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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:479
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9: La geometría del desorden

El aroma a fritura de maíz, cilantro fresco y carne marinada a la parrilla rompía todas las leyes no escritas del piso de Gabriel Thorne.

​Eran las nueve de la noche de un martes de otoño. Sobre la pulida mesa de caoba —donde habitualmente solo descansaban microscopios de precisión, planos topográficos con tinta indeleble y mapas de frecuencias telúricas— había ahora tres cajas de cartón desbordadas de tacos al pastor, una tarrina de salsa verde casera con trozos gruesos de aguacate, limones cortados en cuartos sobre un trozo de papel de estraza y dos botellas de cerveza mexicana heladas con el cuello cubierto de condensación.

​Valeria estaba sentada con las piernas cruzadas directamente sobre la mesa de trabajo, vistiendo una camiseta ancha de una banda de punk que tenía guardada en el fondo de su vieja maleta y unos pantalones de chándal grises. Tenía la cara manchada con una gotita de salsa en la comisura izquierda y sostenía un taco con las dos manos mientras miraba a Gabriel con una expresión de triunfo indiscutible.

​Gabriel, por su parte, permanecía sentado en su silla giratoria de cuero negro, manteniendo la espalda tan recta como si tuviera una varilla de acero cosida a la columna. Llevaba la camisa de vestir blanca sin corbata y con las mangas cuidadosamente dobladas en tres pliegues exactos hasta el antebrazo. Sostenía un taco entre el pulgar y el índice de la mano derecha con la misma precaución analítica con la que habría manipulado una muestra de mercurio volátil en un tubo de ensayo de cuarzo.

​—Eso que tienes en la mano no va a explotar, Don Frío —dijo Valeria antes de darle un bocado generoso al suyo y cerrar los ojos disfrutando del picante—. Es carne de cerdo, piña y achiote. Se come con las manos, no se estudia con un espectrómetro de masas.

​Gabriel observó una gota de jugo rojo que amenazaba con deslizarse por la tortilla de maíz hacia su puño impecable.

​—La viscosidad de esta emulsión sugiere un contenido graso que excede en un cuarenta por ciento la ingesta lipídica recomendada para una cena —comentó Gabriel con voz monocorde, aunque no dejó el taco sobre la caja—. Además, la logística de consumo carece de cualquier simetría. Si aplico presión en la base, el vector de fuerza desplazará la cebolla picada hacia el margen posterior.

​—Gabriel.

​—¿Sí, Valeria?

​—Cállate la boca y muerde el maldito taco.

​Gabriel la miró a los ojos a través de las monturas de sus gafas de lectura. Durante un segundo, pareció que el analista jefe de la firma iba a emitir una protesta formal respaldada por el reglamento de la consultora. Sin embargo, tras una leve pausa en la que su mirada se posó en la sonrisa descarada de ella, bajó la cabeza y dio un bocado.

​Valeria esperó en silencio, masticando despacio con una ceja alzada.

​Gabriel masticó con lentitud metódica, procesando los sabores. La mezcla del ácido de la piña, el picante de los chiles secos y la carne especiada pareció provocar un cortocircuito momentáneo en su arquitectura mental. Tragó, se limpió la esquina de los labios con la servilleta de papel con un movimiento preciso y tomó un trago directo de la botella de cerveza.

​—Es... aceptable —sentenció, volviendo a mirar el taco con un interés marcadamente distinto.

​—"Aceptable" —repitió Valeria soltando una carcajada limpia que resonó en los techos altos del piso—. Has estado a punto de cerrar los ojos, Thorne. Admítelo. Tu algoritmo de nutrición acaba de caer derribado por cinco euros de comida callejera.

​—Admito que el equilibrio entre la acidez de la fruta y la grasa animal presenta una eficiencia termodinámica notable para el paladar —corrigió él, dando un segundo bocado mucho más decidido.

​Valeria negó con la cabeza, riendo entre dientes, y apoyó la espalda contra la pila de tomos encuadernados en piel que flanqueaban el microscopio. El ambiente en el departamento se sentía ridículamente cómodo. Hacía dos semanas que la Casona de los Cedros estaba bajo la custodia de los equipos de restauración contratados por la firma de Gabriel. Los andamios cubrían la fachada oeste, los canteros estaban limpiando el moho negro de las chimeneas y un equipo de tres ingenieros arcanos trabajaba en el sótano bajo la supervisión diaria de Mateo, inyectando hormigón sellador con partículas de cuarzo en las microfisuras de la pared de piedra.

