Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 3
Capítulo 3: El caballero de las finanzas
En cuanto el auto de Cristian desapareció tras el portón, Ximara dejó caer la sonrisa.
Le dolían las mejillas.
No por tristeza. Por entrenamiento. Un año de sonrisa de esposa correcta podía cansar más que una clase entera de adolescentes antes de vacaciones.
Subió a su habitación nueva, cerró la puerta y llamó a Valeria antes de que el valor se le escapara por la ventana.
Val contestó al segundo tono.
—Dime que no amaneciste en la cárcel.
—Peor. Amanecí casada y castigada, sin acceso visual al pecho de mi marido.
—Eso ya lo sabíamos, Ximena.
Ximena se dejó caer sobre la cama aún sin sábanas.
—Me mandó a otro cuarto.
—¿Y por qué suenas como si te hubiera regalado un departamento en Polanco?
—Porque casi lo es. Val, anoche estuvo rarísimo. Me preguntaba cosas como si hubiera oído lo que estaba pensando.
Hubo un silencio breve al otro lado.
—¿Qué tanto pensaste?
—Nada.
—Ximena.
—Bueno, cosas normales.
—Tus cosas normales pueden destruir matrimonios, gobiernos y cafeteras.
Ximena se cubrió la cara con una mano.
—Le dije viejo argüendero en mi cabeza. Y puede que pensara algo de sus hombros.
Val soltó una carcajada.
—Ay, no. ¿Y te oyó?
—No sé. Me preguntó "¿modo qué?" justo después de que pensé algo del modo refrigerador humano con abdominales.
—Eso suena grave.
—Suena imposible.
—También sonaba imposible que terminaras haciéndote pasar por tu gemela en una boda religiosa de ricos y mira.
La broma le bajó el ánimo como una piedra.
Ximena se incorporó.
—No era una boda legal, Val.
—Ya sé.
—Lo civil quedó pendiente por la recuperación de Ximara. Eso fue lo único inteligente que hizo Aurelio en todo este desastre. Si hubieran logrado meterme al registro con el nombre de mi hermana, ni todo tu talento de detective me sacaba limpia.
—Tu papá no hizo eso por cuidarte. Lo hizo para tener margen de maniobra.
—Mi papá no es mi papá cuando se trata de cuidarme.
Val suspiró, y por primera vez bajó la voz.
—¿Hablaste con Ximara?
—Ayer. Está mejor, pero todavía no puede volver. Necesito cumplir el plazo y cobrar lo prometido. Con ese dinero pago mi salida, ayudo a Mamá Tencha y dejo de depender de la familia Blanco para respirar.
—Ximena...
—No me digas que tenga cuidado.
—Entonces te digo otra cosa: no te enamores.
Ximena miró la pared blanca de la habitación. La cama era enorme y nueva. El cuarto, elegante. Nada le pertenecía.
—De Cristian Montalvo no se enamora una. Se administra el riesgo y se evita mirarle demasiado la boca.
—Eso espero.
—Además, hoy me arruinó la mañana. Quiere que le lleve almuerzo al Grupo Montalvo.
—¿A su oficina?
—Sí. Como si yo fuera servicio de comida a domicilio con vestido modesto para un hombre que ni siquiera deja que una revise la mercancía.
—Bueno, ponte el modesto encima y el rojo abajo.
Ximena sonrió por primera vez.
—Eso pensé.
—Por algo somos amigas.
La llamada terminó con Val prometiendo pasarle después los datos del lugar de la fiesta. Ximena respiró hondo, buscó el vestido rojo en la maleta escondida al fondo del clóset y lo sostuvo contra su cuerpo frente al espejo.
Luego miró el vestido azul claro que había usado en el desayuno.
—A trabajar, señora perfecta —murmuró.
Al mediodía, Ximena entró al edificio principal de Grupo Montalvo con una lonchera térmica en una mano y la espalda más recta de lo necesario.
El vestíbulo era una catedral de vidrio, mármol y silencio ejecutivo. La gente no caminaba: se deslizaba con credenciales, tabletas y trajes que costaban más que la renta de medio año en cualquier colonia normal.
Ella sonrió a recepción.
—Vengo a ver al señor Montalvo.
La recepcionista la reconoció de inmediato.
—Por supuesto, señora Montalvo. El señor Rosas la espera.
Julián apareció junto a los elevadores, impecable como si hubiera nacido con traje.
—Señora —saludó—. El señor Montalvo está en junta, pero pidió que subiera en cuanto llegara.
—No quisiera interrumpir.
—Él insistió.
*Claro que insistió. El señor tiene complejo de director de escuela. Seguro quiere revisar si traje el almuerzo correcto, la sonrisa correcta y el largo correcto del vestido. Lástima que no revise otras cosas con la misma atención.*
Julián no reaccionó, como era natural.
Pero cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso ejecutivo, Cristian levantó la cabeza desde el fondo de la sala de juntas como si aquella frase le hubiera llegado antes que ella.
Ximena se detuvo un segundo.
Él estaba sentado en la cabecera de una mesa larga, rodeado de directores. Frente a él, un hombre de unos cincuenta años, el directivo corrupto del área financiera, tenía el rostro rojo y una carpeta abierta entre las manos.
—No puede despedirme así —decía el hombre—. Si esto sale a la prensa, el Grupo también pierde.
