En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 6: La confianza que nos hacía fuertes
Cuando miro hacia atrás y recuerdo esos meses, lo que más me llama la atención no es solo lo que teníamos, sino lo que sentíamos por dentro: una confianza tan grande que creíamos que nada podría romperla.
Para nosotros, la palabra dada valía más que cualquier documento, y el cariño que nos teníamos era el escudo más resistente que podíamos imaginar.
Vivíamos con la certeza de que, mientras nos tuviéramos el uno al otro, todo lo demás saldría bien.
Esa confianza se notaba en cada gesto y en cada momento del día.
No teníamos secretos entre nosotros; todo lo que pasaba por nuestra mente, lo que nos preocupaba o lo que nos hacía ilusión, lo compartíamos sin reservas.
Si alguien me preguntaba por qué estaba tan tranquilo, yo solo respondía que sabía exactamente quién era ella y qué sentía por mí.
Y Nicole decía lo mismo: que no necesitaba preguntas ni explicaciones, porque veía en mis ojos la verdad de lo que era.
Los fines de semana eran días especiales, diferentes a la rutina de los días de clase.
A veces salíamos a recorrer los alrededores de Maipú, en el mismo vehículo que usábamos para ir al colegio.
Íbamos hacia zonas más verdes, cerca de los cerros, donde podíamos ver la cordillera con más claridad y respirar un aire más limpio.
Nos de teníamos en lugares tranquilos, entendíamos una manta y compartíamos la comida que habíamos preparado en casa.
Allí, bajo el cielo despejado, hablábamos de todo lo que venía en el futuro, y cada palabra que decíamos nos acercaba más.
Otras veces nos quedábamos en casa, y aprovechamos para arreglar detalles o simplemente disfrutar de nuestros espacios favoritos.
Nicole, siempre con su gusto por el rosa, renovaba los adornos: cambiaba las flores frescas del jarrón de la mesa, ponía nuevos cojines en el sofá o colgaba cuadros pequeños con tonos suaves en las paredes.
Yo, por mi parte, revisaba que todo estuviera en orden: arreglaba los estantes del escritorio, aseguraba las puertas y ventanas, y elegía cortinas u objetos de color negro que daban equilibrio a cada habitación.
Nos gustaba que todo estuviera a nuestro gusto, que cada rincón hablara de nosotros dos.
También recibíamos visitas de amigos del colegio y del barrio.
Cuando llegaban, la casa se llenaba de risas y conversaciones.
Todos nos trataban con respeto, nos veían como una pareja sólida y hablaban de lo afortunados que éramos.
Nos sentábamos en el amplio comedor o en el jardín, servimos refrescos y pasteles, y pasábamos las tardes contando anécdotas o jugando a juegos de mesa.
En esos momentos, yo miraba a Nicole y pensaba que no había nada en el mundo que pudiera superar lo que tenía: su cabello rubio brillando al sol, sus ojos verdes que me buscaban entre la gente, y esa tranquilidad que me transmitía con solo estar cerca.
Nuestras familias seguían pendientes de nosotros, pero sin agobiarse.
Nos llamaban, nos preguntaban cómo nos iba y nos recordaban que, si necesitábamos algo, solo teníamos que decirlo.
Sabían que éramos responsables, que no malgastar vamos lo que nos daban y que estudiábamos con dedicación.
Por eso nos daban toda la libertad para organizar nuestro tiempo, confiando en que sabríamos actuar bien.
Y así era: nunca abusamos de esa confianza, porque para nosotros era algo sagrado, tanto la de ellos como la que nos teníamos el uno al otro.
Incluso cuando pasábamos tiempo separados —yo tenía que ir a hacer algún trámite o ella se quedaba en casa mientras yo salía un momento—
No sentíamos inquietud. Sabíamos que cada uno cumpliría con su palabra y volvería al hogar compartido.
A veces nos escribíamos notas cortas para dejar en la mesa, con frases sencillas: “Te espero con la merienda lista”, “Pensé en ti todo el rato”, “Eres lo mejor que tengo”.
Esos mensajes, escritos con calma, reforzaban día a día ese vínculo que nos parecía inquebrantable.
Hoy sé que la confianza, aunque sea fuerte, también necesita ser cuidada y protegida de las malas intenciones.
Pero en ese momento, con catorce años y medio, vivíamos con la inocencia de quien cree que la verdad siempre es más fuerte que cualquier mentira.
No imaginábamos que había personas que, por envidia de lo que teníamos, se dedicarían a sembrar dudas donde antes solo había certeza.
Seguíamos viviendo nuestra realidad perfecta, sin saber que esa misma confianza que nos hacía sentir tan seguros sería también el punto por donde intentarían atacarnos para destruirnos.