​Durante esos catorce días, el departamento de paredes gris azuladas de Gabriel se había convertido en un campo de batalla de convivencia. Los impecables espacios mínimos del especialista habían comenzado a ser invadidos por la anatomía del caos de Valeria: sus chaquetas de cuero colgadas en percheros donde solo solían habitar abrigos de paño oscuro, sus tazas de café a medio terminar sobre estanterías de tomos del siglo XIX, sus zapatillas de deporte en la entrada y el sonido constante de música rock sonando desde su teléfono móvil mientras él intentaba redactar informes de contingencia.

​Y sin embargo, Gabriel no había emitido ni una sola queja formal.

​—El informe de progreso de la casona estará listo mañana —dijo Gabriel, dejando el papel de estraza limpio sobre la mesa tras haber terminado su taco con una limpieza pasmosa—. La bóveda del sótano ha absorbido el sellador sintético sin presentar rechazo galvánico. Para el final de la semana que viene, la casa será estructuralmente inerte.

​Valeria bajó la mirada hacia su botella de cerveza, haciendo girar el líquido dorado en el fondo del cristal.

​—Estructuralmente inerte —marcó la frase en un susurro—. O sea que ya no habrá más caras en las paredes, ni fuego gris, ni cadáveres de carroñeros en el vestíbulo.

​—Ese era el objetivo operativo principal, ¿no es así? —preguntó Gabriel, tomando un sorbo de cerveza y observando el cambio en el tono de ella con esa agudeza que no se le escapaba nunca.

​—Sí. Claro que sí —dijo Valeria, incorporándose sobre la mesa y dejando caer las piernas hacia un lado—. Es solo que... no sé. A veces me despierto por la mañana y me da la impresión de que los últimos catorce días han sido un sueño raro. O que, en cuanto la casa esté limpia y tú firmes el certificado de seguridad, todo esto se va a acabar.

​Gabriel se quedó inmóvil. Dejó la botella sobre la madera, al lado de la caja de la salsa verde, y giró su silla de cuero hasta quedar directamente frente a ella, a pocos centímetros de sus rodillas.

​—¿Qué es "todo esto", Valeria? —preguntó con esa voz grave y pausada que siempre logrababa erizarle los vellos del cuello.

​Valeria levantó la mirada y cruzó sus ojos oscuros con la frialdad azul de los de él.

​—Esto. Tú y yo en este departamento que huele a tacos. Tú usando esmoquin para ir a cenar y luego dejándome dormir sobre tu pecho mientras afuera llueve. La idea de que formamos un equipo, o una pareja, o la anomalía estadística más absurda de esta ciudad.

​Gabriel extendió la mano. Sus dedos largos y templados se posaron en la barbilla de Valeria, acariciando la línea suave de su mandíbula con una delicadeza que contrastaba con la fuerza bruta con la que manejaba los artefactos de la firma.

​—Usted no es una anomalía temporal en mi agenda, señorita Gómez —dijo él, mirando fijamente sus labios—. El contrato de tutoría técnica que firmamos ante el Consejo tiene una duración indeterminada. Y las cláusulas privadas que hemos establecido en este departamento no están sujetas a la finalización de ninguna obra de restauración.

​—¿Ah, no? ¿Y qué pasa si me canso de tus informes de trescientas páginas y de tus horarios para desayunar?

​—Ajustaré los horarios —contestó Gabriel sin dudar un solo segundo—. Y reduciré los informes a resúmenes ejecutivos de dos páginas.

​Valeria soltó una pequeña risa ahogada, sintiendo que la presión en su pecho se disolvía instantáneamente. Inclinó la cabeza hacia adelante, apoyando su frente contra la de él, sintiendo el aire tibio de su respiración mezclándose con el suyo.

​—Eres un estirado manipulador, Thorne.

​—Soy un especialista sumamente eficiente que sabe cómo proteger sus activos más valiosos —murmuró él justo antes de atrapar sus labios en un beso lento, cargado del sabor amargo de la cerveza y del calor inmediato de sus cuerpos.

