En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 2: El peso de un recuerdo
«Hay personas que no lloran porque hayan olvidado. Lloran porque recuerdan demasiado.»
— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen III»
Kael no respondió de inmediato.
La pregunta de Daniel seguía suspendida entre ambos, pesada, incómoda, imposible de responder sin herir a alguien.
Fuera, la lluvia continuaba cayendo con la misma paciencia con la que el tiempo desgasta las piedras. Las gotas resbalaban por el cristal de la ventana, formando caminos que se unían y se separaban antes de desaparecer.
Daniel tampoco insistió.
Simplemente esperaba.
Como si hubiera aceptado que ninguna respuesta podría aliviar el vacío que llevaba dos años creciendo dentro de él.
Kael tomó la taza de té.
Ya estaba fría.
La dejó nuevamente sobre la mesa.
—Cuando entré por primera vez en este Archivo tenía doce años —dijo al fin.
Daniel levantó la vista.
—No era un mercader. Solo era un niño que acababa de perderlo todo.
El hombre no habló.
Kael rara vez contaba algo de su pasado a los clientes.
Pero aquella vez sintió que debía hacerlo.
—Mi madre murió cuando yo era pequeño.
No recuerdo su voz.
Ni el sonido de su risa.
A veces intento imaginar cómo era cuando me daba las buenas noches... y descubro que no puedo.
Daniel lo observó en silencio.
—Solo conservo una imagen.
Muy borrosa.
Ella sujetándome de la mano bajo la lluvia.
Nada más.
Kael sonrió con cierta tristeza.
—Durante años pensé que, si hubiera existido esta tecnología entonces, habría vendido ese recuerdo.
Porque dolía demasiado.
Hizo una pausa.
—Ahora sé que me habría arrepentido todos los días de mi vida.
Daniel bajó lentamente la mirada hacia la cápsula que seguía descansando entre sus manos.
—Entonces cree que no debería hacerlo.
—No.
—¿No?
—No soy yo quien debe decidir.
Daniel frunció ligeramente el ceño.
—¿Y cuál es exactamente su trabajo?
Kael apoyó los codos sobre la mesa.
—Escuchar.
El hombre soltó una risa amarga.
—Pensaba que era vender recuerdos.
—Eso cree casi todo el mundo.
Pero no es cierto.
Los mercaderes no vendemos recuerdos.
Ayudamos a las personas a entender qué están entregando realmente.
Daniel permaneció pensativo.
Después preguntó:
—¿Y qué cree que estoy entregando yo?
Kael no respondió enseguida.
Miró el pequeño barco de papel.
La fotografía.
La cápsula.
Después volvió a mirar a Daniel.
—No está intentando olvidar a su hija.
Está intentando dejar de culparse.
Aquellas palabras golpearon al hombre con más fuerza que cualquier grito.
Su rostro perdió el poco color que conservaba.
Las manos comenzaron a temblarle.
—¿Cómo...?
Kael negó con suavidad.
—No lo sé.
Solo es una intuición.
Daniel cerró los ojos.
Durante varios segundos no dijo absolutamente nada.
Cuando volvió a abrirlos, había lágrimas acumuladas en el borde de sus pestañas.
—Ese día...
Mi coche estaba averiado.
Ella quería ir caminando a la escuela.
Yo tenía trabajo.
Llegaba tarde.
Podría haber esperado cinco minutos más.
Podría haber pedido un taxi.
Podría haberla acompañado hasta la puerta.
Su voz empezó a romperse.
—Pero tenía prisa.
Siempre tenía prisa.
Respiró con dificultad.
—La besé en la frente.
Le dije que tuviera cuidado al cruzar.
Ella sonrió.
Me respondió que no me preocupara.
Y...
Daniel no pudo continuar.
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra sobre la mesa.
Kael no intentó detenerlas.
Había aprendido que el llanto también era una forma de recordar.
Después de casi un minuto, Daniel consiguió hablar de nuevo.
—La policía dijo que no fue culpa mía.
Mi esposa también.
Todo el mundo lo dice.
Pero cada noche vuelvo a pensar exactamente lo mismo.
Si hubiera salido cinco minutos antes de casa...
Ella seguiría viva.
Kael permaneció inmóvil.
Aquella era una culpa que ningún juez podía condenar.
Porque solo existía dentro del corazón de quien la sentía.
Y precisamente por eso era la más difícil de vencer.
Daniel abrió lentamente la mano.
La cápsula dorada brilló con una intensidad casi hipnótica.
—Aquí dentro está la última vez que me dijo "te quiero".
Cada noche la observo.
Nunca la abro.
Tengo miedo de que, si la revivo demasiadas veces...
El recuerdo termine desgastándose.
Kael negó con una leve sonrisa.
—Los recuerdos auténticos nunca se desgastan.
Solo cambian las personas que los miran.
