmuró Leo en un tono bajo, casi un secreto compartido entre los dos en medio de la penumbra del refugio.
Sin añadir nada más, volvió a bajar la mirada hacia la pequeña, que seguía durmiendo ajena a la tensión del mundo exterior. La observó con una mezcla inmensa de ternura y una persistente preocupación que le encogía el pecho; el trayecto hacia Aezcoa iba a ser una prueba de fuego, y la idea de exponerla al peligro del camino lo mantenía en vilo.
Aun así, con el eco de las palabras de Kassandra resonando en su mente y la certeza de que ya no enfrentaban la tormenta en solitario, Leo dio media vuelta y salió al umbral de la puerta. Afuera, el aire helado de la mañana lo recibió de golpe, listo para marchar hacia el norte y enfrentar lo que fuera que el imperio tuviera preparado en las colinas.
El crujir de las botas de Leo sobre la escarcha de la plaza lo devolvió de inmediato al presente. A pocos metros, junto a una barrica de madera donde los mapas de la región flameaban con el viento helado, Garrik revisaba las cinchas de su montura mientras terminaba de coordinar los preparativos con los milicianos.
Al ver acercarse al comandante, el gigante levantó la vista, notando al instante la expresión pétrea pero decidida en el rostro de su superior.
—El carromato de retaguardia ya está acondicionado con paja y mantas gruesas, tal como ordenó el consejo, comandante —informó Garrik con su vozarrón grave, cruzándose de brazos—. Los exploradores confirman que los pasos hacia el norte están despejados de patrullas imperiales por ahora, pero Valerius no tardará en notar que Piedrahíta ha caído. Si vamos a movernos hacia las colinas de Aezcoa, tenemos que hacerlo antes de que el clima empeore o nos cierren el desfiladero.
Leo asintió con seriedad, apoyando una mano sobre la superficie de madera de la barrica para estudiar el mapa dibujado a mano alzada. Las líneas trazaban el sinuoso camino que ascendía hacia los riscos septentrionales, un terreno escarpado y traicionero donde la antigua guarnición imperial aguardaba oculta.
—No podemos darnos el lujo de perder el tiempo, Garrik —respondió Leo, levantando la vista hacia el horizonte grisáceo donde las cumbres nevadas de Aezcoa se recortaban contra el cielo—. Que el grueso de la milicia avance en vanguardia asegurando el perímetro. Kassandra y yo nos encargaremos de la retaguardia junto al carromato; no voy a permitir que ningún imprevisto nos tome por sorpresa en el camino.
En ese momento, la puerta de la enfermería se abrió detrás de ellos. Kassandra salió con pasos firmes, llevando envuelta entre los brazos a la pequeña, que aún permanecía adormilada y arropada con las mantas más abrigadas que pudieron encontrar. La niña apoyó la cabeza contra el hombro de la cazadora, buscando instintivamente el calor, mientras sus pequeños dedos se aferraban con debilidad a la solapa de su chaqueta.
Kassandra caminó con sumo cuidado hasta detenerse junto al carromato acondicionado. Con la ayuda de uno de los lugareños, la depositó con extrema suavidad sobre el lecho de paja y lana, asegurándose de que quedara bien protegida del viento helado que comenzaba a soplar con más fuerza desde las montañas.
Leo se acercó al lateral del carromato, inclinándose para revisar una última vez que la pequeña estuviera cómoda. Al ver que ella soltaba un leve suspiro y se acomodaba sin despertar, la tensión en su mandíbula se relajó apenas un ápice.
Se giró hacia sus hombres, que ya aguardaban formados en la plaza con las armas listas y las mochilas cargadas. La transformación de Piedrahíta de un pueblo asediado a una base de operaciones estaba en marcha, pero el verdadero desafío aguardaba más arriba, en las entrañas de las colinas de Aezcoa.
—¡En marcha! —ordenó Leo con voz firme y resonante, desenvainando la gabardina y subiendo a su caballo con un movimiento seco—. Que nadie se detenga hasta llegar al desfiladero. Es hora de averiguar qué es lo que Valerius oculta en el norte.
El convoy comenzó a moverse con un lento y acompasado crujir de ruedas sobre la escarcha. Al frente, los milicianos abrían el paso con las picas firmes y los ojos clavados en los senderos que se internaban en la espesura del bosque de pinos, donde la bruma matutina aún se aferraba a los troncos como un sudario gris.
Leo marchaba a caballo unas yardas más atrás, flanqueando de cerca el carromato de retaguardia. Su mano derecha reposaba por instinto cerca de la culata de su Peacemaker, en alerta constante ante cualquier movimiento inusual entre los árboles. A su lado, Kassandra avanzaba a pie con ágil sigilo, el arco en tensión baja y la mirada afilada barriendo las laderas empinadas que comenzaban a cerrarse a ambos lados del camino.
Dentro del carromato, la pequeña yacía abrigada entre la paja y las mantas. El traqueteo constante de las ruedas sobre las piedras del suelo parecía haberla sumido en un sueño más profundo, un descanso reparador que contrastaba con la tensa atmósfera de la columna. De vez en cuando, Leo giraba el rostro para echar un vistazo hacia el interior, comprobando que seguía respirando con tranquilidad y que el frío del desfiladero no lograba colarse por las rendijas de la lona.
—Los flancos están limpios por ahora, Leo —murmuró Kassandra en un tono apenas perceptible, acercándose lo suficiente para que su voz solo llegara hasta él por encima del ruido de las herraduras—. Pero a medida que subamos hacia las colinas, el terreno se vuelve más estrecho. Si Valerius dejó alguna posición avanzada en las ruinas de Aezcoa, nos verán venir desde la primera cresta.
Leo asintió con la mandíbula tensa, sin apartar los ojos del sendero que ascendía serpenteante hacia las alturas nevadas.
—Lo sé. Por eso no podemos permitirnos ninguna distracción —respondió Leo, ajustándose el cuello de la chaqueta para bloquear el viento helado que empezaba a descender de las cumbres—. Garrik va al frente con la vanguardia; en cuanto lleguemos a la base del desfiladero, formaremos un perímetro cerrado antes de tentar la suerte con la guarnición.
