Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 14: La casa de los Valois
(POV Kevin)
La casa de los Valois siempre había sido demasiado grande.
No es que me quejara, había crecido entre esas paredes, en esos pasillos de mármol y cuadros caros. Sabía dónde crujían las tablas del suelo, qué puertas había que cerrar con cuidado para que no chirriaran, en qué rincón de la biblioteca se escondía el sol por las tardes.
Pero nunca me había sentido en casa.
Aparqué el auto en la entrada. El jardín estaba impecable, como siempre, los setos perfectamente recortados, las flores en su punto exacto de floración. Mi madre se encargaba de eso, de que todo estuviera perfecto, de que nada desentonara.
Entré.
—¿Kevin? —la voz de mi madre llegó desde el salón—. ¿Eres tú?
—Sí, mamá.
Apareció en el umbral, vestida de diseñador, joyas discretas, sonrisa perfecta. Sofía Valois, la mujer que nunca se despeinaba.
—¿De dónde vienes? —preguntó acercándose para darme un beso en la mejilla.
—De ver a Ian.
Su sonrisa no cambió pero sus ojos sí. Se enfriaron un grado.
—¿A Ian? ¿Y eso?
—Estaba preocupado después del accidente.
—El accidente fue hace semanas, Kevin. El chico ya está recuperado, o eso dicen.
—Quería comprobarlo yo mismo.
Mi madre me miró con esa mirada suya que evaluaba todo, que calculaba todo.
—¿Y qué tal? —preguntó—. ¿El chico está bien?
—Sí, está bien.
—Me alegro, aunque...
—¿Aunque?
—Nada. Que me alegro.
Pero no era nada, siempre había un "aunque" con mi madre. Siempre había algo.
—¿Karl está? —pregunté, cambiando de tema.
—En su habitación, salió esta mañana y volvió hace un rato. De mal humor, como siempre.
Claro. De mal humor. Como siempre.
———
La cena fue un ejercicio de paciencia.
Mi padre en la cabecera de la mesa, con su traje impecable y su expresión de piedra, mi madre a su derecha, sonriendo a nadie. Karl a mi izquierda, con el ceño fruncido y la mirada perdida en el plato. Y yo, en mi sitio de siempre. El hijo mayor, el heredero, el que tenía que dar ejemplo.
—¿Cómo van los estudios, Kevin? —preguntó mi padre, sin levantar la vista del plato.
—Bien. Los exámenes finales son en junio.
—¿Y el consejo de administración?
—Asistí a la última reunión. Todo en orden.
—Bien.
Eso fue todo. Mi padre no preguntaba por interés, preguntaba por control, para asegurarse de que su heredero seguía cumpliendo con su parte del trato.
—¿Y tú, Karl? —preguntó mi madre, con un tono más suave—. ¿Cómo van tus entrenamientos?
—Bien.
—¿Y los estudios?
—Bien.
—¿E Ian?
Karl se tensó, lo vi. El tenedor se detuvo a medio camino de su boca, sus nudillos se pusieron blancos alrededor del mango.
—¿Qué pasa con Ian? —preguntó, con voz neutra.
—Nada, que no me cuentas nada. ¿Cómo lo has visto? ¿Cómo está?
—Está... diferente.
Mi madre arqueó una ceja.
—¿Diferente?
—Sí. Se ha cambiado el pelo, se ha puesto un arete, lleva ropa rara, negra. Como si fuera a un funeral.
—Ya lo sé —dijo mi madre, y su tono dejaba claro que no era una novedad—. Lo vi el otro día en el centro, iba con unas amigas. Parecía un cualquiera, ni siquiera parecía un Mendoza.
Hubo un silencio.
—Pues a mí no me gusta —continuó, dejando el tenedor sobre el plato—. Un omega debe verse como un omega, no como un... no sé. Como un rebelde sin causa. Esa ropa, ese arete, ese pelo... No sé en qué estaba pensando Elvira para dejarlo salir así.
Sentí algo arder en mi pecho, algo que no era rabia. Era... ¿protección? ¿Indignación?
—Ian se ve bien —dije, y mi voz sonó más fuerte de lo que pretendía.
Todos me miraron. Mi madre, con sorpresa, mi padre, con curiosidad, Karl, con algo que no supe interpretar.
