Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
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una obligación inesperada
El tercer día en Blackwood comenzó con una sorpresa.
Alma terminaba de acomodar sus cuadernos cuando alguien llamó a la puerta de la habitación.
—¿Señorita Rivera?
Era la señorita Collins.
Llevaba una carpeta azul entre las manos.
—Necesito que firme unos documentos.
Alma la hizo pasar.
La mujer dejó la carpeta sobre el escritorio y comenzó a señalar varios papeles.
—Horario de clases, autorización para el uso de laboratorios, reglamento de la residencia...
Alma fue firmando uno tras otro sin demasiada dificultad.
Hasta que llegó al último.
Frunció el ceño.
—¿Participación deportiva obligatoria?
Collins asintió.
—Es una condición de la beca.
—¿Cómo?
—Todos los estudiantes becados deben representar a la academia en al menos una disciplina deportiva o artística. Es parte del programa de excelencia de Blackwood.
Alma dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Pero... no soy precisamente una atleta.
—No buscamos campeones. Buscamos compromiso.
Collins le entregó otra hoja.
Era una lista con todas las actividades disponibles.
Esgrima.
Natación.
Equitación.
Atletismo.
Tiro con arco.
Remo.
Voleibol.
Baloncesto.
Ajedrez competitivo.
Debate académico.
Y varias más.
—Tiene hasta esta tarde para elegir.
La mujer sonrió con amabilidad antes de marcharse.
En cuanto la puerta se cerró, Alma dejó caer la cabeza sobre el escritorio.
—Estoy muerta...
Olivia soltó una carcajada.
—¿Qué pasó?
Alma le mostró el papel.
—¿Cómo que deporte obligatorio?
—Ah...
Olivia hizo una mueca.
—Lo olvidé. Los becados tienen esa condición.
—¿Y tú?
—Yo estoy en tiro con arco.
Alma levantó la vista.
—¿En serio?
—Sí.
—Jamás lo habría imaginado.
Olivia cruzó los brazos fingiendo indignación.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que eres incapaz de quedarte quieta más de diez segundos.
Las dos terminaron riéndose.
Después de unos segundos de silencio, Olivia habló nuevamente.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—Al entrenamiento.
—¿Hoy?
—Solo para mirar.
Alma dudó.
Nunca le habían llamado la atención los deportes.
En la escuela apenas aprobaba educación física.
Pero si tenía que elegir uno...
Quizás era mejor conocerlo antes.
—Está bien.
Aquella tarde caminaron hasta uno de los extremos del campus.
Allí se encontraba el complejo deportivo.
Era enorme.
Había varias canchas, una piscina cubierta, establos, un gimnasio y un edificio exclusivo para las disciplinas de precisión.
Olivia abrió una puerta de madera.
Dentro había una larga galería con más de veinte blancos alineados al fondo.
Varios estudiantes disparaban flechas en absoluto silencio.
El único sonido era el golpe seco de cada impacto.
Tac.
Tac.
Tac.
Alma observó fascinada.
—Pensé que sería más ruidoso.
—Aquí la concentración lo es todo.
En ese momento apareció el entrenador.
Un hombre de unos cincuenta años, de barba entrecana y postura impecable.
—¿Una amiga?
—Sí, profesor Hayes.
—Está pensando en unirse.
El entrenador saludó a Alma con una sonrisa.
—¿Alguna vez disparaste un arco?
Ella negó con la cabeza.
—Nunca.
—Entonces hoy será tu primera vez.
Antes de que pudiera negarse, él ya le estaba entregando un arco de entrenamiento.
—Colócate aquí.
Alma obedeció.
El arco pesaba más de lo que esperaba.
Intentó tensar la cuerda.
No se movió ni un centímetro.
Olivia tuvo que contener la risa.
—No te rías...
—Lo intento.
En el segundo intento logró tensarla apenas unos centímetros.
En el tercero, finalmente consiguió colocar la flecha.
Respiró hondo.
Apuntó.
Soltó la cuerda.
La flecha salió disparada...
Y terminó clavándose en la paja... varios metros antes del blanco.
El silencio duró dos segundos.
Después, todo el grupo comenzó a reír.
Incluso Alma.
—Bueno...
Se encogió de hombros.
—Al menos no maté a nadie.
Hasta el entrenador soltó una carcajada.
—Eso ya es un buen comienzo.
Olivia le dio un pequeño golpe amistoso en el hombro.
—Te prometo que mejorarás.
Alma volvió a mirar el arco.
Tal vez no era buena.
Ni siquiera aceptable.
Pero había algo relajante en aquel deporte.
Algo que le gustaba.
Quizás...
Solo quizás...
Había encontrado el lugar donde realmente podía empezar a sentirse parte de Blackwood.