⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 3
...MIA...
—¿En serio te vas a poner a llorar por ese patán cuando hay toda una universidad llena de hombres esperándote? —la voz de Lili retumbaba a través del altavoz de mi teléfono mientras me terminaba de delinear los ojos frente al espejo del tocador.
—No estoy llorando por él, Lili —respondí rodando los ojos, aunque con un tono de fastidio en la voz—. Solo estoy harta de que todos los tipos resulten ser una calca barata de lo mismo.
—Por eso mismo te vas a cambiar el chip hoy —decretó ella al otro lado de la línea—. Simón va a llevar a la fiesta de su facultad a un amigo de su carrera. Es de la universidad pública, nada que ver con los niños ricos estirados de nuestra facultad. Te juro que te va a encantar, así que arréglate rápido. Pasamos por ti en veinte minutos.
—Está bien, está bien. Todo sea por no quedarme encerrada en este departamento oyendo el eco de mis propios pensamientos —suspiré, colgando la llamada.
No estaba verdaderamente de humor para volver a salir, pero la idea de quedarme a solas con la rabia de la traición de Dylan y la foto de Henrry con su "familia feliz" me asfixiaba. Quería ruido, quería música, quería liberarme de todo por unas horas.
Me acerqué al armario y elegí algo que gritara exactamente lo que sentía: libertad absoluta.
Me puse un top corto negro de cuello alto que dejaba mi abdomen al descubierto, una falda ajustada de corte asimétrico con una abertura en la pierna y unas botas altas de cuero hasta la rodilla. Me dejé el cabello suelto, cayendo en ondas sobre mis hombros, y agarré el labial rojo para darme el toque final.
Justo cuando estaba delineando el arco de mis labios, el timbre del departamento resonó en el pasillo con dos toques secos, autoritarios.
Fruncí el ceño. Lili había dicho veinte minutos y apenas habían pasado diez.
Caminé hacia la entrada con el labial aún en la mano y abrí la puerta sin fijarme por la mirilla.
—Lili, te juro que si me apuras más voy a... —la palabra se me atascó en la garganta.
No era Lili.
Henrry estaba parado al otro lado del umbral.
Llevaba el saco del traje desabrochado, la corbata ligeramente floja y un semblante de pura rabia. El olor a su perfume costoso invadió de inmediato el aire de mi recibidor.
—¿Creíste que apagar el teléfono y mandarme a volar iba a funcionar, Mía? —soltó Henrry sin pedir permiso, dando un paso al frente para entrar a mi departamento mientras yo retrocedía por inercia—. Me colgaste en la cara. Me dejaste hablando solo anoche cuando solo me preocupaba por ti. ¿Tienes idea de lo ridículo que me haces quedar?
—Tú te haces quedar ridículo solo, Henrry —le respondí con una serenidad cortante, cruzándome de brazos—. Esta es mi casa. No puedes entrar así como si fueras el dueño de mi vida.
Henrry se pasó una mano por la cara con extrema frustración, soltando un suspiro pesado mientras cerraba la puerta detrás de él.
—Vine hasta aquí a hablar contigo como personas adultas sobre lo que estás haciendo con tu vida —empezó a decir, alzando la voz—, pero veo que tus prioridades son...
Se detuvo en seco. Su mirada bajó despacio desde mi rostro, recorriendo el top, la falda ajustada y las botas altas.
La vena de su cuello se le hinchó en un segundo y sus ojos se inyectaron en furia.
—En serio... ¿piensas salir vestida así? —preguntó, bajando el tono a un murmullo, apretando los puños a los costados—. Dime que es una broma, Mía. Parece que vas a un prostíbulo.
—A mí no me hables así —le advertí, dando un paso hacia él con el mentón en alto—. Me visto como se me da la gana. Ya no eres mi tutor legal, no tengo quince años y no te debo explicaciones de a dónde voy ni con quién me acuesto.
