Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 10: La canción de medianoche
Esa noche no pude dormir.
Algo en el ambiente me mantenía alerta, como si mi cuerpo supiera que algo malo iba a pasar. Me quedé despierta, acurrucada junto a Nicolás, escuchando su respiración y contando los segundos entre cada inspiración.
Eran demasiado largos.
Demasiado débiles.
Demasiado... preocupantes.
—Nicolás —susurré, tocándole el hombro. —¿Estás bien?
No respondió.
Su pecho subió y bajó con lentitud, y sus labios se movieron como si estuviera soñando. Pero su piel estaba fría, y sus dedos, enredados en los míos, no apretaban con la misma fuerza de siempre.
—Nicolás —repetí, más alto. —Despierta.
Esta vez, abrió los ojos. Pero su mirada estaba perdida, como si no me viera. Como si estuviera en otro lugar.
—Valeria... —Su voz era apenas un susurro. —No puedo respirar.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
—No puedo... —Su mano se llevó al pecho, y sus dedos se aferraron a la bata como si intentara arrancarse la piel. —El pecho... no entra aire...
—¡Enfermera! —grité, saltando de la cama. —¡Enfermera, por favor!
Las máquinas empezaron a pitar. Un sonido agudo y estridente que me atravesó los oídos como una cuchilla. Nicolás se retorcía en la cama, con los labios morados y los ojos fuera de foco.
—No... no me dejes... —murmuró.
—No voy a dejarte. —Cogí su mano con todas mis fuerzas. —Estoy aquí. Estoy aquí, Nicolás. No te vayas.
Las enfermeras entraron corriendo. Una de ellas me apartó de la cama con un empujón brusco, y las otras empezaron a conectar cables y a inyectar medicamentos. Yo me quedé contra la pared, con las manos temblorosas y el corazón latiéndome tan fuerte que creí que iba a estallar.
—Valeria... —Su voz llegó desde la cama, débil, rota. —No te vayas...
—No me voy —grité, pero una enfermera me empujó hacia la puerta.
—Tiene que esperar fuera.
—¡No voy a dejarlo!
—Señorita, es por su bien.
Y entonces, antes de que pudiera protestar, la puerta se cerró.
Me quedé en el pasillo, con las manos apoyadas en la pared y las lágrimas rodándome por las mejillas. No podía respirar. No podía pensar. Solo podía sentir el miedo, ese miedo profundo y oscuro que llevaba tres años enterrado, saliendo de nuevo a la superficie.
—No te vayas —susurré, como si pudiera oírme. —No te vayas, Nicolás. Por favor. No te vayas.
Pasaron los minutos.
Quizás fueron cinco. Quizás fueron diez. No lo sé. El tiempo se había vuelto líquido, resbaladizo, imposible de medir.
Y entonces, la puerta se abrió.
—Ya está estable —dijo la enfermera, con el rostro cansado. —Puede pasar.
Entré corriendo.
Nicolás estaba en la cama, con el rostro pálido y los ojos cerrados. Las máquinas pitaban con regularidad, y su pecho subía y bajaba con una lentitud que me recordaba a una vela a punto de apagarse.
—Nicolás... —me arrodillé junto a la cama, y apoyé mi frente contra la suya. —Pensé que te perdía.
—Casi... casi lo consigo... —Su sonrisa fue débil, apenas un movimiento de labios. —Pero tú has... has llegado justo a tiempo.
—No he hecho nada.
—Has llamado a las enfermeras. —Su mano temblorosa buscó la mía. —Has hecho que no me vaya.
—No podría vivir sin ti.
—No tendrás que hacerlo.
—Pero si te vas...
—Entonces vendrás conmigo. —Su sonrisa se ensanchó, y en sus ojos vi una chispa de su antigua picardía. —Pero no todavía. Todavía no.
—Prométemelo.
—Te lo prometo. —Apretó mi mano con debilidad. —Pero ahora... ahora quiero oírte cantar.
—¿Cantar?
—Sí. —Cerró los ojos. —Cántame algo. Algo bonito.
—No sé cantar.
—Da igual. —Sonrió. —Solo quiero oír tu voz.
Y entonces, con el corazón roto y la garganta cerrada, empecé a cantar.
No era una canción bonita. Era una canción de cuna, de esas que mi madre me cantaba cuando era pequeña. Una canción sobre estrellas y sobre sueños, sobre amores que nunca se van.
Y mientras cantaba, Nicolás se relajó.
Su respiración se volvió más profunda. Su mano dejó de temblar. Y en sus labios se dibujó una sonrisa.
—Eres... increíble... —susurró, antes de dormirse.
Y yo, con la voz rota y las lágrimas en los ojos, seguí cantando.
Toda la noche.
Hasta que el sol salió.
Hasta que él volvió a respirar.