Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 18
La mano de Marta, que ya se alzaba para aferrar el brazo de Valeria, se detuvo a medio camino. Una voz grave proveniente de atrás le endureció cada músculo del cuerpo. El corazón pareció detenérsele un instante. Con un movimiento rígido, giró la cabeza despacio.
El estupor le atravesó el rostro al descubrir a Sebastián de pie a solo unos pasos detrás de ellas. Por puro reflejo, Marta bajó la mano de golpe.
El semblante del hombre permanecía sereno, como de costumbre. No había en él un gesto de cólera exagerada. Sin embargo, la intensidad de su mirada bastaba para oprimir a cualquiera que la sostuviera.
Valeria, que hasta ese momento le daba la espalda a su esposo, también se volvió. Al verlo llegar, la opresión que le atenazaba el pecho se fue aflojando poco a poco. Sin pensarlo, dio un paso hacia él y se colocó a su lado.
Por alguna razón que no habría sabido explicar, estar cerca de Sebastián le devolvía la calma.
Sebastián desvió la vista de Valeria hacia Marta. La observó de frente, con una frialdad cortante y cargada de advertencia.
—¿Iba a golpear a mi esposa? —Lo dijo sin levantar la voz, pero el tono bastó para que el aire alrededor de ellos se volviera sofocante.
Marta negó con la cabeza a toda prisa. Los labios le temblaron. Las palabras que quería pronunciar se le atascaron en la garganta.
—N-no... no, señor —tartamudeó—. Yo... solo quería hablar con Valeria. Tranquilamente.
Sebastián la observó sin parpadear.
—Vi con mis propios ojos cómo levantaba la mano.
Esa frase escueta le arrancó el poco color que le quedaba en el rostro a Marta. La mujer tragó saliva una y otra vez. Las palmas se le empaparon de un sudor frío. Era la primera vez en su vida que experimentaba un miedo genuino frente a alguien.
Hasta entonces, Marta había creído que Sebastián era un hombre frío e indiferente hacia todo y hacia todos, incluida Valeria. Precisamente por eso se sentía con derecho a tratar a su sobrina como le diera la gana. Pero la realidad resultó ser exactamente la opuesta.
Sebastián avanzó un paso. El movimiento fue pausado, pero suficiente para que Marta retrocediera uno sin darse cuenta.
—Escúcheme bien. —Su tono continuó siendo llano—. A partir de hoy, no se atreva a maltratar a Valeria nunca más.
Se detuvo un momento. La mandíbula se le contrajo al reprimir la ira que se negaba a descargar a gritos. La mirada se le afiló todavía más.
—Si vuelvo a ver o a enterarme de que la lastimó, no me voy a quedar de brazos cruzados.
Las palabras sonaron simples. Sin embargo, cada una de ellas golpeó como una advertencia imposible de tomar a la ligera.
El cuerpo de Marta temblaba sin control.
—S-sí, señor. Entiendo.
Sebastián no le apartó la vista ni un segundo.
—Váyase.
Marta siguió clavada en su sitio.
La voz de Sebastián volvió a sonar, esta vez más tajante.
—A partir de ahora, no voy a permitir que nadie maltrate a mi esposa.
Aquellas palabras le provocaron a Valeria un estremecimiento hondo en el pecho. Durante todos los años que llevaba de vida, jamás nadie se había plantado delante de ella para protegerla de esa manera.
Valeria siempre había enfrentado los insultos, los gritos y los tratos injustos en completa soledad. Ahora, alguien se erguía a su lado sin la menor vacilación para defenderla y protegerla. Para convertirla en alguien a quien valía la pena cuidar.
Sin atreverse a replicar, Marta asintió una y otra vez.
—Sí, señor... me voy.
La mujer se dio la vuelta de inmediato. Sus pasos fueron rápidos al principio; luego se convirtieron en una carrera desenfrenada para huir de aquel lugar.
Varias trabajadoras que observaban la escena desde lejos intercambiaron miradas de asombro. Ninguna habría imaginado que el señor Sebastián, conocido por su carácter reservado, fuera capaz de actuar con tanta firmeza para defender a su esposa.
Valeria seguía inmóvil como una estatua. Los ojos se le fueron calentando poco a poco. Un torbellino de emociones le revolvió el interior: alivio, conmoción, felicidad e incredulidad, todo a la vez, llenándole el pecho hasta formar un nudo en la garganta.
