Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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TU PADRE ES EL DUEÑO DEL MUNDO
—¿De qué hablas? —le dije con calma, fingiendo no entender quién era ni qué significaban sus palabras—. No sé de qué me conoces. Te equivocas de hombre.
Pero él no escuchó. Dio unos pasos rápidos hacia mí, con los ojos brillantes de emoción y lágrimas que empezaban a brotar. Se acercó hasta estar a solo un palmo de mi rostro, y con voz temblorosa y reverente dijo:
—Mi príncipe… usted… usted está vivo… No es posible… Todos creían…
Y antes de que pudiera evitarlo, me abrazó con fuerza, como quien encuentra un tesoro que creía perdido para siempre. Yo me quedé rígido, sin corresponderle, sin moverme, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío. No podía permitir que nadie supiera la verdad, no ahora, no así. Con suavidad pero con firmeza me separé de él y lo miré a los ojos.
—Señor, me confunde —le dije con voz tranquila pero clara—. No soy quien usted cree. No conozco a ningún príncipe. Por favor, suéltela a ella. No tiene nada que ver con esto.
El hombre parpadeó, confundido, pero antes de que pudiera decir algo más, giró hacia sus soldados y gritó con voz potente que cortó el aire:
—¡Llévenselos a todos! ¡Con cuidado!
Yo corrí hacia Cecilia, me puse entre ella y los soldados, y con voz firme les dije:
—¡No toquen a Cecilia! ¡Nadie la toca!
El comandante levantó una mano y ordenó de inmediato:
—¡Sean suaves con esa dama! ¡Si alguno le hace el menor daño, le corto las manos yo mismo! ¡Entendido!
Subimos al barco, y tal como había predicho en mi interior, no eran simples traficantes. Cuando nos alejamos del muelle y las velas se desplegaron, vi cómo se quitaban los harapos y debajo de ellos brillaban las túnicas y armaduras de los jenízaros. No eran piratas. Eran el ejército imperial, operando en secreto. Y todos me miraban con respeto, con temor reverente, apartándose cuando pasaba, sin atreverse a mirarme directamente a los ojos pero sin dejar de mostrarme deferencia alguna. Caminaban con prisa pero con cuidado, como si yo fuera algo frágil y sagrado al mismo tiempo. Me guiaron a una cabina amplia en la parte de popa, bien amueblada y apartada del resto. Allí, cerrando la puerta tras de sí, el comandante se volvió hacia mí con seriedad.
—Permítame explicarle quién es usted en verdad —dijo con voz suave pero firme—. Sé que hay heridas que sanan lentamente, y recuerdos que tardan en volver.
—No tengo nada que recordar —respondí, manteniendo mi postura—. Soy Mario Miller. Hijo del barón Miller. No entiendo por qué todos me miran así.
—Entonces cuénteme lo que recuerda —pidió él, sentándose frente a mí.
Le conté la misma historia que había construido con tanto cuidado, la misma que le había dicho a Cecilia: el acantilado, las bestias, el golpe, la pérdida de la memoria, cómo el barón me había acogido sin preguntar quién era. Asentía mientras hablaba, escuchando cada palabra con atención, sin interrumpirme. Cuando terminé, se quedó en silencio unos instantes, asimilando lo que yo le había dicho, y luego asintió lentamente.
—Ya veo… ya veo… —murmuró para sí mismo—. La amnesia… el golpe en la cabeza… Es comprensible. Pero escúchame bien, muchacho. No eres hijo de ningún barón. El barón Miller fue amable contigo, sí, pero no es tu padre. Tu verdadero padre es mucho más grande, mucho más poderoso. Te llevaré a casa.
—¿A qué casa? —pregunté con fingida confusión, aunque mi corazón latía con fuerza—. Oiga, yo soy hijo del barón Miller. Tengo una vida allá en Venecia. No puedo irme así como así con usted.
El comandante me miró con una mezcla de ternura y solemnidad, y dijo con voz que no admitía réplica:
—Ese río… ese río al que te refieres… es el Bósforo. Y tu padre… tu padre es dueño de todo lo que se ve desde sus orillas y más allá. Tu padre es dueño del mundo. Y te ha estado esperando. Ahora que te ha encontrado, nada ni nadie podrá mantenerte lejos de tu verdadero hogar.
Me quedé callado, mirándolo como si procesara cada palabra lentamente, como si apenas empezara a comprender que mi vida entera había sido una mentira. Pero por dentro, sonreía. El momento que había estado esperando durante años finalmente había llegado. Y no lo había forzado yo. Había llegado a mí.