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El Arte De Compartir El Cepillo De Dientes

El Arte De Compartir El Cepillo De Dientes

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Amor-odio / Malentendidos
Popularitas:81
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Nadie te advierte sobre la gravedad de las pequeñas cosas.
En los libros y en las películas, el amor se mide en grandilocuencias: carreras bajo la lluvia a través de un aeropuerto, declaraciones apasionadas frente a una multitud, bailes a la luz de las velas con música de cuerdas resonando de la nada. Te enseñan a buscar la chispa, el momento cinematográfico donde dos miradas se cruzan y el universo entero parece guardar silencio.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El laberinto de las instrucciones impresas

A las tres de la tarde del sábado, la sala del apartamento 4B parecía una zona de desastre industrial. En el centro del piso descansaba una enorme caja de cartón plano de la que emergían docenas de tablas de madera aglomerada de color roble claro, tres bolsas de plástico transparentes repletas de tornillos, tacos de madera, clavos minúsculos y un manual de instrucciones de dieciséis páginas que constaba exclusivamente de ilustraciones de hombres monigotes sonrientes.

El mueble en cuestión era un ropero modular de tres puertas. Según la página web donde Valeria lo había comprado con un descuento irresistible, el tiempo estimado de ensamblaje era de cuarenta y cinco minutos para una sola persona.

Llevaban dos horas y media.

—Página cuatro, figura B —anunció Valeria con voz monocorde, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y el manual sostenido firmemente entre las manos—. Dice claramente que la tabla identificada con la etiqueta 'K' debe ensamblarse con los tacos de madera mirando hacia la izquierda antes de colocar el panel posterior.

Leo, extendido sobre el suelo bocabajo con un destornillador en la boca y la frente perlada de sudor, soltó un gruñido ahogado mientras intentaba forzar un perno de metal dentro de un orificio demasiado estrecho.

—Las etiquetas se cayeron cuando abrí la caja, Val —dijo, quitándose el destornillador de los dientes—. Todas estas tablas son rectángulos de madera marrón con agujeros. Para mí, la tabla K es exactamente igual a la tabla J y a la tabla H.

—No son iguales, Leo —explicó ella con la paciencia al límite, señalando con la uña el borde de la madera—. La tabla K tiene tres perforaciones cónicas de cuatro milímetros en la base superior. La tabla J tiene cuatro perforaciones de cinco milímetros. Es geometría básica.

—Es un laberinto diseñado por un torturador sueco —refutó él, poniéndose de pie de un salto y sacudiéndose el polvo de los pantalones—. Llevamos toda la tarde encerrados peleando con un mueble de serrín prensado. Si dejamos de leer el folleto y simplemente usamos la intuición, este armario estará de pie en diez minutos.

Valeria levantó la mirada despacio. El tono de su voz bajó dos octavas.

—¿La intuición? Leo, la arquitectura modular no se sostiene con intuición ni con buenas intenciones. Se sostiene con torque, precisión y siguiendo los pasos en orden alfabético. Si saltamos al paso ocho sin asegurar la base central, el armario se va a vencer por su propio peso en cuanto colguemos dos abrigos pesados.

—Te apuesto lo que quieras a que puedo armar la estructura externa ahora mismo —desafió Leo, agarrando un martillo con determinación casi bélica.

Quince minutos después, la estructura principal estaba erigida. Leo sonreía con el orgullo de un arquitecto renacentista contemplando su obra terminada, apoyando una mano sobre la parte superior del ropero. El único problema era que la estructura no estaba completamente recta: presentaba una inclinación de unos siete grados hacia la izquierda, recordando vagamente a la Torre de Pisa. Además, sobre la alfombra quedaban dos tablas largas, un riel de metal y una pequeña montaña de tornillos dorados sin utilizar.

—¿Ves? De pie y firme —declaró Leo, aunque la estructura emitió un crujido sospechoso bajo el peso de su mano.

Valeria se puso de pie, caminó hacia el mueble sin decir una sola palabra y colocó su nivel de burbuja digital —el cual había sacado de su caja de herramientas perfectamente ordenada— sobre el estante superior. El indicador parpadeó en rojo emitiendo un pitido agudo y molesto.

—Está inclinado, Leo. Y te sobraron los soportes del riel principal. ¿Dónde pretendes colgar la ropa? ¿En el aire?

—Se pueden poner después... —empezó él, pero la mirada de Valeria lo detuvo en seco.

—Hay que desmontarlo —dijo ella en un murmullo helado.

—¿Desmontarlo? ¡Val, nos costó una hora encajar la parte trasera!

—Pusiste la tabla de fondo al revés, Leo. El lado de madera cepillada quedó mirando hacia la pared y el cartón áspero quedó hacia el interior. Cada vez que abras el armario vas a ver la marca del código de barras.

Leo miró el interior del ropero, luego la montaña de tornillos sobrantes y finalmente los ojos cansados de Valeria. La frustración de toda la semana de mudanza, el cansancio acumulado y la tensión de las constantes fricciones parecieron concentrarse en el ambiente.

—Tienes razón —admitió él de pronto, dejando caer el martillo sobre la caja de cartón con un golpe seco que resonó en toda la habitación—. Tienes razón como siempre, Valeria. Voy a salir a caminar diez minutos antes de que rompa esta madera en dos.

Salió al pasillo dejando la puerta entreabierta. Valeria se quedó sola en la sala, mirando el mueble torcido. Se dejó caer al suelo sobre las instrucciones impresas, sintiendo el peso de un silencio amargo, preguntándose si el verdadero desafío no era armar el armario, sino aprender a encajar dos vidas que parecían tener manuales de instrucciones completamente distintos.

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