Se volvió hacia Sebastián. Él permanecía erguido a su lado, el rostro de vuelta a su habitual impasibilidad, como si lo que acababa de ocurrir careciera de importancia. Pero para Valeria, lo que Sebastián había hecho valía más que cualquier otra cosa en el mundo.
Mientras tanto, Marta llegó corriendo a la casa con el aliento entrecortado. El pecho le subía y le bajaba a causa del esfuerzo y del miedo que todavía le corría por las venas.
En cuanto cruzó la puerta de la salita, se dejó caer sobre una silla de madera.
Ramón, que estaba sentado con toda tranquilidad, se puso de pie de un salto.
—¿Qué te pasó?
Marta agarró un vaso de agua y lo vació de un solo trago.
—El señor Sebastián —masculló con la respiración aún agitada.
Ramón frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver el señor Sebastián?
Con la voz todavía temblorosa, Marta le relató todo lo sucedido en la plantación. Le contó cómo Valeria se había negado a entregarles el dinero de la dote, cómo ella había estado a punto de llevársela a la fuerza, y cómo Sebastián apareció para defender a Valeria sin un ápice de duda.
A medida que escuchaba, el semblante de Ramón se fue ensombreciendo. Se reclinó contra el respaldo de la silla y exhaló un suspiro largo.
—No me lo esperaba. Yo creía que el señor Sebastián se había casado con Valeria solo por cumplirle el capricho a Don Alejandro. Resulta que ahora de verdad protege a su esposa.
—Entonces se nos va a complicar mucho conseguir ese dinero de la dote —agregó, soltando el aire con fuerza.
Marta cerró los puños.
—¿Y ahora qué hacemos?
Ramón guardó silencio un buen rato.
—No lo sé. Yo también estoy perdido.
El hombre se restregó la cara con brusquedad.
—Por lo pronto, no te metas con Valeria. Si el señor Sebastián llega a enfurecerse de verdad, los perjudicados vamos a ser nosotros.
Al oír eso, Marta solo pudo morderse el labio con rabia. Jamás habría imaginado que la muchacha que durante tantos años había obedecido sin chistar contara ahora con alguien dispuesto a dar la cara por ella.
Mientras tanto, una escena muy distinta se desarrollaba bajo un árbol grande al borde de la plantación. Un banco de madera sencillo descansaba bajo la sombra frondosa. La brisa de la tarde soplaba suave y arrastraba el aroma inconfundible de los brotes de té recién cortados.
Sebastián y Valeria estaban sentados uno al lado del otro en aquel banco. Ninguno habló durante un rato.
Valeria jugueteaba con el borde de su blusa. De vez en cuando le lanzaba un vistazo a Sebastián y enseguida volvía a agachar la cabeza. Por fin reunió el valor para romper el silencio.
—Perdóname, Sebastián.
Él se volvió.
—Por mi culpa te enojaste.
Sebastián negó con suavidad.
—No estoy enojado contigo.
Dirigió la mirada hacia la extensión verde de la plantación de té que se abría frente a ellos.
—Con quien estoy enojado es con tu tía.
Valeria esbozó una sonrisa tenue.
—Gracias, Sebastián.
Reunió el coraje necesario para mirarlo a la cara.
—Por defenderme.
Sebastián le sostuvo la mirada. La frialdad de antes había desaparecido de sus ojos.
—No tienes que darme las gracias por eso.
Valeria pareció desconcertada.
—¿Por qué?
—Porque es mi deber. El deber de un esposo es proteger a su esposa.
Aquella frase sencilla volvió a llenarle los ojos de lágrimas a Valeria. No hubo promesas dulces ni palabras románticas de ningún tipo. Pero esas pocas palabras, sin adornos, le calentaron el corazón.
Alguien que de verdad me hace sentir segura. Sin darse cuenta, una pequeña sonrisa le iluminó el rostro.
Al ver esa sonrisa, la comisura de los labios de Sebastián también se elevó apenas.
Esa tarde, bajo el cielo de la sierra que empezaba a teñirse de anaranjado, los dos permanecieron sentados en un silencio que se sentía profundamente cómodo. Sin que ninguno lo advirtiera, la confianza y la cercanía entre ellos crecían poco a poco, sembrando el inicio luminoso de un matrimonio que apenas comenzaba a andar.