Daniel guardó silencio.
Por primera vez desde que había llegado al Archivo, parecía respirar con algo más de calma.
En ese instante llamaron suavemente a la puerta.
Un joven empleado asomó la cabeza.
—Disculpe, señor Arden.
Elias le pide que suba un momento.
Es urgente.
Kael frunció el ceño.
Era extraño.
Su maestro jamás interrumpía una sesión.
Mucho menos una tan delicada como aquella.
Miró a Daniel.
—¿Le importa esperar unos minutos?
El hombre negó.
—No.
Creo que...
Necesito estar un rato a solas.
Kael se levantó despacio.
Antes de salir, observó una vez más la cápsula.
No sabía por qué.
Pero tenía la sensación de que aquel recuerdo estaba destinado a cambiar algo mucho más grande que la vida de Daniel.
Cerró la puerta con cuidado.
El pasillo estaba completamente vacío.
El joven empleado ya se había marchado.
Solo se escuchaba el lejano tic-tac del enorme reloj del Archivo.
Kael comenzó a caminar hacia el despacho de Elias.
Mientras avanzaba, decenas de trabajadores cruzaban los pasillos transportando nuevas cápsulas de cristal.
Todo parecía normal.
Hasta que pasó frente al Registro Central.
Dos guardias estaban discutiendo con una archivista.
—Les digo que no existe.
—Tiene que existir.
—No aparece en ningún catálogo.
Kael disminuyó el paso.
La archivista sostenía una cápsula completamente transparente.
Sin luz.
Sin etiqueta.
Sin nombre.
Jamás había visto algo parecido.
Uno de los guardias levantó la vista y lo vio.
—Señor Arden.
¿Podría venir un momento?
Kael se acercó.
La mujer le entregó la cápsula.
Era extrañamente fría.
Mucho más que cualquier otra.
La giró entre los dedos.
Vacía.
O eso parecía.
Entonces ocurrió.
Durante apenas un segundo...
Sintió un disparo.
El olor de la pólvora.
El sabor metálico de la sangre.
Y una voz desconocida susurró muy cerca de su oído.
—Faltan diez días.
Kael dejó caer la cápsula.
El cristal no se rompió.
Pero el silencio que quedó en el pasillo fue aún más inquietante.
Porque nadie más había escuchado aquella voz.
Solo él.
Kael retrocedió un paso.
El aire parecía haberse vuelto más pesado.
Su respiración se aceleró sin que pudiera evitarlo, mientras la cápsula permanecía inmóvil sobre el suelo de mármol.
Los dos guardias intercambiaron una mirada de desconcierto.
La archivista fue la primera en romper el silencio.
—¿Señor Arden?
Kael tardó unos segundos en reaccionar.
Parpadeó varias veces y se llevó una mano a la sien.
El dolor era punzante, como si una aguja le atravesara lentamente la cabeza.
—Estoy bien.
La mentira salió de sus labios con demasiada rapidez.
No estaba bien.
Ni siquiera estaba seguro de seguir comprendiendo lo que acababa de ocurrir.
Nunca antes un recuerdo había reaccionado sin ser abierto.
Era imposible.
Las cápsulas permanecían completamente inactivas hasta que un mercader establecía un vínculo con ellas mediante el procedimiento de inmersión.
Era una de las primeras cosas que enseñaban en la Academia.
Sin excepción.
Sin fallos.
Sin milagros.
Y, sin embargo...
Él acababa de escuchar una voz.
La misma voz del recuerdo del prólogo.
"Faltan diez días."
—¿Qué sucede? —preguntó uno de los guardias.
Kael inspiró lentamente.
No podía contarles la verdad.
¿Cómo iba a hacerlo?
"Acabo de escuchar un recuerdo que nadie ha abierto."
Lo tomarían por agotamiento.
O algo peor.
Se agachó para recoger la cápsula.
Esta vez no ocurrió nada.
Solo sintió el frío del cristal.
La giró lentamente entre los dedos.
Seguía sin emitir luz.
Sin color.
Sin etiqueta.
Era como si jamás hubiera contenido una memoria.
—¿De dónde ha salido? —preguntó.
La archivista abrió un grueso libro de registros.
—No lo sabemos.
Apareció esta mañana durante el inventario.
No figura en ninguna entrada.
No tiene código.
No tiene propietario.
No existe.
Kael levantó la vista.
—¿Y aun así estaba en una de nuestras estanterías?
—Sí.
En el nivel cuatro.
El corazón de Kael dio un vuelco.
El nivel cuatro.
Solo el Director y tres archivistas de máxima categoría tenían autorización para entrar allí.
Los recuerdos más peligrosos del mundo descansaban en ese nivel.
Memorias de criminales.
Testigos protegidos.
Investigaciones del Gobierno.
Y documentos sellados por orden judicial.
Ningún objeto podía aparecer allí por accidente.
