Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 2
Los ojos del desconocido quemaban. No eran los ojos de un hombre moribundo, sino los de un depredador que, aun al borde del abismo, dominaba su entorno. La pupila felina se contrajo al chocar con los ojos castaños de Camila, y por un instante, el rugido ensordecedor del hospital desapareció para ambos.
El hombre exhaló un suspiro pesado y ronco, y sus labios apenas se movieron para pronunciar una sola palabra antes de perder nuevamente el conocimiento:
—Luna...
Camila sintió una sacudida en el pecho. Su propio corazón, el mismo que horas antes amenazaba con fallarle en el despacho de su padre, latía con un ritmo firme y eléctrico. Sin embargo, no había tiempo para descifrar esa extraña reacción. La sangría en el abdomen del desconocido empeoraba cada segundo.
—¡Laura, despierta y muévete! —ordenó Camila con una voz cargada de una autoridad impecable, girándose hacia su enfermera de confianza que observaba la escena paralizada por el miedo.
—Doctora... están armados, nos van a matar —balbuceó Laura, temblando.
—Nadie va a morir aquí si hacemos nuestro trabajo —sentenció Camila, mirando de frente al hombre corpulento que aún le encañonaba la cabeza—. Baja esa pistola si quieres que tu jefe siga respirando. Si me disparas, se desangra en cinco minutos. Si me dejas trabajar, vive. Tú decides.
El hombre observó la determinación fría en el rostro de la cirujana. Lentamente, bajó el arma, aunque la tensión en sus hombros no cedió.
—Te acompaño al quirófano —dijo él con tono tajante—. Me llamo Bruno. Y más te vale que tus manos no tiemblen, doctora. Si él no sale caminando de aquí, este hospital será su tumba.
—Ahorra tus amenazas para alguien que te tenga miedo, Bruno —respondió Camila sin pestañear—. Prepárenme el Quirófano Tres. ¡Ahora!
El quirófano estaba sumido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el piar constante del monitor cardíaco. Bruno permanecía de pie en una esquina, con los brazos cruzados y la mirada fija en la mesa de operaciones, escoltado por la presencia helada de la muerte.
Camila, con el cabello recogido y la mascarilla quirúrgica colocada, lavaba la herida con destreza. La bala había penetrado cerca de la arteria ilíaca; un milímetro más y el hombre habría llegado muerto.
—Es un milagro que siga vivo —murmuró Laura mientras le alcanzaba las pinzas a Camila—. La cavidad abdominal está llena de sangre, pero... Doctora, mire sus constantes vitales.
Camila levantó la vista hacia el monitor. La presión arterial del paciente, que debería estar por los suelos debido a la pérdida masiva de sangre, comenzaba a estabilizarse. Pero lo más inquietante no era eso, sino lo que ocurría en el cuerpo de la propia Camila. Cada vez que sus dedos rozaban la piel del torso del desconocido —incluso a través de los guantes de látex—, una oleada de calor reconfortante recorría sus venas, calmando la arritmia de su propio corazón. Era como si la mera cercanía de este hombre funcionara como una medicina desconocida e instantánea para su enfermedad.
—Bisturí —pidió Camila, sofocando sus propios pensamientos para concentrarse en la incisión.
Durante dos horas angustiantes, Camila trabajó con una precisión quirúrgica sobrehumana. Extrajo el proyectil deformado con un chasquido metálico al depositarlo en la bandeja de acero y suturó los vasos sanguíneos dañados. La resistencia física del paciente era insólita; la herida parecía comenzar a sellarse a una velocidad que desafiaba cualquier manual de medicina que Camila hubiera estudiado en su vida.
Cuando dio el último punto de sutura, exhaló un largo suspiro. Se retiró la mascarilla y se giró hacia Bruno.
—La bala está fuera y la hemorragia interna está controlada. Sobrevivirá —anunció Camila con firmeza, aunque sintió un mareo repentino cuando la adrenalina comenzó a abandonar su cuerpo.
Bruno dejó escapar un suspiro de alivio visible, guardando finalmente su arma en la funda.
—Tienes agallas, doctora Valenzuela —admitió Bruno, mirándola con un respeto nuevo—. Pocos médicos habrían mantenido el pulso con una pistola en la cabeza y al señor Kael sangrando en la mesa.
—Me importa un comino quién sea tu jefe, Bruno —respondió Camila, sujetándose del borde de una mesa metálica para no perder el equilibrio cuando una punzada de cansancio le oprimió el pecho—. Cumplí mi parte. Ahora cumple la tuya: retira a tus hombres y deja que el personal atienda a los heridos del accidente.
—Lo haré —dijo Bruno—. Pero no te vas a librar de nosotros tan fácilmente. Cuando el jefe despierte y sepa lo que hiciste, querrá verte.
—No busco su agradecimiento —dijo ella, dando un paso hacia la salida.
Sin embargo, antes de alcanzar la puerta, un gemido bajo y gutural resonó desde la camilla. Kael comenzaba a recuperar la consciencia. Sus enormes manos se apretaron contra las sábanas y su mirada verde felino se abrió de nuevo, buscando desesperadamente una sola figura en la habitación.
—Camila... —murmuró él, con una voz profunda que hizo retumbar las paredes del quirófano.
Camila se congeló. Ella jamás le había dicho su nombre.