SINOPSIS ~
Amaris ha aprendido que sobrevivir significa no llamar la atención, no confiar demasiado y sobre todo ocultar aquello que te hace diferente
Pero al acercarse a sus 18 años su vida comienza a cambiar secretos que nunca pidió conocer salen a la luz
Personas desconocidas entran en su camino y alguien que parece saber más de ella de lo que debería
Entré magia peligros y sentimientos que jamás esperaba encontrar Amaris tendría que descubrir en quien confiar
Por qué hay verdades capaces de cambiar una vida y hay destinos que fueron escritos mucho antes de que pudiéramos elegirlos
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LO QUE NUNCA CONTAMOS
La noche había cubierto por completo el bosque.
El fuego crepitaba frente a los tres viajeros, iluminando sus rostros mientras las sombras de los árboles se extendían a su alrededor.
Habían pasado varios días desde que abandonaron el valle oculto.
El viaje había sido tranquilo aquella tarde. No habían encontrado bandidos, criaturas ni problemas en el camino. Por primera vez en mucho tiempo, podían sentarse alrededor de una fogata sin preocuparse demasiado por lo que pudiera aparecer entre los árboles.
Nox descansaba a unos metros de ellos, aparentemente dormido.
Arnold tomó una rama y comenzó a mover las brasas.
—Llevamos bastante tiempo viajando juntos.
Kael levantó la mirada.
—Eso suena como el comienzo de una conversación incómoda.
—Porque probablemente lo sea.
Amaris soltó una pequeña risa.
Arnold sonrió.
—Me puse a pensar que, después de todo este tiempo, todavía hay muchas cosas que no sabemos de nosotros.
Kael se encogió de hombros.
—Eso es verdad.
—Así que propongo algo —continuó Arnold—. Esta noche contamos nuestras historias.
Amaris lo miró.
—¿Nuestras historias?
—Sí. Infancia, familia, cómo terminamos aquí... ese tipo de cosas.
Kael arqueó una ceja.
—¿Y qué pasa si alguien no quiere contar nada?
—¿Quien?
Arnold señaló a Amaris.
—Ella.
—¡Oye!
Kael soltó una carcajada.
Amaris cruzó los brazos.
—No tengo mucho que contar.
Arnold la miró con incredulidad.
—Amaris, llevamos meses viajando contigo. Esa frase dejó de ser creíble hace mucho.
—Entonces empieza tú.
Arnold sonrió.
—Eso pensaba hacer.
Se acomodó frente al fuego.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
Esta vez no había una sonrisa en su rostro.
—Nací en una familia muy pobre —comenzó
— Mi padre estaba enfermo y mi madre estaba embarazada de una niña.
Amaris lo observó atentamente.
—Cuando era pequeño, mi padre murió.
Arnold bajó la mirada.
—Después de eso, las cosas se volvieron más difíciles. A veces tenía que salir a pedir dinero para poder comer. Algunas personas me ayudaban, pero otras me trataban como si fuera una molestia.
Kael permaneció en silencio.
—Cuando tenía tres años nació mi hermana.
Amaris parpadeó.
—¿Tenías una hermana?
Arnold asintió.
—Sí.
Su voz se volvió más suave.
—Pero murió casi después de nacer yo solo tenía tres años.
El fuego crujió.
—Mi madre enfermó después de eso. Intentó seguir adelante, pero cuando yo tenía ocho años también enfermo y murió meses después
Amaris bajó la mirada.
Arnold respiró profundamente.
—Después de eso me quedé solo.
Kael frunció ligeramente el ceño.
—¿Con ocho años?
—Sí.
Arnold se encogió de hombros, intentando quitarle importancia.
—Aprendí a arreglármelas.
Amaris lo miró fijamente.
Hubo un breve silencio.
—Y entonces te conocí a ti —dijo, mirando a Amaris.
Ella levantó la cabeza.
—¿A mí?
—Tenías siete años. Yo tenía diez.
Arnold sonrió al recordarlo.
—Te estaban persiguiendo unos soldados y yo decidí ayudarte.
Kael sonrió.
—Así que desde pequeño ya tenías problemas para tomar buenas decisiones.
—Fue una excelente decisión.
—Terminaste huyendo de soldados.
—Pero funcionó.
Amaris soltó una pequeña risa.
Arnold volvió a mirarla.
—Cuando te vi por primera vez pensé en mi hermana.
La sonrisa de Amaris desapareció lentamente.
—¿Por eso me ayudaste?
Arnold tardó unos segundos en responder.
—Al principio... quizá.
Amaris guardó silencio.
—¿Y después?
Arnold sonrió con suavidad.
—Después dejaste de recordármela.
Ella lo observó.
—¿Por qué?
—Porque te convertiste en tú.
Amaris bajó la mirada.