—¡Soy tu padre! —gritó Henrry, dando un paso hacia mí—. ¡Y mientras yo pague tu carrera y mantenga este estatus, te me comportas con decencia! No voy a permitir que destruyas tu vida de esta forma, saliendo a emborracharte y a drogarte con cualquiera.
Antes de que pudiera responderle, el teléfono en mi mano vibró con un mensaje en la pantalla:
Lili: Ya estamos abajo, baja.
Giré la cabeza, le eché una última mirada de absoluto desprecio a Henrry, agarré mi bolso de la mesa de la entrada y caminé hacia la puerta sin responderle una sola palabra.
—¡Mía, te estoy hablando! ¡No te atrevas a cruzar esa puerta! —me rugió a la espalda, tratando de agarrarme del brazo.
Le esquivé el manotazo con agilidad, abrí la puerta de par en par y salí al pasillo.
El eco de las pisadas aceleradas de Henrry retumbó a mis espaldas mientras cruzaba el pasillo hacia los ascensores. Podía oírlo respirar con dificultad, impulsado por esa furia y controladora que tanto odiaba.
—¡Mía, regresa aquí en este instante! ¡Te juro por Dios que si te subes a ese ascensor te corto todos los fondos mañana mismo! —gritó, su voz retumbando contra las paredes del piso.
Giré la cabeza solo lo suficiente para mirarlo por encima del hombro mientras presionaba el botón de llamada del ascensor.
—Adelante, hazlo —le espeté con una sonrisa—. Córtame los fondos. Quítame el departamento, la tarjeta y hasta el apellido si quieres. A ver si así la prensa por fin se entera de cómo el gran Henrry Montenegro chantajea a su propia hija. Mi tía Beatriz estará encantada de recibirme en su casa de nuevo.
Las puertas de metal se abrieron con un pitido suave. Henrry apretó el paso para intentar bloquearme el paso, pero fui más rápida: me deslicé al interior, presioné el botón del sótano y mantuve la mirada fija en él mientras las puertas comenzaban a cerrarse lentamente.
—Esto no se va a quedar así, Mía —alcanzó a decir con los dientes apretados, la cara roja de pura rabia.
—Que tengas una excelente noche, Henrry —contesté justo antes de que las puertas de acero se juntaran por completo, cortando su imagen.
El ascensor empezó a descender. Solté un suspiro largo y pesado, apoyando la espalda contra el espejo del elevador. Las manos me temblaban levemente, pero el pico de adrenalina me hacía sentir más fuerte que nunca.
Ya no era la niña asustada de quince años que lloraba encerrada en su habitación mientras los adultos decidían su destino. Ahora tenía dieciocho, tenía el control y no pensaba ceder ni un milímetro.
Salí por la recepción del edificio manteniendo la cabeza en alto. Al cruzar las puertas de cristal hacia la calle, el aire fresco de la noche me recibió de golpe. Aparcado junto a la acera estaba el auto del novio de Lili, con la música sonando a un volumen moderado. Lili asomó la cabeza por la ventana del copiloto, haciendo un gesto exagerado con la mano.
—¡Abran paso que llegó la reina de la noche! —gritó Lili al verme caminar con mis botas altas y mi labial rojo.
Me subí al asiento trasero, cerrando la puerta con firmeza. Simón, el novio de Lili, me saludó por el retrovisor con una sonrisa amigable.
—¿Todo bien, Mía? Te ves como si te hubieras peleado con alguien allá arriba —comentó Lili, dándose la vuelta en su asiento para mirarme con curiosidad.
—Algo así —respondí, sacando el labial de mi bolso para retocarme el arco de los labios frente al espejo del carro—. Mi queridísimo padre decidió hacerme una visita sorpresa para fiscalizar mi vestuario.
Lili abrió los ojos de par en par.
—¿En serio estuvo arriba? ¿Qué te dijo?
