Valentina Solís carga una herida que nadie ve.
Huérfana a los doce, maltratada por quienes debían protegerla y rescatada por una familia poderosa, aprendió muy pronto que el mundo no regala segundas oportunidades. Solo un chico —Tomás, un pintor de dieciocho años con los ojos más tristes que había visto— le enseñó que existía algo llamado amor. Pero Tomás murió, y con él murió la única parte de Valentina que sabía sentir.
Hasta que conoció a Adrián Montiel.
Adrián es frío, controlador y obscenamente rico. Dirige un imperio con la misma precisión con la que domina cada centímetro del espacio entre ellos. Valentina se convirtió en su amante secreta —sin nombre, sin promesas, sin futuro. Tres años viviendo en las sombras de un hombre que se parece demasiado al fantasma que ella no puede soltar.
Porque Valentina tiene un secreto: Adrián no es el hombre que ella ama. Es solo la sombra del que perdió.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando la verdad estalla, Adrián descubre que durante tres años fue el sustituto de un muerto. Su orgullo se quiebra. Su mundo se incendia. Y en medio del fuego, sale a la luz otro secreto aún más devastador: Adrián tampoco es quien cree ser. Él también fue comprado, elegido y moldeado para reemplazar a alguien que ya no existe.
Dos sustitutos. Dos máscaras. Y entre los escombros, la pregunta que ninguno de los dos puede responder: ¿queda algo real debajo de todo lo que fingieron ser?
De las calles de San Martín a un pueblo costero donde el mar lava las mentiras, esta es una historia de posesión y libertad, de hombres que destruyen lo que aman y de una mujer que debe decidir si quiere seguir viviendo —y por quién.
NovelToon tiene autorización de Iris Vega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Capítulo 3: La casa Carrasco
La llave del penthouse siguió pesando en el bolso de Valentina hasta que el taxi se detuvo frente a los portones negros de La Hacienda Carrasco.
Eran casi las ocho. El cielo de San Martín tenía ese azul oscuro de las noches caras, cuando las luces del jardín se encendían antes de que terminara de caer el día y todo parecía más limpio de lo que realmente era. Detrás de las rejas, la casa se extendía con sus arcos coloniales, sus balcones de hierro, sus bugambilias perfectamente recortadas y una hilera de cámaras que no dejaban punto ciego.
Valentina pagó en efectivo.
El guardia la reconoció de inmediato.
—Buenas noches, señorita Solís.
—Buenas noches, Julio.
Él abrió el portón sin hacer preguntas. Nadie preguntaba demasiado en esa casa. Era una de las primeras cosas que Valentina aprendió cuando llegó a los dieciocho, con una maleta prestada, una cicatriz en la rodilla y el apellido Solís convertido en una lástima que Doña Carmen decidió proteger.
El camino de grava crujió bajo sus zapatos.
Antes de llegar a la entrada principal, el teléfono volvió a vibrar. Adrián.
Valentina no contestó.
Guardó el celular junto a la llave y tocó el timbre.
Doña Carmen abrió antes que una empleada pudiera hacerlo. Iba impecable, con un vestido azul marino, perlas discretas y el cabello recogido. Al verla, su expresión se ablandó.
—Mija, por fin. Me tenías preocupada.
Valentina aceptó su abrazo. Olía a flores blancas y jabón de lujo, un olor que durante años le dio seguridad y culpa en partes iguales.
—Perdón, Doña Carmen. El tráfico estaba pesado.
—Siempre está pesado en esta ciudad. Pasa, pasa. No has cenado, ¿verdad?
Valentina pensó en las galletas que Adrián le mandó como si fueran una orden médica.
—Algo comí.
—Eso no es comer.
Doña Carmen le acarició la mejilla con los dedos. Había ternura en el gesto, pero también una inspección fina: el cansancio bajo los ojos, la palidez, quizá una marca que el cuello de la blusa no cubría del todo.
—Estás más delgada.
—Estoy bien.
La mentira salió automática.
Desde el fondo del recibidor, una voz masculina la cortó.
—Qué frase tan útil. Deberían ponerla en el escudo familiar.
Mateo Carrasco estaba apoyado contra la pared, con las mangas de la camisa arremangadas y una copa en la mano. Tenía veintitantos, la arrogancia intacta y esa forma de mirarla como si todavía no decidiera si quería echarla de la casa o pedirle disculpas por haberlo intentado tantas veces.
—Mateo —lo reprendió Doña Carmen.
—¿Qué? Solo digo que Valentina siempre está bien. La secuestran, está bien. La traen a esta casa, está bien. Sebastián la maneja como pieza de ajedrez, está bien.
Valentina sintió que Doña Carmen se tensaba a su lado.
—No empieces.
Mateo bebió un trago.
—Yo no empecé nada. Luciana sí.
—¿Dónde está? —preguntó Valentina.
Mateo la miró con una seriedad que no le conocía esa semana.
—En el invernadero. Con Diego. Y con su caja.
Doña Carmen dejó escapar un suspiro.
—Es una tontería. Ya sabes cómo es tu hermana.
Valentina no corrigió la palabra. Hermana. En La Hacienda Carrasco, los vínculos eran como las vajillas antiguas: se exhibían cuando convenía y se guardaban bajo llave cuando podían romperse.
—Voy a verla después de saludar a Don Rafael —dijo.
—Papá está con Sebastián en el despacho —respondió Mateo—. Mejor no entres.
—¿Por qué?
Él sonrió sin ganas.
—Porque están hablando de Montiel.
El apellido hizo que la llave en su bolso pareciera moverse sola.
Doña Carmen observó a Valentina con demasiada atención.
