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Capítulo 3
Capítulo 3 — Lo que es mío no lo entrego
A Adrián Del Valle se le encogió el corazón, pero no movió un músculo del rostro.
—Un padre y una madre, por supuesto que acompañan a su hijo toda la vida.
Valeria Montes lo miró con una expresión de dulzura y ternura tan perfecta que nadie habría creído que ese hombre era un hipócrita de manual. De no haber escuchado esa mañana sus verdaderas intenciones, quizá se habría dejado arrullar de nuevo, tontamente, entre sus mentiras.
—Adrián, yo soy la madre de esta criatura. Si sigues tratándome así, criaré al niño lejos de ti. Algún día otro hombre podría ocupar el lugar de padre que tú decidiste abandonar.
—Vale, ¿qué disparate es ese? —Adrián Del Valle arrugó el ceño, el rostro súbitamente ansioso—. ¡Es mi hijo! ¿Cómo vas a hablar de cambiarle el padre?
Verlo tan alarmado le arrancó una risa fría por dentro. Estaba desesperado por tener ese hijo cuanto antes; desesperado, sin duda, por poder al fin estar con esa tal Sofía.
—Amor, ni te imaginas lo difícil que fue lograr este embarazo, con el estado en que está tu esperma —dijo con voz melosa—. Así que ya sabes: pórtate muy, muy bien.
Si tanto le gusta actuar, que actúe hasta el final.
Adrián Del Valle entreabrió los labios, dispuesto a seguir insistiendo, pero lo interrumpió un golpe en la puerta.
El ama de llaves, la señora Aguilar, asomó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Señor Del Valle, señora Montes, la abuela se enteró del embarazo y ha venido a verlos. Los espera para cenar.
Valeria Montes escuchó y, por dentro, reconoció que si había una sola persona en la familia Del Valle que la hubiera querido de forma constante, esa era la abuela. La abuela de Adrián Del Valle. En ella, y solo en ella, Valeria Montes había sentido de verdad el cariño de una abuela.
Se puso de pie con una sonrisa cordial.
—Señora Aguilar, deme un momento. Le traje un regalo a la abuela, voy por él.
La anciana llevaba una temporada durmiendo mal, así que Valeria Montes había encargado a un médico de confianza un difusor de lavanda para el insomnio. Pensaba llevárselo el fin de semana a la casa del tío de Adrián. La abuela repartía su tiempo entre sus dos hijos —el padre de Adrián Del Valle y el padre de Nicolás Del Valle—, y por esos días se quedaba con la familia de Nicolás Del Valle.
Cuando bajaron, la anciana ya estaba sentada a la mesa. Al ver a Valeria Montes, se le iluminó el rostro.
—Vale, mi niña, ¡cuánto has trabajado todos estos años! Ven, ven, deja que la abuela te vea bien. Con una noticia tan grande, ¿por qué esa carita triste? ¿Te ha hecho enojar Adrián?
Era la primera persona en todo el día que le decía que había trabajado mucho. Para el resto de los Del Valle, todo lo que ella entregaba se daba por descontado.
Adrián Del Valle se acercó con aire celoso, medio en broma.
—Abuela, no me digas que ahora que vas a tener un bisnieto ya no quieres a tu nieto. Ahora que Vale está embarazada, ¿quién en esta casa se atrevería a molestarla? ¡Si la cuidamos entre todos con devoción!
Al oír lo del embarazo, la anciana no cabía en sí de contenta.
—Ay, ustedes dos, por fin les llega la dicha después de tanto sufrir. —Y le acarició la mano a Valeria Montes con ternura—. Solo que, Vale, ahora te espera otra tarea dura. El embarazo cansa mucho.
De uno de sus bolsillos sacó un brazalete y se lo deslizó en la muñeca.
—Vale, tu abuelo me regaló este brazalete en nuestro primer aniversario. Es una joya familiar que ha pasado de una generación a otra. Ahora te lo regalo a ti.
Mónica Salazar, que llegaba justo a tiempo para presenciar la escena, apretó los dientes hasta casi partirlos.
Ese brazalete familiar lo había pedido mil veces, con rodeos y sin ellos, sin conseguirlo jamás. Y ahora se lo entregaban a Valeria Montes, a esa pobretona.
Camila Del Valle saltó, indignada por su madre.