El camino se empinaba cada vez más. Los árboles comenzaron a ralear, dando paso a paredes de roca gris y riscos afilados que parecían vigilar cada uno de sus movimientos desde lo alto. La presencia de la Aezcoa Garrison ya no era solo un rumor de los mapas de Garrik; flotaba en el aire gélido del norte como una amenaza invisible, una sombra que el imperio había dejado encubierta y que ahora los obligaba a caminar directamente hacia la boca del lobo, con el peso de una guerra inminente y la frágil vida de una niña custodiando sus espaldas.
El ascenso se volvió empinado y traicionero a medida que el sendero dejaba atrás la protección de los pinos para adentrarse en la garganta de piedra que conducía directamente a las colinas de Aezcoa. El viento soplaba con más fuerza allí arriba, afilado y helado, aullando a través de los desfiladeros como si intentara advertirles que se marcharan antes de que fuera demasiado tarde.
Desde la vanguardia, el paso pesquero de Garrik se detuvo en seco al alcanzar la primera bifurcación importante. El gigante levantó un puño enguantado, haciendo señas a toda la columna para que se detuviera de inmediato.
Leo hizo caracolear a su montura hasta situarse al lado del carromato y avanzó al trote corto para reunirse con su lugarteniente, con la mano aferrada al lomo del caballo y los sentidos alerta. Kassandra se deslizó con agilidad entre las rocas del flanco izquierdo, adelantándose para asegurar la cornisa superior antes de que el resto del grupo quedara expuesto en la pendiente abierta.
—¿Qué pasa, Garrik? —preguntó Leo en un tono bajo, conteniendo la respiración mientras su vista barría la muralla de piedra que se alzaba frente a ellos.
Garrik señaló con la barbilla hacia un grupo de mojones de piedra derruidos y las marcas recientes de herraduras en el lodo congelado. Las huellas eran claras, profundas y bajaban directamente desde la dirección de la guarnición imperial.
—Patrulla enemiga, comandante —respondió Garrik con su vozarrón ronco, arrodillándose para palpar la tierra helada dentro de una de las herraduras—. No hace más de tres horas que pasaron por aquí. Van hacia el sur, probablemente tanteando los caminos hacia Piedrahíta o buscando reabastecimiento. Si seguimos subiendo por esta misma ruta principal, nos toparemos cara a cara con ellos antes de alcanzar la base de Aezcoa.
Leo apretó las riendas con fuerza, sintiendo que el margen de error se reducía a nada. Miró de reojo hacia atrás, asegurándose de que la lona del carromato ocultara por completo a la pequeña, y luego evaluó las alternativas que ofrecía el terreno montañoso.
—No podemos arriesgarnos a un enfrentamiento abierto con el carromato en medio de la pendiente; la niña quedaría expuesta en el fuego cruzado —dijo Leo con decisión, trazando mentalmente el mapa que Garrik le había mostrado horas antes—. Salgamos del camino principal. Hay un viejo sendero de cabras que bordea el cañón por la cresta este; nos tomará más tiempo, pero nos permitirá evitar la patrulla y llegar a los flancos de la guarnición sin ser vistos.
Garrik asintió con la cabeza, aprobando la maniobra táctica sin vacilar.
—Me adelantaré con dos hombres para asegurar la entrada del desfiladero secundario. Mantengan al carromato en silencio y pegados a la pared de roca —ordenó el gigante antes de dar media vuelta y desaparecer con sigilo entre las rocas grises.
Leo giró su caballo hacia el flanco del carromato, donde Kassandra acababa de bajar desde la cornisa con el arco en la mano, comprobando que el perímetro inmediato estaba despejado.
—Cambiamos de ruta, Kass —anunció Leo en voz baja, encontrando la mirada astuta y firme de la cazadora—. Nos desviamos por el desfiladero este. Mantente cerca; ahora es cuando el terreno empieza a ponerse peligroso de verdad.
La columna se desvió del camino principal con una disciplina férrea, serpenteando en fila india por el estrecho sendero de cabras que abrazaba la pared este del cañón. La ruta era un laberinto de rocas sueltas, barrancos vertiginosos y parches de hielo negro que ponían a prueba cada paso de las monturas y el equilibrio del pesado carromato de retaguardia.
Leo marchaba a pie, sujetando las riendas de su caballo con una mano y guiando al animal con cuidado para que las ruedas del carromato no patinaran al borde del abismo. A su lado, Kassandra avanzaba un par de metros más adelante, utilizando las salientes de la roca para escalar con agilidad y vigilar cualquier movimiento en las alturas del desfiladero.
Dentro de la estructura de madera, protegida de las ráfagas de viento helado que aullaban entre las gargantas de piedra, la pequeña comenzó a agitarse levemente. El traqueteo constante y el frío filtrándose por los intersticios de la lona rompieron su letargo. Un gemido suave, casi imperceptible, escapó de sus labios resecos.
Leo escuchó el sonido de inmediato. Se detuvo en seco, haciendo una seña a la columna para que mantuviera la posición, y se acercó con rapidez al lateral del carromato. Separó un poco la lona rústica, dejando que la luz grisácea del día iluminara el interior.
La niña abrió los ojos con lentitud, parpadeando desorientada mientras intentaba enfocar el entorno desconocido. Sus manos delgadas se aferraron de inmediato a las mantas con un reflejo de pánico, pero al ver el rostro cansado pero familiar de Leo asomándose por la abertura, la rigidez de su cuerpo comenzó a ceder.
—Tranquila... estás a salvo —murmuró Leo con voz suave, la más apacible que su tono ronco le permitía, mientras estiraba la mano para rozarle con delicadeza la frente febril—. Ya pasó el peligro.
La niña lo miró fijamente durante unos segundos, como si intentara recordar en qué pesadilla se encontraba, antes de que sus labios temblorosos esbozaran un susurro apenas audible:
—¿... Papá...?
El corazón de Leo dio un vuelco doloroso en el pecho. La palabra se clavó en su conciencia con la fuerza de un ancla, removiendo memorias y culpas que creía enterradas, pero también sellando de forma definitiva la promesa que se había hecho en aquel sótano oscuro. No la corregiría. No le diría la verdad. No ahora, y tal vez nunca, si eso significaba que ella podía encontrar un refugio seguro a su lado.
