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Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:947
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.

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Capítulo 20

Capítulo 20. La mujer de la pesadilla

Volví a la Ciudad de México unos días después, con la finca a salvo, mi madre estable en Córdoba bajo el colchón de reglas que me había recomendado Jimena, y una sola cosa pendiente para cerrar del todo el capítulo Gustavo: el último trámite. La firma ante notario ya estaba hecha desde Guadalajara; faltaba nada más pasar por el registro, completar el papeleo, poner el punto final legal a trece años. Un puro formalismo. Pero yo quería estar ahí para verlo caer, como se ve caer la última hoja de un árbol que una lleva demasiado tiempo esperando que se seque.

Jimena me acompañó. Esperamos. Gustavo, fiel a sí mismo hasta el final, llegó tarde.

Y no llegó solo.

Entró del brazo de una mujer joven, muy arreglada, con un vestido entallado que marcaba sin disimulo un embarazo ya bien avanzado. Brenda, la había oído nombrar en algún chisme de Jimena. Gustavo caminó despacio, para que todos lo viéramos, y le puso la mano abierta sobre el vientre en un gesto de propietario, mirándome de reojo a ver si me dolía.

Pero no fue el gesto lo que me heló la sangre. Fue la cara de ella.

La conocía. No de haberla visto nunca: de haberla soñado. Era la mujer de mi pesadilla, la de aquella primera noche, la que criaba con devoción a un hijo que le juraban suyo, la que sonreía sin saber que la estaban vaciando, la que acababa muerta y sola dentro de un coche en una carretera oscura. La misma cara. El mismo brillo confiado en los ojos de quien todavía cree que la mano sobre su vientre es amor y no cadena. Se me erizó la piel entera. Por un segundo el suelo del registro civil se me abrió igual que se me abrió el del hospital hacía meses.

Y luego, gracias a Dios, se me cerró. Porque yo ya no era esa mujer. Yo estaba del otro lado. Y lo único que sentí, después del escalofrío, fue una compasión enorme y una gratitud casi vergonzosa: pude ser yo. Estuve a un pelo de ser yo. Y no lo fui.

—Regina —dijo Gustavo, saboreándolo—. Mira, la vida sigue. Brenda me va a dar lo que tú nunca pudiste.

—Firme donde le indican, señor Rendón —contesté, sin una grieta en la voz—. Y felicidades. De verdad. Le deseo a esa criatura toda la suerte del mundo. La va a necesitar.

Firmé yo primero, con la mano tan quieta que la mía asustaba. Cuando salimos, Jimena me apretó el codo.

—¿Estás bien? Te pusiste blanca allá adentro.

—Estoy libre —dije, otra vez, porque era la única verdad que me cabía en el cuerpo—. Vámonos, comadre, que tengo una marca que fundar.

Y la fundé esa misma semana, sobre la mesa de mi departamento de Polanco, con la laptop, un cuaderno lleno de fórmulas viejas rescatadas de un cajón y el número del profesor Salcedo en marcación rápida. Registré el nombre y las cuentas en todas las plataformas la misma tarde. Grabé mis primeros videos yo sola, sin productor ni maquillista, hablándole a la cámara del teléfono como si le hablara a Lorena: esto es un humectante, esto es un ácido, esto es lo que de verdad le hace tu piel y esto es lo que te vendieron con mentiras. La mujer que quince años había formulado en la sombra por fin daba la cara.

El nombre me llegó solo, en un parpadeo, mientras rellenaba el formulario y la casilla del nombre me parpadeaba en blanco. Lo escribí sin pensarlo: Leoné. Me sonó bonito, redondo, fácil de recordar. Me gustó cómo se veía en la pantalla. No le busqué razón. Uno no le busca razón a las cosas que le nacen de tan adentro.

Lo que sí me sacó de quicio esa semana fue el vecino.

Empezó una noche con una notificación del banco: una transferencia a mi cuenta por una cantidad con tantos ceros que pensé que era error. Antes de que alcanzara a llamar a nadie, otra notificación: transferencia revertida. Cancelada por el emisor. Dos minutos después, mensajes en el teléfono. Entré a WhatsApp y resulta que el joven Mendívil, que me había bloqueado sin razón cuando yo andaba en Guadalajara, me había desbloqueado sin razón también. Le escribí "¿me quiere explicar qué le pasa?". Palomita gris. Me había vuelto a bloquear. En el lapso de una frase.

—Este muchacho está del nabo —le dije al techo.

Al día siguiente tocó a mi puerta, tieso como tabla, sin mirarme a los ojos, con un cargamento de cajas apiladas en el pasillo detrás de él.

—Buenas —dijo—. Me llegaron doscientas cajas de café por una equivocación de la bodega. No me caben. ¿Se las puedo dejar en su sala unos días?

Lo miré. Miré las cajas. Miré otra vez su cara de niño que rompió un vidrio y viene a confesar cualquier cosa menos el vidrio.

—Joven Mendívil —dije, despacio—. La otra vez fueron doscientas cajas de aceite. Ahora café. ¿Usted a qué se dedica exactamente, al contrabando de despensas?

—Es una coincidencia —dijo, rojo hasta las orejas, metiendo las cajas él solito, sin dejarme ayudar—. Pura coincidencia.

No era coincidencia. Nada en ese hombre era coincidencia, y yo estaba empezando, apenas, a sospecharlo. Pero esa noche cerré la puerta, me reí sola de sus cajas y de sus bloqueos, y me dormí sin darle más vueltas.

Lo que había del otro lado de esa pared, yo no lo supe hasta mucho después. Y cuando lo supe, entendí de golpe todos los años que llevaba sin entender nada.

Del otro lado de mi pared, en el departamento gemelo al mío, había un cuarto que Leo no le enseñaba a nadie. Una pared entera, del suelo al techo, cubierta de fotografías. Yo saliendo de una universidad hacía quince años, sin saber que alguien me miraba. Yo el día de mi boda, de lejos, tomada por un lente que no me quiso feliz pero me quiso completa. Yo en un mercado, en un aeropuerto, riéndome en una fiesta a la que él no fue invitado. Recortes de periódico, una servilleta con mi letra, el pañuelo blanco que le devolví aquella primera noche sin devolvérselo nunca. Una vida entera de mí, coleccionada por un hombre en la sombra, con la misma paciencia con que trece diciembres me mandó gardenias sin firma.

Esa noche —me contarían después— Leo estuvo largo rato frente a esa pared. Y en una esquina, clavado con una tachuela, había un papel nuevo, impreso ese mismo día de una página que acababa de nacer en internet. Un logotipo en borrador, cuatro letras que a mí me habían salido del alma sin razón y que a él le explicaban el alma entera.

Yo, en mi sala, cerré la laptop mirando el nombre en la pantalla y me reí quedito, feliz, sin entender por qué.

—Qué nombre más bonito —dije en voz alta, para nadie—. Ni sé por qué me gustó tanto.

Y del otro lado de la pared —eso también me lo contarían mucho después— el dedo de Leo recorrió despacio, una por una, las cuatro letras de aquel logotipo recién nacido: Leoné. Como quien lee por fin, en voz baja, el nombre que llevaba trece años esperando que yo dijera sin saber que lo decía.

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