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MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Dominación / Completas
Popularitas:544
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa





Han transcurrido tres años desde aquella noche en que Antonia recuperó su libertad y Aarón comprendió que el amor no se encadena, sino que se respeta. Tres años en los que cada uno ha reconstruido su vida sobre las cenizas del pasado: Antonia brilla como actriz consagrada, dueña de su escenario y de su destino; Aarón ha redimido sus errores, saneado su imperio y se ha convertido en un hombre íntegro, serio y reservado, guiado por la lealtad y la palabra dada; Vicent ha construido junto a él una nueva etapa, firme y honesto; e Irina dirige con dedicación su fundación, transformando su experiencia en refugio para quienes lo necesitan.

La paz parece definitiva… hasta que las sombras regresan con un rostro aún más cruel.

El nuevo titiritero, Julian Van Thal, un hombre influyente, frío y sin escrúpulos, heredero de un imperio aún más vasto que el que alguna vez tuvo.

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Capitulo 6

Julian estaba sentado tras su escritorio de caoba oscura, rodeado de archivos y fotografías esparcidas sobre la superficie. Tomó una de las imágenes entre sus manos: Antonia saliendo del teatro, caminando junto a su hermano y su madre, con una expresión tranquila y serena. La observó largo rato, como si memorizar cada rasgo fuera parte de un plan minucioso. Su asistente permanecía de pie frente a él, esperando en silencio, con la carpeta de investigación cerrada bajo el brazo.

—Todo está aquí, señor —dijo finalmente—. Su nombre completo, lugar de nacimiento, familia, trayectoria en el teatro… y también su pasado. Hay una relación anterior con Aarón De Santis. Fue una relación complicada, según los informes. Él la tenía bajo su protección, hubo amenazas, huida… hasta que se separaron hace tres años. Ahora viven vidas separadas, aunque él sigue protegiéndola desde lejos.

Julian soltó la fotografía sobre la mesa, sin apartar la vista de ella.

—Aarón De Santis… —repitió el nombre con un tono de desdén calculado—. Lo conozco de vista. Un hombre que aprendió tarde que no se puede comprar todo. Y ella… ella se le escapó de las manos. Interesante. Significa que ya sabe lo que es estar encerrada. Que ya conoce el miedo. Y eso hace que sea más fácil de guiar, no más difícil.

—¿Cree que eso será una ventaja? —preguntó su asistente.

—Será exactamente lo que necesito —respondió Julian con calma, abriendo la carpeta y pasando las páginas—. Ella cree que ya recuperó su libertad. Cree que el tiempo pasado fue una pesadilla de la que despertó. Pero no entiende algo: la libertad no es un estado permanente. Es algo que se sostiene mientras nadie tenga el poder suficiente para arrebatártela. Y yo tengo ese poder. Más que De Santis jamás lo tuvo.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, y recorrió con la mirada cada dato: dirección, horarios, nombres de familiares, incluso las rutas que solía tomar.

—Tiene un hermano, Lorenzo —leyó en voz alta—. Trabaja de arquitecto, hombre responsable, el pilar de la familia. Y una madre, Elisa, de salud delicada… Ahí está el punto débil. No ella misma, sino quienes ama. Quienes protege. Todo el mundo tiene hilos que lo mueven. Y los de ella son claros como el agua.

—¿Planea usar a su familia? —consultó su asistente con cautela.

Julian lo miró con una sonrisa que no llegó a sus ojos, fría y segura.

—No tengo que hacerles daño. Solo tengo que hacerles sentir que su seguridad depende de mí. Cuando una mujer comprende que su familia está en peligro, deja de pensar en su orgullo y empieza a pensar en sobrevivir. Yo no le haré daño. Le ofreceré protección. Le ofreceré un lugar seguro para todos… a cambio de que ella sea mía. Y aceptará. Porque las madres y los hermanos valen más que la libertad cuando el miedo entra por la puerta.

—¿Y De Santis? Sabemos que él la protege. Podría interferir.

—Que lo intente —dijo Julian con desprecio—. Él ya demostró que no pudo retenerla con todo su imperio. ¿Cree que yo tengo miedo de un hombre que dejó escapar lo que amaba? Yo no cometeré sus errores. No la dejaré ir. No le daré espacio para respirar ni para pensar en nadie más. Seré su mundo. Y con el tiempo, me agradecerá que le dé orden a su vida.

Cerró la carpeta con un golpe seco, como si con ese gesto ya la tuviera asegurada.

—El dinero abre todas las puertas —continuó con firmeza—. La paciencia las mantiene abiertas. Y la presión… la presión hace que la gente entre por ellas voluntariamente. No tengo prisa. No voy a irrumpir en su vida como un loco. Voy a acercarme poco a poco. A hacerme necesario. A convertirme en la solución a un problema que yo mismo crearé.

—¿Y si se resiste? —insistió su asistente—. Según los informes, es fuerte. Se enfrentó a De Santis. No se rinde fácilmente.

Julian se recostó en el sillón, entrelazando los dedos sobre el pecho con una calma que daba escalofríos.

—La fortaleza se agota. El orgullo se rompe cuando ves sufrir a quienes amas. Yo no quiero romperla. Quiero que comprenda que su lugar está a mi lado. Que conmigo está a salvo de todo mal. Que soy su refugio y su dueño al mismo tiempo. Y cuando lo acepte de corazón… será la marioneta más hermosa y perfecta que jamás haya existido.

—¿Cuándo empiezo? —preguntó su asistente.

—Ya empezaste —respondió Julian mirándolo fijamente—. Cada dato que reunimos es un hilo más en la red. Ahora solo hay que esperar el momento justo para cerrarla. Y yo soy muy bueno esperando.

El asistente asintió y se retiró en silencio. Julian se quedó solo, tomó la fotografía de Antonia y la colocó frente a sí, sobre el escritorio, bajo la luz de la lámpara. La contempló como si ya fuera suya.

—No te preocupes —susurró a la imagen—. No te haré daño. Solo te daré lo que te mereces: un lugar donde nadie te pueda lastimar nunca más. Donde yo decida todo por ti. Y serás feliz. Porque yo así lo quiero.

En su mente, la red ya estaba tejida. Y Antonia estaba justo en el centro, sin saberlo, caminando cada día más cerca de los hilos que él había puesto en su camino. Convencido de que con dinero, paciencia y la presión adecuada, conseguía absolutamente todo lo que se proponía, Julian no dudaba ni un instante: ella sería suya. Cuerpo, alma y voluntad.

Julian acarició con el dedo el borde de la fotografía, como si ya estuviera tocándola a ella.

—De Santis cometió el error más grande —dijo con voz baja y fría—: dejó que ella creyera que tenía voz propia. Yo no cometeré ese error.

—¿Cree que él intentará detenerlo? —preguntó su asistente.

—Que lo intente —respondió Julian con una sonrisa desafiante—. Pero que sepa una cosa: lo que se le escapó a él… yo lo voy a atrapar. Y esta vez, los hilos estarán tan firmes que nadie podrá romperlos. Ni ella misma.

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