En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 2: El refugio de nuestra gente
A veces la gente cree que, cuando dos chicos tan jóvenes deciden estar juntos, solo van a encontrar obstáculos, prohibiciones o miradas de desaprobación.
Pero en nuestro caso no fue así, y hoy puedo decirlo con gratitud infinita: nuestras familias nos apoyaron desde el primer día, sin dudas, sin juicios, entendiendo que lo que sentíamos no era un capricho de la edad, sino algo que venía de adentro, firme, sincero y más maduro de lo que muchos creían posible a nuestros años.
Ambas familias contaban con una buena posición económica, vivían con comodidad y nos dieron todo lo necesario para que no nos faltara nada.
Yo lo recuerdo con una claridad que no se me ha borrado con el paso del tiempo.
Mis padres me vieron llegar a casa cada tarde con una sonrisa que no podía ocultar, y comprendieron de inmediato que Nicole era lo mejor que me había pasado.
Un día, sentados en el comedor de nuestra casa, mi madre me dijo con esa calma y ternura que siempre la caracterizaba: Nicolás, si esa chica te hace bien y te hace ser mejor persona, aquí tienes todo el apoyo.
No importa que sean jóvenes; lo que vale es la verdad con lo que se quieren. Y mi padre, hombre de negocios y de palabra, agregó: Tienen lo necesario para salir adelante.
Si deciden compartir su vida, les ayudaremos a tener un lugar digno y cómodo, sin que les falte nada”.
Del lado de Nicole fue igual.
Su familia me conocía desde niño, sabían quién era y de dónde venía, y nos veían con buenos ojos.
Su madre me recibía siempre con una sonrisa amplia, me invitaba a sentarme en su mesa y me preguntaba por mis estudios y nuestros planes, como si fuera uno más de la familia.
Su padre, un hombre respetado en el barrio, me dijo mirándome fijamente a los ojos: La veo más alegre y con más luz en la mirada desde que está contigo.
Eso es lo único que necesito saber.
Tienen nuestro respaldo total para lo que decidan”.
Así que, cuando cumplimos catorce años y decidimos irnos a vivir juntos, no tuvimos que hacerlo en una habitación pequeña ni con carencias.
Nos facilitaron una casa amplia y muy cómoda, en una zona tranquila de Maipú, cercana a ambas familias.
No nos faltaba nada: ni ropa, ni alimentos, ni objetos que nos hicieran sentir bien.
Nos sentíamos dueños de nuestro mundo, con la tranquilidad de saber que, si algo necesitábamos, nuestras familias estaban a solo unos minutos de distancia para apoyarnos.
Esa comodidad y ese respaldo nos hacían sentir invencibles.
Sabíamos que teníamos todo lo material y todo el cariño para construir una vida en paz.
Pero lo que no sabíamos entonces es que, aunque tuviéramos dinero, una casa hermosa y el apoyo de todos, la maldad ajena no respeta estatus ni comodidades.
Quienes querían dañarnos no atacarían nuestras cosas, sino lo más valioso que teníamos: nuestra confianza.
Y cuando las mentiras empezaran a llegar, ni la casa más lujosa ni todo el apoyo del mundo podrían frenar de inmediato la tormenta que se nos venía encima.