—¿Perdona? —dijo mi madre.
—Que se ve bien. La ropa negra, el arete, el pelo, le queda bien. Está... más seguro de sí mismo, más él.
—¿Más él? —repitió mi madre, incrédula—. Kevin, el chico ha perdido la memoria, no sabe quién es. ¿Cómo va a ser "más él"?
—No lo sé, pero cuando lo vi, no parecía perdido. Parecía... libre, por primera vez en mucho tiempo.
Silencio.
Mi madre me miró como si acabara de decir una herejía, mi padre me observaba con interés. Y Karl... Karl me miraba con algo que seguía sin saber identificar.
—Vaya —dijo mi padre, rompiendo el silencio—. Parece que el chico te ha causado impresión.
No respondí, no hacía falta.
La cena continuó en un silencio incómodo. Mi madre intentó retomar la conversación con trivialidades: una gala benéfica, una amiga que se había divorciado, un viaje a Europa que estaban planeando. Nadie le siguió el ritmo.
Y entonces, mi padre habló.
—Karl.
Su voz no era alta, no hacía falta. Cuando Fernando Valois hablaba, todo el mundo callaba.
—¿Sí, padre?
—¿Qué has hecho hoy?
Karl parpadeó, no esperaba esa pregunta.
—Nada. Entrenar, salir con unos amigos.
—¿Con qué amigos?
—Con... los del equipo.
Mi padre lo miró sin parpadear, con esa frialdad suya que helaba la sangre.
—Es sábado —dijo—, un día que deberías haber pasado con tu prometido. ¿Dónde estabas?
—Yo... Ian está bien, lo vi ayer.
—¿Ayer? —Mi padre arqueó una ceja—. ¿Y hoy?
—Hoy... no. Tenía cosas que hacer.
—¿Cosas que hacer? —repitió mi padre, y su tono se volvió más afilado—. ¿Como qué? ¿Entrenar? ¿Salir con tus amigos?
—Padre...
—No, no, déjame terminar. —Mi padre dejó los cubiertos sobre el plato con cuidado, con precisión—. Te comprometiste con ese chico, firmaste un contrato, un contrato que nos une a los Mendoza. Un contrato que, si se rompe, nos cuesta millones. ¿Lo sabías?
Karl no respondió.
—Claro que lo sabías, porque yo te lo dije. Te lo dije cuando firmaste, te dije que ese chico no era solo un capricho, era una responsabilidad, un compromiso. Y tú me prometiste que estarías a la altura.
—Lo estoy.
—¿Lo estás? —Mi padre se inclinó hacia adelante—. Tu prometido estuvo hospitalizado y ya volvió a casa. Tu prometido está cambiando, según tú, de una forma que no entiendes y en lugar de estar a su lado, de apoyarlo, de asegurarte de que está bien... ¿qué haces? Entrenar, salir con amigos. Ignorarlo.
—No lo ignoro.
—¿Ah, no? —Mi padre soltó una risa corta, sin humor—. Entonces, ¿por qué tuvo que ir tu hermano a verlo? ¿Por qué Kevin, que no tiene ninguna obligación con él, fue a interesarse por su salud? ¿Por qué Kevin, que está estudiando y trabajando, sacó tiempo para ir a ver a tu prometido? ¿Y tú, que no haces nada, que solo derrochas dinero y vives de la familia, no pudiste?
Karl se quedó callado, su olor a cuero y tabaco se volvió errático, confuso. Humillado. Luego, por un instante, se apagó. Como si Karl, el alfa poderoso, el que siempre tenía una respuesta, se hubiera quedado sin nada que decir.
—Eso pensaba —dijo mi padre, recostándose en la silla—. Lo único que tenías que hacer era mantener contento a ese omega. Sonreírle, acompañarlo, estar presente. Y ni para eso sirves.
—Padre...
—No me interrumpas. —Mi padre alzó una mano—. Esto es lo que va a pasar. A partir de ahora, vas a dedicarle tiempo a Ian, todos los días. Vas a estar pendiente de él, a acompañarlo, vas a hacer todo lo que un prometido decente haría. Porque si no lo haces, si sigues con tus estupideces y el contrato se rompe por tu culpa, no pienso pagar ni un centavo más. Ni tu universidad, ni tus gastos, ni tus caprichos. ¿Entendido?
