un omega que es padre soltero, que se encuentra en una situación difícil ya que se quedo sin trabajo recientemente, se reencuentra con un excompañero de la escuela y le comenta que en la empresa que esta trabajando estan buscando personal que no descrimina a las personas por sus rasgos secundarios es ahi donde conocera a un alfa que le demuestrara lo que es el amor.
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la primera semana de prueba
Pasaron dos días y Beom-seok llegó media hora antes de la hora de entrada, con la ropa limpia, la espalda derecha y una expresión decidida. Sabía que el puesto era modesto, pero para él significaba estabilidad, y no pensaba dejar que nadie lo viera como alguien a quien compadecer. Seong-jin lo esperaba en la puerta del almacén.
—Llegas puntual, eso es bueno —le dijo—. Te explico: aquí hay que moverse, cargar, revisar y ordenar. No es un trabajo ligero.
—Lo sé —respondió Beom-seok con voz tranquila pero firme—. Ya he trabajado en cosas más pesadas. No me asusta el esfuerzo, solo pido que me expliquen bien qué hacer y lo haré tal cual.
Seong-jin le mostró el sistema de registro, la forma de clasificar la mercancía y las normas de seguridad. Beom-seok escuchó con atención, tomó notas claras y, en cuanto empezó a actuar, lo hizo con soltura y ritmo. Cargaba cajas con seguridad, revisaba cada lote sin distraerse y, si algo no le quedaba claro, preguntaba directo y sin titubeos, pero sin interrumpir.
A media mañana, sintió una presencia conocida a su espalda. Se giró con calma, sin sobresaltarse, y encontró a Kang-min observándolo desde la entrada. El alfa mantenía su mirada aguda y seria, imponente como siempre.
Beom-seok se enderezó, lo miró a los ojos sin bajar la vista por nervios, y saludó con respeto pero sin sumisión:
—Buenos días, señor Kang-min.
—Buenos días —respondió el alfa con voz grave—. ¿Cómo va con las tareas?
—Bien —contestó Beom-seok señalando el área ya organizada—. Ya revisé tres lotes, todo coincide con las facturas y está ordenado por fecha de salida. Si hay algo que cambiar o mejorar, dígamelo y lo ajusto al momento.
Kang-min se acercó un paso, revisó el trabajo detenidamente, pasó la mirada por sus manos firmes y su postura erguida. Lo que veía confirmaba lo que empezaba a percibir: no era un omega que esperara que le resolvieran la vida, sino alguien que salía adelante con sus propios medios. El aroma dulce y estable que desprendía no olía a debilidad, sino a seguridad.
—Está bien hecho —dijo Kang-min sin halagos excesivos—. No te tomes más tiempo del necesario, pero tampoco te apresures hasta cometer errores. Aquí se valora la constancia más que la velocidad.
—Entendido —asintió Beom-seok con firmeza—. No me moveré de los procedimientos.
Kang-min lo miró un instante más, sintiendo cómo esa atracción crecía ahora mezclada con admiración. Le gustaba esa dignidad, esa forma de no pedir favores ni aparentar menos de lo que era. Se dio media vuelta y siguió su recorrido, manteniendo su compostura, aunque por dentro pensaba que ese hombre era mucho más interesante de lo que había imaginado.
Al final de la jornada, Beom-seok tenía los brazos cansados y la espalda tensa, pero no mostraba señal de agotamiento excesivo. Recogió sus cosas con calma y dejó todo listo para el día siguiente. Seong-jin se acercó mientras cerraba su casillero.
—Te he visto trabajar —le dijo—. Muchos que empiezan aquí se quejan o van despacio. Tú no. Y ojo: el señor Kang-min pasó dos veces por aquí, y no miraba el almacén, te miraba a ti.
Beom-seok arqueó una ceja, sin sorprenderse en exceso.
—Es su trabajo vigilar que todo esté en orden. Si mi trabajo está bien, no hay nada más que ver.
—Esa es la actitud —sonrió Seong-jin—. Pero te digo: le llamó la atención, y para bien. No por lástima, sino porque ve que te vales por ti mismo.