—Estoy aquí —respondió Leo con una firmeza cálida, apretándole suavemente los nudillos con la punta de los dedos—. No voy a soltarte.
Kassandra, que había bajado con sigilo desde la cornisa al notar la parada, se acercó al otro lado del carromato. Al ver el intercambio, una sombra de profunda comprensión cruzó su mirada, suavizando la dureza de su expresión curtida por la intemperie. Se inclinó un poco y le ofreció a la niña un cantimplora con agua fresca y un pequeño trozo de pan blando humedecido en caldo.
—Toma un poco de esto, pequeña. Te ayudará a recuperar fuerzas para lo que falta del camino —dijo Kassandra con una dulzura inusual, esperando a que Leo sostuviera el recipiente para ayudarla a beber.
La niña obedeció en silencio, tragando con dificultad pero con la avidez propia de quien llevaba días rozando el abismo. El color comenzó a retornar muy lentamente a sus mejillas.
Leo la observó beber hasta el último sorbo, respirando por fin con un poco más de calma. Luego, enderezó la postura, dejó caer la lona protectora para aislarla del viento cortante del desfiladero y miró hacia adelante, donde las imponentes estructuras de piedra de la Aezcoa Garrison comenzaban a vislumbrarse, ocultas entre la bruma de la cumbre.
—Descansa un poco más —le indicó Leo a través de la lona antes de volverse hacia Kassandra—. Ya falta poco para llegar a la base. Es hora de terminar con esto.
Kassandra se mantuvo un instante más junto al lateral del carromato, asegurándose de que la lona volviera a cubrir por completo a la niña antes de dar un paso hacia atrás. Su mirada se desvió hacia Leo, con una mezcla de advertencia y profunda compasión brillando en sus ojos claros.
Se inclinó ligeramente hacia él, reduciendo la distancia para que el viento del desfiladero no arrastrarse sus palabras por encima del crujir de la gravilla.
—En algún momento tendrás que decirle la verdad, Leo... de que no eres su padre —murmuró Kassandra en un tono bajo, casi un eco severo pero desprovisto de malicia—. Tienes suerte de que aún no te reconoce del todo, de que el shock y la fiebre la mantienen confundida. Pero si sigues mintiéndole, si de verdad dejas que se aferre a esa ilusión creyendo que eres quien no eres, romperás más el corazón del pobre angelito cuando la realidad le estalle en la cara.
Leo sintió que las palabras de Kassandra caían como plomo sobre sus hombros. Desvió la mirada hacia el suelo helado, con la mandíbula fuertemente apretada y los nudillos blancos de tanto aferrarse al cuero de las riendas. Sabía que ella tenía razón; cada vez que la niña lo llamaba así, el peso de la mentira se volvía más insoportable, una carga invisible que amenazaba con quebrarlo desde adentro. Pero el terror de verla desamparada de nuevo, de presenciar el momento exacto en que comprendía que estaba sola en medio de una guerra, lo paralizaba.
—Lo sé, Kass... —respondió Leo con la voz grave, rota por un suspiro áspero que apenas logró articular—. Sé que estoy construyendo esto sobre una mentira. Pero mírala. Si le quito lo único que la mantiene aferrada a este mundo en este preciso instante... no sé si le quedarán fuerzas para sobrevivir al camino.
Kassandra contuvo el aliento por un segundo, leyendo en los ojos cansados de su compañero el tormento de un hombre que prefería cargar con el peso del engaño antes de ver a un inocente quebrarse por completo. Extendió la mano y le rozó el brazo con firmeza, un toque breve pero cargado de un apoyo inquebrantable.
—Solo te digo que no esperes demasiado, Leo —replicó Kassandra con suavidad, antes de girarse y avanzar unos pasos para retomar la vanguardia de la marcha—. Las mentiras piadosas salvan el día, pero la verdad siempre cobra su precio cuando menos te lo esperas. Asegurémonos de llegar enteros a Aezcoa; ya habrá tiempo para enfrentar lo demás.
El viento frío sopló con más fuerza entre los riscos del desfiladero, levantando una fina cortina de escarcha que se arremolinaba alrededor de las botas de ambos. Leo se quedó petrificado un segundo ante las palabras de Kassandra, con la mirada clavada en la lona gastada del carromato donde la pequeña volvía a sumirse en un sueño pesado.
—Sí, lo haré... —murmuró Leo con la voz rota, un hilo áspero que apenas competía con el silbido del viento en las alturas—. Es solo que ya me duele verla así, Kass. No quiero verla triste y al borde de la muerte. He visto demasiadas vidas apagarse en esta guerra sin que pudiera hacer nada... Si al menos por ahora puedo darle un refugio en su cabeza, aunque sea una mentira, siento que al menos estoy ganando una batalla.
Kassandra se detuvo antes de alejarse del todo, con el rostro parcialmente oculto bajo el capuchón de cuero. No interrumpió, permitiendo que el comandante desahogara por fin esa coraza de hierro que amenazaba con aplastarlo desde el momento en que abrió la trampilla de aquel sótano.
—Solo... no dejes que esa ilusión se convierta en una celda para los dos —respondió Kassandra con voz suave, girándose apenas para dedicarle una última mirada comprensiva antes de volver a colocarse al frente de la columna—. Pero te entiendo, Leo. Haz lo que tengas que hacer para mantenerla a flote hoy. Del mañana ya nos encargaremos cuando lleguemos arriba.
Leo asintió en silencio, tragándose el nudo que se le había formado en la garganta. Dio una palmada seca en el lomo de su caballo y levantó la voz para ordenar la reanudación de la marcha, mientras la imponente y sombría silueta de la Aezcoa Garrison comenzaba a alzarse, finalmente, justo frente a ellos.
Un destello de feroz desafío cruzó la mirada de Leo al decir las palabras, una mezcla de orgullo herido y una protección tan profunda que rozaba la rabia. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de sus mejillas se tensaron bajo la barba descuidada.