—¿Quién la encontró?
—Yo.
La archivista levantó la mano.
Era una mujer joven de cabello rojizo recogido en un moño impecable.
Kael la conocía.
Se llamaba Nora Beltrán.
Llevaba diez años trabajando en el Archivo y era famosa por cometer exactamente cero errores.
—¿Dónde estaba?
Nora señaló una caja de conservación situada sobre un carrito.
—Entre dos recuerdos catalogados hace más de veinte años.
Pensé que alguien la había olvidado allí.
Pero revisé todo el registro.
No pertenece a nadie.
Kael observó nuevamente la cápsula.
Era imposible.
En el Archivo no existían los olvidos.
Cada recuerdo quedaba registrado tres veces.
En papel.
En cristal.
Y en el Libro Mayor.
Era el sistema más seguro del continente.
Entonces...
¿Cómo podía existir una cápsula sin historia?
Una voz firme resonó al final del pasillo.
—Porque alguien quería que apareciera.
Todos giraron la cabeza.
Elias avanzaba lentamente apoyándose en su bastón.
Su expresión era completamente seria.
Mucho más de lo habitual.
Se detuvo junto a Kael y observó la cápsula durante unos segundos.
No la tocó.
Simplemente la miró.
—Traedla a mi despacho.
Ahora mismo.
Los guardias asintieron.
Pero Kael habló antes de que nadie pudiera moverse.
—Maestro.
Elias levantó la vista.
—He oído algo.
El anciano permaneció completamente inmóvil.
—¿Qué has oído?
Kael dudó.
Había demasiadas personas alrededor.
—Necesito hablar con usted a solas.
Elias comprendió inmediatamente que aquello era importante.
—Nora.
Continúa el inventario.
Nadie menciona esta cápsula fuera del Archivo.
¿Entendido?
—Sí, director.
Los trabajadores se dispersaron poco a poco.
Solo entonces Elias empezó a caminar hacia su despacho.
Kael lo siguió en silencio.
No cruzaron una sola palabra durante el trayecto.
Las botas del anciano resonaban acompasadas sobre el suelo de piedra.
Tac.
Tac.
Tac.
A Kael siempre le había tranquilizado aquel sonido.
Hoy no.
Al llegar al despacho, Elias cerró la puerta con llave.
Después corrió las cortinas.
Era la primera vez que lo hacía delante de él.
—Habla.
Kael colocó la cápsula sobre la mesa.
—Cuando la toqué...
Vi algo.
—¿Un recuerdo?
—No exactamente.
Fue demasiado rápido.
Solo unos segundos.
Un disparo.
Sangre.
Y una voz.
Elias no apartó la mirada de Kael.
—¿Qué dijo esa voz?
Kael tragó saliva.
—"Faltan diez días."
El silencio fue absoluto.
Tan absoluto que podía escucharse el crepitar de la leña en la chimenea.
Entonces ocurrió algo que Kael jamás había visto.
Elias perdió el color del rostro.
Muy poco.
Apenas un instante.
Pero ocurrió.
Y eso significaba una sola cosa.
Su maestro conocía aquellas palabras.
—¿Dónde has escuchado esa frase antes?
preguntó Elias.
Kael frunció el ceño.
—¿Antes?
El anciano no respondió.
Solo seguía observándolo.
Entonces Kael recordó.
El frasco del almacén.
El recuerdo imposible.
La muerte del hombre desconocido.
La misma voz.
Las mismas palabras.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—El recuerdo...
susurró.
Elias cerró los ojos durante unos segundos.
Como si acabara de confirmar un miedo que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
—Quiero que me traigas ese frasco.
Kael sintió que un vacío se abría bajo sus pies.
—No puedo.
—¿Por qué?
Porque...
Porque lo rompí.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Elias abrió los ojos lentamente.
Por primera vez desde que Kael lo conocía...
Parecía asustado.
No enfadado.
No decepcionado.
Asustado.
Se acercó a la ventana.
Permaneció varios segundos mirando la lluvia.
Luego habló en voz muy baja.
—Espero que estés equivocado.
—¿Sobre qué?
El anciano giró despacio.
Su mirada ya no era la del director del Archivo.
Era la de un hombre que acababa de recordar algo que habría preferido olvidar.
—Porque si has escuchado la misma voz en dos recuerdos distintos...
Entonces no estamos ante un error.
Kael sintió cómo el corazón comenzaba a latir con fuerza.
—¿Entonces qué es?
Elias respiró profundamente.
Y pronunció unas palabras que ningún mercader esperaba escuchar jamás.
—Alguien está creando recuerdos que todavía no han ocurrido.
El fuego de la chimenea crepitó detrás de ellos.
Fuera seguía lloviendo.
Y, sin que ninguno de los dos lo supiera, a exactamente diez días de distancia...
Un hombre acababa de ser condenado a morir.