Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 23: NUESTRO REFUGIO
ADVERTENCIA: EL SIGUIENTE CAPÍTULO CONTIENE ESCENAS DE ALTA INTENSIDAD EMOCIONAL Y LENGUAJE ADULTO. RECOMENDADO PARA MAYORES DE EDAD.
Chloe Bennett
La cabina de la camioneta blindada vibraba con los ecos de una respiración compartida y un deseo tan espeso que empañaba los cristales. Nicolas me sostenía contra el cuero del asiento, devorándome los labios con una necesidad que rozaba lo violento. Su perfume de sándalo y tabaco se había convertido en mi oxígeno, y sus manos grandes, todavía calientes por la caricia posesiva sobre mis senos, me hacían temblar bajo la fina tela del traje.
Se apartó apenas unos milímetros de mi boca, lo suficiente para que el aire frío de la tarde neoyorquina se colara entre nosotros. Sus ojos claros, inyectados en una lujuria que me hizo contraer el vientre, me miraron con una fijeza que me desarmó por completo.
—¿Confías en mí, Chloe? —su voz, un barítono sumamente ronco y espeso, retumbó en mi pecho.
—Sí... —respondí en un hilo de voz, sin dudarlo un solo segundo, entregándole la última de mis defensas corporativas—. Sí, confío en ti, Nicolas.
Él no dijo nada más. Simplemente acarició mi mejilla con el pulgar de su mano rugosa, enganchó la marcha de la camioneta y comenzó a conducir por las congestionadas calles de Manhattan con una determinación silenciosa y letal. El trayecto se desarrolló en una atmósfera cargada de expectación; mis dedos jugaban nerviosos con la bufanda de cachemira verde mientras el sol terminaba de ocultarse tras los rascacielos, tiñendo el asfalto de sombras azuladas.
Después de unos veinte minutos de trayecto silencioso pero sumamente intensa, el vehículo se desvió por un callejón privado de la Quinta Avenida y se detuvo frente a la imponente fachada de piedra caliza de un hotel súper de lujo. El edificio, coronado por molduras doradas y faroles de luz cálida, desprendía un aire de exclusividad reservado únicamente para las fortunas más intocables del planeta. Un botones de uniforme impecable se apresuró a abrirnos la puerta de la camioneta, pero Nicolas le hizo un ademán frío con la mano, indicándole que no era necesario.
Nos bajamos del coche. Nicolas me tomó de la mano de inmediato, entrelazando sus dedos grandes con los míos con una firmeza que dejaba claro a cualquiera que se cruzara en nuestro camino la pasaría mal. Entramos al suntuoso vestíbulo, decorado con columnas de mármol de Carrara y enormes candelabros de cristal que arrojaban destellos dorados sobre el suelo pulido.
El mostrador de recepción estaba vacío, a excepción de una mujer madura y elegantemente vestida que, al ver entrar al imponente CEO de la corporación, se puso de pie de inmediato con una reverencia tensa y profesional. Nicolas la encaró con sus dos metros de estatura, proyectando su sombra sobre el mostrador.
—Quiero discreción absoluta sobre esta visita, señora Vance —declaró Nicolas con un tono tan gélido y autoritario que me hizo estremecer las piernas—. Un solo rumor, una sola filtración a la prensa o a cualquier miembro de mi familia sobre mi presencia aquí esta noche, y le aseguro que arruinaría este hotel antes de que termine la semana. Compraré cada una de sus acciones solo para demoler los cimientos. ¿Le quedó claro?
La mujer, visiblemente asustada pero manteniendo la compostura de un negocio de ese calibre, asintió con la cabeza de inmediato.
—Por supuesto, señor Donovan. No tiene de qué preocuparse —respondió con voz temblorosa—. Aquí su privacidad es sumamente importante para nosotros. Nadie sabrá que estuvo aquí.
La recepcionista deslizó una tarjeta digital dorada sobre el mármol negro del mostrador. Nicolas la tomó con un movimiento rápido y me guió de inmediato hacia el área de los ascensores privados. Subimos por el ascensor en un silencio cargado de una tensión sexual tan pura que mis mejillas ardían en un tono escarlata que combinaba perfectamente con el rosa de mi traje.
Llegamos al piso más alto y las puertas se abrieron directamente en la entrada de la suite. Al dar el primer paso dentro, me quedé sin aliento. El lugar era bellísimo, una verdadera hermosura que desafiaba cualquier concepto de lujo que yo pudiera tener en mi mente. Las paredes estaban revestidas de paneles de seda gris perla, el suelo estaba cubierto por alfombras tan mullidas que mis tacones Gucci se hundían en ellas y, al fondo de la inmensa estancia, un ventanal de triple altura ofrecía una vista panorámica espectacular de Central Park bajo la luz de la luna neoyorquina. En el centro de la sala, un enorme sofá de terciopelo azul marino invitaba a la perdición, y a la derecha se vislumbraba una cama king size de sábanas blancas inmaculadas que me hizo evocar el recuerdo de Ginebra.
