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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

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Capítulo 2: La Llamada del Hielo y el Parque Olvidado

​El mercado de Arendor era un caleidoscopio de sensaciones. El olor a pan recién horneado, especias importadas y canela se mezclaba con el bullicio de los músicos callejeros y los gritos de los mercaderes. Lyra estaba en su elemento: corría de puesto en puesto, admirando cintas de seda y probando frutas exóticas con la alegría de una niña.

​Aria, aunque sonreía al ver a su hermana tan feliz, caminaba con cautela, manteniendo la capucha de su capa gris calada sobre el rostro.

​De pronto, mientras caminaban por una plaza concurrida, Aria se detuvo.

​Un estremecimiento recorrió su espina dorsal. No era el frío de su propia magia, sino una vibración distinta, una suerte de murmullo electromagnético en el aire que parecía llamarla. Sintió una calidez extraña en el centro del pecho, como si un hilo invisible estuviera tirando de su alma hacia un callejón lateral.

​—Lyra... —murmuró Aria, pero su hermana estaba inmersa negociando el precio de un broche de madera con un joyero.

​Movida por una curiosidad hipnótica que no pudo controlar, Aria dio un paso atrás, luego otro, y se adentró en un callejón adoquinado. El ruido del mercado comenzó a atenuarse rápidamente. Siguió el empedrado sinuoso hasta llegar a una pequeña verja de hierro forjado, entreabierta y cubierta de hiedra.

​Al cruzarla, el escenario cambió por completo. Era un parque antiguo y pequeño, un rincón olvidado por el bullicio de la ciudad. Sauces llorones caían majestuosos sobre un tapiz de césped verde y flores silvestres de color violeta. En el centro, bajo la sombra de un anciano roble de copa frondosa, descansaba un sencillo banco de madera.

​Y allí estaba él.

​Aria se quedó sin aliento. Sentado en el banco, con la espalda apoyada contra el respaldo, había un joven. Parecía tener su misma edad. Llevaba una camisa blanca de lino sencillo y pantalones oscuros, pero su postura transmitía una elegancia innata que la ropa humilde no podía ocultar. Su cabello era oscuro como el azabache, despeinado suavemente por la brisa, y cuando levantó la vista al sentir la presencia de Aria, ella sintió que el suelo temblaba.

​Sus ojos eran de un azul glacial, cristalino y profundo, tan intensos que parecían guardar el frío de los picos más altos del mundo.

​Aria sintió que la llamada mágica en su pecho se intensificaba. El hilo invisible no la había guiado a un lugar, la había guiado hacia él.

​Sin pronunciar una palabra, como si estuviera ejecutando un baile ensayado en sus sueños, Aria caminó sobre la hierba y se detuvo frente al banco. El joven la observó con una fascinación evidente, recorriendo su rostro con la mirada.

​Sin pedir permiso, Aria se sentó a su lado.

​El silencio entre ellos no era incómodo; era denso, electrizante, cargado de un significado que ninguno de los dos comprendía del todo.

​—Pensé que las criaturas de la noche solo salían cuando se ocultaba el sol —dijo él finalmente. Su voz era grave, aterciopelada y extrañamente reconfortante—. Pero caminas tan en silencio que por un momento pensé que eras un fantasma del parque.

​Aria sintió un ardor cálido subir por sus mejillas.

—Perdón si te interrumpí. Es solo que... sentí la necesidad de venir a este lugar.

​El joven sonrió. Fue una sonrisa pequeña pero tan cálida que pareció iluminar el rostro severo del desconocido.

—No interrumpes nada. Este parque suele estar vacío, lo cual agradezco. Me llamo Erik.

​—Erik... —repitió ella. El nombre sonaba como un susurro de brisa invernal—. ¿Erik qué? ¿De dónde vienes? No pareces de Arendor.

​Erik guardó silencio por un segundo. Miró hacia las copas de los árboles, y por un instante, una sombra de pesadumbre cruzó sus ojos azules.

—Solo Erik. Vengo del norte, muy lejos de aquí. He venido por los acontecimientos de la coronación... pero hoy no quiero pensar en reinos, ni en títulos, ni en procedencias. Si me lo permites, quisiera ser solo Erik por esta tarde.

​Aria lo miró con empatía. Sentía exactamente lo mismo.

—Entiendo ese sentimiento más de lo que crees —dijo ella, esbozando una sonrisa dulce—. En ese caso, yo soy Aria. Solo Aria.

​Lo que comenzó como un encuentro fortuito se convirtió en una conversación de horas. Hablaron de todo y de nada. Hablaron de la belleza de los atardeceres, de la soledad que a veces se siente incluso en medio de una multitud, del peso de las expectativas ajenas y del deseo ferviente de ser libres aunque fuera por un instante. Aria descubrió en Erik a un hombre increíblemente culto, observador, pero por sobre todo, dotado de una sensibilidad conmovedora.

​A medida que el sol descendía y teñía el cielo de tonos dorados y violetas, las manos de ambos terminaron descansando muy cerca sobre el banco de madera. Rozaron sus dedos sin querer. Un chispazo eléctrico pareció recorrer la piel de Aria, no de frío, sino de un calor abrasador que le aceleró el pulso.

​—¡Aria! ¡Aria, por los dioses!

​El grito angustiado de Lyra rompió el hechizo. Aria se sobresaltó y se puso de pie de golpe. A lo lejos, tras la verja de hierro, vio la figura de su hermana buscando desesperadamente.

​—Tengo que irme —dijo Aria con el corazón batiendo como un tambor.

​Erik se levantó también. Era alto, de hombros anchos y porte imponente.

—¿Te volveré a ver, Aria?

​Aria lo miró a los ojos, sintiendo que una parte de su corazón se negaba rotundamente a dejarlo ir.

—Mañana. A la misma hora. En este mismo banco. Si tú quieres...

​—Aquí estaré —prometió él sin dudarlo

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