Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Huye… pero no tan lejos
La madrugada era fría y silenciosa. Adrián dormía profundamente, su peso pesado sobre el colchón, un brazo cruzado sobre la cintura de Johan. Este se movió despacio, con el corazón golpeándole el pecho con fuerza, como si fuera a delatarlo. Cada segundo que pasaba era una eternidad. Se deslizó fuera del abrazo del alfa con infinita lentitud, conteniendo la respiración hasta que le ardieron los pulmones.
Se vistió en la oscuridad, con manos temblorosas, sin encender ninguna luz. No llevaba nada: ni dinero, ni ropa extra, ni despedida. Solo la ropa que tenía puesta y la marca en su cuello que ardía como una condena.
—Es ahora o nunca —susurró, casi sin voz.
Abrió la ventana con cuidado, el chirrido del cerrojo sonó como un trueno en el silencio. Se detuvo, conteniendo el aliento. Adrián no se movió. Salió al alféizar, bajó por la enredadera que trepaba la pared, sintiendo la tierra fría bajo sus pies descalzos. Corrió. No miró atrás. Corrió hacia el bosque oscuro, lejos de la mansión, lejos de él, lejos de la jaula dorada que lo consumía poco a poco.
Pero el vínculo no era solo un lazo. Era una cuerda. Y cuando Johan cruzó el límite de las tierras de Adrián, algo se rompió dentro de él. Un dolor agudo, punzante, le atravesó el pecho, haciéndolo doblarse sobre sí mismo. Y a kilómetros de distancia, en la cama que habían compartido, Adrián abrió los ojos de golpe.
Se sentó de un salto, el corazón latiéndole desbocado. El olor de Johan se desvanecía. El lazo le gritó: se fue. Huyó. Te dejó.
Adrián se levantó en un instante, vestido en segundos, su rostro una máscara de furia helada. No corrió. No gritó. Su voz fue un rugido que despertó a toda la mansión:
—¡Encuéntrenlo! ¡Ahora! ¡Si llega a cruzar la frontera, que me respondan con sus vidas!
Johan corría hasta que sus piernas no pudieron más. Se detuvo junto a un arroyo, jadeando, con las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento. Creía que lo había logrado. Creía que por fin era libre. Pero entonces escuchó los pasos. Lentos, pesados, inconfundibles.
—¿Crees que puedes escapar de mí?
Johan se giró de golpe. Adrián estaba allí, entre los árboles, con la respiración apenas agitada, los ojos oscuros ardiendo con una furia que lo consumía todo. No venía solo. Dos guardias esperaban atrás, con la cabeza baja, sin atreverse a intervenir.
—Adrián… —susurró Johan, retrocediendo hasta que el agua le mojó los zapatos—. Déjame ir. Te lo pido. No soy tuyo para siempre. Tengo derecho a irme.
—¿Derecho? —Adrián soltó una risa seca, cruel, mientras avanzaba hacia él—. ¿Qué derecho crees tener, omega? Te marqué. Te reclamé. Te di mi nombre y mi protección. ¿Y tú me pagas huyendo como una rata ingrata?
—No soy un objeto que puedas guardar y usar cuando quieras —replicó Johan, con la voz temblorosa pero firme—. Quiero mi vida. Quiero ser libre.
—Libre —repitió él, escupiendo la palabra como si fuera asco—. Tu libertad terminó el día que me elegiste. Y si no lo recuerdas… te lo voy a recordar ahora mismo.
Adrián se abalanzó sobre él. Johan intentó correr, pero el alfa fue más rápido, mucho más. Lo atrajo contra sí de un tirón brutal, lo sujetó por la nuca con una mano, obligándolo a mirarlo. Johan luchó, pateó, empujó, pero era inútil. La fuerza del alfa era abrumadora, inhumana.
—¡Suéltame! —gritó Johan, con lágrimas de rabia cayéndole por las mejillas—. ¡Odio esto! ¡Te odio!
—Odia lo que quieras —gruñó Adrián, acercando su rostro hasta que sus frentes casi se tocaron—. Pero no puedes irte. Eres mío. Tu cuerpo, tu sangre, tu vida… todo me pertenece. Y si intentas huir una vez más… te aseguro que lo que te haga dolerá más que cualquier muerte.
Lo arrastró sin ceremonias, sin suavidad, sin miramientos. Johan tropezaba, lloraba, suplicaba, pero Adrián no aflojó el agarre ni un segundo. Lo empujó hacia el interior de la mansión, por los pasillos que ya conocía como su prisión, y lo arrojó dentro de la habitación, cerrando la puerta con llave tras ellos.
—Arrodíllate —ordenó, con voz helada.
Johan cayó de rodillas, no por obediencia, sino porque las piernas le fallaron. Adrián se acercó, se inclinó hacia él, tomó su rostro entre las manos con una fuerza que casi lastima, y lo obligó a mirarlo.
—Me hiciste sentir pánico —susurró, con una intensidad aterradora—. A mí. Y eso… eso nadie lo hace. Nadie se atreve a quitarme lo que es mío. Y tú… tú no volverás a intentarlo. Porque la próxima vez que cruces esa puerta… no te dejaré salir. Te encerraré en un lugar donde ni siquiera veas el sol. ¿Quedó claro?
—No puedes tenerme así —sollozó Johan—. No puedes obligarme a quedarme.
—¿No puedo? —Adrián le rozó la marca del cuello con el pulgar, y Johan sintió un escalofrío involuntario—. Tu cuerpo te traiciona incluso cuando tu mente se opone. Tu olor cambia cuando estoy cerca. Tu corazón late al ritmo del mío. No te fuiste porque no puedes. No porque no quieres. Porque te pertenezco. Y te guste o no… tú también me necesitas.
Se enderezó, lejos de él, mirándolo desde arriba, con esa autoridad absoluta que no conocía límites.
—Levántate. Desvístete. Y espera. Hoy no te toca placer. Hoy te toca aprender. Y mientras no aprendas que aquí dentro es donde perteneces… no volverás a ver la luz del sol.
[⚠️ VÍNCULO: 100% — ESTABLE PERO INESTABLE.]
[Intento de fuga detectado. El vínculo impide la separación física. Cuanto más lejos vas, más te duele. Y más le duele a él… más peligroso se vuelve.]
[No hay escapatoria. No hasta que decidas quedarte por elección, no por obligación.]
Johan se quedó en el suelo, abrazándose a sí mismo, temblando de frío y de miedo. Sabía que tenía razón. Sabía que el vínculo lo arrastraba de vuelta a él, como una cadena invisible. Pero también sabía algo más: mientras tuviera aliento, volvería a intentarlo. Porque ser su favorito no era suficiente. No cuando el precio era su libertad.