​Valeria le rodeó el cuello con las manos, tirando de él hacia adelante hasta que Gabriel se puso de pie, encajando su cuerpo entre las piernas de ella mientras sus manos bajaban por sus caderas, levantándola de la mesa de trabajo sin romper el contacto de sus bocas. Las cajas de tacos y los planos de arquitectura quedaron olvidados en un rincón de la caoba mientras el silencio del departamento volvía a llenarse con el ritmo pausado de sus respiraciones.

​El miércoles a las diez de la mañana, la paz táctica del piso saltó por los aires.

​Valeria estaba en la cocina intentando domar la cafetera italiana de Gabriel —una máquina de acero inoxidable con tantas válvulas y manómetros que parecía la maqueta de una locomotora a vapor— cuando la puerta principal del departamento se abrió sin previo aviso.

​No fue el chasquido metálico y discreto de la llave de Mateo. Fue un golpe seco, seguido por el sonido de unos tacones altos resonando contra la madera del pasillo con la contundencia de un tiroteo de bajo calibre.

​Valeria se giró, sosteniendo la cuchara de café como si fuera una daga de trinchera.

​A la entrada del salón había una mujer de unos cincuenta y cinco años, de una elegancia aristocrática y afilada como un bisturí. Llevaba un abrigo de visón blanco sobre un traje de chaqueta azul marino, el pelo canoso peinado en un moño estricto y un bolso de piel de cocodrilo colgado del antebrazo. Tenía los mismos ojos azules que Gabriel, pero en ella no había rastro de la serenidad analítica del especialista: solo una altivez helada y calculadora que parecía congelar el aire a tres metros a la redonda.

​Detrás de ella, Mateo venía a paso rápido, con el rostro pálido y la gorra en la mano.

​—Le dije que el señor Thorne estaba en una reunión telemática con la delegación de Zurich, señora Thorne... —se disculpó Mateo con la voz alterada.

​—Mateo, por favor, ahórrate las excusas burocráticas —dijo la mujer con una voz de contralto suave, rica en matices pero absolutamente despiadada—. Mi hijo no se oculta tras reuniones telemáticas cuando sabe que he aterrizado en la ciudad.

​La mujer se detuvo en el centro del salón. Su mirada recorrió el espacio con la velocidad de un escáner militar: vio la chaqueta de cuero de Valeria colgada sin cuidado en el sillón de piel, vio las zapatillas de deporte tiradas cerca de la biblioteca, vio la botella de salsa verde que aún permanecía sobre la mesa de trabajo y, finalmente, clavó los ojos en Valeria.

​Valeria no se movió. Sostuvo la mirada de la mujer sin pestañear, ajustándose las mangas de su sudadera gris.

​—Vaya —dijo la mujer, deslizando un dedo con guante de piel negra sobre el borde de la mesa de trabajo y mirando el rastro de cera de tacos con un gesto de repugnancia infinita—. Veo que la firma ha bajado drásticamente sus estándares de higiene interior desde la última vez que vine. Mateo, ¿esta muchacha es la nueva personal de limpieza o una superviviente de algún siniestro que Gabriel ha decidido adoptar?

​—Soy Valeria Gómez —intervino ella antes de que Mateo pudiera abrir la boca. Su voz resonó firme, cruzando la estancia como un latigazo—. Y usted debe de ser la versión femenina de Don Frío. Aunque por la entrada diría que tiene bastante menos educación.

​Mateo cerró los ojos un segundo, conteniendo una mueca de pánico absoluto.

​La mujer se giró despacio hacia Valeria. Sus cejas perfectamente delineadas se elevaron un milímetro.

​—¿Educación? —repitió la mujer con una sonrisa de hielo—. Niña, me llamo Victoria Thorne. Soy la presidenta del Consejo Ejecutivo de la Firma Thorne & Asociados. Y este departamento es propiedad corporativa de mi familia. La única razón por la que no estás en la calle en este preciso instante es porque mi curiosidad por saber qué clase de parásito se ha instalado en la casa de mi hijo supera temporalmente mi asco por el olor a comida frita que impregna mis alfombras.

​—La casa no es de la firma, Victoria —dijo una voz grave desde la puerta del pasillo lateral.

​Gabriel apareció caminando con paso tranquilo. Se había puesto la chaqueta del traje y se estaba ajustando los gemelos de plata en los puños. Su rostro era una máscara de absoluta neutralidad, pero Valeria conocía la tensión en la comisura de sus ojos: era la misma que ponía cuando se enfrentaba a las entidades de Clase IV en las grietas telúricas.

