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Noventa Días Para Equivocarme

Noventa Días Para Equivocarme

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amor eterno
Popularitas:8.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.

NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo XIII Es solo un contrato

Punto de vista de Victoria

Levábamos toda la mañana trabajando en mi oficina, Adriana se negaba a dejarme sola. A mitad de la tarde, la vibración del teléfono sobre la mesa de cristal interrumpió la lectura.

Un mensaje de texto de un número que no necesitaba guardar:

“Estoy en la recepción de tu edificio. Como sé que eres incapaz de parar a comer, vine a llevarte a almorzar. No acepto un no por respuesta”.

Una sonrisa involuntaria, cálida y pequeña, se me dibujó en los labios al leer la pantalla.

—Esa sonrisa... —comentó Adriana, observándome con detenimiento—. Es la primera vez en diez años que te veo sonreír así por un mensaje.

—Ya le respondo... —murmuré, sintiendo que un ligero rubor me subía por el cuello. Tecleé rápido: “Dame cinco minutos, ya bajo”.

Giré a mirar a Adriana con repentina urgencia, llevándome las manos a la cara.

—Ayúdame. Dime si me veo pálida —pedí, sintiéndome estúpidamente nerviosa, como si tuviera dieciséis años otra vez.

—¿Pálida? —Adriana sonrió con una complicidad agridulce mientras me acomodaba el cuello del saco—. Créeme, no te ves para nada pálida. Hacía años que no tenías un semblante tan radiante.

—Sebastián está abajo —admití, tomando mi bolso de cuero—. Me está invitando a salir.

—Entonces ve y disfruta tu tiempo, Victoria. Quién diría que los dos mayores rivales de la ciudad terminarían saliendo.

—Lástima que nuestra mejor actuación sea solo una mentira —susurré.

Ajusté mi postura, erguí la espalda y caminé hacia el ascensor con paso firme. Si la muerte venía por mí en noventa días, no me encontraría escondida. Salí a demostrarme a mí misma que ni siquiera mi propia finitud podía derrumbar a la mujer que había construido.

Las puertas del ascensor privado se abrieron en el vestíbulo principal. Caminé con la cabeza en alto, sintiendo las miradas inquisitivas de los empleados y de los recepcionistas que fingían revisar carpetas mientras intentaban disimular sus murmullos. La noticia del periódico ya se había esparcido por todo el edificio.

Y allí, apoyado con una elegancia indolente contra una de las columnas de mármol del vestíbulo, estaba Sebastián.

Vestía un traje gris oscuro sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados. Sostenía el teléfono en una mano, pero en cuanto el sonido de mis tacones resonó en el suelo, levantó la vista. Sus ojos oscuros me recorrieron despacio, desde la firmeza de mi peinado hasta la curvatura de mi vestido, con una intensidad posesiva que hizo que el pulso se me acelerara en la garganta.

—Llegas dos minutos tarde, Valenzuela —dijo, guardando el teléfono en el bolsillo y dando un paso hacia mí con esa sonrisa magnética que ponía a prueba mis nervios.

—El trabajo no se detiene porque tú decidas aparecerte en mi recepción sin avisar, Alarcón —respondí, imponiendo mi tono glacial habitual para mantener la distancia frente a la mirada atenta de mi personal.

Sebastián no pareció inmutarse por mi frialdad. Al contrario, se acercó lo suficiente para que su aroma a madera y pimienta me envolviera, inclinándose ligeramente hacia mi oído.

—Toda esta gente está esperando a ver si nos matamos o si nos besamos otra vez —murmuró con voz baja y profunda, haciéndome un gesto para que camináramos hacia la salida—. Vamos a darles de qué hablar.

Sostuvo la puerta de cristal para mí y me guio hasta su auto, un modelo deportivo negro aparcado justo frente a la entrada principal, en una zona prohibida donde nadie se había atrevido a ponerle una multa. Me abrió la puerta del copiloto con una cortesía

impecable. En cuanto subió al asiento del conductor y encendió el motor, la burbuja de silencio dentro del vehículo nos aisló por completo del ruido de la ciudad.

—¿A dónde vamos? —pregunté, acomodándome el cinturón de seguridad.

—A un lugar donde ningún fotógrafo de pacotilla ni ningún ejecutivo chismoso pueda interrumpirnos —respondió, incorporándose al tráfico con destreza.

Veinte minutos después, el auto se detuvo frente a un restaurante exclusivo ubicado en una colina con vista a la bahía. Era un establecimiento privado, de pocas mesas, apartado del centro financiero. El mesero nos condujo de inmediato a una mesa reservada en la terraza trasera, protegida por ventanales de cristal y rodeada de vegetación.