—Además... ¿qué tiene de malo ser su nuevo papá? —escupió Leo en un tono bajo, casi un gruñido áspero dirigido tanto a Kassandra como a los fantasmas del mundo que los rodeaba—. Después de todo, hice más que el maldito desgraciado que la abandonó en ese hueco oscuro. Yo la saqué de la mierda, yo la mantuve respirando toda la noche... Si el título lo gana quien se queda a sostener la mano cuando todo se quema, entonces me pertenece.
Kassandra se detuvo en seco al escuchar la contundencia de la frase. Se giró lentamente para mirarlo, observando la tormenta de emociones que se agitaba en los ojos del comandante. No vio arrogancia en su rostro, sino una desesperada necesidad de redención, un anhelo visceral de convertirse en el escudo que él mismo nunca tuvo cuando las cosas se torcieron.
Un atisbo de sonrisa, triste pero cargada de una profunda comprensión, se dibujó en la comisura de los labios de la cazadora. Ella sabía mejor que nadie que Leo jamás abandonaría a un inocente, y que esa "mentira" no era más que la forma en que su propio corazón herido intentaba sanar a través de la salvación de la niña.
—No, no tiene nada de malo, Leo —respondió Kassandra con voz firme, suavizando el tono mientras daba un paso hacia él y le ponía una mano sobre el hombro acorazado—. Si vas a reclamar ese lugar, solo asegúrate de estar dispuesto a sostenerlo cuando el mundo intente arrebatárnosla de nuevo.
Leo exhaló un suspiro pesado, sintiendo cómo la tensión de su pecho se disipaba un poco al recibir el respaldo incondicional de la única persona en la que confiaba ciegamente. Volvió a mirar el carromato, donde el silencio reinaba bajo la lona, y ajustó las riendas con una renovada y fría determinación.
—Nadie va a tocarla, Kass —dijo Leo con una voz que era una promesa de hierro, mientras la columna retomaba el paso hacia la última pendiente—. Nadie.
El cielo sobre las cumbres de Aezcoa cambió de color en cuestión de minutos, pasando de un gris plomizo a un tono morado oscuro y amenazante. Las primeras gotas de una lluvia helada, pesada y cortante como agujas, comenzaron a golpear con un repiqueteo seco sobre la lona gastada del carromato.
Kassandra, que avanzaba a pie junto al lateral de la estructura, frunció el ceño al sentir el agua congelada empapándole el cuero de los hombros. Rápidamente se desató la capa de abrigo extra que llevaba en la mochila y se metió medio cuerpo bajo la lona. Con manos ágiles y metódicas, acomodó más mantas secas, sacos de lana y fardos de paja alrededor de la pequeña, creando un nido cerrado y hermético para aislarla de la humedad y el viento que empezaba a rugir con fuerza.
—Quédate aquí dentro, pequeña. Ya casi llegamos —le susurró Kassandra con voz suave, acariciándole brevemente la mejilla antes de salir de nuevo al desfiladero y asegurar los amarres de la lona para que no se filtrara el agua.
Adelante, Leo ya no iba a caballo; había cambiado de posición para tomar las riendas directamente desde el pescante del carromato. Con los nudillos blancos de tanto apretar las correas y el sombrero hundido en la frente para protegerse de los latigazos de la tormenta, guiaba a los animales con pulso firme sobre el terreno cada vez más lodoso y resbaladizo.
El clima cambió sin piedad. La lluvia se transformó de golpe en una ventisca furiosa de aguanieve y copos densos que reducía la visibilidad a apenas unos metros. En medio de la cortina blanca y helada que amenazaba con cegarlos, la mano derecha de Leo se desvió por pura instinto militar hacia la cartuchera de su cadera. Con un movimiento seco y preciso, desenvainó su Peacemaker, apoyando el cañón de la pistola sobre el muslo, con el martillo listo y los sentidos a flor de piel ante cualquier emboscada que el Imperio pudiera ocultar en la tormenta.
—¡Mantengan la formación! ¡No se desvíen del rastro! —gritó Leo por encima del aullido del viento, asegurándose de que su voz cortara la ventisca.
Detrás de ellos, el sonido pesado de otras ruedas metálicas retumbaba contra la roca. Garrik marchaba cerrando la columna al mando de un segundo carromato, más grande y pesado, atestado con las provisiones de campaña, barriles de pólvora y las piezas desarmadas de las ballestas de asedio. A su alrededor, un grupo de milicianos tiritando bajo sus capas avanzaba con las picas en alto, protegiendo los flancos y empujando las ruedas cuando el barro amenazaba con atascarlas.
—¡Comandante, la tormenta nos va a tragar si no buscamos reparo! —vociferó Garrik desde su posición, limpiándose la nieve espesa de los ojos con el dorso de la mano enguantada mientras el carromato de las provisiones patinaba peligrosamente al borde del abismo—. ¡Las murallas de la guarnición tienen que estar a menos de quinientos metros!
Leo entrecerró los ojos contra el torbellino blanco, buscando a través de la nevisca las siluetas oscuras de las fortificaciones imperiales. Sabía que avanzar a ciegas era un suicidio táctico, pero detenerse significaba congelarse a la intemperie.
—¡No nos detendremos ahora, Garrik! —respondió Leo con voz ronca y firme, apretando con más fuerza la culata de su arma mientras el carromato crujía bajo el peso del hielo—. ¡Abran los ojos! Si hay imperiales aquí arriba, nos estarán esperando justo en la puerta. ¡Prepárense para pelear!
La ventisca aullaba con furia contra la madera del carromato, convirtiendo el sendero en un laberinto blanco donde la tierra y el cielo se fundían en una sola masa helada. Kassandra caminaba pegada al flanco del vehículo, con el arco en ristre y la cuerda protegida bajo su capa para evitar que la humedad la arruinara. Sus botas crujían con fuerza sobre el hielo recién formado, mientras sus ojos intentaban perforar la cortina de nieve que los envolvía.
—¡Leo! ¡La pendiente se está cerrando! —gritó Kassandra, esforzando la voz para hacerse oír por encima del estruendo del viento—. ¡Si hay una puerta principal, deberíamos estar justo frente a los fosos!