Cristian no alzó la voz.
—Está confundiendo una renuncia negociada con un despido.
—Estoy confundiendo nada. Tengo años aquí. Sé demasiado.
Ximena entró despacio, con la lonchera pegada al cuerpo.
Cristian la miró.
—Pasa.
Todos los ojos se volvieron hacia ella. Ximena sintió el golpe de estar fuera de lugar: su vestido claro, su almuerzo casero, su papel de esposa decorativa entrando a una pelea de hombres con dinero.
Sonrió.
—Perdón por interrumpir.
*Uy, qué ambiente. Huele a perfume caro, miedo y fraude. Y Cristian con esa camisa blanca, esos hombros y esa cara de "nadie respira sin mi permiso". Concéntrate. Ese señor es el de finanzas, ¿no? El que le paga el departamento a la amante de Polanco con facturas de consultoría. Y todavía tiene otra en Santa Fe. Val tenía razón: a los corruptos les encanta diversificar.*
Cristian dejó de respirar por un segundo.
Polanco.
Santa Fe.
Facturas de consultoría.
La información cayó en su mente como una carpeta que alguien hubiera dejado abierta.
El directivo lo señaló con un dedo tembloroso.
—Si me presionan, hablaré. Y no seré discreto.
Cristian apoyó ambas manos sobre la mesa y se levantó.
—Entonces hablemos de discreción.
El silencio se apretó.
Ximena miró a Julián, incómoda.
—Quizá debería esperar afuera.
—No —dijo Cristian—. Quédate.
*¿Quédate? Ay, no. Yo solo vine a entregar pollo con verduras, no a presenciar un sacrificio corporativo.*
Cristian caminó alrededor de la mesa hasta quedar frente al directivo.
—Departamento en Polanco —dijo—. Contrato de consultoría con una empresa fantasma. Pagos mensuales cargados a proyectos internos.
El hombre se quedó blanco.
Julián alzó apenas las cejas, pero no interrumpió.
Cristian continuó:
—Departamento en Santa Fe. Misma estructura, diferente prestanombres. Además de los vuelos a Cancún registrados como inspecciones de obra. ¿Quiere que siga o prefiere firmar su renuncia con una cláusula de confidencialidad razonable?
El directivo tragó saliva.
—Usted... usted no tiene pruebas.
*Sí tiene cara de tenerlas, señor. Y si no las tiene, yo conozco a una detective que se las consigue con moñito.*
Cristian casi sonrió.
—Julián.
Su asistente ya estaba junto a la mesa con una carpeta.
—El documento está listo, señor Montalvo.
El directivo miró la carpeta como si fuera una sentencia. Su arrogancia empezó a desinflarse por los hombros, por la boca, por los dedos sudorosos.
—Esto no era necesario —murmuró.
—Robar tampoco.
La pluma raspó el papel.
Ximena no dijo nada. Solo sostuvo la lonchera y fingió no entender del todo lo que acababa de pasar.
*Pues mira nada más. El viejo argüendero sí sirve para algo aparte de congelar habitaciones y verse indecentemente bien en traje. Caballero de las finanzas, campeón contra amantes patrocinadas.*
Cristian giró apenas la cabeza hacia ella.
—¿Caballero de qué?
Ximena abrió mucho los ojos.
—¿Perdón?
Julián miró a su jefe. El directivo dejó de firmar.
Cristian volvió a la mesa con expresión neutra.
—Nada. Termine de firmar.
Cinco minutos después, el hombre salió de la sala con la renuncia bajo el brazo y la dignidad hecha pedazos de manera privada, pulcra, al estilo de Grupo Montalvo: sin gritos, sin público, sin titulares.
Julián retiró los documentos.
—Enviaré el paquete a legal.
—Y revise los contratos de consultoría de los últimos tres años —ordenó Cristian—. Sin ruido.
—Sí, señor.
Cuando por fin quedaron solos, Ximena colocó la lonchera sobre la mesa.
—Traje comida.
—Lo veo.
—No tiene chile.
*Aunque ganas no me faltaron.*
Cristian abrió la tapa. Pollo, verduras, arroz blanco. Todo inofensivo.
—Qué considerado de tu parte.
—No quería que te sintieras mal otra vez.
*Ni que me descubrieras dos venganzas seguidas. Tampoco hay que abusar de la suerte.*
Cristian tomó los cubiertos, aunque no empezó a comer.
La miró de frente.
Su esposa de apariencia perfecta, con su vestido correcto, su voz suave y un arsenal de chismes corporativos escondido detrás de los ojos.
No sabía quién era.
No sabía por qué podía escucharla.
Y, por primera vez desde que el dije cayó por la ventanilla, entendió el peligro real de aquel poder: servía.
Servía demasiado.
—Ximara —dijo.
—¿Sí?
—A partir de hoy, cuando te pida venir a mi oficina, vendrás.
Ella sonrió con obediencia perfecta.
—Por supuesto.
*Ni loca. Bueno... depende. Si va a haber drama financiero, comida gratis y Cristian en camisa blanca dando órdenes, quizá sí.*
Cristian bajó la mirada al almuerzo para ocultar el filo de curiosidad que le subía por la boca.
Hasta dónde podía escucharla.
Hasta dónde debía hacerlo.
¿Y cuánto tardaría ella en darse cuenta de que ya no estaba pensando sola?
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Muy bien,