Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 9
Capítulo 9: La conejita y la doctora
Desperté boca abajo, con algo frío y húmedo sobre la frente y unos dedos untándome pomada en la espalda baja.
Los dedos eran firmes. No pedían permiso. Bajaron por donde más ardía y yo abrí los ojos de golpe y vi, sentado en la orilla de mi cama, a un hombre.
Tenía el pelo al rape, la piel dorada y un brillante negro en la oreja izquierda, y traía uniforme verde oscuro bajo una bata blanca abierta.
—No me toque… —Me salió ronco, me atoré—. No me toque, por favor, el señor Salvatierra me va a matar…
El hombre se rio. Bajito, con la garganta.
—¿Ya despertaste, conejita?
Y la voz era de mujer.
Me quedé mirándola. Los pómulos, la boca, el cuello largo bajo la bata. Una mujer alta, de manos grandes y cejas rectas, que me sostenía la mirada como si yo fuera la cosa más divertida que había visto en la semana.
—Usted es… —Me atoré otra vez—. Perdón. Yo pensé que…
—Que era hombre. Me pasa dos veces por semana, no te apures. —Se tocó el brillante de la oreja—. Anya. La médica de aquí. Y de tú, que no soy tu abuela. —Volvió a meter los dedos en el frasco—. El Lobo es tan posesivo que, si dejara entrar a un médico hombre, le rompería las piernas antes de cruzar la puerta. Así que te tocó la única persona en la Base que puede verte sin ropa y seguir viva. Abre las piernas.
Sentí el calor subirme por el cuello. Lo de anoche me regresó de golpe, en pedazos: la banca, la mano en la nuca, el saco negro, la escalera. Y después nada. Un hueco donde debía estar el resto de la noche.
—¿Qué?
—Que abras las piernas. Tengo que revisar.
Lo hice. Me tapé la cara con la almohada mientras sus manos hacían lo que tenían que hacer, rápidas, sin ninguna ternura y sin ninguna crueldad.
—Rojo e hinchado. Unos raspones. Nada grave. —Me dio dos palmaditas en la pantorrilla, como a un caballo—. Ese loco al menos sabe medir. Hoy no te mojes. Y estos días, que no te toque. Se lo voy a decir yo, tú no te preocupes.
Sabe medir. Me quedé con esas dos palabras debajo de la almohada. Quería decir que lo de anoche tenía una medida, que alguien la había calculado, que había una versión peor y no me había tocado. No supe si eso era un consuelo o la cosa más espantosa que me habían dicho en la vida.
Fue entonces cuando me di cuenta de que traía puesto un camisón de algodón que no era mío. Alguien me había desvestido y vestido mientras yo estaba en otro lado. Alguien me había puesto ese trapo con hierbas en la frente. No pregunté quién. Había aprendido que en esa casa las preguntas también cuestan.
—¿Cuánto… cuánto tiempo dormí?
—Toda la noche y media mañana. Te trajeron como bulto. —Me apartó el pelo de la cara con el dorso de los dedos—. Es normal. El cuerpo se apaga cuando ya no puede más. Es lo más inteligente que sabe hacer.
Anya me volteó de lado con una sola mano y siguió con la pomada, ahora en la cadera, y luego dijo, sin cambiar de tono, como quien comenta el clima:
—Al Lobo… le gustas.
No contesté. Pensé: esto es gustarle. Si no le gustara, ¿qué me habría hecho? ¿Me habría cortado en pedazos, como dijo el Basa?
Cerró el frasco. De la bolsa de la bata sacó una paleta redonda, de las de tienda, con envoltura de celofán amarillo, y me la puso en la mano.
—Algo dulce para el susto.
Me la quedé mirando. Una paleta. Nadie me había dado nada en esa casa que no fuera de él, que no viniera con su olor o con su orden detrás. Esto venía de una bolsa de bata, de una mujer que me acababa de decir "conejita" y no me había pegado.
La destapé con los dedos torpes. Sabía a limón artificial. Se me llenaron los ojos.
—Ya, ya. —Anya se puso de pie y se estiró como un gato—. Yo vivo en el pabellón médico, el edificio blanco de la izquierda saliendo de aquí. Tercer piso, la oficina que huele a incienso. Lo que quieras preguntar, pregúntamelo a mí. Yo no le tengo miedo, ¿o no lo notaste?
—¿Por qué no?
Se encogió de hombros.
—Porque me necesita más de lo que le gusta. Y porque lo conocí antes de que fuera el Lobo. —Se rio de mi cara—. No, conejita, eso no te lo voy a contar hoy.