Desde el pescante, Leo apretó los dientes, sintiendo que el frío le entumecía los dedos de las manos, aunque ninguno de ellos se apartó de las riendas ni del metal de su Peacemaker. Su respiración formaba densas nubes de vapor frente a su rostro mientras escudriñaba la nevisca. De repente, una mole oscura y amorfa emergió de la tormenta a pocos metros: los contornos angulares y macizos de los muros de la Aezcoa Garrison, con sus almenas semienterradas en la nieve y el portón de hierro forjado cerrado a cal y canto.
—¡Los veo! ¡Abran formación! —bramó Leo, tirando de las riendas con fuerza para detener a los animales antes de que chocaran contra la estructura—. ¡Garrik, trae el carromato de las ballestas al muro! ¡Si nos van a tender una emboscada, que sea con un techo sobre nuestras cabezas!
Detrás de ellos, el segundo carromato chirrió de manera atroz cuando Garrik obligó a los bueyes a maniobrar en el espacio reducido del foso seco. Los milicianos se abalanzaron contra los flancos, levantando los escudos de madera improvisados para formar un muro defensivo improvisado contra los posibles arqueros en las torres.
En ese instante, un crujir metálico y seco resonó por encima del viento. Una trampilla lateral en la muralla principal se abrió de golpe, y la luz amarillenta de unas linternas de aceite cortó la ventisca, revelando las siluetas de varios soldados imperiales con armaduras pesadas y ballestas apuntando directamente hacia el convoy.
—¡Al suelo! —gritó Kassandra, lanzándose hacia el carromato de Leo mientras una lluvia de virotes silbaba en el aire, clavándose con fuerza en la madera a pocos centímetros de donde descansaba la pequeña.
El eco del último virote al estrellarse contra la madera se apagó de golpe, devorado por el silbido sordo de la ventisca. El silencio que siguió fue absoluto, pesado y helado, cortado únicamente por el traqueteo rítmico del aguanieve cayendo sobre la lona y la respiración agitada de los hombres agazapados tras los carromatos.
Leo mantuvo el cañón de la Peacemaker elevado, con el dedo apoyado en el guardamonte y los ojos fijos en la brecha oscura de la muralla de donde habían creído ver salir el ataque. Ningún otro virote surcó el aire. Ningún grito de guerra enemigo respondió a su llegada.
Fue entonces cuando un crujir metálico, seco y prolongado, resonó en lo más alto de la colina.
La enorme puerta de hierro forjado de la guarnición principal comenzó a ceder. Con un chirrido estridente que hizo vibrar la piedra misma del desfiladero, el pesado portón se abrieron hacia adentro, empujado por la fuerza del viento o por un mecanismo abandonado, revelando un interior completamente sumido en la penumbra.
Kassandra se incorporó lentamente desde el lateral del carromato, con el arco medio tensado y el ceño fruncido, escudriñando el interior del fortín a través del umbral abierto. No había guardias formados en el patio de armas. No había antorchas titilando en los torreones ni estandartes imperiales ondeando en el viento. Todo estaba desolado. Las estructuras internas lucían carcomidas por el tiempo y el abandono, con montículos de nieve acumulados en los rincones y las puertas de los barracones golpeando rítmicamente contra las paredes.
Garrik asomó la cabeza por encima del borde de su carromato, con la maza en la mano y una expresión de profunda desconfianza surcando sus facciones curtidas.
—¿Una trampa? —preguntó Garrik en voz baja, cruzando una mirada rápida con Leo.
Leo bajó lentamente el martillo de su arma, aunque no guardó la pistola. Su mirada recorrió las almenas vacías y el patio desierto, sintiendo que el frío del lugar no venía solo de la tormenta, sino del vacío absoluto que reinaba en las instalaciones.
—No lo sé —respondió Leo con voz ronca, ajustándose las riendas mientras el carromato de la retaguardia crujía levemente a sus espaldas—. Pero sea lo que sea que Valerius dejó aquí arriba, está completamente abandonado... o nos está esperando muy bien escondido. Mantengan las armas listas y entren con cuidado.
Leo descendió del pescante del carromato con un movimiento ágil, pisando con firmeza la nieve espesa que cubría el suelo del umbral. Su bota derecha avanzó un paso más allá del pesado portón de hierro forjado, cruzando el umbral con el cañón de la Peacemaker apuntando en un ángulo bajo, listo para responder ante cualquier sombra traicionera. Kassandra se deslizó inmediatamente a su izquierda, pegada a la muralla de piedra con el arco ya armado, mientras Garrik aseguraba la retaguardia ordenando a los milicianos formar un perímetro defensivo en la entrada.
El interior de la Aezcoa Garrison era un mausoleo de piedra y hielo.
Leo avanzó por el patio de armas principal, donde los montículos de nieve se acumulaban contra las paredes derruidas de los establos. No había pisadas frescas aparte de las suyas. Las puertas de los barracones colgaban de una sola bisagra, meciéndose con un chirrido monocorde y fantasmal bajo los embates de la ventisca que aún colaba sus ráfagas por las almenas superiores. El único sonido en todo el complejo era el crujir de la gravilla congelada bajo sus botas y el eco sordo del viento golpeando los muros vacíos.
—Está completamente desierto —murmuró Kassandra, bajando milimétricamente el arco mientras sus ojos recorrían las ventanas oscuras de la torre de mando y las galerías superiores—. No hay rastro de guarnición, ni provisiones recientes, ni siquiera las fogatas que los exploradores reportaron haber visto desde el valle. Se fueron... o los sacaron a prisa.
Leo se detuvo en el centro del patio, inspeccionando el terreno con la mirada afilada de un veterano que no confiaba en las apariencias. Se acercó a un brasero de hierro apagado y lleno de aguanieve; la ceniza en su interior estaba fría, compactada por la humedad de días enteros. Nadie había encendido un fuego allí desde hacía semanas. El imperio no les había preparado una emboscada; simplemente habían abandonado el puesto avanzado a su suerte, dejándolo a merced del invierno y del olvido.
A sus espaldas, el carromato avanzó lentamente hacia el interior del patio protegido, con las ruedas pesadas rechinando sobre la nieve. Desde el interior, protegido bajo la gruesa lona y las mantas, un leve movimiento indicó que la niña comenzaba a despertar de nuevo por el cambio de atmósfera.
