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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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La mentira que te hará libre

La luna se hundía despacio, pequeña y pálida. Era la hora más profunda de la noche. Ariadna esperaba junto a la puerta del Laberinto, apretando contra su pecho la medalla dorada que había robado de los aposentos de su padre. Pesaba más que cualquier corona.

Escuchó los pasos de Teseo. Apareció entre las sombras, espada al cinto, linterna en mano.

—Estás aquí —dijo—. Pensé que dudarías.

—No dudo —respondió ella, con voz firme—. Pero escucha bien: hay dos caminos. Tú seguirás el hilo blanco. Te llevará lejos de aquí sin verme. No te desvíes ni un paso.

Le ató el hilo a la muñeca. Teseo asintió, confiado, y avanzó hacia la cámara principal. Cuando desapareció entre las sombras, Ariadna giró en dirección contraria y corrió.

Llegó a su lado. Asterión estaba de pie, inquieto, escuchando los pasos lejanos.

—¿Ya está aquí? —preguntó, dándose la vuelta de golpe.

—Ya se fue por otro camino —dijo ella, tomándole la mano con fuerza—. Pero escúchame bien. He encontrado la forma de liberarte de verdad. No es un sueño. No es una mentira.

Sacó la medalla dorada de entre sus ropas: brillaba suave a la luz tenue.

—Esto es lo que necesitaba. Se la robé a mi padre. Es la llave. Con esto, la maldición se rompe. Podrás salir. Caminar bajo el sol. Vivir libre.

Asterión miró el objeto en su mano, luego la miró a ella.

—¿De verdad? ¿No tienes que quedarte tú? ¿No hay precio?

Ella sintió que el corazón se le partía, pero sonrió, serena y firme.

—No. Lo he conseguido. Todo está arreglado. Afrodita te espera al otro lado. Te llevará a un lugar seguro. Solo tienes que cruzar la puerta.

Él la miró, queriendo creer, aunque algo en su pecho le decía que no todo era tan sencillo.

—¿Y tú? Vendrás conmigo, ¿verdad?

Ariadna apretó su mano.

—Te alcanzaré después. Tengo que cerrar los caminos para que nadie nos siga. Tú ve primero. No esperes. Cuanto antes salgas, antes estarás a salvo.

Le puso la medalla en la palma, cerrando sus dedos sobre ella.

—Guárdala bien. No la sueltes. Ella te protegerá.

Asterión la miró a los ojos, buscando algo que no sabía nombrar, y asintió.

—Confío en ti. Siempre.

Avanzaron juntos hacia la cueva oculta. El camino subía, estrecho y oscuro. Ariadna iba detrás, conteniendo el llanto, guardando cada paso, cada mirada suya. Cuando la luz gris del amanecer se filtraba por delante, él se detuvo.

—¿Estás segura? —preguntó, volviéndose—. Siento que algo falta.

—Nada falta —dijo ella, con voz dulce y firme—. Solo tienes que salir. Irte. Vivir. Eso es lo que me debes.

Lo empujó suavemente hacia la abertura. Afrodita apareció entre la bruma luminosa, haciéndole señas de que la siguiera. Asterión miró a Ariadna una última vez.

—Te esperaré —dijo—. No tardes.

—No tardaré —mintió ella, con la garganta cerrada.

Él salió. La luz lo envolvió. La medalla brillaba en su mano. Lo vio alejarse, siguiendo a la diosa, perdiéndose entre la hierba alta y el sol que nacía. Y entonces sintió el peso: algo se había roto dentro de ella, la puerta se cerró sola, el camino de regreso desapareció en la sombra.

Se quedó sola. Apoyó la frente contra la piedra fría.

Vete, mi amor. Vive. Y nunca sepas que mi libertad fue el precio de la tuya.

Se giró y caminó hacia adentro, hacia la oscuridad que ahora era su hogar. Teseo pronto volvería, furioso por no encontrar nada. Y ella lo esperaría. Ya no como princesa. Sino como quien lo venció todo.

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