​—Gabriel —dijo Victoria sin cambiar el tono—. Veo que te has molestado en vestirte. Estaba empezando a pensar que habías vendido tus trajes para comprar esta... bisutería callejera.

​—Este departamento está a mi nombre personal desde hace seis años —continuó Gabriel, caminando hacia el centro de la sala hasta colocarse a medio camino entre su madre y Valeria—. Y la señorita Gómez no es ningún parásito. Es la propietaria legal de la Casona de los Cedros y mi cliente bajo el régimen de tutoría técnica de Nivel 1.

​Victoria dejó escapar una risita corta y seca que sonó como el cristal al romperse.

​—¿Cliente? Gabriel, por favor. He leído el informe que le robaste al gabinete de Valdemar. Sé exactamente quién es esta chica. Es la sobrina arruinada de Matilde Alarcón. Una familia de chatarreros arcanos que no ha producido una sola línea de teoría relevante en tres siglos. ¿Y has arriesgado la posición de la firma ante el Consejo Regional por defender una ruina infestada de moho y a su heredera?

​Valeria dio tres pasos hacia adelante, sintiendo que la sangre le hervía en las venas. La cuchara de café seguía apretada en su mano derecha.

​—Escúchame bien, doña visón —dijo Valeria con los dientes apretados—. La "ruina infestada" es mi casa. Y si tu hijo arriesgó algo fue porque tu glorioso Consejo Arcano era demasiado cobarde para enviar a nadie a cerrar la mierda que se estaba colando por la pared. Si tienes algún problema con cómo gestionamos la casona, puedes pedir cita como todo el mundo. Pero no vuelvas a entrar a mi casa ni a la de Gabriel insultando a la gente que no conoces.

​Victoria miró la cuchara en la mano de Valeria y luego cruzó la mirada con la de ella. Por un segundo, la frialdad de la mujer pareció chocar contra la ferocidad callejera de Valeria en un duelo silencioso de voluntades.

​—Gabriel —dijo Victoria sin apartar los ojos de Valeria—. Tu padre cometió el error de dejarse llevar por el sentimentalismo con tu hermano Julián, y ya sabes cómo terminó esa historia. No voy a permitir que destruyas la reputación de la familia por una delincuente de poca monta con complejos de grandeza.

​El silencio que siguió a la mención del nombre de Julián fue tan denso que el zumbido de la cafetera en la cocina pareció un trueno.

​Gabriel no levantó la voz. No dio un paso adelante. Pero la temperatura del salón pareció caer diez grados en un instante. Sus ojos azules se volvieron de una transparencia aterradora.

​—No vuelva a mencionar a Julián en esta casa, madre —dijo Gabriel. Cada palabra salió articulada con una precisión mortal, cortante como una hoja de afeitar—. Y no vuelva a dirigirse a la señorita Gómez en ese tono.

​Victoria pareció dar un leve paso atrás, sorprendida por el veneno helado en la voz de su hijo.

​—¿Me estás amenazando, Gabriel? ¿A tu madre?

​—Le estoy informando de los límites operativos de esta residencia —corrigió Gabriel, sacando de su bolsillo interior una libreta con tapas de cuero y extrayendo una tarjeta magnética roja que dejó caer sobre la mesa de trabajo—. En virtud del artículo 42 del estatuto de la firma, revoco su acceso de emergencia a esta propiedad. Mateo la acompañará hasta su vehículo.

​Victoria miró la tarjeta roja sobre la caoba y luego miró a su hijo. Su rostro pálido se endureció aún más, convirtiéndose en una máscara de rabia contenida.

​—Te estás volviendo débil, Gabriel —dijo ella, ajustándose el abrigo de visón con un movimiento brusco de los hombros—. Esta chica te está contaminando el juicio. Cuando el Consejo descubra lo que hay realmente bajo los cimientos de los Cedros, no podré protegerte de Valdemar ni de la Junta. Y para entonces será demasiado tarde.

​Victoria se giró sobre sus tacones y caminó hacia la salida sin volver a mirar a nadie. Mateo la siguió a dos pasos de distancia, lanzándole a Gabriel una mirada de disculpa antes de cerrar la puerta pesada de madera tras de sí.

​El departamento quedó sumido en un silencio absoluto.