Leo guardó la Peacemaker en su cartuchera con un movimiento seco, aunque la tensión de sus hombros no disminuyó ni un ápice. Giró la cabeza hacia Garrik, que terminaba de asegurar el portón principal para evitar que la ventisca los encerrara por completo.
—Busquen los barracones secos y aseguren el perímetro norte —ordenó Leo con voz firme y ronca, haciendo eco en el patio silencioso—. Si el imperio dejó algo aquí arriba, tiene que estar en los almacenes subterráneos o en la comandancia. Vamos a echar un vistazo.
Un golpe sordo y metálico resonó desde el fondo del patio, seguido por la voz ronca de Garrik que atravesó el viento con una urgencia desgarradora.
—¡Leo! ¡Ven aquí abajo de inmediato! ¡Encontré la entrada a los calabozos!
Leo sintió que el estómago se le encogía de golpe. Le hizo una seña rápida a Kassandra para que cubriera el acceso al patio y corrió hacia el extremo opuesto del complejo, donde una trampilla de hierro reforzado, semicubierta por un ventisquero de nieve, permanecía abierta de par en par. Garrik asomaba medio cuerpo desde el interior, con la antorcha temblando en su mano y una expresión de horror puro esculpida en sus facciones rudas.
Sin pensarlo dos veces, Leo se deslizó por la escalinata de piedra húmeda y helada, con el olor a humedad rancia y muerte golpeándole la cara antes de tocar el fondo.
La prisión subterránea era una bóveda de piedra sepulcral, donde la temperatura parecía descender hasta los huesos. La luz titilante de la antorcha de Garrik barrió las celdas de hierro forjado, revelando una escena que hizo que a Leo se le helara la sangre en las venas con más fuerza que el invierno del exterior.
Allí estaban. Colgados de las rejas, encadenados a los muros de piedra o desplomados en los rincones de las celdas, los hombres que formaban parte del regimiento de avanzada que había desaparecido semanas atrás. Sus rostros desencajados, las barbas cubiertas de escarcha y los ojos vidriosos reflejaban la agonía de una lenta condena a la intemperie. Pero ya no había nada que hacer por ellos. El frío glacial del subterráneo los había atrapado mucho antes de que el hambre o las heridas terminaran el trabajo; eran estatuas de carne y hueso, rígidas, congeladas y completamente muertas en la oscuridad.
Garrik dio un paso atrás, apoyando una mano temblorosa contra el muro húmedo, con la mandíbula apretada para contener la rabia.
—Los dejaron aquí... Los encerraron y los abandonaron a propósito para que el invierno hiciera el trabajo sucio —escupió Garrik con la voz quebrada por la furia contenida, reconociendo las insignias descoloridas en los uniformes desgarrados—. Son muchachos nuestros, Leo. Los del tercer destacamento.
Leo se acercó lentamente a la primera celda. Extendió la mano y tocó el hombro de uno de los cuerpos; la tela estaba rígida como el acero y el frío que desprendía era absoluto. Reconoció el rostro de un joven soldado con el que había compartido raciones apenas un mes atrás. Un nudo denso y doloroso se formó en su garganta, ahogando cualquier palabra.
Valerius no solo había abandonado la guarnición; la había convertido en una tumba congelada para sus propios prisioneros.
Leo cerró los ojos un instante, respirando el aire gélido del calabozo mientras apretaba los puños con tanta fuerza que los nudillos le crujieron. Cuando volvió a abrirlos, su mirada ya no reflejaba cansancio, sino el fuego frío de una venganza inevitable.
Leo se quedó mirando fijamente la silueta rígida de aquel soldado congelado por unos segundos más, con la mandíbula tan tensa que los músculos le latían en el rostro. Exhaló un suspiro denso que se convirtió en una nube blanca de vapor dentro de la celda y, con un movimiento firme, se dio media vuelta, alejándose de los barrotes.
Subió los escalones de piedra de dos en dos hasta salir al patio de armas, donde la ventisca seguía azotando las murallas. Kassandra ya se había acercado al borde de la trampilla abierta, con la guardia baja pero el rostro serio al percibir la atmósfera densa que traían desde abajo.
Leo se detuvo en medio del patio, ajustándose el cuello de la chaqueta, y miró a los milicianos que comenzaban a agruparse alrededor de los carromatos buscando refugio del temporal.
—Desempaquen todo —ordenó Leo con una voz ronca, profunda y tajante que cortó el silbido del viento por encima del patio—. Este puesto también será nuestro. Limpien los barracones del norte, enciendan fuego en los hogares y aseguren el perímetro. Mientras más posiciones de estas tengamos bajo nuestro control, más difícil será que el imperio vuelva a pisotear este valle.
Kassandra lo miró a los ojos, leyendo en su expresión la absoluta determinación de convertir aquel cementerio de hielo en un bastión de resistencia. Asintió con la cabeza sin dudar un solo segundo y se giró para empezar a coordinar a los hombres.
—Abran el carromato de provisiones y saquen las mantas para los muchachos que están tiritando —gritó Kassandra, señalando hacia el segundo vehículo mientras Garrik salía del subterráneo con el rostro ensombrecido por la ira y los puños apretados—. ¡Vamos, no hay tiempo que perder; tenemos una fortaleza que asegurar!
Leo caminó a grandes zancadas a través de la capa de nieve fresca que se acumulaba en el patio de armas, con las botas crujiendo rítmicamente sobre el suelo congelado. El viento aullaba con furia entre los torreones abandonados de la Aezcoa Garrison, pero él tenía la mente puesta en el tablero táctico más amplio. Se detuvo junto a uno de los milicianos de la vanguardia que aún permanecía montado en su caballo, tiritando bajo su capa de lana gruesa mientras sujetaba las riendas de su montura agitada.
Leo levantó la vista hacia el jinete, apoyando una mano firme sobre el lomo cubierto de escarcha del animal para mantenerlo tranquilo, y habló con un tono grave y calculado que apenas lograba imponerse al rugir de la tormenta.