—¿Adrián Montiel volvió a buscarte?
Valentina sostuvo la mirada.
—No sé a qué se refiere.
Mateo soltó una risa.
—Claro que no.
La puerta del despacho se abrió al fondo del pasillo.
Sebastián Carrasco apareció primero.
Siempre sucedía lo mismo: la casa parecía enderezarse alrededor de él. No necesitaba levantar la voz ni moverse rápido. Su presencia bastaba para que las conversaciones bajaran, los empleados desviaran la vista y Mateo dejara la copa sobre una mesa como si de pronto recordara que seguía siendo el segundo hijo.
Sebastián llevaba traje oscuro, sin corbata. El cabello perfectamente peinado, la mandíbula limpia, los ojos fríos.
Detrás de él venía Don Rafael, más bajo, más ancho, con la cara cansada de quien había pasado la vida confundiendo autoridad con silencio.
—Valentina —dijo Don Rafael—. Llegaste.
—Buenas noches, Don Rafael.
Ella se acercó y aceptó el beso en la mejilla. Con Sebastián no lo hizo.
Él tampoco intentó tocarla.
—Llegas tarde —dijo.
No era reclamo. Era registro.
—El tráfico.
—Mentira.
Doña Carmen abrió la boca, pero Sebastián levantó una mano mínima. No necesitó más.
Valentina sintió el viejo impulso de bajar la cabeza. Lo odiaba. Odiaba que esa casa todavía supiera dónde presionarla.
—Tuve cosas que hacer —corrigió.
Los ojos de Sebastián descendieron un instante a su bolso.
—¿Cosas de Montiel?
Mateo chasqueó la lengua.
—Ya empezamos.
Sebastián no lo miró.
—Te pregunté algo, Valentina.
Ella pensó en Adrián diciéndole: “No les debes una cara bonita para que se sientan tranquilos.”
Pensó en otra voz, más antigua, diciéndole que no tenía que sonreír si no quería.
Así que no sonrió.
—Y yo decido si respondo, hermano.
El silencio fue inmediato.
La palabra hermano siempre hacía eso. A Doña Carmen le dolía, a Mateo le incomodaba y a Sebastián le endurecía algo detrás de los ojos. Porque legalmente no eran hermanos de sangre. Porque emocionalmente tampoco lo habían sido nunca. Porque él odiaba que Valentina usara ese nombre como una pared.
—No me llames así —dijo Sebastián en voz baja.
—Entonces no me interrogues como si fueras mi dueño.
Mateo abrió los ojos, sorprendido. Doña Carmen llevó una mano a su collar de perlas. Don Rafael frunció el ceño, pero no intervino.
Sebastián se acercó un paso.
—Si Montiel cree que puede usarte para entrar a esta familia...
—Adrián no entra a ningún lado conmigo.
—¿Adrián? —repitió él.
El nombre, dicho así, pareció ensuciar el piso pulido.
Valentina se arrepintió de inmediato. No por Adrián. Por lo que revelaba la naturalidad con que había salido de su boca.
Mateo la miró con una mezcla de burla y sorpresa.
—Vaya. Ya no es “el señor Montiel”.
—Mateo —dijo Doña Carmen, más firme.
Sebastián mantuvo los ojos en Valentina.
—Después de cenar hablarás conmigo.
—Después de cenar veré a Luciana.
—Luciana no necesita que la salves de sus caprichos.
—Nadie me pidió salvarla.
—Eso nunca te ha detenido.
La frase le llegó al hueso.
Valentina recordó, sin querer, una habitación cerrada, el olor agrio del miedo, la mano de Luciana aferrada a la suya cuando las sacaron de aquel lugar años atrás. Luciana había llorado como una niña. Valentina no había llorado. Quizá por eso todos decidieron que una estaba rota y la otra era fuerte.
Desde el corredor lateral llegó un ruido de cristal.
Luego una risa.
Aguda. Dulce. Fuera de lugar.
—Luci —murmuró Doña Carmen.
Valentina no esperó permiso. Caminó hacia el invernadero antes de que Sebastián pudiera detenerla.
—Valentina —llamó él.
Ella siguió.
El invernadero de La Hacienda era una estructura antigua de hierro y vidrio, pegada al ala este. De día parecía un capricho elegante; de noche, con las lámparas amarillas encendidas entre plantas tropicales, parecía una jaula para cosas hermosas que no debían crecer libres.
Diego estaba en la entrada, pálido.
—No entres —dijo.
—¿Qué hizo?
—No sé. Dijo que era un regalo.
Dentro, Luciana Carrasco tarareaba una canción infantil.
Tenía el cabello suelto, un vestido blanco hasta la rodilla y guantes de jardinería manchados de tierra. Sobre la mesa central había una caja abierta, plumas grises, una copa de vino intacta y un terrario sin tapa.
—Val —canturreó Luciana al verla—. Llegaste tarde.
Valentina se detuvo a dos metros de ella.
—Mateo dijo que estabas rara.
Luciana hizo un puchero.
—Mateo siempre dice cosas feas de mí.
—¿Dónde está la serpiente?
La sonrisa de Luciana se abrió despacio.
—Comiendo.
Diego tragó saliva detrás de Valentina.
—Luci, ya basta.
—No seas aburrido —respondió ella sin mirarlo—. Valentina sí entiende. ¿Verdad que entiendes, hermana?
La palabra sonó pegajosa.
Valentina bajó la vista.
Debajo de la mesa, entre las macetas de orquídeas, algo se movió con una lentitud brillante. Primero vio las escamas. Luego el cuerpo oscuro formando un nudo perfecto.
La serpiente de Luciana estaba enroscada alrededor de un pájaro muerto.