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SUGAR MOMMY

SUGAR MOMMY

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Mariana Jurado Ramirez

A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás

NovelToon tiene autorización de Paula Mariana Jurado Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UN DESAYUNO ANTES DE PARTIR

Los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar el cielo después de la intensa tormenta de la noche anterior.

La Mansión permanecía en silencio.

Alejandro abrió lentamente los ojos. Durante unos segundos, miró el techo sin reconocer dónde estaba.

Entonces recordó todo.

La tormenta.

Andrea.

Adán.

Se incorporó de inmediato.

—¡La abuela!

Tomó su teléfono y sonrió al ver un mensaje.

"Buenos días, hijo. Descansa. Tu hermanita preguntó por ti, pero ya le expliqué que regresarás temprano. Cuídate mucho."

Alejandro respiró tranquilo.

Se levantó, acomodó cuidadosamente la cama y salió de la habitación procurando no hacer ruido.

Al bajar las escaleras, percibió un delicioso aroma.

Pan recién horneado.

Café.

Huevos con jamón.

Desde la cocina, Andrea terminaba de servir el desayuno.

Al verlo, sonrió con amabilidad.

—Buenos días.

—Buenos días... Muchas gracias por todo. Ya me voy.

Andrea levantó una ceja.

—¿Así de rápido?

—Sí. No quiero seguir molestando.

—No estás molestando a nadie.

Alejandro sonrió con cierta timidez.

—Pero ya salió el sol.

Andrea cruzó los brazos.

—Y también ya está listo el desayuno.

—No hace falta, de verdad.

—Sí hace falta.

Alejandro intentó responder, pero Andrea habló antes.

—No voy a dejar que te vayas con el estómago vacío.

Él soltó una pequeña risa.

—En serio no tiene que...

—Siéntate.

La forma en que lo dijo era firme, pero también cálida.

Alejandro comprendió que sería imposible convencerla.

—Está bien...

Se sentó en una de las sillas.

En ese momento apareció Adán, todavía despeinado y bostezando.

—Buenos días...

Al ver a Alejandro, sonrió.

—¡Pensé que ya te habías ido!

—Lo intentó —respondió Andrea mientras servía los platos—, pero primero va a desayunar.

Adán rio.

—Mi mamá es imposible cuando se preocupa por alguien.

Andrea fingió indignarse.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Los tres comenzaron a desayunar.

Alejandro observaba la mesa con asombro.

Había fruta, pan, jugo, huevos, café y varias cosas más.

—Es demasiado...

Andrea negó con la cabeza.

—Es un desayuno normal.

Alejandro sonrió.

—No para mí.

Andrea dejó los cubiertos sobre la mesa.

—¿Sueles desayunar?

Él guardó silencio unos segundos.

—A veces.

Adán levantó la mirada.

—¿Cómo que "a veces"?

Alejandro respondió con naturalidad.

—Si voy con prisa, solo tomo agua y me voy a trabajar.

Andrea sintió un nudo en el pecho.

—Eso no es desayunar.

—Ya estoy acostumbrado.

Andrea negó suavemente.

—No deberías acostumbrarte a eso.

Durante unos segundos nadie habló.

Después, Adán decidió cambiar el ambiente.

—Oye, Alejandro.

—¿Sí?

—¿Ayer me dejaste ganar, verdad?

Alejandro sonrió.

—¿Tú qué crees?

—¡Lo sabía!

Andrea soltó una pequeña risa al verlos discutir amistosamente.

Era curioso.

Solo habían pasado unas horas desde que se conocieron y ya conversaban como si fueran amigos desde hacía mucho tiempo.

Cuando terminaron de comer, Alejandro ayudó a recoger los platos.

Andrea intentó detenerlo.

—No tienes que hacer eso.

—Después de todo lo que hicieron por mí, al menos déjeme ayudar.

Andrea no insistió.

Mientras lavaban algunos utensilios, Adán se acercó con un papel y un bolígrafo.

—Toma.

Alejandro lo miró confundido.

—¿Qué es?

—Mi número.

Alejandro levantó la vista.

—¿Para qué?

—Para que no desaparezcas.

Alejandro soltó una carcajada.

—No pensaba hacerlo.

—Más te vale.

Ambos intercambiaron números y sonrieron.

Andrea observó la escena en silencio.

Le alegraba ver a su hijo tan cómodo con alguien.

Finalmente, Alejandro tomó su mochila.

—Ahora sí... debo irme.

Andrea abrió la puerta principal.

El jardín brillaba bajo la luz del sol, como si la tormenta nunca hubiera existido.

—Gracias por todo —dijo Alejandro con una sincera sonrisa—. Nunca voy a olvidar lo que hicieron por mí.

Andrea respondió con la misma calidez.

—Cuídate mucho.

Adán levantó la mano.

—¡Nos vemos, Alejandro!

—Nos vemos.

Alejandro subió a su motocicleta y se alejó por la avenida.

Sin saberlo, mientras el sonido del motor desaparecía a lo lejos, los tres tenían la misma sensación en el corazón.

Aquella despedida no sería el final de su historia, sino apenas el comienzo.

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