—Necesitamos más gente para ocupar este lugar —dijo Leo, mirando fijamente a los ojos al miliciano, que asintió con una seriedad absoluta a pesar del frío—. Esperaremos aquí su llegada. Refuercen las puertas, aseguren los depósitos y preparen los barracones. En cuanto vengan a ocupar el fortín y la guarnición quede bajo el control seguro del resto de nuestra gente, nosotros nos iremos a la capital.
El miliciano ensanchó ligeramente los ojos, procesando el peso de la orden y la audacia del objetivo final. No era solo mantener un puesto aislado en la frontera; era plantar una pica de resistencia directamente en el corazón del poder imperial.
—Entendido, comandante —respondió el jinete con voz firme, haciendo un saludo marcial con la mano enguantada antes de espolear suavemente a su montura para cumplir con las órdenes—. Nos aseguraremos de que este lugar sea una fortaleza inexpugnable para cuando llegue el relevo.
El crujir de las botas de Leo sobre la nieve fue amortiguándose a medida que se acercaba al primer carromato. La ventisca seguía golpeando los muros de la guarnición con fuerza, pero el ambiente dentro del patio comenzaba a cambiar gracias al trabajo rápido de los milicianos, que ya habían comenzado a encender un par de braseros en el antiguo puesto de guardia.
Leo se detuvo junto a la rueda trasera del vehículo y desató los nudos congelados de la lona con dedos expertos, retirando la cobertura de tela lo suficiente para que la escasa luz del día iluminara el interior. La pequeña seguía acurrucada entre las mantas, con las mejillas sonrojadas por la fiebre y los ojos medio cerrados, despertando apenas por el cambio de aire.
—Ya llegamos, pequeña —murmuró Leo con una suavidad que contrastaba radicalmente con la dureza de su mandíbula y el tono áspero de su voz habitual—. Se acabó el viaje por ahora. Vamos a entrar en un lugar cálido.
Con sumo cuidado, deslizó los brazos por debajo del cuerpo de la niña, sosteniéndola con firmeza contra su pecho acorazado para proteger la frágil estructura de sus huesos del viento cortante. Ella emitió un susurro apenas perceptible, un quejido ronco y cansado, y de inmediato rodeó el cuello de Leo con sus bracitos delgados, buscando instintivamente el calor de su cuerpo y aferrándose a su gabardina como si fuera lo único sólido en el mundo.
Leo la arropó todavía más con un extremo de su propia capa militar para blindarla del aguanieve, dándose la vuelta con paso lento y medido. Cruzó el patio de armas esquivando los montículos de nieve y los aperos de los milicianos, dirigiéndose directamente hacia la estructura principal de la comandancia, el edificio que Garrik y los hombres ya habían asegurado y acondicionado.
Al abrir la pesada puerta de roble de la estancia, una bocanada de aire templado y seco lo recibió de golpe. El fuego de la gran chimenea de piedra ya rugía con fuerza en el interior, iluminando las paredes de piedra con destellos dorados y danzantes. La habitación estaba limpia, provista de una cama de campaña con colchón de lana seca y mantas limpias que alguien había dispuesto con urgencia.
Leo caminó hasta la orilla de la cama y se inclinó con infinita delicadeza, depositando a la pequeña sobre el lecho mullido. Ella gimió bajito al principio, reacia a soltar el cuello de su chaqueta, pero en cuanto sintió el calor envolvente de las mantas y la suavidad del colchón, su cuerpo entero se relajó con un suspiro profundo y prolongado, dejándose vencer por fin por el sueño reparador.
Leo se quedó de pie a un lado de la cama, observándola en silencio durante unos segundos mientras la luz del fuego proyectaba su sombra alargada sobre la pared de piedra. Apoyó una mano sobre el borde de la madera, sintiendo que por primera vez en días, el peso invisible que llevaba en los hombros le permitía respirar un poco mejor.
El crujir de la madera en la chimenea era el único sonido que competía con la respiración entrecortada de la pequeña. Leo arrastró una sencilla silla de madera hasta la orilla de la cama de campaña y se sentó con lentitud, sintiendo el cansancio acumulado en cada hueso de su cuerpo. Sobre una mesita auxiliar, Kassandra había dejado una escudilla de peltre con caldo caliente y un trozo de pan blando.
Con manos firmes pero con una delicadeza inusual para un veterano de mil batallas, Leo tomó el cuenco. Sopló con suavidad sobre el líquido humeante para disipar el vapor antes de acercar una cuchara de madera a los labios de la niña.
—Vamos, abre un poquito —leurmuró Leo en un tono bajo y constante, un arrullo áspero pero lleno de una paciencia infinita—. Tienes que comer algo para recuperar fuerzas, pequeña.
La niña abrió los ojos con lentitud, parpadeando contra la luz cálida del fuego que iluminaba la estancia. Al reconocer su rostro, una débil y frágil sombra de calma cruzó su mirada. Obedeció en silencio, tragando con algo de dificultad al principio, pero permitiendo que el calor del caldo reconfortara su garganta reseca. Leo le alimentó con pausada dedicación, cucharada a cucharada, cuidando de que no se ahogara y limpiándole con el dorso del pulgar cualquier rastro que resbalara por su barbilla.
Cuando terminó, dejó la escudilla a un lado y la ayudó a acomodarse de nuevo entre las mantas pesadas, estirando la lana hasta cubrirle los hombros. La niña cerró los ojos casi de inmediato, vencida por el cansancio y el alivio de la comida caliente, y su respiración se volvió más profunda y regular.
Leo se quedó sentado en la penumbra de la habitación, observándola dormir con la guardia baja por primera vez en semanas, mientras afuera la tormenta de la Aezcoa Garrison seguía rugiendo contra las paredes.
Leo se quedó inmóvil en la silla, con la mirada fija en las brasas que chisporroteaban en la chimenea y el eco de la tormenta golpeando débilmente los cristales reforzados de la ventana. El silencio en la habitación era tan espeso que solo se oía el compás de la respiración de la niña. Sabía que no podía seguir sosteniendo el engaño, que el peso de la mentira era una deuda que ya no estaba dispuesto a cobrarle a un alma tan frágil.
