NovelToon NovelToon
Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Status: Terminada
Genre:CEO / Oficina / Reencuentro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:399
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.

Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.

Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

POV: Heloísa

Le solté la mano cuando la fiebre bajó del todo, ya de madrugada, sus dedos aflojándose uno a uno en el sueño, y volví a mi cuarto de puntillas por el pasillo vacío. Casi no dormí. Me quedé mirando el techo blanco del cuarto del resort, su frase pasando en bucle. No de nuevo. Esta vez no. Yo no sabía con quién hablaba en el sueño, y lo peor es que una parte de mí quería que fuera conmigo, y odiaba esa parte con toda la fuerza que me sobraba a las cuatro de la mañana.

El último día, el equipo despertó flojo y satisfecho, ese clima de fin de viaje, gente de lentes oscuros tomando café en silencio. Vicente estaba de pie en el almuerzo, recuperado, la armadura de nuevo en su lugar, el saco cerrado, como si nada de la noche anterior hubiera pasado. Ni me miró mucho. Mejor así, pensé, y casi lo creí.

El almuerzo de despedida fue en el salón del resort, mesa larga, todo el mundo junto, copas de jugo y una conversación alta de quien ya piensa en la vuelta. Y fue cuando los meseros empezaron a servir que sentí el olor.

Caldo de costilla.

Un caldo espeso, de costilla deshebrada, tomate y maíz, con un toque de pimienta que subía por la nariz. Un plato de casa, de fogón de domingo, completamente fuera del menú fino de un resort a la orilla del mar, con risotto de camarón y pescado a la parrilla. Alguien le había pedido a la cocina que lo hiciera, a propósito.

Yo conocía ese caldo demasiado bien.

Fue lo primero que aprendí a cocinar bien, en la época en que no teníamos nada y yo calentaba el invierno con lo que era barato, una costilla de segunda, una mazorca de maíz, un tomate blando que el de la feria vendía a mitad de precio al final del día. Vicente, en los primeros meses de casados, se había vuelto adicto. Comía dos tazones, raspaba el fondo de la olla con pan, y se quejaba de que la empleada de la casa de su mamá nunca le atinaba al punto. Y se volvió un código entre nosotros, de esas tonterías que las parejas crean sin darse cuenta. Cuando uno de los dos tenía nostalgia y no sabía decirlo, con vergüenza de decirlo, hablábamos del caldo. "Tengo antojo de tu caldo de costilla." Quería decir otra cosa. Quería decir te extrañé.

Yo había enterrado ese código junto con todo lo demás.

Él no. Del otro lado de la mesa, Vicente jaló el tazón hacia sí, probó una cucharada despacio, con los ojos cerrados, y cuando los abrió, me miró directo. Solo a mí. Y no dijo nada, porque no hacía falta. El mensaje entero estaba ahí, en el plato que mandó hacer, en la forma en que me miró probándolo, en la cuchara detenida en el aire entre los dos.

El corazón me dio un tirón. Bajé los ojos a mi propio tazón y no lo toqué, las manos en el regazo, los dedos entrelazados con fuerza debajo de la mesa.

Letícia, que no tenía idea de lo que estaba pasando debajo de la mesa, decidió hacerla de anfitriona. Tomó un tazón del caldo, se levantó con esfuerzo por la barriga, rodeó la mesa larga y lo llevó hasta él con una sonrisa dulce, los ojos paseándose por la platea de colegas para asegurarse de que todos veían a la prometida solícita.

—Amor, deja que te sirva. Te estás recuperando, necesitas comer caliente.

Le puso el tazón enfrente.

Él lo apartó. Despacio, sin grosería, pero delante de todos, empujó a un lado el tazón que ella trajo y jaló de vuelta el que ya estaba servido, el que él mismo había pedido.

—Ya tengo el mío —dijo.

Fue algo pequeño. Fue solo un tazón de sopa. Pero el salón entero entendió que había pasado algo, aunque no supieran qué, y Letícia se quedó de pie, sosteniendo el tazón rechazado, la sonrisa resquebrajándosele en la cara. Posó el tazón en la mesa con un golpe que hizo que el caldo se desbordara en el mantel, se sentó, y no volvió a decir amor por el resto del almuerzo.

Yo sabía exactamente lo que aquello significaba. Él había rechazado el caldo de ella y se había quedado con "el mío". En nuestra lengua muerta, acababa de decir, delante de todos, de quién sentía la falta.

Y yo, idiota, con el pecho caliente y los ojos ardiendo, seguí sin tocar mi tazón, viendo subir y desaparecer el vapor, porque tomar aquel caldo sería responder, y responder era algo que no podía permitirme. Lo dejé enfriarse, intacto, y cuando el mesero se llevó el plato dudó medio segundo, creyendo que no me había gustado. Sí me había gustado. Ese era el problema.

Tomé la carretera de vuelta por la tarde, en el autobús de la empresa, la frente en la ventana, el litoral quedando atrás, el cerro verde subiendo de nuevo en curvas. El sueño de tres noches mal dormidas vino de golpe, pero no dejé que se me cerraran los ojos, porque con los ojos cerrados aparecía la cuchara detenida en el aire.

Fue cuando volvió la señal. El celular, mudo desde hacía tres días en aquella zona muerta de señal, vibró varias veces seguidas en mi regazo, todos los mensajes represados cayendo de golpe. Mensajes de Dandá con foto de Bel con gorro de dinosaurio. Un recordatorio de una cuenta por pagar. El grupo del edificio peleando por el ruido.

Y un mensaje de un número internacional, con un código de país que no reconocí de inmediato, pero un nombre que reconocí al instante.

"Hola, Helô. Sé que hace mucho tiempo. Estoy volviendo a Brasil el mes que viene, en definitiva. Necesito mucho verte cuando llegue. Hay una cosa que nunca te dije y debí haberte dicho hace años. Un beso. Lucas."

Releí el mensaje despacio, el litoral corriendo en la ventana, y sentí el suelo que ya estaba inestable en aquel autobús balancearse un poco más.

Lucas estaba volviendo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play