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El Precipicio De Tu Pecho

El Precipicio De Tu Pecho

Status: En proceso
Genre:Acción
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.

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Capítulo 3: La cena

La lluvia golpeaba los ventanales del restaurante como un ejército de dedos impacientes, y Valentina se preguntó si el destino estaba tratando de decirle algo. Llevaba tres días en la órbita de Mateo Montesinos, tres días de miradas desafiantes, de roces accidentales que no parecían tan accidentales, de palabras que se clavaban como dagas y luego se transformaban en caricias. Y ahora, sentada frente a él en el restaurante más exclusivo de la ciudad, con el alcalde y su esposa ocupando los otros asientos de la mesa, Valentina sentía que el suelo se movía bajo sus pies.

No era el vino. Era él.

Mateo llevaba un traje gris marengo que hacía juego con sus ojos, y la luz de las velas bailaba sobre sus facciones como si estuviera posando para un retrato. Hablaba con el alcalde sobre inversiones y políticas urbanas, pero su mirada se desviaba hacia ella cada pocos segundos, como un imán que no podía resistir la atracción del metal.

"Señorita Cruz", dijo el alcalde, un hombre calvo y sonriente cuyo nombre Valentina ya había olvidado, "Mateo me ha hablado maravillas de usted. Dice que es la mejor guardaespaldas que ha tenido."

Valentina sonrió, una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos. "El señor Montesinos es muy generoso con sus elogios. Aunque debo admitir que no es el cliente más fácil de proteger."

"¿Difícil?", intervino Mateo, con una ceja levantada y una sonrisa burlona. "Soy un encanto. Solo pido que no me dejen morir. No creo que sea demasiado."

"Usted pide mucho más que eso", respondió Valentina, y el filo en su voz hizo que la esposa del alcalde, una mujer rubia con joyas demasiado grandes, se inclinara ligeramente hacia adelante con interés.

Mateo sostuvo su mirada, y por un momento el resto del mundo desapareció. Solo estaban ellos dos, enfrentados en una batalla que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder. La tensión en el aire era tan palpable que Valentina casi podía saborearla, como el acero y el humo y algo más, algo que se parecía peligrosamente a la lujuria.

"Cuénteme, señorita Cruz", dijo la esposa del alcalde, rompiendo el hechizo, "¿cómo es trabajar para Mateo? He oído que es un hombre muy... exigente."

"Exigente es una palabra amable", respondió Valentina, sin apartar los ojos de él. "Yo diría que es un obsesivo del control. Necesita saber dónde está cada pieza en su tablero. Y si alguna se mueve sin su permiso, se vuelve... impredecible."

Mateo rió, un sonido grave que resonó en el pecho de ella como una nota musical. "Impredecible. Me gusta esa palabra. ¿Qué más soy, Valentina? Dime. Te escucho."

"Peligroso", dijo ella, y la palabra cayó entre ellos como un guante lanzado al suelo. "Para usted mismo. Para los demás. Para cualquiera que se atreva a acercarse demasiado."

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. El alcalde y su esposa intercambiaron miradas incómodas, claramente fuera de su elemento. Pero Mateo no apartó los ojos de Valentina, y ella no apartó los suyos de él.

Era una partida de ajedrez con cuchillos. Y ambos estaban dispuestos a sangrar.

---

Después de la cena, cuando el alcalde y su esposa se fueron en su limusina escoltada por dos coches de policía, Valentina acompañó a Mateo hasta el coche privado que los esperaba en la entrada del restaurante. La lluvia había cesado, pero el aire estaba cargado de humedad y electricidad estática, como antes de una tormenta que nunca llegaba a estallar.

Se sentaron en la parte trasera del coche, un Mercedes blindado con asientos de cuero y una pantalla que separaba al conductor del resto del vehículo. Valentina se colocó al lado de la puerta, lista para saltar si algo salía mal, y Mateo se sentó frente a ella, con las piernas abiertas y los brazos extendidos sobre el respaldo, ocupando más espacio del que necesitaba.

"Has estado muy callada toda la noche", dijo él, y su voz era baja, íntima, como si estuvieran compartiendo un secreto. "¿Pensando en algo importante?"

"Pensando en su agenda", mintió ella, sin mirarlo a los ojos. "Mañana tiene una reunión con el consejo de administración a las nueve, una visita a la obra de la nueva torre a las once, y una cita con el banco a las tres. ¿Qué más quiere saber?"

"No hablo de la agenda", dijo él, inclinándose hacia adelante. "Hablo de ti. De lo que pasa por esa cabeza tuya cuando crees que no te estoy mirando."

Valentina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del coche. "No soy un libro abierto, señor Montesinos. No espere que le cuente mis pensamientos."

"Mateo", la corrigió él, y su voz era tan suave que casi parecía una caricia. "Después de tres días, creo que podemos pasar al nombre de pila. Y no, no espero que me cuentes tus pensamientos. Prefiero adivinarlos."

"Adelante", dijo ella, con un tono que pretendía ser desafiante pero que salió más tembloroso de lo que habría querido. "Adivine."

Mateo la miró durante un largo momento, y Valentina sintió que sus ojos grises la desnudaban capa por capa, como si estuviera leyendo cada uno de sus secretos en la piel.

"Estás furiosa", dijo finalmente. "No conmigo, no del todo. Con alguien más. Con algo que te pasó antes de conocerme. Y estás aquí porque crees que tengo la respuesta, la solución, el culpable. ¿Estoy cerca?"