Apretó los labios, tragando con dificultad el nudo seco que se le había formado en la garganta, y dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Perdón... Te estuve mintiendo todo este tiempo... Yo... no soy tu padre... —murmuró Leo, con la voz quebrada por un remordimiento profundo, incapaz de sostenerle la mirada en ese instante y esperando el quiebre definitivo, el terror o el llanto que tanto había querido evitar.
La pequeña, que parecía estar profundamente dormida entre las mantas, abrió lentamente los ojos. No había rastro de sorpresa en su mirada, ni gritos, ni lágrimas de desolación. Solo un brillo cansado, terco y dolorosamente maduro. Giró la cabeza sobre la almohada y lo miró fijamente a los ojos con una calma que desarmó al veterano por completo.
—Ya lo sabía... —susurró la niña con una vocecita suave y rasposa, esbozando una débil y frágil sonrisa que apenas curvó sus labios resecos—. Papá no era tan alto... o delgado como tú. Él era más bajito y siempre llevaba el pelo diferente.
Leo sintió que el corazón se le detenía en el pecho, congelándose de golpe mucho más que el aire del exterior. Parpadeó, atónito ante la revelación, con una mezcla de vértigo y un dolor punzante atravesándole las costillas. ¿Lo sabía? ¿Desde cuándo? Toda su culpa, toda la armadura mental que había construido para protegerla de la verdad, se desmoronó en un segundo ante la simpleza de una niña que había elegido cargar con su propia mentira solo para no quedarse sola en el abismo.
—¿Desde cuándo lo sabes? —logró preguntar Leo, con la voz rota y un temblor casi imperceptible en los dedos.
La niña cerró los ojos de nuevo, acurrucándose un poco más contra la calidez de las mantas mientras el sueño volvía a reclamarla.
—Desde el sótano... —murmuró apenas audible, mientras su respiración se volvía a calmar—. Pero... no importaba. Me gustaba que me cuidaras... papá.
El nombre resonó en la habitación vacía, ya no como una mentira forzada, sino como un pacto silencioso y definitivo grabado a fuego entre las ruinas de la guerra.
Leo se quedó sin aliento. Las palabras de la niña cayeron sobre él como un golpe seco, abriéndose paso a través de la gruesa coraza de veterano endurecido y desarmando cada una de sus defensas. Sintió un nudo apretado en la garganta que le quemaba, obligándolo a desviar la mirada hacia el suelo de piedra para evitar que las lágrimas traidoras que amenazaban con romper su compostura salieran a flote.
—Él... él jamás me habría mirado como tú lo hiciste en ese sótano —continuó susurrando la pequeña, con los párpados cada vez más pesados, dejándose llevar por la seguridad del calor y la fiebre que empezaba a ceder—. Papá me habría dicho que era una carga... que estorbaba. En cambio, tú me cargaste. Me diste de comer, me salvaste... sin siquiera saber mi nombre.
Leo apretó los ojos con fuerza, tragando saliva con dolor mientras una opresión invisible le estrujaba el pecho. El contraste entre la monstruosidad del hombre que la había engendrado y la inocencia desesperada de esa criatura lo dejó completamente mudo. No había disculpa militar, ni estrategia, ni orden que pudiera reparar el daño que el mundo le había hecho a un ser tan pequeño.
Lentamente, estiró su mano callosa y temblorosa, apartando con infinita suavidad un mechón de cabello sucio de su frente. La piel de la niña estaba tibia, y su respiración, aunque pausada, por fin sonaba en paz.
—Mi nombre es Leo —murmuró él por fin, con la voz rota, áspera, pero cargada de una devoción absoluta que ya no necesitaba esconder tras ninguna mentira—. Y no importa de dónde vengas, ni lo que ese infeliz te haya hecho creer... nunca más vas a estar sola. Te lo juro.
La niña esbozó una última y diminuta sonrisa de alivio, dejando caer la cabeza por completo contra la almohada mientras el sueño definitivo la arrullaba.
Leo se quedó sentado en la penumbra de la habitación, con la mano aún descansando suavemente sobre la frazada, custodiando su descanso mientras afuera el imperio, la guerra y el frío aullaban en vano contra los muros de piedra que ahora juraba defender con su propia vida.
La respiración de la pequeña se había vuelto más pausada, pero sus palabras cayeron en la habitación con el peso de una losa de plomo. Leo sintió que un escalofrío helado, mucho más punzante que el viento de la ventisca exterior, le recorría la espina dorsal.
—Yo... yo no tengo nombre... —murmuró ella con un hilo de voz, apenas un suspiro tembloroso que se perdió entre los destellos de la chimenea—. Papá me llamaba "bicho" o... bueno... "desgracia"...
El eco de esos apelativos crueles resonó en la mente de Leo, reabriendo una rabia sorda y visceral que ni los años de guerra ni la sangre derramada habían logrado apagar. Su mano, que aún descansaba sobre la frazada, se cerró en un puño tenso antes de obligarse a relajarse para no asustarla.
—Eso se acabó —dijo Leo con una firmeza absoluta, la voz ronca pero atravesada por una ternura feroz y desesperada—. Esos nombres se quedan aquí, en este sótano, en el pasado. Ya no existen.
La niña abrió apenas los ojos, mirándolo con una mezcla de duda y esperanza frágil.
—Entonces... ¿cómo me llamo? —preguntó en un susurro casi inaudible.
Leo la miró detenidamente, observando el brillo obstinado que se asomaba en su mirada a pesar de todo el dolor acumulado. Buscó en su memoria, en los nombres que había dejado atrás, en las pocas cosas hermosas que quedaban en un mundo arrasado por el imperio, hasta que una idea sencilla y luminosa se ancló en su pecho.
—Desde hoy, te llamaras Clara —respondió Leo con una suavidad inquebrantable, acariciándole de nuevo la mejilla con el dorso del pulgar—. Porque a partir de este momento, todo lo oscuro empieza a aclararse.
Una paz genuina, limpia de mentiras y de culpas ocultas, pareció instalarse por fin en los rasgos de la niña. Clara cerró los ojos con una sonrisa diminuta y sincera, hundiéndose en las mantas y dejándose llevar por un sueño tranquilo, protegida al fin por el hombre que había elegido ser su refugio.