Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 17
EL VENENO DESDE LA CUNA
La celda era fría, pequeña, y el silencio que la llenaba pesaba más que las paredes mismas. Diana estaba sentada en el banco de madera, con la carta en la mano, mirando una y otra vez las líneas que su madre había escrito. “Si caigo, arrástralos contigo”. Las palabras la quemaban, no de orgullo, sino de horror.
Katherine entró despacio. Se detuvo un instante en el umbral, observando a su hermana: la mujer que siempre había sonreído con suficiencia, que se burlaba de ella, que le robó todo… ahora parecía tan rota como ella misma había estado días atrás.
—¿Viniste a reírte? —preguntó Diana sin levantar la vista, con la voz ronca.
—Viniste a escucharte —respondió Katherine, acercándose a los barrotes—. No te reconozco. Y ahora entiendo por qué.
Diana soltó una risa seca, amarga.
—¿Lo entiendes? Ella me crió para esto. Me dijo desde niña que yo merecía más que tú. Que eras débil, que te lo merecías todo a ti… y que yo debía tomarlo. Me enseñó a odiarte antes de saber quién eras.
Katherine sintió un nudo en la garganta, pero no de rabia, sino de tristeza profunda.
—¿Y Marco?
—Una herramienta —confesó ella, con los ojos brillantes de lágrimas que se negaban a caer—. Mi madre lo eligió. Lo convenció de que yo era la mejor para él. De que juntos podríamos quedarnos con todo. Nunca lo quiso de verdad. Ni yo… ni ella.
—¿Y Leonardo? —preguntó Katherine, suavemente—. ¿Sabías quién era?
Diana levantó la vista entonces, y en sus ojos había miedo real.
—Ella me dijo que era un peligroso, un delincuente, alguien que te usaría para dañarnos. Nunca me dijo que era Leonardo Herrera. Nunca me dijo que lo conocía. Cuando lo vi… sentí pánico. Y entonces decidí destruirlo antes de que él nos destruyera a nosotras.
—Ella lo manipuló todo —dijo Katherine—. La caída de Leonardo, la huida de su padre, el acercamiento de Marco a mí… todo.
—Y ahora ha desaparecido —susurró Diana, apretando la carta—. Me dejó sola. Como siempre supo que haría.
Katherine se acercó más a los barrotes.
—¿Sabes dónde puede estar?
Diana negó con la cabeza, pero sus ojos se desviaron un instante, apenas un parpadeo, hacia la ventana pequeña de la celda.
—No. Nunca me dice sus planes. Solo me da órdenes.
Katherine se despidió sin decir nada más. Al salir, Leonardo la esperaba apoyado contra la pared, con la mirada atenta, lista para protegerla. Al verla, se enderezó de inmediato.
—¿Te dijo algo?
—Sabe más de lo que admite —respondió Katherine—. Tiene miedo. Y hay un lugar… un sitio que ella evitó nombrar pero que su mente no pudo ocultar.
Leonardo apretó los labios.
—Mi madre… la casa de la montaña. Un refugio donde solía ir cuando quería desaparecer. Cree que nadie la conoce.
—¿Crees que está allí?
—Es lo único que tiene sentido —dijo él, tomándola de la mano—. Pero es peligroso. Si está allí, sabrá que podemos llegar. Y estará preparada.
—Vamos —dijo ella, firme—. No podemos esperar a que actúe.
El viaje fue largo, por caminos que se estrechaban entre árboles altos y sombríos. El sol se ocultaba cuando llegaron. La casa se alzaba solitaria, de piedra oscura, con las ventanas vacías como ojos que vigilan. Leonardo apagó el motor y la tomó de la mano antes de bajarse.
—Quédate aquí —ordenó suavemente—. Si algo pasa, si escuchas ruidos o mi voz… te vas. Sin esperarme.
—No —respondió ella, abriendo la puerta—. Vengo contigo.
Él quiso protestar, pero vio la determinación en su mirada y asintió. Avanzaron juntos, paso a paso, en silencio. La puerta principal estaba entreabierta. Entraron despacio. El interior estaba sumido en penumbra, lleno de muebles cubiertos, de polvo y recuerdos olvidados.
—¿Estás buscándome? —La voz sonó desde lo alto de la escalera, suave, cortante, como el filo de una navaja.
Ambos levantaron la vista. Allí estaba ella: elegante, serena, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. No parecía una mujer huyendo. Parecía una mujer esperando.
—Madrastra —dijo Leonardo, con voz helada—. Deja de esconderte.
—Leonardo —respondió ella, bajando despacio, como si estuviera recibiendo a un invitado querido—. Cuánto tiempo. Has crecido. Y trajiste a la prenda más valiosa de todas.
Miró a Katherine de arriba abajo, con una mezcla de burla y codicia.
—Eres bonita, lo admito. Se parece a ti, Leonardo. Tanto fuego… y tan poca cabeza.
—No nos amenaces —dijo Katherine, con voz firme—. Sabemos todo. Lo que hiciste, cómo manipulaste a Diana, cómo destruiste a su familia.
La mujer soltó una risa ligera, fría.
—¿Todo? Saben lo que les he dejado ver. Pero no saben por qué lo hice. Su padre me despreció. Me dio riquezas pero nunca respeto. Y Leonardo… él lo tenía todo. El nombre, el amor, el futuro. Yo solo tomé lo que merecía.
—Robaste, mentiste, destruiste —dijo Leonardo, dando un paso hacia ella—. Y no lo hiciste por justicia. Lo hiciste por codicia.
—Llámalo como quieras —se encogió de hombros, y en un movimiento rápido, sacó un objeto del bolsillo—. Pero no creas que me entregaré sin pelear. Si yo caigo… todos caemos.
Katherine sintió que Leonardo la atraía hacia sí, protegiéndola con su cuerpo. En la mano de la mujer brillaba un pequeño frasco, y su sonrisa se volvió feroz.
—No tengo nada que perder —dijo—. Y ustedes… tienen demasiado que proteger.