Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 14
Capítulo 14: Cinco minutos
Miré.
Primero no vi nada más que cabezas. Cabezas agachadas, cabezas con el pelo pegado por el sudor, una mujer con un bebé de tela en los brazos que resultó ser un bulto de ropa. Después, en la tercera fila, una cabeza blanca que no se agachaba como las otras, sino de lado, con la espalda vencida hacia la izquierda, igual que cuando pasaba horas encorvado sobre la guillotina de la papelería.
Y al lado, una mujer tan flaca que tuve que mirarla dos veces, con una botella de agua a la mitad apretada contra el pecho con las dos manos, como si alguien se la fuera a quitar.
No me di cuenta de que había abierto la boca hasta que oí mi propio grito.
—¡Son mis papás!
Me lancé sobre él para llegar a la ventana y él no se movió; me dejó pasar por encima de sus piernas con el vestido apretado y la cara pegada al vidrio.
—¿Quiénes? —dijo, muy tranquilo.
Lo sabía. Lo había sabido desde la Base, desde que me mandó a lavarme la cara, y lo estaba disfrutando. No me importó.
—Mis papás, señor Salvatierra, mis papás, ahí, los de… ¡Mamá!
Afuera, un hombre gordo y chaparro con una camisa abierta hasta la panza venía trotando desde la bodega, sonriéndole a Teo, haciendo reverencias con todo el cuerpo desde diez metros antes. Teo bajó sin mirarlo y abrió mi puerta.
—Este encuentro lo arregló el patrón para usted, señorita Quintana.
Me giré hacia él. No sabía qué cara tenía yo, pero él la miró un momento, y después dijo, con una suavidad que no le había oído nunca:
—Ve.
Bajé como pude, con la falda que no me dejaba abrir las piernas, y la tela se me atoró en la puerta y jaló, y no me importó. Me levanté el vestido con las dos manos hasta las rodillas y corrí.
El lodo me entró en las sandalias al segundo paso. Un guardia con rifle se me atravesó, levantó la culata, la vio, la camioneta, las placas, y se hizo a un lado tan rápido que casi se cae.
—¡Mamá! ¡Papá!
Mi mamá levantó la cara. Se quedó con la boca abierta. Mi papá se enderezó como si le hubieran jalado un hilo y la botella de agua rodó por el lodo y a nadie le importó.
Me tiré. Las rodillas me entraron en el barro hasta el hueso y los tenía a los dos en los brazos, flacos, hirviendo de sol, con olor a sudor de días, y mi mamá me apretaba la cabeza contra su pecho y decía "Sol, Sol, mi Sol" y mi papá tenía la cara metida en mi hombro y temblaba entero sin hacer ruido.
—Ya, mamá, ya. Ya estoy aquí. Ya.
—Perdóname, mija. —Era mi papá, con la voz de lija—. Es que tu papá no sirvió para nada. Se lo di. Yo mismo se lo di a ese…
—Papá, no.
—El patrón le da cinco minutos.
Teo estaba parado a dos pasos, con los zapatos limpios en el borde del lodo, mirando su reloj.
Mi mamá se separó de mí. Me miró la cara, el vestido, el pasador, el vestido otra vez.
—¿Cinco minutos para qué?
—En cinco minutos las camionetas salen por el paso de salida —dijo Teo, sin cambiar de tono—. Antes de mañana sus padres estarán en México.
Mi mamá me apretó el brazo.
—¿Y Sol se va con nosotros?
—No. —Ni una pausa—. El patrón todavía va a tener a la señorita Quintana un tiempo.
—¿Cuánto?
Teo no contestó. Miró su reloj.
Mi mamá se quedó con la pregunta en la boca. Después bajó los ojos y me tocó el vestido, la manga, con dos dedos, como se toca una tela en el mercado para ver si es de la buena. Mi papá miró el bordado y se le fue el color.
—Esta tela… la vi en una subasta, hace años. Un pañuelo de esto costaba… —No terminó. Subió la vista al pasador, a los dos puntos rojos en el ojo del pájaro, y luego miró a mi mamá.
Y mi mamá entendió. La vi entender. No me preguntó qué me habían hecho. Solo me apretó más fuerte el brazo.
—¿Y ese señor a qué se dedica?
—Vende… —Tragué—. Vende cosas.
A Teo se le movió una comisura, un milímetro, y volvió a quedarse quieta.
Mi mamá se puso de pie. Se sacudió las rodillas del pantalón, que no se sacudían, y caminó derecho hacia Teo, con la barbilla arriba y la medalla de la Virgen colgándole fuera de la blusa. Le llegaba al pecho.
—Dígale a su patrón que la compramos.
—Señora…
—Lo que sea. Vendemos la papelería. Vendemos la casa. Lo que sea, lo que él diga, se le paga. En abonos, si hay que pagar en abonos. —No le temblaba la voz—. Pero la niña se va con nosotros.
Mi papá se levantó también, más despacio, con la mano derecha metida en el bolsillo.
—Tiene diecinueve años —dijo—. Está en la UNAM. Tiene que volver a la escuela.
Teo los miró a los dos. Y por primera vez desde que lo conocía, su cara cambió: se le puso más quieta, si eso era posible, y más fría.
—Escúchenme bien, porque no lo voy a repetir. —Ni levantó la voz—. Que ustedes estén de pie, con agua, con sus dos brazos, y a punto de cruzar hacia su país, ya es más de lo que cualquiera de los que están sentados ahí atrás va a recibir en su vida. El patrón no necesita su dinero. El patrón no tiene nada que ver con los negocios de este lugar, ni con el rancho de donde salió su hija. Esto lo hizo por la señorita. Y solo por ella. —Una pausa—. No vuelvan a pedir lo que no se puede.