Arnold continuó:
—Nunca fuiste un reemplazo. Ella era alguien a quien nunca tuve la oportunidad de conocer. Tú eras la persona que tenía frente a mí.
Sonrió.
—Mi amiga. Mi hermanita.
Amaris sintió un pequeño nudo en la garganta.
—Gracias, Arnold.
—No me agradezcas todavía.
Arnold recuperó su sonrisa.
—También eras una niña bastante problemática.
Amaris levantó una ceja.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Tú tampoco eras precisamente tranquilo.
Kael soltó una carcajada.
—Ahora entiendo muchas cosas.
Arnold señaló a Kael.
—Te toca.
Kael suspiró.
—Está bien.
Se acomodó junto al fuego.
—Nací en una familia noble. Mi padre es un duque y yo soy su segundo hijo.
Amaris ya conocía parte de aquella historia, pero sabía que todavía había cosas que Kael nunca había contado.
—Mi madre era plebeya —continuó—. Y fue la única persona dentro de aquella casa que realmente me hizo sentir querido.
Kael bajó la mirada.
—Ella era diferente a todos los demás.
Por un momento acarició distraídamente un pequeño objeto que llevaba consigo.
—Cuando murió, la casa dejó de sentirse como un hogar.
Arnold no hizo ninguna broma esta vez.
—Mi padre nunca fue alguien con quien pudiera hablar realmente. Siempre había expectativas, obligaciones y cosas que debía hacer simplemente por llevar su apellido.
Kael respiró profundamente.
—Así que me fui.
—¿A qué edad? —preguntó Amaris.
—Dieciséis.
Amaris lo observó.
—¿Tenías algún plan?
Kael soltó una pequeña risa.
—Ninguno.
—¿Y no tenías miedo?
Kael la miró.
—Claro que sí.
Bajó la mirada hacia el fuego.
—Pero tenía más miedo de quedarme.
Amaris recordó algo que él le había dicho tiempo atrás.
Me rechazaron antes de que pudiera decidir si tenía miedo.
Kael continuó:
—Después aprendí a sobrevivir por mi cuenta. Trabajé como mercenario, aprendí a pelear mejor y terminé descubriendo que podía invocar criaturas.
Miró a Nox.
El enorme Fenrir abrió un ojo.
—Y entonces apareció él.
Kael señaló a Nox.
—Aunque todavía no entiendo por qué decidió quedarse conmigo.
Nox cerró nuevamente los ojos.
Arnold sonrió.
—Parece que tampoco piensa responderte.
—Lo hace a propósito.
Amaris miró al Fenrir.
Por alguna razón, Nox siempre parecía observarla de una manera diferente.
Como si supiera algo que ella no.
—Creo que él sí sabe por qué —dijo.
Kael la miró.
—¿Tú sabes algo?
—No.
—Eso sonó sospechoso.
—Porque eres paranoico.
Arnold soltó una carcajada.
—Bueno, ahora te toca a ti, Amaris.
Ella dejó de sonreír.
Miró el fuego.
Durante unos segundos no respondió.
—Supongo que sí.
Amaris entrelazó las manos sobre sus piernas.
—Cuando era muy pequeña, vivía con alguien que me cuidaba.
Kael la escuchó con atención.
—Pero no recuerdo quién era exactamente. Solo tengo recuerdos muy borrosos de esa época.
Hizo una pequeña pausa.
—Un día salí sin su permiso para jugar.
Sus dedos rozaron la venda negra que cubría sus ojos.
—Quería jugar con otros niños.
Su voz se volvió más baja.
—Pero me rechazaron y golpearon gravemente por cómo era.
Arnold dejó de sonreír.
Kael tampoco dijo nada.
—Después de eso empecé a usar esta venda.
Amaris tocó nuevamente la tela.
—Dejé de salir. Tenía miedo de que volviera a pasar.
Las llamas iluminaron su rostro.
—Después de un tiempo, la persona que me cuidaba desapareció. No sé si murió o si simplemente se marchó. Un día estaba allí y después... ya no volvió.
Amaris hizo una pausa.
—Me quedé sola.
Arnold apretó ligeramente las manos.
Amaris llevó una mano hacia sus dagas.
Las sacó lentamente.
El fuego reflejó el brillo del acero.
—Tomé estas dos dagas y empecé a vivir en la calle.
Kael observó las armas.
—Tenía cinco años.
Guardó silencio un momento.
—Aprendí a robar comida. A esconderme. A encontrar lugares donde dormir. También aprendí a defenderme.
Amaris acarició una de las empuñaduras.
—No siempre fue fácil.
Nadie hizo ningún comentario.
—Cuando tenía siete años conocí a Arnold.
Ella lo miró.
—Unos soldados me perseguían y él me ayudó a escapar.
