La esclava del conquistador
Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.
Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.
Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.
En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.
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La lección… y el instinto
Mila recobró poco a poco la conciencia: primero el dolor, profundo y constante, recordándole cada golpe recibido. Respirar costaba; hasta mover un dedo pesaba como si arrastrara plomo. Al abrir los ojos reconoció el lugar: techos altos, telas finas, silencio absoluto. La estancia de Khadir.
Intentó incorporarse por reflejo.
—No te muevas.
La voz la detuvo en seco: firme, fría, sin rastro de la ternura que alguna vez le mostró. Estaba junto a la ventana y al girar la mirada no hubo calidez alguna en ella: solo severidad pura.
—Todavía no tienes fuerzas detengase —dijo ella sin dejar espacio a dudas.
Ella insistió igual, temblando… y recibió un golpe seco en la mejilla que la sacudió entera. Dolió, sí, pero más dolió la sorpresa al verlo tan impasible: sin rabia descontrolada, sin remordimiento… solo contrariedad.
—Te dije que no te alejaras —explicó con calma tajante—. Desobedeciste, contradices mis ordenes y crees que este es tu reino y tus reglas? . Saliste. Te pusiste al alcance de cualquiera. Y esto fue lo que pasó.
Se acercó más hasta tenerla enfrente:
—Escúchalo bien: eres mía. Solo me respondes a mí. Esto fue aviso… —su voz bajó hasta volverse gélida—: La próxima vez que pongas en peligro tu vida… dejaré que siga su curso.
Esas palabras hirieron más que cualquier golpe. Bajó la mirada aguantando las lágrimas:
—Sí… mi señor.
Él se marchó tras ordenarle descansar… pero no quedó tranquilo. Horas después, en su despacho lleno de asuntos urgentes, no lograba concentrarse. Se llevó la mano a la frente: ¿por qué la había golpeado? No entraba en ningún plan. Había sido algo repentino, incontrolado… y eso le molestaba profundamente consigo mismo.
Una llamada suave a la puerta: era ella. Con la bandeja en las manos, temblando aún, venía a llevarle comida como siempre hacía.
—No deberías estar aquí —le dijo áspero—. Descansa.
—Mi lugar no es solo la cama… tengo que cuidarte a ti también —respondió bajando la cabeza.
La vio débil, luchando por no flaquear ante él… y eso lo irritó más:
—Retírate —ordenó con brusquedad que no quería tener.
Ella obedeció, pero al salir él percibió el temblor en su voz, el esfuerzo por no llorar… y se quedó solo, golpeado por su propia torpeza: ¿qué me pasa? ¿por qué reacciono así?
No pudo quedarse quieto. Salió tras ella… y justo al doblar la esquina la vio: no volvía a su cuarto. Corría descalza hacia el muro más alto del palacio, trepó sin esfuerzo y saltó al otro lado como si el muro no existiera. Liviana. Rápida. Como si su cuerpo obedeciera leyes distintas a las de los demás.
Khadir se detuvo con una expresión que se endureció al instante:
—¿Mila…?
Algo se cerró en su pecho, frío y agudo:
—¿Huyendo…? ¿Después de todo lo ocurrido… sigues sin comprender?
No corrió despavorido. No entró en pánico. Solo dio un paso tras otro, con la certeza absoluta de quien sabe que lo suyo no se pierde tan fácil:
—Vale… entonces iré a buscarte. A traer de vuelta lo que es mío.