Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 3: El nombre del monstruo
Kael esperó hasta que el silencio del pasillo se volvió absoluto.
La marca en su cuello seguía ardiendo con un calor sordo, pero ya no lo doblaba de dolor. Se levantó de la cama con cuidado, deslizó los pies hasta el suelo frío de piedra y caminó hacia el armario. Dentro había ropa negra de buena calidad: camisas de tela suave, pantalones oscuros, incluso un abrigo largo. Nada parecido a lo que él usaba. Todo olía ligeramente a sándalo y a esa nota metálica que ya asociaba con el alfa.
Se cambió solo lo necesario. Se quedó con su propia camisa, aunque ahora estaba arrugada y manchada de sangre seca en el cuello, y se puso los pantalones limpios. Necesitaba sentirse un poco más él mismo.
La bandeja junto a la ventana tenía pan, queso, fruta y una jarra de agua. Comió sin ganas, solo lo suficiente para que las piernas dejaran de temblarle. Luego se acercó a la puerta.
El alfa no había mentido: no estaba cerrada con llave.
El pasillo era ancho, iluminado por antorchas que no parecían consumirse. Las paredes de piedra negra estaban decoradas con tapices antiguos que mostraban escenas de caza… o de guerra. Kael no se detuvo a mirarlos. Caminó en silencio, prestando atención a cada sonido. El castillo era demasiado grande. Demasiado silencioso.
Dobló un pasillo y luego otro. Las ventanas mostraban siempre la misma luna roja, inmóvil en el cielo. El tiempo parecía haberse detenido.
De pronto, una puerta entreabierta dejó escapar luz y un olor familiar.
Kael se detuvo.
Era el mismo olor del alfa, pero más concentrado. Más peligroso.
Empujó la puerta con cuidado.
La habitación era una biblioteca. Estanterías altísimas llenas de libros encuadernados en cuero oscuro. En el centro había una mesa de madera negra y, sentado detrás de ella, el alfa. Tenía un libro abierto frente a él, pero no estaba leyendo. Parecía esperarlo.
—Tardaste menos de lo que pensé —dijo sin levantar la vista.
Kael entró del todo y cerró la puerta a su espalda. No quería que nadie más los escuchara… aunque no sabía si había alguien más en el castillo.
—Dijiste que las puertas no estaban cerradas con llave —respondió—. Vine a comprobarlo.
El alfa cerró el libro con lentitud y finalmente lo miró. Los ojos rojos brillaron un segundo más intensos.
—Y ahora que lo comprobaste… ¿qué planeas hacer, Kael?
El uso de su nombre otra vez lo descolocó. No le había dicho cómo se llamaba. Nadie se lo había dicho.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Lo supe en el momento en que probé tu sangre —respondió el alfa con naturalidad—. La sangre real guarda más que poder. Guarda recuerdos. Fragmentos. Tu nombre fue lo primero que me mostró.
Kael apretó los puños.
—Entonces es justo que yo sepa el tuyo.
Hubo un silencio breve. El alfa se reclinó en la silla, observándolo con esa calma antigua que resultaba tan inquietante.
—Damien —dijo al fin—. Damien Voss. Príncipe de la Casa Voss. Último purosangre de mi línea… hasta que tú apareciste.
El nombre cayó entre ellos con un peso extraño. Damien. Sonaba antiguo. Peligroso. Ajustado a él.
Kael lo repitió en silencio dentro de su cabeza.
—Damien —dijo en voz alta, probando cómo se sentía—. ¿Y qué quiere exactamente el príncipe Damien Voss de un omega que hasta ayer servía café?
Damien se levantó. Dio la vuelta a la mesa y caminó hacia él con esa misma silenciosa elegancia. Se detuvo a escasos pasos. El olor de sus feromonas envolvió a Kael de inmediato, más intenso que en la habitación. La marca en su cuello respondió con un latido caliente.
—Quiero lo que siempre he querido —respondió Damien en voz baja—. Quiero que dejes de huir de lo que eres. Y quiero que entiendas que, desde el momento en que te marqué, tu vida ya no te pertenece solo a ti.
Kael no retrocedió, aunque cada instinto le gritaba que lo hiciera.
—Eso no es una respuesta.
Damien inclinó la cabeza, estudiándolo.
—Tu sangre puede despertar a los antiguos. Puede devolverle poder a las casas que lo perdieron. Puede, incluso, crear nuevos purosangres. Por eso todos te buscarán en cuanto se enteren de que existes. Yo llegué primero. Y no pienso soltarte.
Se acercó un poco más. La diferencia de altura obligó a Kael a levantar el rostro.
—Pero no es solo por el poder —añadió Damien, y por primera vez su voz sonó más baja, más áspera—. Desde que olí tu sangre… algo dentro de mí que llevaba siglos dormido se despertó. Y ahora no hay marcha atrás.
Kael sintió que el corazón se le aceleraba. La marca ardía. El aire entre ellos se había vuelto denso, casi imposible de respirar.
—Puedes odiarme —continuó Damien—. Puedes intentar escapar todas las veces que quieras. Pero cada vez que lo hagas, la marca te traerá de vuelta a mí. Y cada vez… será más difícil resistirte.
Extendió una mano y, con el dorso de los dedos, rozó la cicatriz brillante en el cuello de Kael. El contacto fue breve, pero suficiente para que un temblor recorriera el cuerpo del omega.
—Descansa esta noche —murmuró Damien—. Mañana empezamos de verdad.
Se apartó y regresó a la mesa, dándole la espalda como si la conversación hubiera terminado.
Kael se quedó de pie en medio de la biblioteca, con el nombre del alfa resonando en la cabeza y la marca latiendo al ritmo de un corazón que ya no sentía del todo suyo.
Damien Voss.
El monstruo tenía nombre.
Y por alguna razón que no quería admitir… eso lo hacía aún más real.