Valentina se quedó sin aliento. Era como si él hubiera mirado dentro de su alma y hubiera visto el mapa de su misión escrito en letras de fuego. Pero no podía saberlo. No podía. Era imposible.

"Está equivocado", dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba. "Solo soy una guardaespaldas. Y usted solo es mi cliente. Nada más."

"Nada más", repitió él, y la sonrisa que se dibujó en sus labios era una mezcla de ironía y algo más oscuro. "Claro. Por eso tiemblas cuando te toco. Por eso no puedes apartar los ojos de mí. Por eso pasaste cinco minutos en el baño del restaurante arreglándote el pelo, aunque no hay ni una sola cámara en este coche. Nada más."

Valentina sintió que el calor le subía por el cuello, tiñendo sus mejillas de un rojo que odiaba con toda su alma. No había podido controlarlo. No había podido evitar arreglarse el pelo, aplicarse un poco de lápiz de labios, comprobar que su apariencia era impecable. ¿Desde cuándo se preocupaba por su apariencia? Desde él. Desde que él la miraba como si fuera la única persona en la habitación.

"El cuidado personal es parte del protocolo", dijo, con la voz más fría que pudo reunir. "Un guardaespaldas debe parecer profesional en todo momento."

"Claro", dijo él, y su sonrisa era un desafío. "El protocolo. Por eso tu corazón late tan rápido ahora mismo. Por eso tus pupilas se dilatan cada vez que te llamo por tu nombre. Todo parte del protocolo. Como el hecho de que, cada vez que me das la espalda, aprietas los puños y tensas los hombros, como si estuvieras a punto de atacar. O de besar. Todavía no lo decido."

Valentina se levantó de su asiento, o intentó hacerlo, pero el techo del coche era demasiado bajo y solo consiguió chocar la cabeza contra el techo. Maldijo en voz baja, y Mateo rió, un sonido profundo y genuino que la hizo sentir como una niña atrapada en una travesura.

"¿Ves?", dijo él, sin perder la sonrisa. "No puedes escapar de mí, Valentina. Y no sé si quieres hacerlo."

"No quiero nada de usted", dijo ella, frotándose la cabeza con la mano. "Nada. Solo quiero hacer mi trabajo y largarme."

"Entonces, ¿por qué estás aquí?", preguntó él, y la pregunta era tan simple y tan compleja que Valentina se quedó sin palabras. "Podrías haberte ido. Podrías haber renunciado después de la primera noche en la azotea. Podrías haber pedido un traslado, una asignación diferente. Pero no lo hiciste. Te quedaste. ¿Por qué?"

Porque te odio. Porque has arruinado mi vida. Porque quiero que pagues por lo que le hiciste a mi padre.

Eso era lo que debería haber dicho. En su lugar, dijo:

"No sé."

Y la verdad en sus palabras fue más aterradora que cualquier mentira.

---

El coche se detuvo frente al edificio Montesinos Tower, y Valentina salió al aire fresco de la noche con la sensación de haber escapado de una trampa. Pero la sensación duró poco. Mateo la siguió, caminando a su lado con la misma elegancia felina de siempre, y cuando llegaron al ascensor privado que subía hasta su penthouse, él se detuvo.

"Sube", dijo, y era una orden, pero también una invitación.

"No", respondió ella, con la voz firme. "Mi puesto está en mi habitación, lista para cualquier emergencia."

"La emergencia soy yo", dijo él, y su sonrisa era una promesa oscura. "Y necesito que vengas."

Valentina se quedó paralizada. Sabía lo que estaba haciendo. Sabía que él estaba jugando con ella, probando sus límites, viendo hasta dónde podía llegar antes de que ella se rompiera. Sabía que debería negarse, debería dar media vuelta y encerrarse en su habitación y no salir hasta el día siguiente.

Pero sus pies no se movían.

"¿Para qué?", preguntó, y su voz era apenas un susurro.

Mateo dio un paso hacia ella, y luego otro, hasta que estuvieron tan cerca que Valentina podía sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa. Su mano se elevó lentamente, y ella se quedó inmóvil mientras él rozaba su mejilla con la punta de los dedos.

"Porque no quiero estar solo", dijo, y su voz era tan vulnerable que Valentina sintió que algo se rompía en su pecho. "Porque esta noche, después de esta cena, después de esta lluvia, después de todo... solo quiero que te quedes."

Era la súplica más simple y más peligrosa que Valentina había escuchado en su vida. Y, contra todo su instinto, contra toda su lógica, contra todo lo que le había enseñado su entrenamiento militar, sintió que la marea la arrastraba hacia él.

No podía quererlo.

Pero lo quería.

Y eso era lo que la aterraba más.

"Un momento", dijo ella, y su voz era un hilo de voz. "Solo un momento."

Mateo sonrió, y era una sonrisa que no había visto antes. Una sonrisa que no era arrogante ni provocadora. Era una sonrisa de alivio. De gratitud. De un hombre que, por un instante, no era el depredador, sino el que necesitaba ser cazado.

El ascensor se cerró tras ellos, y mientras subían hacia el penthouse, Valentina se preguntó si era posible odiar y desear a alguien con la misma intensidad. Y si esa intensidad, al final, era lo único que importaba.

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valeska garay campos
el destino lo tnia que juntar ahora que pasará?🤔
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