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Sobek

Sobek

Status: En proceso
Genre:Omegaverse
Popularitas:829
Nilai: 5
nombre de autor: Eduardopz

En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría

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Capítulo 003

Puedo considerarme un ser curioso. Tal cualidad ha sembrado en mí dudas que quisiera comprobar por mi cuenta, aun si estuvieran estrictamente prohibidas por las reglas de la sociedad.

Un día cualquiera, recorrí cada espacio de la escuela. Lo hice como cualquier depredador que patrulla un territorio cuya costumbre no ha perdido. No había nada distinto a las jornadas anteriores, por lo que solo me dediqué a caminar cerca de las ventanas para absorber la energía del sol.

Tengo los sentidos del olfato y del oído muy desarrollados. Gracias a ello, percibí quejidos provenientes de un salón que supuse inhabilitado. Cruzó por mi mente la idea de averiguar el origen de aquellos ruidos; antes de que pudiera decidirlo, alguien salió corriendo de ese aula, despavorido.

Era un chico pequeño. Por la estampa de su rostro supe de inmediato que se trataba de una presa. Detrás de él venía un muchacho depredador que salivaba de forma abundante.

En esos cortos segundos de análisis, barajé la posibilidad de que aquello fuera un caso de depredación pura: ropa desordenada, ojos llorosos y una mirada espantada. Lo creí factible, pero no había sangre en ningún lado. Entonces recordé algo menos interesante.

Lo más cercano a mi hipótesis era aquel periodo fértil de las hembras mamíferas, el cual provoca un estado de locura en los machos cercanos. Sin embargo, ambos eran machos. ¿Por qué un macho llamaría la atención de otro? No soy bueno en biología; por algo mis notas son tan deficientes.

Viendo una oportunidad científica, usé mi pie como obstáculo para frenar al chico huidizo. Definitivamente, este acto podría iluminar mi percepción de los mamíferos, para bien o para mal. Me sentí como un intelectual que realiza experimentos para alimentar su intelecto.

El chico dejó ver sus orejas y su cola por el impacto. Adiviné que su especie era un lemming; su cara y su cuello parecían encendidos por la intensidad de su sangre. Cuando cayó, me causó gracia lo endeble de su impacto contra el suelo. Detrás, de un salto, llegó el depredador: una marta, que de inmediato le sujetó los brazos.

Para observar mejor el fenómeno, me agaché. Quedé fascinado al ver que los dientes de la marta crecían rápidamente debido al instinto, y su nariz sangró por la fuerza de su respiración errática. Era obvio que quería copular con el lemming; su excitación parecía no caber en su cuerpo.

La marta volteó el cuerpo del lemming boca abajo e intentó bajarle los pantalones. Su boca babeante se acercó con peligro a la nuca del chico. Antes de que sus dientes se clavaran en la carne, interpuse mi brazo.

Recibí la mordida de lleno. Midiendo su fuerza, me decepcioné al comprobar la debilidad de su mandíbula: ni siquiera logró atravesar la segunda capa de mi piel escamosa. Fastidiado, me puse de pie y sostuve a la marta por el cuello en el aire, acercándola a mí para inspeccionar su dentadura.

Sus colmillos eran filosos y delgados, diseñados apenas para rasgar piel carnosa. Oí claramente cómo se contraía su garganta en busca de oxígeno. Sus ojos se volvieron blancos, pero extrañamente parecía embriagado; no luchaba por zafarse de mi agarre. ¿Acaso era un efecto ocasionado por los fluidos del lemming? Como no era mi intención matarlo, lo solté y centré mi atención en la presa.

Alcé al lemming por un brazo. Parecía gelatina; era incapaz de moverse y solo temblaba. Su rostro estaba empapado en lágrimas. Lo olfateé, pero no percibí nada fuera de lo común. ¿Qué demonios había hecho que la marta enloqueciera de esa forma? El tejido de su ropa exhibía marcas de rasguños y forcejeo.

—A...yúdam...e —susurró el lemming.

Satisfecho por haber resuelto parte de mi curiosidad, decidí hacerle el favor y lo arrastré por el pasillo hasta la enfermería. A nuestro paso, todos en los corredores soltaron suspiros de impacto, cubriéndose las bocas. Supuse que se debía al estado moribundo del chico.

Ingresé a la enfermería. La especialista no estaba; en su lugar, solo había un estudiante que se curaba unos golpes en la cara. Su reacción fue idéntica a la de los demás: se cubrió la boca con horror y retrocedió.

—Tú... ¿Qué has hecho? —tartamudeó.

No supe a qué se refería. Solté al lemming sobre las baldosas color crema de la enfermería; el infeliz ya había cerrado los ojos.

De pronto, una pecera llena de piedras brillantes llamó mi atención. Me dirigí hacia ella, ignorando el rostro de indignación del estudiante.

—¡¿Qué le hiciste?! —gritó—. ¡¿Por qué está en ese estado?!

Fruncí el ceño. ¿A qué venía ese reclamo? No tenía humor para soportar estupideces de mamíferos.

—¡Oh, por Dios! —exclamó la enfermera, que iba recién llegando—. ¿Qué le pasó?

La mujer buscó pastillas con urgencia y se las hizo tragar, recostando ella sola al chico en una camilla. Después roció un ambientador que no olía a nada. Por mi parte, simplemente guardé un par de piedras en mi bolsillo. El otro estudiante comenzó a interrogar a la enfermera; parecía que conocía al lemming. Como ya había cumplido con traerlo, me dispuse a salir.

—¿Cómo te llamas y a qué clase perteneces? —me preguntó la enfermera con severidad.

Me giré, deslizando una de las piedras azules hacia mi boca.

—Sobek. Quinto año, sección A —respondí—. ¿Ya puedo irme?

Sus ojos me escanearon rápidamente. Me molestó su predisposición a cortar mi retirada.

—No. Responde honestamente a mi pregunta: ¿le hiciste algo a Eco?

¿Qué querían ellos dos de mí al mirarme de esa manera? Solo les había traído a un estudiante herido.

—Yo no —respondí—. ¿Por qué?

—¿Dónde lo encontraste? ¿Sabes que mentir sobre un asunto tan delicado puede traerte graves consecuencias?

Fastidiado, di un paso adelante.

—No creo que deba cuestionarme a mí. Después de todo, yo no armé un escándalo en un pasillo desolado —alcé la manga de mi uniforme, mostrando las marcas intactas de los dientes—. Me tomé la libertad de frenar a la marta. Pero si lo que recibo son amenazas, creo que debí dejar que hicieran lo que quisieran con el lemming.

Tragué la piedrita y, al no recibir respuesta alguna, me retiré.

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