Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 23
No me besó.
La claridad llegó de golpe. Retiré las manos y di un paso atrás. Él me soltó de inmediato, y la distancia apareció tan rápido entre nosotros que por un instante no supe dónde mirar.
—Lo siento —dije, antes de pensarlo siquiera.
Él frunció apenas el ceño.
—¿Por qué?
No supe cómo explicarlo. No estaba borracha; sabía dónde estaba, quién tenía enfrente, recordaba cada cosa que había hecho desde que llegamos a su departamento. Pero también sabía que normalmente no habría actuado así. No habría puesto las manos sobre él, no me habría acercado tanto, y definitivamente no me habría quedado esperando un beso.
—He bebido más de lo que acostumbro —dije finalmente—. Y creo que me dejé llevar un poco.
—Un poco —repitió él, con una sonrisa apenas visible.
Sentí el calor subirme a las mejillas. Perfecto. Ahora, además, estaba avergonzada.
—Olvida lo que acaba de pasar.
La sonrisa se le borró de la cara.
—No voy a fingir que no ocurrió. Pero tampoco tienes que disculparte —dijo, y después, como si se le ocurriera al final—: de todas maneras no iba a besarte.
Algo en mi pecho se apagó un poco, ofendida por lo fácil que había sonado. No tenía sentido que aquella respuesta me molestara —era yo quien acababa de apartarse— pero saber que Alexander había decidido detenerse dejó una sensación extraña que preferí ignorar. Debió notar algo en mi expresión, porque su mirada cambió apenas.
—No confundas las cosas —dijo—. Que no fuera a besarte no significa que no quisiera hacerlo.
Me quedé quieta. La frase cayó entre nosotros con demasiada claridad.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
Sonó más a un reclamo, y me arrepentí en cuanto lo escuché salir de mi boca: revelaba algo que no tenía ninguna intención de revelar.
—Porque bebiste. Y prefiero que, si alguna vez pasa algo entre nosotros, ninguno de los dos tenga que preguntarse al día siguiente cuánto tuvo que ver eso.
El corazón empezó a latirme un poco más rápido. ¿Qué me estaba pasando? ¿De verdad había querido que me besara? No podía culpar del todo al vino —tres copas, tal vez suficientes para bajar la guardia, no para convertirme en alguien distinta— y eso era precisamente lo que empezaba a inquietarme: quizás no había provocado nada, quizás solo había dejado salir algo que ya estaba ahí.
Preferí no seguir por ese camino.
—Parece que el vino también te afectó a ti —dije, intentando recuperar algo de control—. Estás siendo demasiado romántico.
Una sonrisa pequeña le apareció en los labios. No respondió, y eso fue todavía peor.
—Ya es tarde. Tengo que volver a casa.
Me giré antes de que pudiera decir algo más y tomé mi bolso, necesitando de pronto salir de ese departamento, llegar a mi habitación y dejar de sentir que cada frase de Alexander me obligaba a pensar en cosas en las que no debía pensar.
—Si te tranquiliza creer que fue el vino, está bien —dijo detrás de mí—. No voy a discutirlo.
Me detuve un segundo, pero no me giré. Sabía perfectamente qué encontraría si lo hacía: esa calma insoportable, esa sonrisa pequeña, y probablemente una mirada capaz de hacerme sentir que había entendido de mí mucho más de lo que yo misma estaba dispuesta a aceptar.
—Vamos —añadió—. Te llevo a casa.
El camino de regreso fue mucho más tranquilo. Alexander no volvió a mencionar lo ocurrido, ni intentó retomar la conversación ni hacer alguna de esas observaciones suyas capaces de dejarme sin saber qué responder, y se lo agradecí en silencio. Solo condujo, mientras yo miraba por la ventana e intentaba convencerme de que todo aquello podía quedarse en su departamento.
Cuando llegamos a casa de mis padres, me despedí rápido y entré sin darle tiempo para hablar. Pensé que conseguiría subir directo a mi habitación. Me equivoqué: mamá me encontró antes de que pudiera llegar a la escalera.
—¿Eligieron departamento?
—Sí.
—¿Te gustó?
—Mucho.
Sonrió, satisfecha.
—¿Y comieron juntos?
La pregunta trajo de vuelta, demasiado rápido, todo lo que había pasado después.
—También.
No agregué nada más, y por suerte ella no insistió.
—Bien. —dijo, con la sonrisa ensanchándose—. Descansa, cariño.
Le di las buenas noches antes de que encontrara otra razón para retenerme, y subí.
Ya en la cama, me quedé mirando el techo un rato, y después el anillo que ahora llevaba en el dedo, preguntándome qué me estaba pasando.
Ahora que hizo Alan en qué negoció turbio se metió por eso estaba perdido andará escondido 🤔🤔🤔❓❓❓❓❓🤔
Que es de la vida de Alan Reed que fue lo que realmente le pasó 🤔🤔🤔❓❓❓❓❓