—Lo mismo de siempre: que parezco una cualquiera, que arruino mi vida y que me va a dejar en la calle —dije quitándole importancia con un gesto de la mano, aunque por dentro la rabia siguiera ardiendo—. Pero ya no me importa. Esta noche vine a divertirme, no a pensar en los Montenegro.
—Así se habla, carajo —celebró Lili, pasándole la mano a Simón para que acelerara—. Prepárate, porque la fiesta de la facultad de Ingeniería de la pública es otro nivel. Nada que ver con las reuniones aburridas y estiradas de nuestra universidad.
—Además, mi amigo ya nos está esperando allá con las bebidas listas —agregó Simón guiñándome el ojo desde el retrovisor—. Te va a caer bien, Mía. Es de los mios, cero dramas.
Miré por la ventana mientras el carro se incorporaba al tráfico de la avenida principal. Las luces de la ciudad pasaban veloces a nuestro alrededor. Sonreí de lado, sintiendo cómo la expectativa de una noche completamente diferente empezaba a borrar el trago amargo que Henrry me había hecho pasar.
Llegamos a la zona donde se organizaba la fiesta tras unos veinte minutos de camino. El ambiente era completamente distinto al que estaba acostumbrada: la música se escuchaba desde la calle, había grupos de jóvenes conversando en la acera, riendo con cervezas en la mano, y una energía vibrante que me hizo sentir viva al instante.
Simón estacionó a media cuadra y bajamos del auto. Al acercarnos a la entrada de la casa, un chico alto, con una chaqueta de mezclilla y actitud relajada, levantó la mano para saludarnos.
—¡Por fin llegan! Pensé que se habían perdido —dijo el amigo de Simón con una sonrisa espontánea mientras se acercaba a nosotros.
Al levantar la vista para ver de quién se trataba, el corazón me dio un vuelco violento en el pecho. Las luces de la calle iluminaron su rostro y me quedé totalmente paralizada a mitad de la acera.
Era Camilo.
Pero no el chico que recordaba. Había cambiado muchísimo: estaba visiblemente más alto, con la espalda más ancha y una presencia que imponía sin esfuerzo.
El tiempo le había sentado absurdamente bien; ahora tenía un rastro de barba de un par de días que le marcaba la mandíbula y le lucía espectacularmente bien. Sus ojos oscuros tenían una expresión un poco más cansada, más "dormida" y tranquila, que le daba un aire de madurez irresistible.
Si antes me parecía perfecto cuando yo tenía catorce años, ahora era una completa tentación. Con mis botas altas y todo, apenas alcanzaba a llegarle al pecho.
Camilo detuvo sus pasos en seco al cruzarse con mi mirada. La cerveza que llevaba en la mano estuvo a punto de resbalársele mientras sus ojos se abrían de par en par, completamente impactado. Su sonrisa desapareció por completo, sustituida por una mirada de absoluto asombro.
—¿Mía...? —pronunció con la voz levemente más grave de lo que recordaba, deteniéndose a solo un par de pasos de mí.
Quedé igual de desarmada que él. Mi amor platónico de la adolescencia estaba parado justo enfrente de mí. El mismo chico que, a pesar de que era evidente que sentía algo por mí, me había rechazado fríamente en su momento por razones personales, dejándome una herida que me costó meses cerrar.
—¿Se conocen? —preguntó Simón, mirando extrañado a Camilo y luego a mí.
Lili me miró de reojo con los ojos desorbitados, recordando perfectamente las mil historias que le había contado sobre él en las noches de confidencias, aunque jamás imaginó que el famoso "amigo de la facultad" de Simón resultaría ser precisamente Camilo.
El aire entre los dos se volvió denso al instante. Camilo me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mi top, la falda ajustada y el labial rojo. Tragó grueso algo incómodo, quitando la mirada a penas notó que lo observaba mirándome.
Apreté el bolso contra mi costado y elevé el mentón para recuperar el control, ocultando el torbellino que llevaba por dentro.
—Hola, Camilo —dije con una voz firme y cortante, sosteniéndole la mirada—. Qué pequeño es el mundo.