​El zumbido de la cafetera en la cocina finalmente cesó cuando el vapor comenzó a salir por la válvula de seguridad, llenando el aire con un olor a grano tostado y amargo.

​Valeria dejó la cuchara de metal sobre la mesa con un chasquido sordo. Tenía las manos temblando ligeramente por la adrenalina retenida. Miró a Gabriel, que permanecía inmóvil en el centro de la estancia, mirando fijamente la tarjeta magnética roja que descansaba sobre la madera.

​—Vaya harpía —murmuró Valeria en voz baja, acercándose a él despacio—. Siento haberle gritado, pero si se quedaba un segundo más llamándote débil o hablando de mi tía, le iba a meter la cuchara por la nariz.

​Gabriel no respondió de inmediato. Lentamente, alzó la cabeza y la miró. No había rabia en su rostro, sino una fatiga profunda, una sombra antigua que parecía pesarle en los hombros más que cualquier amenaza del Consejo.

​—No tiene por qué disculparse, Valeria —dijo él con la voz apagada—. Mi madre es... un producto de la firma. Para ella, los seres humanos son solo variables en un balance de costes y beneficios.

​—Se ha atrevido a nombrar a tu hermano —dijo Valeria suavemente, tocándole el brazo—. Sabía perfectamente dónde golpear.

​—Lo sabía porque ella fue quien firmó la orden de clausura del expediente de Julián —reveló Gabriel, mirando hacia el gran ventanal donde la luz del día iluminaba las partículas de polvo flotando en el aire—. Cuando Julián quedó atrapado en la anomalía del puerto, la firma tenía un margen de cuatro horas para enviar un equipo de extracción pesada. Mi madre canceló la operación porque el coste financiero y el riesgo de escánalo político no justificaban la recuperación de un analista de Grado 3.

​Valeria sintió que se le helaba el corazón.

​—¿Su propio hijo? —susurró horrorizada.

​—Su propio hijo —asintió Gabriel con una sonrisa amarga—. En la firma Thorne, el rendimiento está por encima de la sangre. Yo lo sabía. Julián también lo sabía. Por eso pasé los siguientes doce años convirtiéndome en el especialista más indispensable de la región: para que nadie, ni siquiera mi madre, pudiera volver a tomar una decisión operativa sobre la vida de alguien que me importa.

​Valeria no dijo nada. Se acercó del todo a él, le rodeó la cintura con los brazos y pegó el rostro contra la tela firme de su chaqueta de vestir. Gabriel tardó un segundo en reaccionar, pero luego la envolvió en sus brazos con una fuerza casi desesperada, escondiendo el rostro en el cuello de ella y respirando el aroma cálido de su piel.

​—No vas a volver a estar solo contra esa gente, Gabriel —dijo ella en un murmullo firme contra su pecho—. Me da igual tu madre, me da igual Valdemar y me da igual el Consejo Arcano. Si intentan tocar esta casa o tocarte a ti, les vamos a quemar los papeles.

​Gabriel dejó escapar un largo suspiro que hizo vibrar su pecho contra el de ella. Acarició la espalda de Valeria con la palma de la mano, sintiendo la firmeza de su presencia, la realidad incontestable de que aquella mujer no se rompería ante la presión del mundo que él habitaba.

​—Es usted una amenaza constante para mi neutralidad táctica, señorita Gómez —murmuró él, con un tono en el que la calidez empezaba a ganarle la partida al hielo.

​—Y tú eres un terco insoportable, Don Frío —sonrió ella contra su camisa—. Ahora ve a apagar esa cafetera antes de que tu cocina impecable explote por culpa del café amargo.

​A las seis de la tarde del día siguiente, la camioneta de la empresa de reformas estaba aparcada en la entrada de la Casona de los Cedros.

​El viento de la tarde movía las ramas del gran cedro del patio, haciendo caer una lluvia de agujas verdes sobre el capó del vehículo. Valeria y Gabriel estaban de pie en el centro del vestíbulo principal. El lugar ya no olía a humedad ni a azufre; olía a yeso fresco, madera tratada y el aroma limpio del aire de otoño que entraba por las ventanas recién instaladas.

​Los andamios del ala oeste habían sido retirados esa misma mañana. Los muros de piedra lucían limpios, con las juntas selladas con mortero blanco y los cristales de los ventanales góticos brillando bajo la luz dorada del atardecer.

​Mateo se acercó a ellos llevando una carpeta de cuero marrón con el logotipo de la empresa constructora.