Karl no respondió.
—He dicho que si entendido.
—Sí, padre.
—Bien. —Mi padre retomó sus cubiertos—. Y otra cosa, deja de hacer el imbécil. Si vuelvo a enterarme de que estás con esa... amiguita tuya... la tal Valeria... no solo no pagaré tus gastos, te sacaré de la empresa y de la familia. Si quieres seguir siendo un Valois, empieza a comportarte como uno.
Silencio. Mi madre no dijo nada, Karl no dijo nada, yo ni me inmuté.
No me sorprendió, siempre supe que Karl no era fiel, pero oír a mi padre decirlo en voz alta, delante de todos, fue distinto. Fue como confirmar algo que todos sabíamos pero nadie quería admitir.
Pero por dentro, algo en mí se movió, algo parecido a la satisfacción. No porque mi padre hubiera defendido a Ian, mi padre no defendía a nadie. Mi padre defendía sus intereses y sus intereses incluían el contrato con los Mendoza. Ian era parte de eso y Karl lo estaba poniendo en riesgo. Pero aun así... era bueno ver que alguien le decía la verdad a Karl, aunque fuera por motivos equivocados.
———
Terminé la cena en silencio, luego me excusé y subí a mi habitación. Necesitaba estar solo, necesitaba pensar.
Me senté en la cama. Me aflojé el cuello de la camisa. El reloj Patek Philippe, herencia de mi abuelo, marcaba las once de la noche. Cerré los ojos y pensé en él.
En Ian. En el nuevo Ian.
No podía quitármelo de la cabeza. La forma en que me miró, en que me habló, sin miedo sin sumisión, sin esa necesidad desesperada de agradar que siempre había tenido. Como si ya no le importara lo que pensaran los demás.
Y su olor.
Conocía el olor de Ian de memoria, lo había olido durante años, cada vez que visitaba la casa de los Mendoza. Era un olor que había aprendido a reconocer a la distancia, incluso antes de verlo entrar en una habitación. Miel y almizcle: dulce, suave, casi infantil. El olor de un omega de alta sociedad, el olor que se esperaba de él. Un olor que invitaba a proteger pero que, sin quererlo, también invitaba a subestimar.
Ese olor me había acompañado en silencio durante años. En las cenas familiares, en las fiestas de fin de año, en los veranos en la casa de la playa. Siempre igual, siempre dulce, siempre dócil.
Pero ahora... ahora era diferente.
Cuando me acerqué a él esta tarde, esperaba encontrar ese olor familiar, el mismo de siempre, el que conocía de memoria. Pero lo que llegó a mi nariz fue otra cosa. El olor me golpeó, no fue un golpe físico, fue algo más profundo, algo que me llegó al pecho, no a la nariz. Era el mismo olor, sí, la misma esencia, pero había cambiado. No en los ingredientes, en la intención Ya no era el de un omega que se disculpaba por existir, era el de alguien que ya no pedía permiso para ocupar espacio, que ya no bajaba la mirada. Alguien que, por primera vez, olía a sí mismo, a lo que era, no a lo que los demás querían que fuera.
No sabía qué había pasado, no sabía cómo alguien podía cambiar tanto, pero una cosa era segura: el Ian que había visto hoy no era el mismo que conocía. Y eso, lejos de alejarme, me atraía.
Me gustaba de una forma que no entendía, de una forma que me asustaba. Porque Ian era el prometido de mi hermano, el omega de Karl. No era para mí, nunca lo había sido.
Pero no siempre fue así.
Hubo un tiempo, hace años, en que Ian no era el prometido de Karl, en que era solo Ian, el chico dulce que visitaba la casa de los Valois con su madre. El que se caía de los árboles y se reía, el que me miraba con esos ojos grandes y me preguntaba si podía jugar con nosotros. El que, sin saberlo, me robó el corazón cuando todavía éramos unos críos.
Recuerdo un verano, cuando Ian era apenas un niño. Se cayó de un árbol en el jardín de los Mendoza, se hizo un rasguño en la rodilla. Yo lo llevé dentro, le limpié la herida y él me miró con esos ojos grandes y me dijo "gracias, Kevin". Y yo supe que estaba perdido.