Beom-seok salió de la empresa con paso seguro. Sabía que el camino no sería fácil, pero llevaba la cabeza en alto: tenía un trabajo justo, podía mantener a su hija y, por encima de todo, no había perdido su orgullo ni su fuerza. Aún no sabía que, justo por esa fortaleza, el alfa más estricto de la empresa empezaba a desear tenerlo cerca, no para protegerlo como a alguien frágil, sino para estar a la altura de quien ya demostraba poder valerse por sí mismo.
Pasaron los días y la rutina se estableció. Beom-seok llegaba temprano, trabajaba con ritmo constante y no se quejaba ni de las tareas pesadas ni de las horas. Cuando algún compañero intentaba darle órdenes que no le correspondían o tratarlo con condescendencia por ser omega y padre soltero, respondía con calma pero firmeza:
—Hago lo que está en mi puesto y lo que me indiquen los encargados —decía mirándolo a los ojos—. Si quieres que te ayude, es como compañero, no como si estuviera a tu servicio. ¿Entendido?
Y lo decía con tal seguridad que nadie se atrevía a insistir.
Kang-min se daba cuenta de todo. Cada vez que pasaba por el almacén, observaba sin que pareciera que lo hacía solo a él. Veía cómo organizaba mejor que otros con más experiencia, cómo resolvía pequeños imprevistos sin llamar a nadie, cómo se mantenía erguido incluso cuando el cansancio se notaba en sus hombros. Su aroma, que al principio le pareció solo dulce, ahora le resultaba reconfortante y estable: como la madera sólida o la tierra fértil, señal de algo que resiste y no se quiebra.
Una tarde hubo un error en la lista de mercancía: faltaban varias cajas y todos empezaron a culparse unos a otros, apuntando con facilidad a Beom-seok por ser el nuevo.
—Seguro que no las registró bien —dijo uno de los más antiguos, con tono acusador—. Si no tiene experiencia, no debería estar aquí.
Antes de que nadie más hablara, Beom-seok dio un paso al frente, con la voz tranquila pero cargada de autoridad:
—Revisé cada lote personalmente y firmé cada entrada —mostró su cuaderno con anotaciones claras y ordenadas—. Aquí puse la hora, el número de factura y el nombre del transportista. Si hay una diferencia, está en el recuento anterior o en la descarga, no en mi trabajo. Si quieren comprobarlo, abrimos cada caja y lo verificamos uno por uno. No voy a aceptar culpas que no son mías.
En ese momento apareció Kang-min en la puerta. Escuchó todo sin interrumpir, se acercó, tomó el cuaderno que le extendía Beom-seok y revisó las notas con atención. Luego miró al empleado que había hablado:
—Las anotaciones son correctas y coinciden con el sistema. El error está en el turno de ayer. No acusen al nuevo por comodidad. Aquí cada uno responde por lo que hace.
Todos guardaron silencio. Kang-min devolvió el cuaderno a Beom-seok, y por un segundo su mirada fue más intensa, aunque siguió siendo seria:
—Bien defendido. La fortaleza no está en gritar, sino en tener pruebas y mantener la dignidad. Sigue así.
—Lo haré —respondió Beom-seok sin orgullo excesivo, solo con la seguridad de quien sabe que ha cumplido.
Cuando se quedó solo con Seong-jin más tarde, este le comentó:
—Escuchaste lo que dijo. Pocas veces le oigo elogiar a alguien, y menos en público. Se dio cuenta de que no eres alguien que se deja pisotear.
Beom-seok limpiaba sus manos con un trapo y asintió:
—No vine a que me tengan lástima ni a ser un problema. Vine a trabajar y a respetarme a mí mismo. Si no lo hago yo, nadie más lo hará por mí.
Mientras tanto, en su oficina, Kang-min repasaba lo que había visto. Sabía que lo que sentía por Beom-seok era más que atracción física: admiraba esa fuerza callada, esa capacidad de sostenerse a sí mismo y a su hija sin pedir nada a cambio. Y por primera vez en mucho tiempo, deseó no solo proteger, sino estar a la altura de alguien que ya demostraba no necesitar que lo salvaran… sino que simplemente merecía que alguien caminara a su lado, si le sorprendia la fuerza de ese omega algo en el sutilmente lo atraía pero con una fuerza que el mismo no comprendía.