Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
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Episodio 9
El momento cálido en el sofá de aquella noche se evaporó junto con el aire nocturno. Cuando el sol salió, Kayla despertó y encontró el lado de la cama junto a ella ya frío; Arturo se había ido al hospital incluso antes de que sonara la alarma de Kayla.
—De verdad, ¿eh? Anoche se recostó en mi hombro todo mimoso y ahora me deja sola otra vez —rezongó Kayla mientras miraba la mesa del comedor, donde nuevamente había un desayuno listo y una nota breve.
El auto está en el estacionamiento.
—Increíble. ¿Solo un mensaje así, sin nada más? Ni un saludo, nada —murmuró Kayla.
Ese día en el Hospital Médica Central, el ambiente se sentía mucho más tenso de lo habitual. Kayla, que estaba ayudando al Dr. Fabián en la sala de neurología, fue llamada a acompañarlo al área de recuperación posoperatoria. Al pasar por el corredor hacia la sala de tránsito quirúrgico, vio un grupo de enfermeras e internos paralizados frente a la puerta del quirófano principal.
En medio de la aglomeración, la voz de barítono que Kayla conocía tan bien retumbaba, esta vez cargada de una furia contenida.
—¿En qué estaba pensando, doctor? ¡Casi mata a mi paciente! —exclamó Arturo.
Kayla se abrió paso y vio a Arturo de pie, erguido, con su bata verde de cirugía. Frente a él, un anestesiólogo sénior permanecía cabizbajo con el rostro lívido.
—Disculpe, Dr. Arturo. Yo pensé que la dosis estaba de acuerdo con… —el médico no pudo terminar porque Arturo lo interrumpió.
—¡No necesito lo que usted "pensó"! ¡Los datos en el monitor muestran que la saturación del paciente cayó porque usted se tardó en reintubar cuando la relajación muscular se prolongó! —espetó Arturo y estrelló el expediente contra la mesa metálica a su lado, produciendo un estruendo.
Todo el corredor enmudeció al instante. Nadie se atrevió a emitir sonido. Kayla contempló la escena petrificada. Arturo lucía aterrador; sus ojos irradiaban un destello de ira fría. Sin embargo, Kayla no podía negar cuán imponente se veía ese hombre al defender la vida de su paciente.
—Si usted no es capaz de mantener la concentración en una operación de más de cinco horas, no vuelva a entrar en mi equipo —sentenció Arturo con tono bajo pero cargado de amenaza.
—No volverá a ocurrir —respondió el anestesiólogo en voz baja.
Arturo se dio la vuelta y, sin querer, sus ojos captaron la figura de Kayla entre la multitud. Sus miradas se encontraron. Pero no quedaba rastro de la calidez de la noche anterior; los ojos de Arturo volvían a ser bloques de hielo: fríos, afilados y sin el menor indicio de reconocer a Kayla como su esposa. Arturo pasó de largo junto a ella como si Kayla fuera solo aire vacío.
A la hora del almuerzo en la cafetería, Jimena y Celina no paraban de hablar sobre lo que había ocurrido esa mañana.
—Kay, ¿viste lo de esta mañana? ¡El Dr. Arturo estaba furioso! Le hizo pedazos a un anestesiólogo sénior frente a todo el mundo —dijo Jimena con un escalofrío.
—Pero la verdad es que cuando se enoja así, su aura se vuelve más dark y atractiva. Como un antagonista de drama que es un genio pero despiadado —comentó Celina con entusiasmo.
—¿Por qué estás tan callada? —preguntó Jimena.
—¿Eh? No, nada. Solo me da lástima el anestesiólogo —respondió Kayla.
—Ay, mejor compadécete de ti misma, Kay. ¿No dijo el Dr. Fabián que esta tarde tienes que entregar el informe de evolución del señor Wijaya directamente al Dr. Arturo? —señaló Jimena.
—¡¿Qué?! ¿A su oficina otra vez? —exclamó Kayla.