Mi mamá no bajó la barbilla. Pero tampoco dijo nada.
—Queda un minuto.
Fue cuando lo vi. Mi papá había sacado la mano del bolsillo para tocarme el pelo, y en la mano derecha, donde tenían que estar el anular y el meñique, había dos muñones cortos envueltos en una gasa gris de tierra, con la costra asomando por la orilla.
Miré a otro lado. Al lodo. A los pies descalzos de la fila de atrás.
Mi papá escondió la mano detrás de la espalda.
—Fue un descuido mío —dijo.
Un descuido. Así se llamaba en ese lugar lo que le pasaba al que no obedecía. Se me acomodó adentro, frío, como una piedra en el fondo de un vaso: eso era el afuera. Eso era lo que había del otro lado de él. Y si yo me quedaba, si yo era lo que él quisiera que fuera, mi papá iba a llegar a su casa con ocho dedos y no con menos. Aunque fuera un juguete toda la vida. Ocho dedos.
Mi mamá miró hacia la camioneta. Una sola vez, un vidrio negro que no dejaba ver a nadie, y volvió a mirarme a mí. No se hincó. No le habló al vidrio. Me tomó la cara con las dos manos, con las palmas ásperas de acomodar cajas.
—Que la Virgen te cuide, mija. —Me hizo una cruz en la frente con el pulgar—. Nosotros nunca nos vamos a mudar. Nunca. No se te olvide el camino a casa.
—No, mamá.
Bajó la voz. Me acercó la boca a la oreja, y olía a lo de siempre debajo del sudor, a su crema de rosas.
—Mija, escúchame bien. La dignidad, la honra, nada de eso importa. Nada. —Me apretó la cara—. Lo único que importa es estar viva.
Después se enderezó, se giró hacia Teo, y le habló como se le habla a un notario.
—Y usted dígale una cosa más de mi parte. Si algún día ella lo ofende, o él se aburre… que le perdone la vida. Nada más eso. Que le perdone la vida.
Teo inclinó la cabeza un centímetro.
Dos hombres de negro llegaron de la nada, uno para cada uno, y los tomaron del brazo sin brusquedad y sin permiso. Mi papá alcanzó a decir "Sol" y nada más. Mi mamá no se dejó jalar: caminó sola, derecha, hasta una camioneta gris con los vidrios oscuros que yo no había visto llegar, y antes de subir volteó una última vez y se persignó, para mí, de lejos.
La puerta se cerró. La camioneta se fue.
Me quedé de rodillas en el lodo con las manos enterradas hasta las muñecas, apretando barro, porque tenía que apretar algo. El grito me subió hasta los dientes y ahí se quedó, porque no se podía gritar.
Un pañuelo de papel apareció frente a mi cara.
—Al patrón no le gustaría verla así —dijo Teo.
En la camioneta olía otra vez a piel y a frío. Yo olía a lodo. El vestido se me pegaba a las piernas, café hasta la cintura, y las lágrimas me habían dejado la cara tiesa.
—Gracias —dije. Casi no me salió—. Gracias, señor Salvatierra.
Me miró de arriba abajo. Arrugó la nariz.
—Pareces un perro callejero que se revolcó en un charco. —Se recargó en su asiento—. ¿Y con un "gracias" se acaba? ¿Así piensas agradecerme?
—Yo…
—El camino es largo. —Cerró los ojos—. Piénsalo. Si al llegar a la casa la respuesta no me satisface, rindes cuentas.
Lo pensé todo el camino, con la cara pegada al vidrio y el lodo secándose en las rodillas, y no se me ocurrió nada que no fuera lo que ya me había quitado.
Cuando la camioneta se detuvo frente a la Casona, él no se bajó. Teo abrió mi puerta y él se quedó sentado, mirándome con una cosa en la cara que casi parecía una sonrisa, de las que no dan miedo.
—¿No te quieres bajar?
—Sí, señor.
—Ve a lavarte. Cámbiate.
Bruno estaba en los escalones de la entrada, con una camisa de flores que parecía un jardín en llamas y unos lentes oscuros. Silbó al verme.
—¡Cuñadita! —Se levantó los lentes—. ¿Te caíste en la pocilga? —Miró el vestido—. Con todo y lodo, solo tú aguantas ese color. En serio. A cualquier otra la hace parecer lagartija.
No supe qué contestar. Él ya se había acercado a la ventana del otro lado de la camioneta y bajó la voz, pero el aire estaba quieto y yo tenía las orejas de conejo que se me ponían en esa casa.
—No fue el Buitre, primo. Una rata de la línea de la Cobra. Quiso sacar piedras por el corredor del sur en una llanta de refacción. El Tercero lo tiene en la celda.
—Se murió —dijo él, sin abrir los ojos—. Encárgate.
—Con muchísimo gusto.
Las piernas se me doblaron un poquito, ahí, en los escalones. Vi el sótano. Vi la banca de piel. Vi lo que le pasa a una llanta de refacción.
La camioneta arrancó hacia el garaje. Bruno se quedó en los escalones, silbando, viendo el cielo.
—Bruno.
—Dime, cuñadita.
Me sequé las manos en el vestido, que ya no tenía remedio.
—¿Qué le gusta al señor Salvatierra?
Me miró por encima de los lentes. Se le fue abriendo una sonrisa lenta, de oreja a oreja.
—¿Qué posición?
—¡No! —Me puse roja hasta el cuello—. No, yo… es que me dijo que le tengo que agradecer, y yo no sé qué… Nada más eso. Qué le gusta.
Bruno se quedó callado un momento. Después se quitó los lentes, los dobló, y la sonrisa se le fue.
—¿De verdad quieres saber? —Bajó la voz—. Consíguete un listón rojo.