El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Capítulo 1 El regreso a lo que nunca se fue
Me despedí de mis abuelos al amanecer.
Allí vivían con muy poco, con las manos siempre marcadas por la tierra y el frío del sur, y yo sabía que mi vida empezaba y terminaba en esa sencillez mientras estuve con ellos.
Pero también sabía que mis padres tenían recursos, que siempre contaron con todo lo necesario, al igual que Nicolás: ambos venían de hogares con bienestar, construyeron juntos sus sueños sin carencias, aunque yo ahora llevara ropa gastada y un bolso pequeño que apenas pesaba en mis manos.
El viaje fue largo, cansado, mirando pasar los campos hasta llegar a Santiago, y luego hasta Maipú.
Bajé cuando el sol caía tibio sobre las calles.
Caminé despacio, reconociendo cada esquina, cada árbol, hasta llegar a la casa grande de mis padres: con sus muros blancos, el jardín cuidado, esa puerta que siempre estuvo abierta para mí.
Toqué el timbre con manos temblorosas.
Abrió mi madre.
Se quedó quieta, mirándome de arriba abajo: vio mi vestido sencillo, mis zapatos gastados, pero luego se detuvo en mis ojos, y se llevó la mano al pecho como si le faltara el aire.
Salió mi padre detrás, y también se quedó inmóvil.
Les conté todo, muy despacio: la tarde del accidente, cuando la niña tenía apenas cuatro meses, mi mano aferrada a la de Nicolás en la ambulancia, mi promesa de volver, los años cuidándolos sin que me vieran, mi súplica para regresar, este nuevo rostro joven de casi diecinueve años, mi nombre nuevo y sin embargo ser la misma.
No terminé cuando mi padre me abrazó con todas sus fuerzas:
—No hacía falta tanto.
El corazón ya nos lo decía.
Sabíamos que eras tú.
Pasamos la noche despiertos.
Me contaron muchas cosas: que ellos vivieron en nuestra casa con Nicolás todo este tiempo, ayudándole, hasta que la niña cumplió los tres años hace muy poco; que Nicolás no se rindió nunca, que siguió estudiando arquitectura mientras trabajaba, que hoy tiene su propia empresa y construye hogares tal como soñamos hacerlo juntos.
Que nunca dejó de hablarme, de mantener mis cosas, de esperar.
—Nunca se rindió —dijo mi madre con voz suave—.
Sabe que volverías.
Al día siguiente, cuando apenas despuntaba el día, escuchamos un coche detenerse afuera.
Asomamos: era Nicolás.
Bajó a la niña, la tomó con ternura, entró y nos saludó con esa amabilidad que nunca perdió.
Llevaba ropa de trabajo limpia pero con polvo, se veía cansado pero firme.
—Disculpen que venga así —dijo—.
Tengo varios proyectos grandes en la empresa, debo salir temprano y no sé dónde dejarla.
Busco a alguien de mucha confianza que la cuide bien.
Dejó a la pequeña con nosotros, la besó mucho.
—Vuelvo apenas pueda.
Te quiero, mi vida.
Y se marchó rápido.
En cuanto se fue, mi madre me miró con ojos brillantes.
—¿No lo ves hija?
Es tu oportunidad.
Entra a tu casa, cuídala, quédate cerca.
Nadie sabe aún, pero el tiempo dirá lo demás.
Me quedé mirando hacia la puerta, con el corazón desbocado.
Pobre en apariencia, rica en todo lo que guardaba el alma, hija de quienes podían darme todo, esposa del hombre que logró lo que prometió.
Y ahora, al fin, tenía el camino abierto.
—Sí —susurré—.
Entraré.
Y esperaré hasta que sepan quién soy.