​—El certificado de habitabilidad de Grado 1 ha sido expedido por la inspección municipal —informó Mateo con su tono profesional habitual—. Los sistemas eléctricos están actualizados, la fontanería es funcional y la atenuación del sótano se mantiene en valores de fondo normales. La casa está lista para su ocupación, señorita Gómez.

​Valeria miró la gran escalera de madera de roble que subía hacia los pisos superiores. Los peldaños ya no crujían de forma amenazadora; estaban pulidos y firmes. El escudo de armas de la familia Alarcón tallado en el pasamanos había sido restaurado, mostrando de nuevo los detalles de la serpiente y el compás de bronce.

​—No me lo puedo creer —dijo Valeria en un susurro, dando un paso hacia el centro de la sala y mirando hacia el techo de vigas de madera vistas—. Parece... parece un hogar de verdad.

​Gabriel dio un paso a su lado, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo largo de lana negra.

​—Es un hogar de verdad, Valeria —dijo él, mirando el espacio con la satisfacción de quien ha completado una ecuación compleja sin cometer un solo error de cálculo—. Y la propiedad legal está registrada a su nombre sin ninguna carga financiera ni fiscal.

​Valeria se giró hacia él. La luz del atardecer que entraba por el gran ventanal iluminaba el rostro de Gabriel, suavizando la línea de su mandíbula y haciendo que sus ojos azules parecieran más profundos que de costumbre.

​—Gracias, Gabriel —dijo ella con una sinceridad limpia, despojada de cualquier tono de broma—. De verdad. Sin ti, esta casa se habría convertido en un cráter o en una propiedad del Consejo.

​—Sin usted, Valeria, yo seguiría siendo un analista que mide la vida en función de la densidad del mercurio —respondió Gabriel con una voz suave que hizo que Mateo se retirara discretamente hacia la puerta exterior para darles privacidad.

​Valeria sonrió, acercándose a él y tomándolo por la solapa del abrigo.

​—¿Y ahora qué pasa, Don Frío? La casa está limpia, el contrato de tutoría está firmado y tu madre sabe que no me voy a ir a ninguna parte. ¿Cuál es la siguiente variable en tu plan operativo?

​Gabriel sacó una mano del bolsillo y tomó la de ella, entrelazando sus dedos con una firmeza serena.

​—La siguiente variable es trasladar mis efectos personales a la habitación principal de esta casona —declaró Gabriel con su tono más formal, aunque sus ojos brillaban con esa chispa que ella conocía tan bien.

​Valeria arqueó una ceja, aguantando la risa.

​—¿Trasladar tus efectos personales? ¿O sea que te vas a mudar aquí conmigo?

​—En virtud de la cláusula catorce del contrato de tutoría —explicó Gabriel sin pestañear—, la presencia permanente del especialista en el núcleo del nudo secundario es tácticamente recomendable para prevenir reactivaciones de baja frecuencia.

​—Claro. Pura táctica —dijo Valeria, soltando una risa sonora que llenó el gran vestíbulo restaurado—. Eres impredecible, Thorne. Pretendes dejar tu piso de lujo en el centro para venirte a vivir a esta casa de campo con una mujer que escucha punk y come tacos en la mesa de trabajo.

​—Mi piso en el centro carece de su presencia, señorita Gómez —dijo Gabriel, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se cruzaron—. Lo que lo convierte en un espacio altamente ineficiente para mi bienestar personal.

​Valeria sintió un nudo dulce y cálido en la garganta. Se alzó sobre las puntas de sus botas y le clavó un beso firme en los labios que Gabriel devolvió con un abrazo profundo, rodeándole la cintura y levantándola levemente del suelo de madera pulida.

​Afuera, la luz del sol terminó de ocultarse tras las colinas, dejando paso a una noche estrellada y despejada. El viento movió las hojas del gran cedro del patio, produciendo un susurro suave que parecía darle la bienvenida a la vida que comenzaba de nuevo entre los muros de piedra de la casona.

​Gabriel separó sus labios de los de ella, mirando su rostro iluminado por la penumbra de la sala.

​—Bienvenida a casa, Valeria —susurró él.

​—Bienvenido a casa, Gabriel —contestó ella, apretándole la mano con fuerza mientras contemplaban juntos el futuro que habían construido en mitad de la tormenta.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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