Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Prueba del Fuego y el Dominio del Alma
A mitad de la velada, cuando los sirvientes servían los vinos de Solaria y la música disminuía su ritmo, el canciller Kaelen se puso en pie con la copa en alto, solicitando el silencio de la concurrencia.
—¡Por el rey Manuel y el archiduque Roderic! —proclamó Kaelen con voz potente que resonó en las bóvedas—. Por una alianza duradera entre Valoria y Eldamar.
Los presentes alzaron sus copas y aclamaron el brindis. Pero Kaelen no ocupó su asiento. Mantuvo la copa en alto y dirigió su mirada inquisitiva hacia el trono.
—Sin embargo, Majestad —continuó el canciller con tono meloso pero incisivo—, los grandes tratados requieren absoluta transparencia entre las partes. En las cortes continentales se habla mucho de la naturaleza de vuestro linaje. Se dice que el clima de este reino es esclavo de vuestras debilidades humanas... que un acceso de pesar o de ira en vuestro pecho puede sepultar bajo el hielo los barcos que nuestros mercaderes envíen a vuestros puertos.
Un silencio sepulcral cayó de golpe sobre el Gran Salón. Los nobles de Eldamar se congelaron en sus sitios, mirando con horror al diplomático extranjero que se atrevía a cuestionar abiertamente la maldición real en medio de una recepción oficial.
El archiduque Roderic frunció el ceño con severidad, haciendo un gesto a su canciller para que se sentara, pero Kaelen ignoró a su lord y dio un paso hacia el centro de la sala.
—Decidnos, rey Manuel —provocó Kaelen, buscando deliberadamente la reacción del monarca—. ¿Podemos confiar la vida de nuestros marineros y el oro de nuestros impuestos a un soberano que no puede gobernar sus propias emociones? ¿O acaso vuestra serenidad de estos días no es más que una ilusión pasajera antes de la próxima tormenta?
El impacto de las palabras resonó como un golpe en el pecho de Manuel. En el pasado, una humillación pública de tal magnitud habría desencadenado de inmediato una furia ciega en su mente.
En el exterior, la reacción atmosférica no se hizo esperar. La hermosa aurora que cubría la ciudad desapareció de golpe. Vientos helados comenzaron a silbar contra las vidrieras del salón, haciendo vibrar los ventanales con violencia. El aire en el interior de la sala bajó varios grados en cuestión de segundos y una capa fina de escarcha empezó a dibujarse sobre los bordes de los candelabros.
Los asistentes comenzaron a murmurar con pánico. Kaelen sonrió con satisfacción envenenada, creyendo haber logrado su cometido de exponer la Inestabilidad del monarca ante el archiduque.
Manuel apretó los puños. Sentía el antiguo calor ardiente de la ira recorriendo sus venas, amenazando con desatar rayos sobre el palacio. La voz de su padre resonó en su memoria: «Controla tu pulso, Manuel... el firmamento se quiebra».
Pero entonces, una mano suave y cálida se posó sobre la suya.
Valeria, desafiando las miradas de los diplomáticos y de toda la corte, se había puesto en pie a su lado. La joven apretó la mano del rey con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos sin un solo rastro de temor.
—No os dejéis llevar por la sombra, Manuel —le dijo ella con voz clara, resonante y llena de una fe inquebrantable que se escuchó en todo el salón—. Vos no sois la tormenta. Sois el hombre que ha protegido a su pueblo a pesar de todo dolor. Yo confío en vos. Eldamar confía en vos.
Las palabras de Valeria cayeron sobre el espíritu de Manuel como agua fresca sobre una hoguera descontrolada. El rey miró la mano de la joven en la suya, sintió la sinceridad absoluta de su afecto y comprendió la lección definitiva de su existencia.
Su padre había intentado controlar la maldición anulando sus emociones, convirtiéndose en una estatua de piedra. Su madre había sucumbido a ellas, destruyéndose en el intento. Pero él no tenía que elegir entre la apatía y el caos. Podía sentir rabia ante la provocación, pero podía elegir no convertirse en la tempestad. La emoción no era su dueña si su corazón encontraba un propósito más alto.
Manuel cerró los ojos y dejó escapar un largo y profundo aliento.
El viento helado que golpeaba los ventanales cesó de golpe. La escarcha que cubría los candelabros se derritió instantáneamente bajo una corriente de aire tibio y apacible que recorrió el Gran Salón. En el exterior, las nubes oscuras se disiparon por completo, dejando al descubierto una noche estrellada de una nitidez impresionante sobre Eldamar.
Manuel abrió los ojos, que brillaban con un matiz azul cobalto lleno de majestad y autocontrol absoluto. Miró al canciller Kaelen, quien contemplaba la escena con el rostro pálido y la boca abierta por el asombro.
—La prueba que pretendíais exigirme, Canciller Kaelen, ha sido respondida —declaró Manuel con una voz firme, serena y llena de una autoridad indiscutible que hizo eco en las bóvedas del castillo—. Eldamar no está gobernado por un tirano impulsivo ni por una estatua insensible. Está gobernado por un rey que siente el dolor y la alegría de su gente, pero que ha aprendido a dominar su propio espíritu por amor a su reino.
Un aplauso atronador, iniciado por el propio archiduque Roderic y secundado por los lores y consejeros, resonó en todo el salón, sepultando la provocación del canciller en la más absoluta derrota.