Ian fue mi primer amor, mi primer y único amor, en realidad. Nunca se lo dije, nunca me atreví, porque Ian solo tenía ojos para Karl. Siempre fue así, desde que éramos niños él adoraba a Karl. Y Karl... Karl lo aceptaba como se acepta un regalo. Sin valorarlo, sin entender lo que tenía.
Cuando mi padre me llamó un día para decirme que Ian y Karl se comprometían, no dije nada. ¿Qué podía decir? Ian era feliz, o eso parecía. Y yo no iba a interponerme, no iba a arruinar su felicidad con mis sentimientos no correspondidos. Así que me aparté, me fui a la universidad, me sumergí en los estudios, en el trabajo, en cualquier cosa que me mantuviera ocupado. Y me convencí a mí mismo de que lo había superado.
Pero no lo había superado, nunca lo hice.
Y ahora, al ver al nuevo Ian, todos esos sentimientos que creía enterrados volvían a la superficie, pero mezclados con algo nuevo. Con confusión, curiosidad, con una atracción que no entendía.
Porque el Ian que yo amaba ya no estaba, el Ian dulce, inocente, que se caía de los árboles y se reía se había ido, y en su lugar había alguien más. Alguien que no conocía, alguien que me miraba sin miedo y que olía a peligro.
Y no sabía qué hacer con eso.
—Kevin.
La voz de Karl me sacó de mis pensamientos. Estaba en la puerta de mi habitación, con los brazos cruzados y con esa expresión suya de "voy a decir algo que no te va a gustar".
—¿Qué quieres?
—¿Por qué fuiste a verlo?
—Porque me preocupaba.
—¿Preocupado? ¿Tú? —Karl soltó una risa amarga—. Nunca te has preocupado por Ian. Nunca.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es. Siempre has estado demasiado ocupado siendo el perfecto, el heredero, el que nunca falla. No tenías tiempo para preocuparte por mi novio.
—Ian no es tu novio, es tu prometido y no lo tratas como tal. Es sábado. ¿Dónde estabas hoy? ¿Con él? No. Estabas con tus amigos, o con alguien más.
Karl se tensó.
—Eso no es asunto tuyo.
—Es asunto mío cuando mi hermano se comporta como un idiota y cuando nuestro padre tiene que recordártelo delante de todos.
—No te metas en mi vida, Kevin. No te metas con Ian, él es mío. ¿Entiendes? Mío. Y no pienso dejarlo ir.
—¿Mío? —repetí, y no pude evitar que se me escapara una sonrisa—. Karl, Ian no es un objeto, no es una propiedad, no es algo que puedas poseer.
—Es mi prometido.
—Es un contrato, nada más. Y ambos lo sabemos.
Karl se quedó callado, su olor se volvió más intenso, más agresivo, pero no me intimidó. Nunca lo había hecho.
—¿Sabes qué? —dijo al fin—. Creo que estás celoso.
—¿Celoso? ¿De ti?
—Sí, de mí. Porque Ian me eligió a mí, no a ti. Porque Ian siempre me quiso a mí, no a ti. Y ahora que ha cambiado, ahora que ya no es el omega sumiso que tú recordabas, te interesa, porque es un reto, porque ya no te resulta tan fácil de leer.
—No sabes lo que dices.
—Sí lo sé. Siempre has querido lo que yo tengo, siempre has querido ser como yo, pero no puedes. Porque eres demasiado perfecto, demasiado aburrido, demasiado correcto.
—Karl...
—No, escúchame bien. Ian es mío y no pienso dejarlo ir. Así que aléjate o te arrepentirás.
Y se fue. Dio media vuelta y salió de mi habitación, cerrando la puerta de un golpe.
Me quedé ahí, sentado en la cama, con el corazón latiéndome rápido. No era celoso, no estaba celoso. O sí, no lo sabía. Pero había algo que sí sabía. Y era que no iba a alejarme, no podía.
Porque el nuevo Ian me había atrapado y no sabía cómo soltarme.
y el pobre de Diego debería ser pronto un aliado, hay que desvaratarles el mundo, como hicieron ellos, pero con la verdad, esa es la diferencia entre unos y otros 😏💪
y también recuperar la presencia de Kevin!!! vamos muchacho, conversa con tu amiga y que te ponga en eje!!!🤭
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