Chupé la paleta. El limón me picaba en la lengua y en los ojos. Y con ese sabor de tienda de la esquina en la boca, a mil kilómetros de cualquier esquina que yo conociera, se me salió lo que llevaba seis días atorado.
Me saqué la paleta de la boca.
—No me atrevo a pensar en mi casa. Ni en mis papás. —Se me quebró—. Él dice que eso es traición, que es incumplir… Yo solo quiero saber si están vivos. Nada más eso. Si están vivos. —La tomé de la manga de la bata—. Por favor no le diga… no le digas que te dije esto.
Anya me miró un rato largo, de pie, con la cabeza ladeada.
—Soy médica —dijo por fin—. El secreto profesional existe. Hasta aquí.
Se colgó el frasco de pomada del bolsillo.
—Dos veces al día. Cuando ya puedas caminar sin cara de mártir, te saco a dar una vuelta. —Se corrigió antes de llegar a la puerta—: Vengo yo a buscarte. Tú no vayas a salir sola.
Y se fue, dejando la puerta entreabierta y el olor de la pomada, a alcanfor y a algo verde.
Me quedé con la paleta en la boca, boca abajo, mirando la franja de luz del pasillo.
Oí sus botas alejarse por el corredor, no hacia la puerta de la calle, sino hacia la escalera. Subieron. Un piso. Dos. Se detuvieron donde yo tenía prohibido poner un pie, y una puerta se abrió y se cerró allá arriba.
Iba a hablar con él. De mí, seguramente. De lo que había visto entre mis piernas, de lo que yo había dicho con la boca llena de limón. Y no podía hacer nada, más que quedarme acostada con el palito de la paleta entre los dientes y confiar en una palabra que acababa de aprender de una desconocida: secreto profesional.
En seis días de oscuridad era la primera vez que alguien dejaba una puerta entreabierta. Me dormí mirándola.
* * *
El despacho del tercer piso olía a tabaco y a papel viejo. Lucio estaba de pie frente a la mesa de mapas, con las mangas dobladas y el encendedor de latón en la mano, abriéndolo y cerrándolo.
Anya entró sin tocar y se dejó caer en el sillón de cuero, con las piernas cruzadas.
—Tú. —Lo señaló con la barbilla—. Que no dejas vivos, que no cargas lastre. ¿Y por una conejita rompes tus reglas?
Él no levantó la vista del mapa.
—Tantos años sin tocar a una mujer —siguió ella—. Yo pensé que eras como yo. Que no te gustan.
—Ella limpia botas.
—¿Qué?
—Limpia botas como una restauradora. —Ahora sí la miró—. La única.
Lo dijo sin sonreír, pero Anya sabía leer esa cara: debajo había un hombre enseñando un caballo.
—Estuvo en la biblioteca con un atlas. Me paré detrás de ella diez minutos. Diez. No se dio cuenta.
—Degenerado —dijo Anya, sin calor—. Y ayer te pasaste.
—A las cositas desobedientes se les doma de una vez.
—Hoy en la noche le va a dar fiebre. Te lo digo desde ahora. El cuerpo cobra.
El encendedor se abrió. Se cerró.
—Y cuando ya no la quieras, dámela. —Anya se examinó una uña—. Me falta un asistente para el laboratorio. Tiene buenas manos.
El encendedor se cerró de golpe, seco, como un cargador entrando en su lugar.
—Ni lo pienses.
—Tacaño. Por lo menos déjame sacarla a pasear. Un perro hay que sacarlo dos veces al día, o se pone triste y se muerde.
—Con dos hombres detrás.
—Con los que quieras.
Después hablaron de lo que ella había venido a hablar: un amigo de don Emilio Sarmiento, su padre, necesitaba mover una colección de mucho valor, con discreción y rápido. Lucio pidió tres meses de acceso al corredor del oeste a cambio y bajó el contrato al ochenta por ciento, por ser el viejo Sarmiento quien lo pedía. Anya asintió con la cara de quien ya sabía las respuestas antes de entrar.
Se levantó. Se acomodó la bata.
—Estos días contrólate —dijo desde la puerta—. No aguanta.
Ya tenía la mano en el marco cuando volteó, con la cabeza ladeada.
—Por cierto, Lobo. Te lo pregunto como médica. —Una pausa—. ¿Ya la besaste?
Él no contestó.
El encendedor de latón se abrió, y el clic sonó en el despacho vacío mucho después de que ella cerró la puerta.