Nos sentamos uno frente al otro. A través del cristal, el sol de la tarde iluminaba la palidez de mi rostro, pero la mirada de Sebastián no buscaba los paisajes; me estaba estudiando a mí.

—¿No vas a mencionar el periódico? —pregunté, rompiendo el silencio mientras el camarero servía dos copas de agua y se retiraba.

Sebastián apoyó los codos en la mesa, entrelazando las manos y fijando sus ojos en los míos.

—¿La foto? Salió bastante bien, si me lo preguntas. Aunque el titular es ridículo. Nadie que te conozca creería que entregaste tu empresa por un beso.

—Mi madre y mi hermana lo creen. Y los accionistas de Onetto están pidiendo una reunión de emergencia para aclarar si hay un conflicto de interés —dije, tomando un sorbo de agua para calmar la resequedad de mi garganta.

—Que pidan las reuniones que quieran. Tu vida personal no es asunto de ellos —respondió en un tono firme, casi tajante—. Lo que me importa es lo que dijiste anoche. Dijiste que esto era una transacción. Un acuerdo sin ataduras.

—Así es —sostuve su mirada sin pestañear—. No quiero escenas, no quiero reclamos y no quiero sentimentalismos. Tengo noventa días... —me detuve en seco, corrigiéndome de inmediato antes de que el desliz fuera irreversible—... tengo noventa días para cerrar el proyecto más grande de mi carrera y no pienso perder el tiempo en distracciones inútiles.

Sebastián entrecerró los ojos, detectando la ligera pausa en mi voz. Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre los dos a través de la mesa.

—¿Noventa días para qué, Victoria?

—Para la reestructuración de la empresa —mentí con la rapidez de quien lleva años negociando bajo presión—. En tres meses voy a delegar la dirección operativa a Adriana. Necesito saber si el hombre con el que estoy haciendo este “trato” puede manejar la presión o si va a salir huyendo al primer rumor de la prensa.

Sebastián dejó escapar una risa baja, sorda, cargada de una fascinación peligrosa.

—Victoria, si crees que la prensa o tus amenazas me van a asustar, todavía no me conoces en absoluto. Acepté tu contrato. Pero si vamos a hacer esto durante esos tres meses, vas a tener que aprender a ceder el control de vez en cuando. Empezando por comer algo decente hoy.

El camarero regresó para tomar la orden. Sebastián pidió por los dos sin consultar la carta, eligiendo platos ligeros y un vino suave. Cuando quedamos a solas de nuevo, la tensión entre los dos cambió de tono; ya no era la hostilidad agresiva de las salas de juntas, sino un hilo invisible de deseo y curiosidad.

Por primera vez en años, mientras lo escuchaba hablar sobre las jugadas financieras de la competencia, me descubrí observando la forma en que sus manos se movían, el matiz de su voz y la ligera sonrisa que se le dibujaba en los labios cuando intentaba hacerme sonreír.

Un pinchazo sordo en el vientre me recordó la realidad. Apreté la servilleta sobre mi regazo disimuladamente, tragándome el malestar. Me quedaban ochenta y nueve días. Pero en ese instante, frente a él, sintiendo el calor de su presencia y el brillo de su mirada, por primera vez en mucho tiempo no me sentí como una mujer condenada a muerte.

Me sentí viva.

1
Maru
Peligro ☣️⚡ d 😳😱
Maru
😱😳 Catalina/ Verónica como sea debe haber alguien que sabe el secreto; no obstante, el fraticidio cometido por esa 🐍 víbora pudo ser la causa del suicidio de padre de Victoria
Liliana Torres
🐀🐀🐀
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️💖
Johann
😯😯😯👏👏👏
Johann
👏👏👏👏
Johann
😯😯😯😯
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️
Johann
👏👏👏👏
Johann
😢😢😢
Johann
😯😯😯
Johann
😢😢
Johann
🥺🥺🥺🥺
Johann
🥺🥺🥺
Celeste Salinas
Victoria tiene que arreglar las cosas como hacemos todas nosotras.. cruzarse con la mejor ropa interior que tenemos.. conseguimos el perdón 🤭🤭😂🥰
Celeste Salinas
jaja
Alexandra Ortiz Posada
Ahí están los resultados de no hablar con la verdad a Sebastián que la quería ayudar
Johann
😭😭😭😭
Johann
💖💖💖💖
alicia g
buenisima historia, felicitaciones escritora ,como nos tenes acostumbradas ,excelente
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