—Mamá, tú le diste a la familia Del Valle un hijo y una hija, y la abuela nunca te dio ese brazalete. Valeria Montes apenas está embarazada y ya se lo regalan. Cuando nazca la criatura, ¡quién sabe cuántas cosas más le va a sonsacar a la abuela!
El semblante de Mónica Salazar pasaba del verde al blanco sin descanso. Los hombros le temblaban ligeramente.
La abuela había administrado durante décadas un importante patrimonio propio y conservaba numerosas joyas heredadas. Cuando el abuelo murió, para asegurarle una vejez desahogada, le había cedido además una parte de las acciones del Grupo Del Valle.
Si todo eso terminaba en manos de Valeria Montes, ¿qué lugar les quedaría a ella y a su hija en esa casa?
No. El hijo que lleva Valeria Montes en el vientre no puede nacer, de ninguna manera.
Por el rostro de Mónica Salazar cruzó un cálculo venenoso.
Camila Del Valle vio la expresión de su madre y sintió un escalofrío de miedo. Pero el odio hacia Valeria Montes terminó, como siempre, por imponerse a todo lo demás.
De pronto, Valeria Montes se estremeció.
Volvió la cabeza hacia las dos siluetas apostadas a la entrada del salón y se quedó pensando un instante.
De aquella cena, la única que disfrutó fue la abuela.
El suegro, Roberto Del Valle, tampoco había vuelto a casa. Los demás comieron cada uno rumiando sus propios cálculos.
Una vez despedida la anciana con mimos, Valeria Montes regresó a la habitación y se quitó el brazalete para examinarlo con calma.
Al verlo, Adrián Del Valle por fin relajó el ceño.
—Vale, en un rato llévale ese brazalete a mamá.
—¿Por qué habría de hacerlo? Me lo regaló la abuela. ¿Con qué motivo se lo doy a tu madre?
—¿No viste la cara que traía mamá hoy? Aunque sea por la armonía de esta familia, dáselo. Si tanto lo quieres, otro día te compro uno.
Ponía cara de fastidio resignado, pero en los ojos le brillaba el cálculo entero. Ah, claro: ahora que ya está embarazada, ella ya no tiene ningún valor que aportar.
Valeria Montes se tragó la marea que le revolvía el pecho y fingió un gesto de apuro.
—Adrián, es que me lo regaló la abuela, es una muestra de su cariño. Si se lo doy a tu madre, con lo mucho que le gusta presumir, seguro se lo pone para lucirse delante de la tía Patricia. Y si la abuela llega a verlo, se va a llevar un disgusto tremendo. —Alzó el brazalete a contraluz, admirándolo a propósito—. Si lo que quieres es alegrar a tu madre, mejor cómprale tú uno de calidad parecida y regálaselo.
No en vano era una pieza de alta joyería: las esmeraldas tenían una transparencia límpida y un verde profundo, sin una sola imperfección visible.
—En cuanto a este —continuó—, cuando nuestro hijo se case algún día, se lo pasaré a él o a su esposa. ¿Te parece bien? —Lo miró con aire de sensatez magnánima, como si solo pensara en el bien de todos.
Adrián Del Valle se quedó plantado, incómodo. Se tiró del cuello de la camisa. Comprar un brazalete así costaría, como poco, un millón.
—Mejor cuando nazca el niño le regalamos a mamá otra cosa.
Valeria Montes rio para sus adentros. ¿Cuando nazca el niño? Me temo que no llegarán a ver ese día.
—Está bien. —Adrián Del Valle, atravesado por esa mirada que parecía verlo por dentro, sintió un frío incómodo en la boca del estómago—. Estás embarazada. Descansa temprano.
A la mañana siguiente, Valeria Montes apareció a propósito en la mesa del desayuno luciendo el brazalete. Comió con elegancia, dejó el plato de golpe sobre la mesa, se limpió los labios, tomó el bolso y se fue a trabajar.
En el hospital, apenas se puso la bata y se sentó en el consultorio, ya tenía a alguien esperando por atención.
Antes de que pudiera preguntar qué la traía por allí, la paciente se le adelantó.
—Buenos días. Usted es la esposa de Adrián, ¿verdad?
Valeria Montes fijó la vista en la pantalla, en el nombre que resaltaba en la casilla de registro: Sofía Mendoza.
Un frío le recorrió el pecho.