—Sí, porque el Dr. Fabián tiene un seminario esta tarde. Ánimo, la próxima víctima del Dr. Hielo —bromeó Celina.
—No quiero —dijo Kayla.
—¿Qué le vamos a hacer? El Dr. Fabián dijo que tú lo sustituyes —respondió Jimena.
Por la tarde, con pasos pesados y el corazón latiéndole con fuerza, Kayla se detuvo frente a la puerta de la oficina de Arturo. Llevaba una carpeta con el informe de evolución del señor Wijaya que había preparado al mediodía. La imagen de Arturo estallando de furia en el pasillo esa mañana seguía grabada en su memoria.
Toc… toc…
—Adelante —la voz sonó fría y cortante.
Kayla entró despacio. Vio a Arturo ya con su bata blanca de médico puesta, sentado detrás del escritorio donde la pila de expedientes parecía no disminuir jamás.
—Este es el informe del paciente Wijaya, doctor. El Dr. Fabián está en un seminario, así que me pidió que se lo entregara directamente —dijo Kayla con la mayor cortesía posible.
Arturo tomó la carpeta sin pronunciar una sola palabra y la abrió, leyéndola línea por línea. Kayla observó cómo la mandíbula de Arturo se endurecía. De pronto, cerró la carpeta con un golpe suave pero contundente.
¿Habré cometido un error?, pensó Kayla.
—¿Quién escribió la sección de análisis de laboratorio? —preguntó Arturo, con los ojos clavados en Kayla.
—Y-yo, doctor —respondió Kayla.
Arturo lanzó la carpeta sobre la mesa hacia Kayla.
—Usted puso los datos de electrolitos del paciente de hace dos días, no los datos actualizados de esta tarde. ¿Sabe usted qué pasaría si yo diera instrucciones de medicación basándome en datos obsoletos? —preguntó Arturo con un tono hostil.
Kayla se sobresaltó y abrió la carpeta de inmediato para revisarla. Efectivamente, por las prisas y por tener la mente ocupada con el arranque de ira de Arturo esa mañana, había copiado la tabla de datos equivocada.
—Lo siento, doctor. Lo corregiré de inmediato —dijo Kayla con el rostro enrojecido de vergüenza y miedo.
—¿Lo siente? ¡En este hospital, una disculpa no devuelve la vida de nadie! Usted misma vio esta mañana cómo un pequeño descuido puede ser fatal. ¿O acaso cree que por tener un camino especial puede trabajar a medias? —dijo Arturo con desdén.
Kayla levantó la mirada, con los ojos vidriosos; no por debilidad, sino porque sentía que su dignidad como futura médica había sido pisoteada, y encima por su propio esposo.
—Yo nunca he considerado que tenga un camino especial, doctor —respondió Kayla, que no estaba dispuesta a aceptar la acusación, intentando defenderse.
—¡Entonces demuéstrelo! Salga y no regrese hasta que este informe sea perfecto. Si sigue con errores, no participará en la visita de sala mañana —sentenció Arturo con firmeza.
Kayla arrebató la carpeta y salió de la oficina destrozada. A lo largo del pasillo, luchó por contener las lágrimas para que no rodaran frente a sus compañeros de internado.
Sin embargo, Jimena, que aún no se había ido, vio las lágrimas de Kayla y se acercó.
—Kayla —la llamó Jimena.
—Ah, Jimena. ¿No te fuiste? —preguntó Kayla, secándose las lágrimas.
—¿El Dr. Arturo te regañó? —preguntó Jimena, compadecida.
—No fue un regaño, solo me hizo una observación porque yo me equivoqué —respondió Kayla.
—Pero su forma de "hacer observaciones" es a gritos. Ven, te ayudo a terminar el informe —ofreció Jimena.
—No hace falta, vete a casa. Puedo sola. Además, fue mi error —dijo Kayla.
—Pero… —Jimena no pudo continuar porque Kayla la interrumpió.
—De verdad estoy bien —aseguró Kayla.
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Continuará…