Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo XXI Nuevo pacto
Punto de vista de Esther
El sonido metálico de la puerta pesada de caoba al cerrarse a nuestras espaldas retumbó en el pasillo privado del bufete como el eco de un veredicto definitivo.
Apreté los folios de mi copia contra el pecho. Mis dedos, rígidos por la rabia contenida, dejaron marcas sobre el papel recién impreso. Doce meses. Trescientos sesenta y cinco días atada de manera oficial y legal al apellido Vane, viviendo bajo el mismo techo que Felipe, compartiendo su espacio y actuando frente al mundo como una esposa devota mientras el imperio de los Linares conservaba el oxígeno necesario para seguir en pie.
Felipe caminaba a mi lado con pasos largos y pesados. Su silueta impecable de abogado victorioso se veía quebrada por un aura de furia helada. Llevaba la mandíbula tan apretada que la línea de su cuello parecía de piedra.
No dijo una sola palabra hasta que cruzamos el vestíbulo del edificio, esquivando las miradas inquisitivas de los socios jóvenes y las secretarias, y nos adentramos en el ascensor privado que bajaba al estacionamiento subterráneo.
En cuanto las puertas de cristal ahumado se cerraron y el elevador comenzó a descender, Felipe descargó su frustración golpeando la pared de acero con un puño cerrado. El impacto resonó con violencia en el espacio reducido.
—Maldita sea... —masculló entre dientes, pasándose ambas manos por el rostro y echando la cabeza hacia atrás—. ¡Esos miserables! No pueden continuar impunes, debe haber alguna forma de acabar con ellos.
Lo observé en silencio. Apoyé la espalda contra la pared opuesta del ascensor, manteniendo los brazos cruzados.
—No te molestes tanto, Felipe —dije con una voz plana, carente de matices—. Debemos pensar con cabeza fría, igual si lo que te molesta es estar por un año al lado de una ex convicta eso se puede de solucionar firmando un acuerdo de divorcio.
Felipe bajó las manos y me miró. En sus ojos oscuros ya no estaba el profesional frío que le leía los artículos a la fiscalía; había un tormento real, una mezcla de culpa y rabia desmedida que no pudo ocultar.
—No, tú no entiendes que he esperado cuatro años para acabar con esas familias y ahora resulta que debo esperar, pero esperar que —dijo, dando un paso hacia mí dentro del cubículo—. Te prometí que te devolvería tu vida y que no quedarías atada a ningún compromiso involuntario. Cuando te saqué de esa celda, planeaba darte tu libertad total en cuanto terminara el juicio. Ahora te acabo de encerrar en otro contrato por trescientos sesenta y cinco días.
—Nadie me encerró, Felipe. Yo tomé el bolígrafo y firmé —lo interrumpí con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos—. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Podía haber rechazado la cláusula, volver a la calle sin tu dinero y pelear contra los Linares con las uñas si era necesario. Pero debemos ser realistas, sin la ayuda de Helena no podemos hacer nada, el juez archivaría la revisión en menos de una semana. Preferí regalarte un año de mi vida antes que permitir que Gabriel y Victoria salgan impunes.
—Un año es demasiado tiempo para fingir algo que no es real —murmuró él, bajando la voz mientras el ascensor reducía la velocidad al llegar al sótano.
—Entonces no finjamos cuando estemos a solas —sentencié justo cuando las puertas se abrían frente a nosotros—. Mantengamos el pacto intacto: una alianza profesional ante las cámaras y una distancia absoluta entre nosotros cuando las puertas de tu mansión se cierren. Sin sentimientos, sin confusiones y sin besos fuera de guion.
Felipe me sostuvo la mirada durante unos segundos largos. Su pecho subía y bajaba a ritmo acelerado, como si quisiera rebatir mi condición, pero terminó asintiendo con lentitud.
—Acepto —dijo con voz grave.
Salimos al estacionamiento subterráneo, donde su chofer ya aguardaba con la puerta trasera del sedán negro abierta. Antes de abordar, observé el reflejo de la ciudad en los cristales del auto. El abismo que Fernández nos habia mostrado bajo nuestros pies nos obligaría a caminar sobre la cuerda floja durante doce meses, y en el fondo de mi alma, sabía que el peligro no solo venía de los Linares, sino de la tormenta silenciosa que empezaba a crecer entre Felipe y yo.
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
ojalá Felipe vea venir este golpe y Erika abre los ojos tu marca de ropa está por desaparecer de tus manos