Arnold sonrió.
—Fue una gran decisión.
—Ya empezamos otra vez...
Kael se rio.
Amaris continuó:
—Después viajé con él durante cuatro años.
Su expresión se suavizó.
—Fueron buenos años.
Arnold la miró.
—Hasta que me capturaron —dijo él.
Amaris asintió.
—Sí.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Yo tenía once años. No pude hacer nada para impedirlo.
Bajó la mirada.
—Pensé que lo habían matado.
Arnold no la corrigió.
Amaris continuó:
—Desde entonces volví a estar sola.
Guardó las dagas.
—Seguí sobreviviendo como podía.
El fuego crepitó.
—Hasta que nos volvimos a encontrar.
Kael la observó.
—Justo cuando estabas a punto de ser vendida como esclava.
Amaris asintió.
—Sí.
Arnold soltó una pequeña risa.
—Parece que siempre termino encontrándote en los peores momentos.
Amaris lo miró.
—O apareces justo cuando estoy a punto de resolverlos sola.
—¡Te estaban vendiendo!
—Y aun así apareciste tarde.
—¡Amaris!
Kael comenzó a reír.
—Ahora entiendo más por qué se llevan tan bien.
Amaris sonrió.
—Él es insoportable.
—¡Yo soy el insoportable!
—Sí.
—¡No puedes simplemente admitirlo!
Los tres terminaron riéndose.
Durante unos segundos, el ambiente se sintió mucho más ligero.
Hasta que Amaris pareció recordar algo.
—Cierto.
Kael la miró.
—¿Qué?
Amaris señaló su venda.
—Nunca les he contado esto.
Arnold levantó una ceja.
—¿Sobre la venda?
—Sí.
Amaris acomodó la tela.
—Puedo ver perfectamente a través de ella.
Kael se quedó completamente quieto.
—¿Qué?
—La tela es mágica. Funciona como si fueran lentes. Para mí es transparente.
Arnold sonrió.
—Me lo suponía.
Amaris giró hacia él.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace bastante.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Quería comprobarlo.
Kael frunció el ceño.
—Espera...
Se acercó un poco.
—¿Puedes verme?
Amaris giró la cabeza hacia él.
—Perfectamente.
Kael sonrió.
—¿Y qué ves?
Amaris respondió con total naturalidad:
—Eres más alto que yo, tu cabello es rojo, tus ojos son verdes parecen esmeraldas...
Kael guardo silencio y luego sonrió aún más.
—Eso suena bastante bien.
Amaris añadió:
—Y también eres muy molesto.
La sonrisa de Kael desapareció.
—¡Eso arruinó todo!
Arnold soltó una carcajada.
—¡Sabía que podía ver!
Kael lo miró.
—¿Tú también lo sabías?
—Lo sospechaba.
—¿Y por qué nadie me dijo nada?
Amaris se encogió de hombros.
—Porque nunca preguntaste.
Kael abrió la boca, pero no encontró qué responder.
Arnold se rio todavía más.
—Además, era bastante obvio.
—¿Obvio?
—Nunca tropieza. Siempre sabe dónde estamos y, cuando alguien se acerca por detrás, ella ya sabe quién es.
Kael miró a Amaris.
—Entonces...
Ella lo miró.
—¿Qué?
—¿También puedes ver cuando intento robarte comida?
Amaris sonrió.
—Sobretodo eso.
Kael se quedó en silencio.
Arnold se llevó una mano al rostro para contener la risa.
—Eso explica muchas cosas.
—¡No explica nada!
—Te he visto hacerlo varias veces —dijo Amaris.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Quería ver hasta dónde llegabas.
Kael la señaló.
—Eres peor de lo que pensaba.
—Gracias.
—¡No era un cumplido!
Las risas volvieron a llenar el pequeño campamento.
Incluso Nox levantó ligeramente la cabeza, observándolos.
Por primera vez, los tres habían hablado de sus vidas sin tener que fingir que todo estaba bien.
Habían contado sus pérdidas.
Sus miedos.
Las personas que habían perdido.
Los lugares de los que habían huido.
Pero ninguno había contado todo.
Amaris todavía guardaba secretos sobre su verdadero origen.
Kael desconocía la verdad sobre la sangre que corría por sus venas.
Y Arnold había dejado fuera muchas cosas sobre el tiempo que pasó encerrado.
Aun así, aquella noche habían dado un paso.
Uno pequeño.
Pero importante.
Ya no eran simplemente tres personas que habían terminado viajando juntas por casualidad.
Eran tres personas que comenzaban a conocerse de verdad.
Amaris observó el fuego.
Por primera vez, aquella sensación de estar sola no parecía tan fuerte.
Y quizá...
Solo quizá...
Había encontrado algo que nunca había tenido.
Un lugar al que podía regresar.