Caminé por el espacio observándolo todo maravillada, acariciando con la yema de mis dedos las superficies de mármol y las obras de arte contemporáneo que decoraban los rincones. Me sentía fuera de lugar, una intrusa de clase trabajadora vestida con trajes de miles de dólares que él mismo me había comprado.
Nicolas cerró la puerta de la suite tras de sí y se apoyó contra ella, cruzando los brazos sobre su chaleco gris marengo. Me observó con una fijeza de cazador, disfrutando de mi asombro juvenil.
—Dime, Chloe... ¿alguna vez, a parte del viaje que hicimos a Ginebra, estuviste en una suite como esta? —preguntó con su tono barítono, pausado y denso.
Me giré para mirarlo, soltando una risa nerviosa y tímida que no pude contener.
—No... claro que no, Nicolas —dije, riéndome sutilmente mientras me encogía de hombros—. Apenas pago una vieja casa de alquiler de quinientos dólares al mes en un barrio alejado. No me puedo permitir un lujo como este. Un fin de semana aquí equivaldría a tres años de mi sueldo como asistente.
Al escuchar mis palabras, la expresión de Nicolas se suavizó por un segundo, dando paso a una seriedad implacable y cargada de un afecto posesivo que me aceleró los latidos. Se separó de la puerta y comenzó a caminar hacia mí con pasos lentos, firmes, como un depredador acorralando a su presa más preciada.
—Pues de ahora en adelante, Chloe... quiero que seas mía en todos los sentidos posibles —dijo, deteniéndose a escasos centímetros de mí, de modo que el calor de su cuerpo me envolvió por completo—. Me vuelves loco. Te metiste bajo mi piel desde el primer día en que entraste a mi despacho con esa tableta corporativa y esos ojos verdes llenos de miedo y orgullo. No quiero seguir jugando al escondite en el piso de la empresa, ni enviándote regalos anónimos para adivinar tus reacciones. Quiero iniciar una relación contigo, formal, real, para ir viendo cómo avanzamos... pero bajo mis reglas.
Me quedé helada, con la boca sutilmente entreabierta. Mi mente intentó procesar la propuesta de un hombre que controlaba miles de millones de dólares, un hombre que podría tener a cualquier modelo o mujer de la alta sociedad de Manhattan a sus pies, y que sin embargo me estaba pidiendo a mí, una estudiante huérfana y su asistente personal, que fuera su pareja.
—Nicolas... —susurré, con la voz quebrada por la emoción—. Esto es una locura. Tu hija... tu empresa...
—No me importa nada de eso —me interrumpió con una firmeza arrolladora, acortando el último espacio que nos separaba—. Yo controlo la empresa y yo me encargaré de protegerte de todo lo demás. Y para que veas lo en serio que voy con esto... esta suite es tuya. La compré para ti esta misma tarde, antes de ir a buscarte a la universidad. Ya no tendrás que volver a esa casa de alquiler de mierda ni preocuparte por tus cuentas de luz. Este será nuestro refugio, el lugar donde me pertenecerás cada vez que yo lo decida.
Mis ojos verdes se abrieron de par en par, empañándose ligeramente por las lágrimas de una mezcla de confusión, incredulidad y un agradecimiento tan profundo que me oprimió el pecho.
—¿En serio lo dices, Nick? —la palabra cariñosa escapó de mis labios antes de que pudiera contenerla debido a la emoción.
Al darme cuenta de mi desliz profesional, bajé la cabeza de inmediato, sintiendo que el rubor me quemaba las mejillas.
—Perdón... Nicolas... yo no debí...
—No, nena —me interrumpió él, y una sonrisa de medio lado, increíblemente sexy y letal, se dibujó en sus labios—. Dime como tú quieras. Me gusta cómo suena mi nombre de tu boca de fresa. Nick, Nicolas... mientras lo digas gimiendo contra mi pecho en esa cama, puedes nombrarme como se te antoje.
Se acercó aún más, rodeando mi cintura con sus brazos grandes y toscos, pegando mi cuerpo contra su firme torso cubierto por el chaleco gris. Sus manos bajaron de inmediato hacia mis caderas, apretándome contra su masculinidad rígida para hacerme sentir el tamaño del deseo que lo dominaba. Me tomó de la nuca con posesividad, obligándome a mirar la inmensidad de sus ojos claros.
—Dime que aceptas, cariño —susurró contra mis labios, con un tono espeso, dominante y hambriento—. Dime que aceptas ser mi mujer.
—Siiii... quiero —respondí en un hilo de voz, rindiéndome por completo a su voluntad, sabiendo que mi vida ya no me pertenecía a mí, sino al hombre que me sostenía con tanta fuerza.
En ese mismo instante, nos volvimos a fundir en un beso apasionado y caliente. Sus labios se estrellaron contra los míos con una voracidad que me hizo perder la noción del espacio. Su lengua se introdujo en mi boca con un ritmo salvaje, reclamándome por completo, mientras sus dedos grandes comenzaban a desabotonar lentamente los botones del saco rosa pastel, ansioso por desgarrar una vez más la fina tela para adorar la piel blanca que ya se había consagrado a su posesión para siempre.