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Reencarné Para Destruirte

Reencarné Para Destruirte

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Romance / Venganza
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Nancy Hurtado

Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.

NovelToon tiene autorización de Nancy Hurtado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La trampa de Mateo

Capítulo 21

La trampa de Mateo

Llegamos a la cafetería veinte minutos antes de la hora acordada.

Adrián quería sentarse conmigo. Yo me negué.

—Si te ve, no va a hablar.

—Si me voy, no voy a poder verte.

—Entonces siéntate donde puedas verme sin que él te vea a ti.

Adrián miró el lugar con atención, como si estuviera revisando un campo de batalla.

Finalmente eligió una mesa al fondo, detrás de una columna, junto a la máquina de café que nadie usaba porque siempre estaba descompuesta.

—Desde aquí te veo perfectamente.

—¿Y él?

—Él no va a mirar hacia atrás. Va a estar demasiado ocupado mirándote a ti.

No supe si aquello era una deducción o una queja.

Mateo llegó puntual. Llevaba una sudadera gris y una chaqueta encima, a pesar del calor. Se sentó frente a mí y sonrió con nerviosismo.

—Gracias por venir.

—Dijiste que era importante.

—Lo es.

Lo observé mientras acomodaba la chaqueta.

El bolsillo del pecho estaba ligeramente abierto y, dentro, el borde de su teléfono apuntaba hacia mí.

Lo recordé de inmediato.

En mi primera vida, Mateo grababa siempre así. En las fiestas, en los pasillos, en la cafetería. Nadie sospechaba de un chico que tenía las manos sobre la mesa.

Así que esto era una trampa.

Lucía quería saber cuánto sabía yo.

Bien. Entonces le daría exactamente lo que necesitaba escuchar.

—Me siento mal por lo del video —comenzó Mateo—. El primer día de clases.

—¿El que nunca llegaste a publicar?

—Sí. —Bajó la mirada—. Lucía me lo pidió.

—¿Lucía?

Fingí sorpresa. Abrí los ojos un poco más de lo necesario y me llevé una mano al pecho. Mi hermana me había enseñado durante años cómo se hacía.

—Me dijo que tenía que grabarte con Rodrigo.

Que era una broma.

—¿Y por qué me lo cuentas ahora?

—Porque no me parece justo lo que te están haciendo.

Mentira.

Mateo nunca había sentido lástima por nadie, lo había visto reírse en mi boda cuando Rodrigo me dejó sola en la pista de baile.

—Gracias —dije con la voz más frágil que pude encontrar—. A veces siento que me estoy volviendo loca.

Él se inclinó hacia mí.

—Lucía anda rara. Dice que tienes unos papeles de tu abuela.

Ahí estaba la verdadera pregunta.

Suspiré y negué con la cabeza.

—La abogada me mostró una copia vieja del testamento. No sirve para nada. Ni siquiera tiene firma.

—¿En serio?

—Y una llave. —Saqué un llavero cualquiera de mi bolso y lo agité sin dejar que viera bien—. Dicen que es de un cuarto en el sótano de la casa de mi abuela.

Mateo memorizó cada palabra. Lo vi en sus ojos.

—¿Y no recuerdas nada de cuando eras niña? Lucía dice que tuviste un accidente.

Aquello me tomó por sorpresa, pero no dejé que se notara.

—Nada. Tengo lagunas enormes. Los médicos dicen que nunca voy a recordar.

Mateo asintió despacio. Después estiró la mano sobre la mesa y la puso encima de la mía.

—Si necesitas algo, puedes contar conmigo.

Sonreí.

Por dentro, conté hasta tres para no apartar la mano.

—Lo tendré en cuenta.

Se fue cinco minutos después, con la chaqueta perfectamente cerrada.

Esperé a que cruzara la puerta. Ni siquiera tuve que girarme, Adrián ya estaba sentado frente a mí, en la silla que Mateo había dejado.

—Te tocó la mano.

—Era parte del teatro.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Adrián miró mi mano, todavía sobre la mesa.

La tomó y la sostuvo entre las suyas, como si quisiera borrar algo que había quedado en mi piel.

—Igual no me gusta.

—Adrián...

—Lo vi tocarte y quise romperle los dedos uno por uno.

Lo dijo con calma, sin levantar la voz, y eso lo hizo más inquietante.

Debería haberme asustado. Una parte de mí lo hizo. Pero la otra recordó a un hombre que había atravesado el fuego para llegar hasta mí, y sentí algo que no tenía nada que ver con el miedo.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué?

—Porque me gusta demasiado escucharlo.

Él sonrió por primera vez desde que Mateo había llegado.

—Llevaba el teléfono en el bolsillo de la chaqueta —dijo.

—¿Lo viste?

—Desde aquí se veía.

Miré hacia la columna. Desde aquella mesa apenas se distinguía mi espalda, pero no le di importancia.

—Le di información falsa —expliqué—. Que la copia del testamento no sirve, que no recuerdo nada de mi infancia y que la llave abre un cuarto en el sótano de la casa de mi abuela.

Adrián levantó una ceja.

—La casa de tu abuela no tiene sótano.

—Exactamente.

Soltó una risa baja.

—Lucía va a mandar a alguien a romper el suelo buscando una puerta que no existe.

—Esa es la idea.

Por un momento, nos reímos juntos. Fue breve, pero fue real.

Entonces Adrián se quedó mirándome con una seriedad que no esperaba.

—Lo hiciste bien.

—¿Te sorprende?

—No. —Hizo una pausa—. Me alivia.

—¿Por qué?

—Porque ya no confías en cualquiera que te sonríe.

Casi al mismo tiempo, mi celular vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

"Bien jugado".

Mi corazón se aceleró. Alguien había visto toda la conversación. Alguien que estaba aquí, o que sabía dónde mirar.

Un segundo mensaje apareció.

"Pero no es Lucía quien escuchará esa grabación".

Le mostré la pantalla a Adrián. Él la leyó y su mandíbula se tensó.

—Entonces hay alguien por encima de Lucía.

—Y acaba de escuchar mi voz diciendo que no recuerdo nada.

Miré hacia la puerta por donde había salido Mateo.

Por primera vez, no me pregunté qué sabía mi hermana.

Me pregunté para quién trabajaba...

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